EL LEMA Y EL INDIO
Avanzando por el sinuoso
camino andino, despertaron a bordo de un micro sacudidos por el fulgor de un esplendoroso
amanecer. La zona montañosa de picos nevados mantenía semioculto al sol,
mientras éste trepaba sobre ellos sin dejar de agitar sus brazos para darles la
bienvenida a las almas entrantes a “El Bolsón”, en los confines del Río Negro.
Los pasajeros que llegaban a ese
maravilloso lugar, con la intención de acampar unos días, integraban la Sección Menor de un Grupo de
Scouts de Argentina, a cargo de su Jefe de Manada (Akela), el Maestro Scout
Rolando Zanatta, y los Dirigentes de Lobatas y Lobatos. Además, la voluntad de
tres madres Colaboradoras. El contingente estaba compuesto por 36 menores de
ambos sexos, de siete a diez años de edad, y ocho personas adultas. Entre ellos
existen siempre quienes se destacan por una u otra cosa, y en estas convivencias
cada uno demuestra su verdadera esencia.
Antes de partir se había determinado, de
común acuerdo, un lema que debería ser honrado con el cumplimiento en forma
permanente. Para evitar el olvido, cada integrante lo llevaba impreso en un
distintivo, cuyo texto decía: “OBEDIENCIA Y VERDAD POR UN MUNDO EN PAZ”.
Dirigiéndose hacia el Camping Municipal
pudieron conocer un sector de cultivo autóctono, del “lúpulo”, cuya flor de
color ámbar se procesa como ingrediente para la elaboración de la cerveza. Una
vez llegados al sitio previsto, se quedaron admirados al verse rodeado de
álamos y araucarias, delimitado por el florido amarillento de las retamas
silvestres y del lado opuesto, el atractivo Río Azul. Entusiasmados armaron las
carpas formando un círculo en el terreno pedregoso, Mientras tanto preparaban
el mate cocido para el desayuno, en una cacerola que el tizne iba envolviendo
lentamente.
El resplandor de una preciosa mañana los
movilizó muy temprano, iniciando una caminata hasta el Centro ictícola, más
precisamente un lugar donde se crían y procesan en ahumaderos, las truchas arco
iris. Los chicos asombrados, recorrían tranquilamente las instalaciones, hasta
que una pequeña Lobata llamada Macarena se apartó irresponsablemente del grupo
y comenzó a caminar sobre el elevado borde de un estanque. Raksha, la Mamá
Loba, le indicó que se bajara porque era peligroso. Pero el sorpresivo y
estridente grito de la mujer hizo vibrar a la nena que al reaccionar se
desequilibró cayendo al agua. ¡Alarma
General! Macarena levantaba los brazos temblando, desesperada pidiendo auxilio.
Akela, el Jefe de la Manada, mantuvo la calma, sin demostrar ninguna intención
de socorrerla… a pesar de que los Lobatos asustados gritaban pidiéndole que la
sacara del piletón ¡Que la salvara! Pero el Viejo Lobo sonreía, y le indicó a
la accidentada:
- Vamos Macarena, acercate hasta el
borde y salí. ¡A la caza!
- ¡No puedo, me ahogo, me muero, me
comen los pescados!
El pánico no le permitía darse cuenta
que la profundidad no superaba el medio metro, que estaba de pie y sólo debía caminar. El cardumen de los
peces era muy denso, y las que realmente estaban asustadas eran las truchas. La
niña se encontraba en medio de ¡Una verdadera truchada! Tuvieron que regresar
urgente al camping porque la Lobata se había mojado con el agua que proviene de
los deshielos, arruinando ese paseo. Los cachorros experimentaron la primera
lección, Macarena había olvidado el punto “OBEDIENCIA” del lema, desoyó la
orden de no apartarse, lo cual le costó una gripe por el enfriamiento, y para
su curación le recetaron un repugnante jarabe ¡Y tres inyecciones de las
grandes! También perdió la posibilidad de participar de las actividades como
del resto de las salidas. Eso sucedió por ¡Desobedecer!
