MÁS ALLÁ DEL AMOR

 

Mi carrera como actriz fue breve pero brillante. Mi formación en el Teatro Nacional fue muy buena así que casi desde el comienzo tuve la oportunidad de representar papeles importantes tanto de personajes reales como de ficción. Cuando lo conocí, en una reunión de amigos, estaba finalizando una muy exitosa temporada representando "Casa de Muñecas" de Ibsen, en el que yo hacía el papel de Nora. No sé si porque fue el último que representé o por los sucesos que habrían de ocurrir más tarde en mi vida pero fue el personaje que más profundamente caló en mi corazón. Cuando asumía un rol le entregaba todo de mí, me transformaba realmente, pero una vez que bajaba del escenario volvía a ser yo .por lo general regresaba a casa, me daba una ducha y despojaba de mi cuerpo y de mi mente todo vestigio del personaje que habitara en mí momentos antes.

 

Cuando María Elena me lo presentó en su casa, la amplia sonrisa que iluminaba su rostro me cautivó. Me reconoció de inmediato, en cambio yo no sabía que estaba frente al escritor más afamado del momento. Tomó mi mano y la besó con delicadeza, a partir de ese momento permanecimos juntos hasta que finalizó la velada los tres meses nos casamos y emprendimos una prolongada gira por Europa. Rodolfo había sido invitado por varios países, con motivo de la presentación de su última novela.

 

El primer paso que di para complacerlo fue rescindir mi contrato para representar "Casa de Muñecas" en las principales ciudades del interior del país. Mi esposo me había asegurado que al regreso de nuestro viaje, podría continuar ejerciendo mi profesión, que jamás se opondría a ello Pero no fue así, poco a poco fui dejando, sin darme cuenta, de ser yo misma para ser, exclusivamente, la señora de... siempre sin advertirlo, me fui convirtiendo en su principal personaje. Me escribía los libretos y yo los interpretaba al pie de la letra.

 

Nunca tuvo para conmigo una palabra o un gesto desagradable, por el contrario fue minando mi voluntad a través de la seducción, de la fascinación que ejercía Sobre mí.

 

Para vacacionar este último verano habíamos coincidido en alquilar una casita a orillas del mar en un balneario algo alejado y no muy populoso para que pudiera trabajar tranquilo.

 

Llevábamos varias horas transitando por la ruta que bordea la costa atlántica cuando advertí que Rodolfo desviaba el auto y tomaba por un atajo. Al preguntarle el porqué no me respondió. A los pocos minutos nos deteníamos frente a una casona que se parecía a un castillo medieval en medio de un páramo. Pensé que íbamos a visitarla. Cuando me anunció que era la casa donde pasaríamos nuestras vacaciones, creí que iba a desmayarme. Abrí la portezuela del auto y bajé. Sin decir palabra me abrazó y me llevó hasta el pie de la escalera que conducía a la galería, allí me alzó en brazos y subió cargado conmigo. Todo estaba preparado de antemano. La puerta de entrada estaba abierta de par en par, en el centro del ambiente, sobre una mesa ratona había un jarrón con rosas rojas. Con sumo cuidado, como si fuera una muñeca de porcelana, me depositó sobre un enorme sillón de pana gris. Me pidió que no me preocupara, que todo estaba previsto. Un matrimonio que había contratado estaría a mi servicio, el hombre tenía un pequeño automóvil para ir a buscar al pueblo más cercano lo que yo deseara.

 

A medida que transcurrían los días, la estadía en aquél lugar se me hacía cada vez más insoportable ni siquiera teníamos teléfono. Me dijo que era una decisión suya que estando de vacaciones, no nos haría falta para nada. Tampoco le había dado la dirección a ninguno de nuestros amigos, según él, para que nuestra tranquilidad fuera completa.

 

Conseguí la anuencia de Rodolfo para que el casero me llevara hasta el pueblo ya que deseaba comprar algunas cosas. Aproveché la ocasión para hablarle a María Elena y contarle la situación por la cual estaba pasando. Quedamos en que a la noche siguiente me esperaría en un sitio determinado de la ruta. Esperé a que Rodolfo se durmiera. Ya tenía preparado un bolso con las cosas más imprescindibles. Salí cautelosamente de la habitación. Parecía una autómata, no podía reaccionar, cerré la puerta y comencé a bajar la escalera cuando escuché a Rodolfo que gritaba mi nombre de tal modo que la casa parecía temblar. Me quedé paralizada, la maleta cayó de mi mano y rodó hacia abajo. Estaba quieta, como un objeto inanimado, deseando que él apareciera para que me diera vida. Escuché que la puerta se abría tras de mí y sus pasos que se acercaban. Me tomó suavemente de los hombros y me hizo girar hacia él al tiempo que me preguntaba ¿Dónde ibas amor? ¿No sabés que no sabría, que no podría vivir sin vos? Tampoco yo -le dije sollozando mientras lo abrazaba con desesperación.

 

Entonces comprendí que nunca podría parecerme a Nora, que jamás podría, como ella, tomar la decisión de marcharme.

 

Autora: Úrsula Buzio. Buenos Aires, Argentina.

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