LÓPEZ, FOX Y EL TRIUNFO DEL AUTORITARISMO MESIÁNICO
Por Luis Gutiérrez Esparza.
No se ha escrito lo suficiente, desde la perspectiva adecuada, acerca de la victoria de Andrés Manuel López Obrador sobre Vicente Fox; pero puede ser el principio del fin para la democracia mexicana. Es importante no perder de vista la similitud entre el verdadero proyecto político del jefe de gobierno del Distrito Federal y los movimientos fascistas del siglo XX. Así como la manifestación del silencio lopista recordó a la Marcha sobre Roma de los fascistas de Mussolini, la capitulación de un Presidente débil, inepto, asustado por el poder, reducido a la insignificancia política, se parece mucho a la entrevista en la que el anciano mariscal Paul von Hindenburg accedió a entregar a Hitler el gobierno de la Alemania de entreguerras y selló así el destino de la República de Weimar.
La utopía de López es la del autoritarismo perverso, basado en el control de grupos y bloques de presión, entre los que se incluyen sus fuerzas de choque lumpenproletarias, que poco antes del anuncio presidencial de la rendición incondicional de Fox, comenzaban a rebasar a sus mandos formales, en busca de una confrontación violenta con los adversarios. Lo mismo que, en su época, los squadristi del fascismo italiano y los SA o Sturmabteling, batallones de asalto del nazismo.
El tabasqueño es intolerante y faccioso, fundamentalista y dictatorial. Su concepción mesiánica del deber al que se cree llamado, le impide concertar: quien no está con él, está contra él. A partir de posiciones similares, surgieron los campos de concentración nazis o estalinistas y las purgas implacables y sangrientas de corte polpotiano. Por supuesto, este es un escenario extremo; pero aun sin llegar a él, no parecen buenos los tiempos que pueden ser realistamente presagiados, por encima del optimismo simplón del radical chic.
México pagará las consecuencias del enfrentamiento Fox-López, con falta de inversión y empleos, menor crecimiento económico e incertidumbre jurídica.
La ampliación y modernización de la vida democrática mexicana transcurre hasta ahora, desde el 1 de diciembre de 2000, sobre la base de un débil y precario Estado de derecho que utiliza la ley de manera discrecional y es negociable por razones supuestamente democráticas y de estabilidad política.
En aras de la democracia y la estabilidad, el foxismo asume, a fin de cuentas, que la ley es negociable, lo cual se ha visto al menos desde los acontecimientos de Atenco; sin embargo, no ha considerado que tal actitud socava más el débil y frágil Estado de derecho y alienta comportamientos ilegales al amparo de la justicia social, además de que inhibe las inversiones y genera incertidumbre económica y política.
El gobierno federal aplica la ley de manera discrecional y lo hace en nombre de la justicia y de los más necesitados, mientras la mayoría de los ciudadanos aún ignora lo que implica la plena vigencia del Estado de derecho. Mientras no se registren avances reales al respecto, la gobernabilidad y la estabilidad continuarán en peligro pero, además, no habrá creación de empleos ni más inversiones.
Por lo pronto, el país continúa inmerso en una economía dividida entre un sector formal de alta productividad y salarios y un enorme sector informal que trabaja en condiciones semejantes a las existentes a mediados del siglo pasado. El marco institucional en el cual se ha desenvuelto la actividad económica, sigue privilegiando los intereses de una minoría, obsesionada ahora por sumar el poder político al económico y al eclesiástico: así lo atestiguan, por ejemplo, la aventura que ha emprendido el empresario regiomontano Alfonso Romo, decidido a financiar a un candidato y un partido para 2006; y la actitud cada vez más beligerante de la cúpula episcopal católica.
Un Estado de derecho cabal será siempre una condición necesaria para que las finanzas públicas se mantengan sólidas y el gobierno financie su gasto y contribuya al desarrollo económico. En México pasa todo lo contrario, porque es notoria la debilidad de sus finanzas públicas, misma que se deriva de un diseño tributario deficiente e ineficiente, así como de la existencia de un sector enorme de la economía que opera en la informalidad.
Ah, pero eso sí: la decisión de Fox de rendirse incondicionalmente ante López, lo convirtió, de repente, en jefe de Estado, en Presidente, en demócrata, a los ojos de una inmensa mayoría de la opinión publicada, de sus verdaderos patrocinadores, de sus aliados coyunturales y a veces incómodos y de los idiotas útiles (Lenin dixit) que se suman cada vez en números mayores. Es decir, cuando el Presidente opta por incumplir órdenes judiciales, ¡le da a la nación una lección de democracia! Así, lo que evidentemente sigue queriendo una buena parte de los mexicanos, es un Presidente por encima de la ley, que impida un proceso judicial en contra de un jefe de gobierno que no cumplió la ley. A ilegal, ilegal y medio.
Que la famosa capitulación simplifica la perspectiva política y social en el corto plazo, sin duda. Pero eso no tiene nada que ver con la democracia.
Existe una orden judicial del 20 de junio de 2003 que obliga a la PGR a actuar en el caso de El Encino. Dicha orden fue repetida en varias ocasiones, la última el 14 de abril del año pasado, cuando además se daban a la Procuraduría 20 días para cumplir. El plazo terminó justo el día en que fue solicitado el desafuero de López.
