JUAN DEL JARRO
Para cualquier potosino, en cualquier
tiempo y lugar donde se encuentre, oír el nombre de Juan del Jarro significa la
bella y señorial ciudad de San Luis, porque Juan del Jarro, más que personaje legendario,
se antoja histórico, por las anécdotas extraordinarias que sobre él voy a
referir.
Eran aquellos románticos tiempos de
mediados del siglo XIX cuando por las rúas de la capital sanluisense se
escuchaba el trotar de los caballos enjaezados, tirando de lujosas carretelas
sobre las que paseaban damas de alta alcurnia acompañadas de gentiles
caballeros. Cuando las damas elegantes bajaban de los carruajes, el lacayo,
ataviado con traje de librea, sombrero de copa y guantes blancos,
ceremoniosamente abría la portezuela adornada con los escudos heráldicos de sus
acaudalados poseedores; entonces los caballeros tendían su galante mano, para
que las manos delicadas que despedían aromas de sutiles perfumes de Francia,
sujetáranse y sus dueñas pudieran apearse sin tropiezo.
En tanto se sucedían estos momentos
tranquilos, corrían de boca en boca por la ciudad las violentas noticias de que
por los caminos carreteros, (llamados así porque por ellos transitaban
carretelas tiradas por caballos o acémilas), una diligencia era asaltada por
malhechores, ya fuesen estos los Capablanca, los Diezgutiérrez u otras gavillas
que merodeaban los caminos para desvalijar las conductas, así llamadas porque
conducían cargamentos de oro y plata con destino a España, embarcados en Tampico.
El paso obligado hacia el puerto era Ciudad del Maíz, importante Municipio
potosino que llegó a tener Casa de Moneda y de donde es originario el que fuera
Presidente de México en el año 1835, Don Miguel Francisco Barragán.
Pues bien, Juan del Jarro, a quien me
refería al principio, surgió en los tiempos del romántico y violento San Luis
Potosí. Hurgando entre los vendedores de antigüedades y vejestorios, conseguí
una descripción vivida de tan singular personaje.
Se le veía deambular por calles y plazas
con actitud de mendigo, si bien su indumentaria no era lo que se dice
andrajosa, aunque sí desaliñada. Usaba un sombrero de copa muy alta y ala
corta, una camisa de lana gruesa con cuello que hoy sería tipo Mao, pesada
chaqueta con botones y solapa angosta, pantalón holgado sostenido por tosco
cinturón de cuero. El jarro, al que alude su nombre y por el que fue siempre
identificado, no era precisamente un cántaro de barro, sino que se trataba de
una especie de olla de lámina, recubierta con malla de palma tejida, semejante
a un cesto con asa, que portaba en el brazo derecho y además traía siempre
terciada al hombro; en suma, era una especie de cantimplora gran de,
seguramente para que no le faltara agua en sus largas caminatas. Tenía un
agradable rostro apacible y su edad frisaba entre los 28 y 35 años.
Juan del Jarro, el limosnero de los
pobres, el pordiosero, el mendigo, el que pedía ropa, dinero y alimentos, para
llevar a los pobres, a pesar de su notable humildad y aspecto de limosnero,
poseía una personalidad vigorosa, proyectada en su mirada penetrante aunque
dulce; de léxico sencillo que destilaba filosofía y, sin ser un religioso
predicador, es evidente que era un iluminado, un visionario, un hombre de Dios;
quiero decir con esto que una vibración divina emanaba de él, porque Juan del
Jarro predecía el futuro de los acontecimientos hasta con siglos de distancia.
También adivinaba sucesos de cumplimiento inmediato, que eran los que más
impresión causaban porque se podían constatar en el momento. Narraré los hechos
que más recuerda el pueblo potosino.
El Padre Jerónimo Buendía, oficiaba en
el Templo de Tlaxcala, quizá el primero construido en esta ciudad por frailes
franciscanos. En una de tantas veces en las que Juan iba por limosna o
simplemente a charlar con el sacerdote, éste, que no pasaba de los cuarenta
años y que se encontraba rebosante de salud, habló a Juan en los siguientes
términos:
—Oye Juan, he pensado que sería bueno
que dejaras de andar en las desastrosas condiciones en que te encuentras; yo te
daré ropa y asilo para que no tengas necesidad de pedir limosna; en cambio tú
me pondrás en guardia de los acontecimientos que estén por venir y que de
alguna manera pudieran afectarme; esto me prevendría y yo tomaría las
precauciones necesarias. Por otra parte, aquí no te faltaría qué hacer, tengo
proyectado efectuar un viaje y a mi regreso establecer ciertos negocios propios
de mi ministerio, en éstos apreciaría tu ayuda que, desde luego, sería
remunerada. ¿Qué dices?
