f
MICHELANGELO ANTONIONI: POETA DEL VACÍO
Y LA EMOCIÓN
Michelangelo Antonioni ha fallecido el
mismo día que Bergman. Es una coincidencia un tanto siniestra, si bien no es
relativamente infrecuente. La muerte a menudo se lleva a los artistas de dos o en
dos. Supongo que a más de uno le habrá venido hoy a la mente la imagen de
Bergman y Antonioni esperando en la antesala de su próximo destino, alrededor
de una mesita de café, hablando sobre sus respectivas obras y, como lúcidos y
bastante despiadados analistas del ser humano que eran ambos, encontrando no
pocos puntos de contacto.
Aethros, Blog de Cine Mérida Post, del
31/07/2007.
Antonioni logró, con su inconfundible e
intuitiva visión de la imagen fotográfica, que aislaba de forma magistral a sus
personajes, un fiel reflejo del vacío emocional y esa indolencia existencial
que caracterizó a la Europa de la post guerra. Escepticismo, pérdida de
confianza en los valores del stablishment; la duda y la ignorancia evidencian,
más que denunciar, el fracaso de los sistemas educativos en la segunda mitad
del siglo XX. Un mundo que se deja llevar más por las sensaciones que por lo
que puede conocer, el nihilismo cotidiano, exacerbado; el hastió y la
desesperación por no poder comunicar, es lo que Antonioni recrea, en diversas
representaciones que se debaten entre lo absurdo y la inaprensible eventualidad
de amar y ser amado.
Su mítica trilogía compuesta por “La
Aventura” (L’Avventura, 1960), “La Noche” (La Notte, 1961) y su obra maestra
absoluta “El Eclipse” (L’Eclisse, 1962), cumbre de su filmografía surgió en un
periodo prodigioso del cine en el que un puñado de cineastas de todas partes
del mundo estaban cambiando el concepto tradicional del cine, experimentando,
explorando y buscando otra dimensión: Buñuel, Bergman, Oshima, Reináis, Godard,
Fellini, Kurosawa, etc. Encontraron historias subyugantes, formas muy
personales de narrar esas historias y edificaron un cine de Arte maduro con el
que conformaron la etapa adulta del cine de autor de la segunda mitad del
pasado siglo.
En ese proceso de ruptura y búsqueda “La
Aventura” es una película imprescindible, tanto por lo que cuenta como, sobre
todo, por la forma de contarlo presentando una película provocadora que vista
aun hoy en día nos parece completamente moderna. El peregrinaje de Sandro y
Claudia (la espléndida Mónica Vitti, su esposa en la vida real) convertidos en
una pareja inestable que busca cosas distintas y que se mantiene unida por el
pretexto de buscar a una joven que desaparece misteriosamente al comienzo de la
trama y que no vuelve a aparecer en el filme (en un recurso similar al que
haría Hitchcock ese mismo año en la célebre “Psicosis”, pero mucho más radical,
pues Antonioni ni se molesta en explicar esta desaparición) es la crónica de un
fracaso inevitable y doloroso, la lucha de dos seres desvalidos por aferrarse a
algo mientras se convencen de que su historia es algo ilusorio y pasajero. El
plano final del filme, con Claudia acariciando la nuca del infiel Sandro en el
banco de una desolada plaza, poco después del amanecer, sigue siendo hoy en día
de una belleza patética y perturbadora, y al mismo tiempo conmovedora. El
inusitado uso que Antonioni hace del rústico y desértico paraje por donde
pasean como almas en pena el grupo de amigos para reflejar el enorme
distanciamiento, no solo físico, entre unos y otros, es de una sensación
desoladora, inquietante.
La Noche, el segundo filme de la trilogía, seguía ahondando en esa
búsqueda de nuevas formas de contar historias que hablan sobre la pérdida del
amor, demasiado sometido por el deseo y por la imposibilidad de abrirse al
otro. En esta ocasión Marcelo Mastroianni y Jean Moreau daban vida a una pareja
inmersa sin ser del todo conscientes de ello en una crisis que les separará,
primero físicamente y después emocionalmente cuando cada uno de ellos llega a
la infidelidad.
La noche fue un interludio perfecto
entre La Aventura y El Eclipse. Antonioni no hubiera llegado tan lejos en su
siguiente filme, el más osado de todos, si antes no hubiera hecho La Notte, en
ella hay una escena de baile con una copa que permite que ver a Mastroianni
disfrutar del espectáculo, al principio lo observa con atención mientras su
mujer, con evidente gesto de fastidio, es a él y a sus reacciones lo que
observa. En un momento dado, él se da cuenta de la situación y lentamente
vuelve su atención hacia ella, atendiendo a una conversación intrascendente
pero sin perder del todo de vista el espectáculo. Es una hermosa secuencia que
cuenta más por lo que no dice que por lo que escuchamos.