Ya sin fuero el susodicho, la PGR no actuó y finalmente dijo, como lo había anticipado Fox, que no actuaría. Hizo públicamente caso omiso de la ley, por órdenes del Presidente, hechas públicas sin el menor sonrojo, aunque después haya dado a conocer la versión de que el expediente aún no está cerrado.
¿Alguien lo creerá?
Ante tales hechos consumados, lo primero que se desprende, en estricto sentido legal, es que habría que proceder contra Fox. A fin de cuentas, el país no marcha por el rumbo correcto, aunque los aplaudidores, los idiotas útiles, los desinformados, los nuevos acarreados y las fuerzas de choque, aclamen ahora al señor de Los Pinos que hasta hace unas semanas, era el epítome del mal.
Si dos jueces, un tribunal colegiado y una sala de la Suprema Corte insisten en que hay un posible delito, lo que procedía es que López se defendiese en los tribunales y, de ser inocente como tanto se insiste, nada le hubiese impedido competir en la elección de 2006. Seguir el proceso de esa manera habría robustecido la esperanza de contar con un país de leyes, alguna vez.
La actuación de Fox, en cambio, pero sobre todo el aplauso mayoritario que provocó, simplemente confirman que el autoritarismo, en ambos sentidos –de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba-es duro de matar. Hay quien disfruta ejerciéndolo y muchísimos que en él se solazan, siempre y cuando vaya de acuerdo con sus intereses o con lo que les dice el caudillo en turno. Ya se ve que no nacieron para ser libres, aunque de libres se jacten.
El síndrome de la sumisión mesiánica sigue vigente en las mentes de muchos mexicanos que no pueden comprender aún cuán necesario es, para la democracia, el Estado de derecho. Y no es que se trate de usar la frase hecha para argumentar contra López, porque es autoritario, populista, o lo que sea. No es el tema en esta ocasión. De lo que se trataba era de hacer cumplir un amparo, el último recurso de un ciudadano frente al poder. Y esto no ocurrió.
El significado de este proceso es muy claro para el que lo quiera ver.
México se mantiene encerrado en buena medida en una estructura autoritaria, la que analizaba lúcida e implacablemente Octavio Paz en El ogro filantrópico; la búsqueda de padre, angustiosa, obsesiva, razón última de la existencia de un pueblo que nació hijo de La Chingada, es decir, de La Malinche, amante, compañera, cómplice, pero nunca esposa legítima del padre autoritario y mesiánico.
Esta es la realidad, incluso, de los medios de comunicación, que -libres de las trabas que no fueron tantas ni tan graves como ahora se les quiere presentar--, siguen utilizando viejas claves para entender nuevos tiempos.
Crean una realidad que les sea inteligible, en la que puede incluso resultar que López es un demócrata, o el gran candidato de la izquierda; o puede también resultar que Fox es un demócrata. ¿Por qué, si en verdad López es inocente, prefirió este acuerdo autoritario, vertical, a limpiar su nombre frente al juez? ¿Por qué prefiere Fox ser omiso? Y el corolario es elemental: ¿por qué creer entonces que son demócratas?
Cierto: en el corto plazo, la tensión política se ha reducido significativamente. La belicosidad de las fuerzas de choque se apaciguó.
Parece imperar una inmensa tranquilidad: la que resulta de regresar a lo conocido, de ya no seguirle buscando a ese mar de incertidumbre constituido por la democracia y el imperio de la ley. ¿Para qué sufrir, si está abierto el eterno retorno a los tiempos felices en los que el poderoso determinaba lo legal?
Y no sólo en el clásico chascarrillo anecdótico de: "¿Qué horas son? Las que usted diga, señor Presidente", sino en la nostalgia por el estalinismo, por Hitler y Mussolini, por las guerrillas suicidas y siempre estériles, por el terrorismo supuestamente revolucionario; al menos, por la Legión Sagrada, el Macabeo Miguel Miramón, los cristeros, La Base y la Unión Nacional Sinarquista. Si en el corto plazo puede alcanzarse esa tranquilidad, también es posible con la mirada puesta en el futuro lejano.
Claro que todo tiene un reverso: es posible, entonces, asegurar que nada cambiará, que invertir en México seguirá siendo riesgoso porque habrá que seguir usando la ley de modo arbitrario. Cuando el Estado no tiene contrapesos claros, institucionales, el inversionista tiene que cubrirse de un posible ataque. Lo hará de dos formas: una, exigiendo mayores ganancias para sus inversiones. La otra, asociándose con los poderosos para evitar un golpe.
Esto significa que el nivel de la connivencia entre el poder político y el económico es resultado de la fragilidad institucional. Tal es el problema de fondo con la decisión de Fox: que no se fortalezcan las instituciones, que se mantenga la debilidad que abre paso, entre otros muchos males, a la corrupción. ¿Vivan la democracia, el rayito de sol para 2006, el cambio y el nuevo protagonismo de la sociedad civil? De risa loca. Si no fuera tan trágico.