LECCIONES DEL REMOTO PASADO
Por Juan José Morales
La gran extinción ocurrida hace 65 millones de años —al parecer debida al impacto de un asteroide o cometa que cayó en lo que ahora es el puerto de Chicxulub en el norte de Yucatán— y durante la cual desaparecieron los dinosaurios, no ha sido la única en la historia de la Tierra. En épocas anteriores hubo otras de similar o mayor magnitud. Una de ellas se registró hace 250 millones de años y se le considera la mayor catástrofe biológica de este planeta, pues acabó con el 90% de las especies de plantas y animales marinos y casi las tres cuartas partes de la flora y la fauna terrestres entonces existentes.
Esta gran extinción ocurrió cuando aún los continentes no se separaban y estaban unidos en un solo supercontinente llamado Pangea. Muchos científicos pensaban que fue causada también por el impacto de un gran cuerpo celeste que —como en el caso del cometa o meteorito de Chicxulub— provocó una enorme explosión que desató devastadores incendios por todas partes y envolvió la Tierra durante meses o años con densas nubes de humo, polvo y gases que desquiciaron el clima y al bloquear la luz del Sol, dieron origen a una especie de miniedad de hielo, con temperaturas bajo cero que aniquilaron a la gran mayoría de las formas vivientes.
Pero recientes estudios científicos sugieren que no fue así, sino que la masiva extinción de hace 250 millones de años fue de origen enteramente terrestre. En concreto, se debió a una intensa actividad volcánica que llenó la atmósfera con cenizas, dióxido de carbono y otros gases. El resultado de ello fue una disminución en los niveles de oxígeno atmosférico y un incremento en las temperaturas por el llamado efecto invernadero. Es decir, porque los gases emitidos por los volcanes dejaban pasar hacia la superficie terrestre la radiación térmica de ondas cortas procedente del Sol pero atrapaban e impedían escapar al espacio la radiación infrarroja, o sea la energía calorífica de ondas largas que emiten el agua y la tierra al calentarse con la radiación solar.
Los estudios científicos que llevaron a estas nuevas conclusiones sobre la Gran Extinción, fueron realizados por investigadores de los Estados Unidos y Sudáfrica. Al examinar restos fósiles de aquella época, encontraron evidencias de una gran mortandad de especies vegetales y animales, pero no dieron con rastros dejados por algún impacto cósmico como en el caso del cráter de Chicxulub, en cuyos alrededores hay además grandes cantidades de ciertos objetos llamados tektitas que se forman en condiciones de alta presión y temperatura. En cambio, hallaron numerosas evidencias de que la extinción coincidió con una fuerte y generalizada actividad volcánica en casi todo Pangea. Comprobaron también que a medida que se elevaba la temperatura por el efecto invernadero causado por el dióxido de carbono de las erupciones, se liberaban grandes cantidades de metano atrapado en el lecho del océano. Ese gas, a su vez, intensificaba el efecto invernadero y por lo tanto la elevación de las temperaturas en todo el mundo, además de reducir la proporción de oxígeno en el aire. Finalmente, la situación llegó a un punto en el que el intenso calor y la falta de oxígeno volvieron imposible la vida de la mayoría de las especies que habitaban la Tierra.
Según los registros fósiles, todo esto ocurrió en dos etapas: una de extinción gradual que se prolongó durante diez millones de años, y luego una en que se incrementó considerablemente el ritmo de extinción en un período de cinco millones de años.
Lo interesante de todo no es tanto haber aclarado lo que ocurrió hace 250 millones de años —cosa que a la gran mayoría de la gente no importa absolutamente nada— sino las lecciones que pueden extraerse de estos acontecimientos del remoto pasado. Porque resulta que ahora estamos entrando a un período de incremento generalizado de la temperatura de la Tierra a consecuencia del efecto invernadero. Pero ello no se debe, como en esa distante época, a fenómenos naturales —erupciones volcánicas— sino a la acción humana, que con el creciente consumo de combustibles fósiles está llenando la atmósfera de gases y alterando su composición química. Si ese proceso continúa, nos veríamos —como hace 250 millones de años— ante una nueva y gran extinción de la que podría ser víctima el Homo sapiens mismo.