—Padre Buendía, en esta ciudad hay
muchos pobres, creo que hay mil pobres por un rico y ellos esperan la limosna
que les llevo y la ropita que las buenas gentes me dan; es por esta causa por
la que no puedo aislarme en su parroquia, aunque le agradezco su caridad.
—Pero Juan, si tú eres mucho más pobre
que aquéllos a quienes llevas el socorro.
—Sí Padre, mas como ellos no saben
pedir, yo pido en su nombre y así seguiré mientras el buen Dios me lo conceda.
Pero borre usted de su mente el proyectado viaje y no piense en establecer
negocios, porque dentro de tres días estará usted dándole cuentas al Creador.
Se escuchó una sonora y alegre carcajada
del Padre Buendía.
—Pero si estoy rebosante de salud, jamás
he tenido el menor achaque y además no pienso morirme tan pronto; ahora sí
fallaste en tus pronósticos, mas no por eso te voy a negar la limosna
acostumbrada; ve con Dios y que El te bendiga.
Tres días después los habitantes del
poblado se conmovieron ante la fatal noticia de la muerte del Padre Buendía.
Juan del Jarro asistió a la Misa de Réquiem del Siervo de Dios, quien podando
los rosales del jardín del curato, el inocente piquete de una débil espina le
ocasionó un mal que la gente llama de arco: el virus del tétanos iba con el
estiércol del abono.
Mucha gente se burlaba de Juan el taumaturgo.
En una ocasión en que se construía una de las pocas casas de dos pisos que por
entonces se levantaban, y que hoy ocupa un conocido hotel en las calles de
Iturbide, uno de los jóvenes albañiles que estaba trepado en un alto andamio,
le gritó en son de burla:
—Oye Juan, dime cuándo me voy a morir,
para hacer mi testamento, porque te quiero dejar la mitad de mi gran fortuna.
A lo que Juan, el pordiosero, le
contestó también a gritos, pero con un dejo de tristeza y compasión: —Ya no
tendrás tiempo de hacer testamento alguno, porque estás agonizando.
No bien acababa de decir Juan del Jarro
estas palabras, cuando dio un traspiés el albañil y cayó de tan gran altura
que, por supuesto, encontró una muerte instantánea.
Otra de las cualidades de nuestro héroe,
es que era todo bondad, al mismo tiempo que ingenuo, sin intenciones de
malquistarse con nadie, como corresponde a un hombre con las virtudes y
videncias con que la naturaleza lo dotó. Cuando le hacían preguntas capciosas o
con el único propósito de burlarse de él, Juan contestaba según los dictados de
su poder intuitivo y adivinatorio. Ocurrió así que una noche en que andaba por
las encrucijadas callejuelas de la zona de tolerancia, en donde era muy
solicitado por las mujeres de vida galante para que les dijera algo sobre su
futuro, a cambio de lo cual le daban algunos centavos que, como de costumbre,
llevaba para aliviar las más ingentes necesidades de sus pobres, como él los
llamaba, se encontró de mañosa boca con unos soldados entrados en copas, que pertenecían
a las fuerzas acantonadas en la ciudad y que estaban de guarnición, bajo las
órdenes del general Vidaurri, preparándose para ir a combatir a los
"mochos" que se acercaban pretendiendo tomar la plaza; lo atajaron
cogiéndolo de la solapa del saco arrugado:
— ¡Eh, tú!. . . infeliz mendigo, ahora
nos vas a decir cuál será el resultado contra las fuerzas reaccionarias ¿les
vamos a dar en todita la madre o nos va a llevar la tostada?
El andrajoso limosnero, tras de
serenarse un poco y acomodarse el saco estrujado, contestó:
—Señores de uniforme, de galones y
charreteras, esta alegría que ahora gozan pronto se tornará en tristeza, porque
dentro de pocos días en un lugar a veinte leguas de aquí, habrá un encuentro en
donde ustedes serán diezmados, aniquilados, en una palabra mis buenos soldados,
derrotados.