Al día siguiente, mientras ascendían por
las sendas del cerro “Cabeza del Indio”, el Lobato Mauro, que vivía contando
sus anécdotas y conocimientos sobre campamentos adquiridos en otra Manada,
porque recibió esa instrucción entre los siete y ocho años en el Grupo
Salforrín, de Córdoba, y ya estaba por cumplir los nueve. recogió a la vera del
camino, unos frutos silvestres, desconocidos para todos menos para él, que
según sus afirmaciones, poseía capacidad para seleccionar alimentos de la
naturaleza como “experto en supervivencia”. Entonces para demostrar lo dicho,
los llevó a su boca y se los comió. La descompostura tardó dos minutos en
actuar, dolores intestinales, vómitos, fiebre y una diarrea espontánea…
cargándose encima el error cometido. Además, lo ayudó el ¡Miedo a morir envenenado!
Eso sucedió justo que estaban llegando al punto del cerro, donde se observa la
natural imagen que origina su nombre. Akela dispuso volver de inmediato al
campamento y el traslado del intoxicado al hospital, donde le hicieron beber
aceite de pescado para un lavaje de estómago y una terrible enema de
detergente, quedando internado. El
Lobato arruinó la excursión, mantuvo preocupado al resto del grupo y salvó su
vida por milagro. Mauro no tuvo en cuenta el punto “OBEDIENCIA” del lema, no
respetó las recomendaciones, y además, faltó a la “VERDAD”, haciendo alarde de
conocimientos que nunca existieron, o sea que ¡Desobedeció y mintió!
Al llegar la noche, iluminados por las
estrellas, estaban reunidos alrededor del fogón y luego de haber cantado
acompañados por las guitarras de la pantera Bagheera y Kah, la serpiente, se
arrimó Don Genaro, un anciano encargado del lugar, quien se ofreció para
contarles una leyenda de la zona. La aceptación fue unánime, y el hombre viejo,
de piel rugosa, acariciando su barba blanca, se sentó sobre un tronco y
acomodándose el sombrero, inició el relato de la historia del “Currualhué” que
en nuestra lengua mapuche significa Alma Negra. La leyenda, se refería a las
apariciones horribles de un indio
araucano, hijo del Cacique Lonco-Curá (Cabeza de Piedra) que había vivido hace
unos quinientos años, en el sur argentino. El mismo suele aparecer bajando de
las montañas en noches de luna llena, trayendo en su mano izquierda, tomada de
los cabellos y sin soltar jamás, la cabeza sangrante de un conquistador español
que, según dicen, había engañado y matado a su padre. Enseguida comenzó a
correr un escalofrío por las espaldas de los pequeños cachorros… y de los
grandes, también. El viejo sureño, al mencionar al indio, se ponía cada vez más
nervioso, pero continuó:
“En su mano derecha empuña el enorme
cuchillo de la venganza, dispuesto a degollar a los huincas (hombres blancos)
sin distinción de sexos ni edades, los que, según su creencia, hayan ayudado o sean MENTIROSOS, como aquel
invasor asesino”.
Un aterrorizado Lobato, con voz
entrecortada, lo interrumpió preguntando:
- ¿Pero todavía sigue haciendo… esas cosas? ¿No se cansa nunca?
“Todavía no descansa en paz por cumplir
con las órdenes que le dejara su padre, el Cacique, antes de ser ejecutado:
“hacer justicia de acuerdo a sus ancestrales costumbres”. Es decir que lo hace
por “OBEDIENCIA”. Pero su odio al hombre blanco se basa en “la mentira”, porque
ellos lo engañaron, al prometerle ayuda para su gente, y contrariamente, lo
traicionaron. Cuentan que por el paso de los años, está tan viejo que ya no ve
muy bien, no distingue a un varón de una mujer, y que ante la duda, se acerca cara a cara para mirarle los ojos a
cualquiera… ¡Es algo espantoso!”
- ¿Es medio feíto ese… señor… el indio morocho?
–Preguntó lagrimeando una lobata-.
- “Bastante, bastante… quienes lo vieron
afirman que tiene ojos profundos, huecos, oscuros y con telarañas. Además, el
Currualhué arrastra un aspecto horrible, rengo y encorvado, un olor apestoso,
de melena sucia, andrajoso y con una desagradable serpiente de cascabel sobre
los hombros acariciándole el cuello, y se dice que su veneno alimenta la sed de
venganza. Es inmortal por ser un alma negra en pena. Aparece y desaparece en la
oscuridad”.