En “El Eclipse” su obra más brutal y
atrevida, repite el ejercicio de manera magistral. La película es todo un poema
del vacío y el dolor, que narra con desoladora precisión la imposibilidad de
dos personas de concretar de una forma satisfactoria para ambos, un algo
indefinible, esquivo, que sienten el uno por el otro. La historia de amor –o
desamor- entre la evasiva Vittoria (Mónica Vitti en el mejor papel de su
carrera) y el agente de bolsa Piero (un gélido Alain Delon) está destinada al
fracaso desde el mismo momento en que se conocen. No hay espacio en la
ajetreada vida que él lleva para que tenga el tiempo suficiente para dedicar a
la naciente relación, que se sustenta en el atractivo físico que une a ambos y
en la promesa siempre incumplida. Es una relación incapaz de materializarse en
algo sólido en un ambiente tan inhóspito como los espacios en los que se
desarrolla. Uno nunca comprende del todo que es lo que ata a Piero y Vittoria
en una relación que ofrece tan pocos puntos de afiance, demasiado desconectados
entre sí y aislados emocionalmente. Pero la lánguida desidia con la que ambos
dejan escapar su tenue relación, lejos de resultar desesperante, se convierte
en un hermoso poema al desamor que tiene su momento álgido en uno de los mayores
atrevimientos llevados a cabo por el cine hasta esa fecha. Antonioni aprovecha
el espacio en el que ambos siempre se citaban para sus fugaces encuentros para
escenificar del modo más brutal y desolador posible la ruptura entre ambos:
llega un día en el que ni uno ni otro acude a la cita previamente establecida
por ambos. Y la cámara de Antonioni se dedica a retratar en los últimos minutos
del filme ese espacio que ahora, sin la presencia de los amantes, carece de
todo sentido. Un universo roto, despoblado de lo único que le confiere
significado. Por los lugares que al espectador se hicieron familiares a través
de la película, ahora reflejo de una dolorosa pérdida, pasean por delante de la
cámara personas que parecen estar a la búsqueda de algo, como si intuyeran que
algo falta en el paisaje. Antonioni nos muestra un paisaje desolado,
desesperanzador, carente de todo sentido, un universo eclipsado por la ausencia
de aquellos a los que daba cobijo. Las estampas de una lánguida tarde de
domingo, lejos de afirmar que la vida sigue, se deslizan hacia una desaparición
irreparable con la llegada de la noche y el fin del filme. Son ocho minutos de
cine maestro, audaz, hipnótico, algo inquietante y enérgico en un “final
abierto”, anticlímax original.
Tras esta trilogía maestra, Antonioni
consiguió mucho prestigio por películas que en mi opinión son mucho menores y
que no han aguantado bien el paso del tiempo, como fue
“Zabriskie Point” o la célebre “Blow Up”
por la que obtuvo la Palma de Oro en Cannes en el 67. Su cine posterior fue
menos interesante, se fue distanciando definitivamente de su filmografía
anterior, “Más Allá de las Nubes”, me pareció deslucida –solo recuerdo de ella
los desnudos de Inés Sastre y la presencia de Sophi Marceau y Fanny Ardant– Sin
embargo, mis últimos recuerdos de Antonioni están ligados al corto con el que
ganó el premio de la Sección Oficial de Cannes en el 2004, “La Mirada de Miguel
Ángel” (Lo Sguardo di Michelangelo) un trabajo que reflejaba la costumbre que
tenía el genial cineasta de acudir a la Iglesia de San Pietro In Vincoli para
contemplar durante horas, extasiado, la obra de arte de otro Michelangelo, el
autor del imponente Moisés que forma parte del monumento funerario de Julio II.
El corto es como un cruce de miradas a través de los siglos, un punto de
contacto entre los dos artistas a través de la exquisita representación
cinematográfica –un prodigio de montaje, ritmo y sentido del tiempo en 17
maravillosos minutos– de la obra escultórica. ¿Cambia el objeto mirado en
función del mismo hecho de mirarlo? Está en Internet, en el portal de “Emule” y
como apenas tiene diálogos puede disfrutarse en versión original sin problemas,
algo muy recomendable.
Sea como fuere, lo cierto es que hoy nos ha dejado Michelangelo
Antonioni, cuya obra se ha dicho con acierto que parecía estar compuesta de un
“hielo que quemaba” y al que le gustaba decir que hacía una y otra vez la misma
película, que siempre giraba en mayor o menor medida alrededor de un mismo
tema: la enfermedad de los sentimientos. Quizá la mejor descripción de su obra
la dio él mismo en una de sus últimas entrevistas: "Nuestro drama es la
creciente incomunicación y la incapacidad de concebir sentimientos auténticos.
Ese drama domina a todos mis personajes".
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.