LA LOCA DEL VIOLÍN
Katherina Shulsz perteneció a la realeza
polaca, su familia había sufrido las apropiaciones rusas.
En época del zar Nicolás, debieron huir con
su madre y su hermana, hecho que las alejaría de la inestabilidad política. El
tren era la esperanza para ella y su familia, el tren representaba la libertad.
Otro mal las cernía, la fiebre amarilla.
Había orden terminante, el que presentara signos de poseerla debería ser
ejecutado inmediatamente,
Su hermana, Ruth, estaba invadida por
esa terrible enfermedad, nadie absolutamente nadie podía quedar con vida, la
terrible peste sacudía Europa. Ruth había sido maquillada rigurosamente por su
madre y hermana pero ni el rubor de sus mejillas lograba simular su piel
amarillenta y los ojos perdidos atacada por la intensa peste.
Lograron abordar los camarotes, las
mujeres imploraban en silencio, jamás pensaron que sufrirían una nueva
inspección. Inesperadamente los soldados abordaron el tren, tomaron a Ruth por
un brazo y sin más un certero disparo terminó con su vida ante el asombro y el
dolor inmensurable de las mujeres.
El tren siguió su marcha. Katherina
comprendió que la vida no nos pertenece, ella es parte del tiempo y las
circunstancias.
Así llegó a la Argentina con el alma
templada por el dolor. En Rosario conoció a un terrateniente con quien tuvo una
hermosa niña y deseosa de paz pidió a su marido habitar la estancia que tenían
en el sur.
El paisaje patagónico le atraía
profundamente.
La niña recibía educación con principios
europeos, su madre daba clases de música y ella tenía un gran talento para
ejecutar el violín.
Cada quince días iba con el mayordomo a
esperar la llegada del tren, con gran ansiedad recibía correspondencia,
catálogos de moda y libros pero ella esperaba ansiosamente su nuevo violín que
le entregó, ese día, un atractivo joven, guarda del tren. Sus miradas quedaron
suspendidas en el tiempo de vidas pasadas y los encuentros furtivos se sucedieron
a cada llegada del tren. Con el tiempo los comentarios de los lugareños
llegaron a oídos de su madre, ésta le prohibió a su mayordomo que la llevara a
la estación. La angustia comenzó a torturarla, muchas veces se escapaba
descalza y con su violín hasta que el tren se retiraba.
La preocupación de su madre no cesaba,
veía con terror que la vida de su hija estaba suspendida en la locura de un
amor imposible, nada sabía del joven, los recuerdos de la muerte de su hermana,
el tren huyendo de Rusia la llenaban de tristeza.
Aquella mañana lluviosa la niña
visiblemente desmejorada llegó a la estación de trenes.
En el borde del andén comenzó a tocar
una suave melodía y balanceándose armónicamente con un gesto de desesperación
se arrojó a las vías. El bramido de la locomotora apagó los gemidos de dolor.
La loca del violín ya pertenece al
imaginario colectivo. Hay vidas que sólo se encuentran fugazmente en la tierra
para luego unirse en el camino final.
Cuenta la leyenda que cuando el tren se
aproxima al pueblo se escucha en el viento la melodía de su violín.
Autora: Noemí Guillermina Guzmán. Buenos
Aires, Argentina.