Jamás les hubiera contestado en tal
forma nuestro humilde y beatífico pordiosero, pues los borrachos uniformados
pusiéronse furiosos y lo golpearon a más no poder, dejándolo tinto en sangre,
tirado a media calle.
Poco tiempo después, el 29 de septiembre
de ese mismo año, 1846, día de San Miguel Arcángel, al enfrentarse las fuerzas
de Vidaurri y Miramón en un sitio llamado "Puerto de Carretas", las
primeras fueron derrotadas, tal como el profeta Juan lo pronosticó.
Pasados algunos días, uno de los
soldados que participaron en la tremenda golpiza que le propinaron al del
Jarro, vestido de civil para no ser reconocido y ocultando una herida que ya
empezaba a infectarse, se llegó a Juan pidiéndole perdón y le contó los
pormenores de la derrota sufrida, a lo que el beatífico taumaturgo contestó:
—Te perdoné desde hace tres días, porque
sé que me andabas buscando; ya que estás sanado de la herida del alma, déjame
curarte la herida del cuerpo que también te martiriza.
Juan cortó hojas de una planta silvestre
que allí cerca crecía, las estrujó en la palma de su mano para molerlas y
aplicó esa pasta sobre la herida; minutos después el soldado se curó como por
arte de magia.
En cierta ocasión, una dama encopetada llamada
Niní
Berlanga, pretendió divertirse con las
predicciones del hombre de nuestra historia. Al término de dos días ella
contraería matrimonio con un apuesto galán, don David de la Peña; la
aristocracia potosina estaba pendiente de tal boda, esperando concurrir para
lucir sus galas, que por aquellos tiempos distaban mucho de ser minifaldas,
pues había trajes que se llevaban una pieza entera de los más finos brocados
importados de Europa, en seda y razo, con encajes de filigrana de oro. Había
quienes adornaban sus vestidos con diamantes auténticos y perlas de fino
oriente; los vestidos de las damas linajudas, rozaban las alfombras de los
salones, iluminados con candiles de cristal checoeslovaco, cuyos prismas
centelleaban con mágico encantamiento. Pues bien, la futura novia que miraba la
calle asomada por una ventana de su casa, vio a Juan que en ese momento pasaba
por allí y le preguntó graciosa pero con sorna, al tiempo que le tiraba una
moneda de oro, que por aquellos tiempos era de uso común y corriente:
—Dime cuándo me caso, Juan.
—Niña mía, mis pobres agradecen tu
limosna, pero tú nunca te casarás.
Profundamente disgustada, la dama cerró
con furia la ventana; contó iracunda a sus familiares lo sucedido; ellos rieron
del mendigo juzgándolo como un charlatán.
En esa época las reyertas no tenían
semejanza con las de ahora, pues la mayoría terminaban en duelo.
Para despedir de la soltería a don David
de la Peña, sus amigos organizaron una fiesta que acabó en farra. Estaban todos
entrados en copas, y Tirso Grande, que era uno de los concurrentes, soltó
palabras atrevidas sobre la persona de Niní Berlanga, futura cónyuge de David;
por supuesto que éste no pudo soportar tal ofensa y al momento retó a duelo a
Tirso Grande, reconocido por su certera puntería. Tal duelo fue funesto para el
novio, ya que David perdió la vida.
Ese lance conmovió a la ciudad, que
enterada de lo ocurrido, al mismo tiempo que lamentaba los hechos, confirmaba
una vez más que el mago de San Luis no se equivocaba en sus videncias.
No todo lo que decía Juan, era
predicción de muerte y de tristeza; había muchos acontecimientos saludables que
advertía a la gente pobre, a los labriegos, a los campesinos, ya que les
vaticinaba muchos acontecimientos meteorológicos y de otra índole que les beneficiaba.
Ya hemos dicho que mucha gente adinerada
obsequiaba a Juan del Jarro con buenas prendas de vestir, pero él siempre las
regalaba a los demás, dejando para sí solamente lo indispensable. Cierta vez un
señor de nombre Gabriel Espinosa, le regaló a un humilde trabajador un traje
que guardó en un baúl y que nunca usó.
