LECCIÓN
DE VIDA
Esta
semana mi vida fue un poco distinta, me caí en el centro de la ciudad donde
vivo, y me lastimé los ligamentos de la rodilla derecha, pero más que otra
cosa, esta lesión me hizo aprender de golpe una lección que no esperaba y que me
gustaría compartir con ustedes.
Esta
caída, aparte del inmenso dolor que me causó, me hizo ver lo amada que soy por
la gente que me rodea. Pero también me hizo darme cuenta lo difícil que es
pedir ayuda y tener que depender de la gente para hacer las cosas más simples,
como ponerte los zapatos, como ir al baño.
Les
cuento esto porque quiero dedicarles un aplauso de pie a todas esas
extraordinarias gentes llenas de valor, fortaleza y humildad que habitan este
planeta, a todos los malamente llamados discapacitados, porque, a mi parecer,
están mucho más capacitados que nosotros para hacer las cosas. El vivir con mi
mamá, Verónica Aguilar, ha sido un honor y una dicha, pero también un gran
entrenamiento, y tal vez hasta ahora comprendí por qué muchas veces ella
prefería quedarse con las ganas de hacer algo, por no pedir ayuda. Es realmente
frustrante tener que depender de los demás para hacer tus cosas, y es muy
desesperante que con cada paso que des y cada vez que te muevas, tengas veinte
personas alrededor tuyo vigilándote para que no te caigas. Reafirmé ahora lo
que aprendí hace ya casi siete años cuando mi mamá perdió la vista, no por ser
ciegos son inútiles o incapacitados para hacer las cosas, no por tener alguna
“discapacidad” son inservibles, simplemente son diferentes y eso es lo que los
hace especiales.
Esta
semana aprendí lo difícil que es pedir ayuda, y el logro constante que
representa no necesitarla, esta semana aprendí lo afortunada que he sido al
tener la oportunidad de convivir con guerreros de acero, con ángeles de
voluntad férrea, con los héroes cotidianos que son todos ustedes, por que en
verdad es una labor titánica la que realizan a diario, y lo hacen ver tan
sencillo, que yo, honestamente me olvido de que tienen alguna limitación
física, por que su mente, y su fortaleza, son mas grandes que cualquier otra
cosa que yo haya visto.
Mil
gracias a Dios por darme el honor de tener una madre tan maravillosa, gracias a
la vida por brindarme la oportunidad de convivir con todos y cada uno de
ustedes, y gracias a ustedes por enseñarme que en esta vida no hay imposibles,
y que con fe, voluntad y esfuerzo, todo se puede.
Reitero
mi aplauso de pie, a ustedes, los que día a día llevan acabo su batalla y salen
triunfantes, a los que día a día demuestran el significado de la palabra
fortaleza, a los que hacen que valga la pena la palabra respeto.
Toda
mi admiración y mi eterno agradecimiento.
Autora:
Margot Gutiérrez Aguilar.
Cuernavaca,
Morelos. México.