MAGIA BLANCA

Por Elizabeth Marcela Bonilla García

 

Retornan las viejas letras,

una chispa es llamarada,

una ceniza es plateada,

se escuchan voces siniestras;

pronuncian palabras diestras,

el eco lleva el hechizo,

gira en la senda del rizo

como un veloz torbellino,

lo atrapan redes de lino

y explota en viento rojizo.

 

Brilla las noches gitanas,

visten con lunas de cera,

surge la bella hechicera

envuelta en sedas lozanas.

Hablan en tierras lejanas

del poder de sus encantos:

porque ha liberado a tantos

atrapados en marfil,

ha descubierto un perfil

que se disfraza con cantos.

 

Dicen que tiene ojos místicos

más intensos que lo oscuro,

para mirar el futuro

y disolver actos cínicos.

Escribe conjuros únicos

sobre páginas violetas

que permanecen completas

en el Libro de los Versos;

ahí, no existen los rezos,

sólo palabras secretas.

 

La Iglesia es quien la condena,

la pinta como farsante,

como mujer ignorante

que religión envenena

y se mantiene serena.

Su libro desean tener,

-¡en el fuego debe arder!-

para controlar su mundo,

que se rebela iracundo

y lucha antes que ceder.

 

Persiguen a la hechicera,

pero no saben quién es,

-¿cómo hallar al que no ves

sin resbalar en su hoguera?-

La magia blanca no espera,

pero tampoco hace mal,

funde de espada el metal,

porta la esencia de paz

y tira el vil antifaz

de su enemigo final.

 

El enfrentamiento llega

entre la magia y lo real,

lo mortal y lo inmortal,

entre una manada ciega

y una inocente estratega:

No sólo mira el futuro,

crea un contacto seguro

con el pasado y el presente;

crece su aura lentamente,

evoca un firme conjuro:

 

"¡Detengo el tiempo en mis manos

para abrir su gran portal,

los siglos son de cristal,

predicen años cercanos,

no son morada de humanos!

¡Te invoco espectro estelar,

estigma y rito del mar,

principio de todas las cosas,

final que marcan las diosas:

Eleva un alma polar!"

 

Todo el cielo oscureció,

había aroma de tormenta

y entre nubes de magenta

néctar de ámbar descendió.

La hechicera apareció

sobre la gran multitud,

la vejez vio juventud,

en magia blanca, vapor,

una razón de estupor

sin mayor similitud.

 

Regresó la luz del día,

los colores naturales

ya no eran esenciales,

ya no había hechicería,

terminó su cacería.

No hay entrada ni salida,

sólo gente confundida;

se ha cerrado aquel portal,

se esfumó todo ritual,

última vela encendida.

 

Nunca más se volvió a ver

a la hechicera escarlata

que magia blanca desata;

no murió, ni ha de volver,

pues no entienden su poder.

Viaja en los siglos eternos,

cruza los mismos infiernos

y conserva su pureza;

es la nieve, es realeza,

en el frío de los inviernos.

 

 

Regresar.

1