Juan del Jarro el bondadoso, fue a la
penitenciaría a visitar a los presos; un hombre pálido en cuyo rostro se
asomaba dolor, angustia y miseria, se acercó a Juan diciéndole:
—Notables son los beneficios con que
colmas a tus protegidos; mucha gente no cree en tus profecías, pero yo sí creo,
por eso quiero pedirte ayuda; puesto que todo lo adivinas, con seguridad tú
sabes que estoy aquí injustamente, porque mi poderoso patrón me acusó de haber
robado una valiosa joya con brillantes, esmeraldas y rubíes, que dicen vale una
fortuna; ya tengo aquí dos años y sabrá Dios cuánto tiempo más, si es que puedo
resistir este tormento de saber a mi familia abandonada y yo sin libertad para
trabajar y poder probar mi inocencia. Ayúdame, buen hombre, habla con mi
patrón, porque a ti te guarda consideraciones; dile por favor que soy inocente.
Juan meditó un momento, miró fijamente
el rostro del presidiario y le contestó con estas alentadoras palabras, que el
preso recibió con alegría inmensa:
—Tu patrón tampoco en mí confiará,
porque sabe que ayudo a los desvalidos; solamente creerá que eres inocente ante
pruebas definitivas; pero de todas maneras Anselmo, antes de tres días estarás
libre.
El optimismo se reflejó en el rostro del
pobre hombre que sabía que de no probar su inocencia, se pudriría en la cárcel.
Al día siguiente Juan se dirigió a la
casa de Don Gabriel Espinosa y le dijo:
—Señor, su criado Anselmo Gárate, está
padeciendo en la cárcel por una injusticia; él no robó la valiosa joya que se
perdió en esta casa.
— ¿Te refieres al peto de diamante,
rubíes y esmeraldas? Sospechaba que algún día vendrías con esa embajada; no me
duele tanto la pérdida de la joya, que ciertamente es valiosa, sino el haber perdido
un buen sirviente, en quien yo confiaba; pero por desdicha nadie más que él
pudo efectuar ese robo; eso está comprobado.
—Mire Don Gabriel, tal vez usted no
recuerde, pero hace más de un año, usted regaló este traje aun sirviente suyo,
traje que jamás usó, guardándolo en un viejo baúl, porque se sentía incómodo al
vestir un lujo que a él no le quedaba, pues según sus propias palabras, la
gente se hubiese reído de él. Ayer fui al cuartucho donde viven los familiares
de Anselmo, me permitieron buscar donde yo sabía y encontré la joya perdida;
mire usted, en el mismo lugar donde tanto tiempo estuvo guardada; meta su
propia mano en los bolsillos.
Con gran sorpresa, vergüenza y alegría,
el señor Espinosa encontró la joya en uno de los bolsillos interiores del saco,
así como un documento del cual se había olvidado. No le cupo la menor duda de
que él mismo los había puesto ahí tiempo atrás, pues así lo evidenciaba el
polvo acumulado en todo el traje arrugado, en el que nadie antes había metido
la mano. De inmediato el preso salió libre y nuevamente fue recibido y
recompensado en la casa de su antiguo patrón, quien le dio disculpas y de ahí
en adelante lo trató con mucha solicitud.
Una leyenda más de Juan del Jarro, es la
que a continuación voy a relatar:
Cierto día del mes de enero, cuando en
San Luis Potosí hace un frío intenso, Juan del Jarro se llegó hasta la casa de
un humilde trabajador, quien al verlo se alegró y le dijo con júbilo:
— ¡Qué te traes por aquí, Juan! Pasa a
esta tu humilde casa pues como yo, tú también debes tener mucho frío, y no se
siente tanto aquí adentro; el fuego está encendido y tengo algo de comer que
bien puedo compartirlo contigo.
Juan aceptó la invitación de Anacleto
Elizalde y comió con él y su familia compuesta por la esposa y sus dos hijos;
durante la comida todos charlaron amigablemente. Cuando terminaron de comer,
dijo Juan:
—Cleto, vengo a que me ayudes con algún
dinero para que remedie en parte las necesidades de tanto pobre del barrio del Montecillo;
aunque donde quiera hay pobres, parece que allí ha sentado sus reales la
pobreza.
—Te vienes a burlar de mí, Juan, o estás
de muy buen humor y me quieres hacer reír, aunque ninguna gracia tiene que me
pidas ayuda económica conociendo mi extrema pobreza; estoy tan miserable como
tus pobres del Montecillo, aun cuando ahora fue buen día porque tuve comida qué
compartir contigo.