Akela, Bagheera y Baloo iban cobijando
en sus brazos, a los Lobatos que se arrimaban temblando. Kah se desplomó por un
desmayo. “Le bajó la presión”, según comentaron… pero todos sabían que si le
temblaban las piernas, era de puro “Cuiqui”. Don Genaro prosiguió el relato
para ir terminando:
“A pesar de su aspecto, nadie, nadie
debería tenerle miedo. Sólo deben temerle quienes mienten, porque los que hoy
dicen mentiras, mañana, seguramente cometerán una traición… la única arma para
protegerse es decir siempre, siempre la “VERDAD”…”
Cuando Don Genaro se retiraba, le
solicitó a los Lobatos y Lobatas que lo acompañaran hasta su hogar, porque no
se sentía seguro, creía que ese día había dicho una “macana”. Guiados por el oso Baloo, las treinta y seis almas
rodearon al abuelo custodiándolo, quien, mientras caminaban, les comentó que le
hubiese gustado vivir en un MUNDO EN PAZ”, y que eso era posible: simplemente
hablando con la “VERDAD”. Al llegar el anciano lo agradeció y apuntando con el
dedo índice hacia el cielo, aconsejándolos con voz ronca les dijo:
- Cuídense, pequeños lobos. Hay luna
llena…
Y de inmediato se refugió en su casita,
trabando puertas y ventanas, sin poder disimular su estado temeroso, porque
estaba muy, muy asustado.
En el ambiente quedó demasiado
nerviosismo, era tarde y el elocuente silencio indicaba temor. Akela ordenó que
se acostaran en sus bolsas dentro de las carpas, que respetaran la hora de
sueño y que nadie se moviera de su lugar hasta el horario del toque de diana y desayuno. Disfrutando el momento
de paz, bajo la serena oscuridad de la noche, mientras soplaba una suave brisa,
el Jefe de Grupo, las mujeres colaboradoras y los jóvenes Dirigentes, se
reunieron cerca del fuego a evaluar los acontecimientos, y mientras tanto,
tomar unos mates calentitos.
Antes de dormirse, Cristian, un gordito
picarón y el inquieto de Wálter, dos Lobatos que habían manifestado que lo
contado por el viejo Don Genaro no se lo creía nadie. Por lo tanto ellos no
tenían miedo a nada. Pasado un lapso,
ambos salieron de la carpa con la perversa intención de asustar al resto de los
acampantes. Caminaban arrastrando los pies y haciendo bulla como fantasmas, al
tiempo que sacudían las cuerdas de los dormitorios de lona, sembrando el
pánico. No advirtieron que los estaban observando los Dirigentes. Baloo, el oso
Maestro de la Ley, decidió
sorprenderlos y llamarles la atención, pero no fue necesario porque una vaca
guampuda, habitante del lugar, que se sintió molesta, se apareció por detrás
mugiendo y haciendo crujir los arbustos… Ante la oscuridad y el pánico no
tuvieron tiempo para analizar, ni siquiera
su silueta y el terror se apoderó de los terroristas, que sólo atinaron
a gritar:
- ¡Raksha, Akela, Bagheera, Baloo, Kah,
Tabaqui, Shere Khan, Ayúdenme! ¡Es Currualhué, el indio Currualhué! ¡Quiero ir
con mi mamá!