— Lo sé, —contestó nuestro héroe—, pero
dentro de muy pocos días serás más rico que tu patrón, que hoy te tiene
trabajando como barrendero, y conste que él tiene la mejor tienda del barrio,
además de algunas casas que renta.
—¿Y cómo será que voy a tener tanto
dinero?
— No sé la manera, pero tú serás muy
rico; para entonces prométeme que me ayudarás.
—Si es como dices Juan, te prometo que
te daré la mitad de la gran fortuna que me anuncias.
—No prometas lo que no podrás cumplir,
pero sí te pido que me ayudes para mis pobres.
—Te lo prometo Juan, pero te aseguro que
me vas a tener sin poder dormir muchos días, pues no veo por qué tendré ese
dinero del que me hablas.
Anacleto Elizalde era hijo natural de un
hombre muy rico, propietario de una gran hacienda en San Luis Potosí, quien
antes de morir había dejado un legado consistente en muchos miles de pesos en
oro; dicho hacendado dio la orden de que se buscara a su hijo a quien jamás
había vuelto a ver desde que la madre, en un tiempo sirvienta de la casa, había
desaparecido con el fruto de su romance. Ya muerto el hacendado, su fiel
administrador comisionó a uno de sus confianzas para localizar al hijo de su
patrón, a quien una vez identificado como Anacleto Elizalde, le fue entregada
la cuantiosa herencia.
Anacleto cumplió la promesa que hizo a
Juan del Jarro. Si el barrio del Montecillo se benefició en mucho o en poco, no
es el objeto de nuestro relato, sino el puntual cumplimiento de la palabra del
profeta de San Luis.
Al buen Juan del Jarro lo asediaban las
damas casaderas para hacerle preguntas acerca de su futuro; una vez una bella y
distinguida muchacha de la aristocracia potosina, cuyo nombre callo para no
inquietar a sus descendientes que aún viven, preguntó al vidente:
—Juan, quiero que me digas si voy a ser
casada o me voy a quedar para vestir santos.
—No, bella señora; tú no te quedarás
para vestir santos, si con eso te refieres a quedarte soltera toda la vida; tú
te casarás, pero aún casada, muchos santos vestirás; mas ten por seguro que tu
marido no será el padre del hijo que ya llevas en las entrañas.
Como la pregunta había sido hecha en
presencia de numerosas amistades, ya se comprenderá la molestia que causó a
toda la concurrencia lo dicho por Juan, a grado tal que por algunos años la
dama linajuda abandonó la ciudad a la cual regresó, ciertamente casada y con un
hijo que no era de su marido. Pasando el tiempo, el hijo de la dama, ya viuda,
se ordenó Sacerdote y ella estuvo encargada del guardarropa de la Parroquia del
pueblo al cual fue enviado el Sacerdote por el Obispo de la Diócesis para el
desempeño de su ministerio. Ella, confeccionaba los vestidos de los santos.
En la ciudad de San Luis Potosí, como
también en sus alrededores, especialmente en la zona norte, siempre ha sido
notoria la escasez de precipitaciones pluviales, y la falta de presas para
contener el poco líquido que cae en épocas de lluvia; la falta de agua ha sido
una constante calamidad para la población. Por estas circunstancias, aún ahora
no es posible el establecimiento de grandes factorías.
En aquellos remotos tiempos, el preciado
líquido llegaba a la ciudad por el rumbo de la Merced, mediante un estrecho
acueducto que iba de un bello paraje a unos ocho kilómetros llamado "La
Cañada del Lobo", donde brota un manantial que forma poco más abajo una
pequeña laguna azul donde los escolares suelen ir de excursión.
El acueducto, construido de tabique de barro,
desciende con suma facilidad, pues empieza su curso desde gran altura; continúa
sobre unos pequeños arcos que el pueblo ha dado en llamar "Los
Arquitos" y sigue por la lomita hasta llegar a la ciudad, donde por fin el
cristalino líquido desemboca en la famosa "Caja del Agua", obra en
cantera rosa de la época colonial construida por un famoso Arquitecto, joya
digna de ser admirada.
En los tiempos de Juan del Jarro, San
Luis Potosí se reducía como casi todas las provincias de la época, a muy poco
territorio; los barrios se encontraban aislados del centro de la ciudad.
Santiago y Tlaxcala fueron los primeros lugares habitados y, por tanto, los más
populosos.
Después de una sequía de varios años, el
ganado habíase diezmado y la gente apenas tenía para beber. Entonces Juan del
Jarro pronosticó que San Luis se acabaría por una inundación. Los incrédulos se
rieron.
Sucede que mucho tiempo después, fue
construida la "Presa de San José", hermosa obra orgullo de la
ingeniería de la época, adornada en la parte superior por una balaustrada. De
la compuerta que casi constantemente está abierta y que desemboca en el canal
de distribución, atravesando una serie de escalinatas, el agua brota a raudales
y forma una cascada. Al frente de una de las compuertas están grabadas estas
palabras: "Dominar las fuerzas naturales es el triunfo del espíritu
humano".
Posteriormente, en una angostura que se
encuentra siguiendo el curso del río de Santiago, se construyó una represa que,
aun cuando no quedó terminada, sí fue suficiente para contener muchos miles de
metros cúbicos de agua.
En una temporada de lluvias
septembrinas, la represa no pudo contener la avalancha de agua y ocurrió el
trágico suceso: Al sonar las once campanadas de la noche del 15 de septiembre
del año de 1933, en los momentos en que el Gobernador daba el tradicional Grito
de Independencia, la inundación sorprendió a los habitantes del barrio de
Santiago, pues la mayoría estaban dormidos. La represa reventó arrasando el
poblado, fueron cientos los muertos entre mujeres, hombres y niños. Luto y
desolación embargó a Santiago y a toda la ciudad.
Juan predijo "San Luis acabará por
una inundación algún día". ¡Sería en esa ocasión cuando se cumplió la
profecía!
La pintoresca figura del célebre Juan
del Jarro, personaje de los tiempos de la Colonia, es parte de la historia
potosina. Son famosos los vaticinios que profetizó durante su vida beatífica y
piadosa. Juan, el superdotado de virtudes que sólo les son dadas a los
predestinados.
Sin embargo, llegó el día en que Juan murió.
Fue una tarde en que su cuerpo físico dejó de existir; dicen que se vio en el
cielo una claridad que despedía reflejos brillantes, cuando se eclipsaba una
vida que dejaba detrás una estela de luz, de amor, de bondad; luz que jamás se
extinguirá porque la gente recordará siempre a Juan del Jarro, tanto que cuando
lo fueron a sepultar, el pueblo humilde condujo el cadáver a su última morada
terrestre; era una multitud tal, que parecía romería; todos rezaban en voz alta
y entonaban cantos religiosos. Mas el descanso mortuorio de Juan fue breve,
porque su cuerpo peregrinó por diversos panteones, pues cuando demolieron el
pequeño panteón del barrio del Montecillo, donde primero fue sepultado, algunas
damas piadosas trasladaron su cuerpo al panteón del Saucito del cual, por
causas desconocidas fue robado, dejando únicamente su calavera, misma que una
rica familia potosina depositó en una cripta, a la vista de todo aquel que por
ahí pasara. Hubo testimonios de que despedía luminosidad, que algunos
atribuyeron a la fosforescencia natural del hueso humano; sin embargo, tiempo
después fue secuestrada la calavera y el sitio del piso de la cripta donde
reposó, aún sigue vertiendo luz, puesto que se observa por las noches una
luminosa mancha blanquecina.
En la Cripta de la familia Teissier, en
el Panteón del Saucito se encuentra una placa de mármol que a la letra dice: Al
Gran Bienhechor de los pobres Juan de Dios Asios, "JUAN DEL JARRO".
Nació en Matehuala, S.L.P. falleció en esta Ciudad el 8 de Noviembre de 1855 a
los 53 años. D.E.P. San Luis Potosí, S.L.P.
Alguna familia piadosa, ocultó los
restos de Juan del Jarro, apóstol del más bello ideal como es el de servir y
amar al prójimo. En San Luis Potosí no falta quien todavía lo invoque,
solicitando su ayuda para remediar tribulaciones, llevando al sitio donde
estuvieron sus restos, flores y lámparas de aceite.
Bibliografía:
Leyendas Potosinas; Aguilar Martínez,
Mariano, Páginas 41-57.
Enviado por: Isabel del Castillo Solis.
Tamuín, San Luis Potosí. México.