Sin más que hablar, huyeron desesperados
buscando refugio, pero lamentablemente, en esa enloquecida carrera, Wálter
tropezó con una estaca, giró en el aire
y al caer se fracturó un brazo, al tiempo que Cristian huyó despavorido en
sentido opuesto, hasta que trastabilló al esquivar un árbol, cayendo acostado
de panza, en un desagüe cloacal de los baños, lastimándose el rostro con unas
piedras. El gordito, antes que lo vendaran como una momia, con las heridas en la cara se lo veía muy
feo, pero el olor era mucho ¡pero mucho peor! Ambas víctimas, lejos de
reconocer la falta cometida y a pesar de estar doloridos, mientras esperaban la
llegada de la ambulancia, trataban de convencer a los Viejos Lobos que ellos se
vieron obligados a salir a espantar al Currualhué, que andaba merodeando el
campamento. Wálter aseguró que cuando lo enfrentó tomando a su mimosa serpiente
para estrangularlo con ella, el indio se defendió pegándole con la cabeza del
muerto, la que debe estar petrificada por eso le quebró el brazo. En tanto
Cristian afirmaba haber amedrentado al monstruo araucano, metiéndole los dedos
en los huecos de sus ojos, y el indio derrotado decidió esfumarse, pero,
arrastrándolo a él hasta arrojarlo en la maldita zanja, por la misma que huyó
cobardemente esa bestia aborigen… La escena era de descontrol, los niños
temblaban de frío y llorando aterrorizados, se abrazaban a las Dirigentes y
madres acompañantes, pretendiendo dormir en masa bajo la imagen protectora de
San Francisco de Asís. Por otro lado, a Wálter le inmovilizaron el brazo con un
banderín de seisena, pero lloraba quejándose, incrementando el propio
sufrimiento por no quedarse quieto. Luego en el hospital al no tener anestesia
y a pesar de sus gritos, recurrieron a dos enfermeros que lo ataron a la cama,
colocando los huesos en su lugar con un par de golpes, y después lo
entablillaron. Mientras tanto Cristian lagrimeaba sangrando, a la vez que le
protestaba a Akela porque no le creía su fabulosa historia y por los baldazos de
agua con lavandina, que le arrojaba tratando de quitarle el asqueroso olor
excrementicio. Estos niños habían salido de las carpas, pese a las
recomendaciones en contrario, omitiendo la “OBEDIENCIA” y luego mintieron
reiteradamente, o sea que también faltaron a la “VERDAD”.
Reunido el Consejo de Dirigentes para
evaluar la situación, considerando que en dos días tuvieron cuatro niños
accidentados y que a ese ritmo volverían con la mitad de la Manada. Estimaron
que si todos sintieron miedo a Currualhué, el indio justiciero, sería porque
ninguno respetó el lema, cada uno cargaba en su conciencia, el saber que si no
desobedeció, mintió o hizo las dos. En consecuencia determinaron que sería
imposible tener un “MUNDO EN PAZ” y menos convivir con la desobediencia y la
falta de sinceridad, con quienes no aceptan indicaciones de los Viejos Lobos y
mienten, provocando momentos desagradables, arruinando los paseos, llenando al
grupo de amarguras y comprometiendo a quienes representan a todos los padres,
que son los Dirigentes, quienes tienen la responsabilidad de regresarlos sanos
y salvos. Por lo tanto, se decidió
retornar de inmediato a casa.
Cuando se lo comunicaron a los Lobatos,
se produjo un descontento generalizado, cundió el “por qué” pidiendo
explicaciones con caras de tristeza. Hasta que deliberando, en el Consejo de la
Peña, llegaron a un acuerdo: Paula, una de las madres colaboradoras, que en
ningún momento se sintió bien al no adaptarse a la altura, propuso volverse con
Macarena engripada, Mauro intoxicado, Wálter enyesado y Cristian con la cara
“emparchada”. El resto de la Manada se comprometió y juró, cumplir cada orden,
indicación, sugerencia o lo que sea, al pie de la letra, honrando en todo
momento al lema que ellos mismos habían definido: “OBEDIENCIA Y VERDAD POR UN
MUNDO EN PAZ”. Entonces Akela tratando de oír el compromiso de la palabra,
exclamó:
- ¡OBEDIENCIA Y VERDAD!
- ¡PARA UN MUNDO EN PAZ! –Respondieron
todos al unísono -
Con la promesa formulada, saltaban de
alegría, abrazándose emocionados al saber que se quedarían hasta el final.
Akela, sintió un alivio en sus preocupaciones. El contingente cumplió sus
objetivos, realizaron todas las salidas planificadas, disfrutándolas sin
inconveniente alguno. Asimismo, en cada oportunidad que le resultaba posible,
el Viejo Lobo, empuñando el distintivo que contenía el lema, levantaba su
brazo y repetía:
¡OBEDIENCIA Y VERDAD POR UN MUNDO EN
PAZ! ¡Gracias a Usted lo logré, Don Currualhué!
Todos conocieron la ayuda fantástica del
Currualhué, pero el verdadero agradecimiento, como siempre debe ser, fue hacia
nuestro Gran Jefe, repitiendo “Señor Jesús, tu que fuiste niño como yo…”.
¡SIEMPRE LYSTOS PARA SERVIR MEJOR!
Autor: Edgardo González. Buenos Aires,
Argentina.