UNA HISTORIA DE PAPEL

 

Con casi un siglo de vida a cuestas, don Juan un gran conversador nos relata tramo a tramo y con lujo de detalles, aquellos años vividos en la legendaria fábrica de papel. Su conversación es apacible y pausada, se mece en el viento transparente que se pasea sigiloso por los corredores de la solariega casona de Tlalpan. Escucharlo es como si el tiempo se hubiera detenido en esos instantes, como si se tratara de una vetusta locomotora de vapor que descansa a medio camino bajo el quemante sol de mayo, de esas herrumbrosas máquinas de la época de Pancho Villa y Emiliano Zapata. En su mirada se percibe un sentimiento de melancolía y nostalgia al ir recordando episodios que tal vez en su memoria ya permanecían olvidados y empolvados por el paso del tiempo, como aquellos libros colocados en los anaqueles de una biblioteca.

 

         Sentados en aquel corredor, flanqueado con rústicos macetones que hacen aún más bucólico y nostálgico el ambiente, don Juan se remonta en sus recuerdos más entrañables como un papalote entre las nubes.

 

Rememora, mientras se dibuja en sus labios una sonrisa traviesa y picarona, los distantes años de su infancia cuando jugaban, él y el hijo del hacendado, don Macario dueño de la hacienda de nombre Santa Rita que colindaba con la Hacienda de Jajalpa en la cual trabajaba y vivía la familia de don Juan.

 

“No me lo va a creer....Nos entreteníamos mucho jugando con las monedas de oro y de plata que sus abuelos guardaban celosamente en un baúl de cuero; sacarlas a hurtadillas era toda una aventura….No se imagina, hacíamos torres y esperábamos con emoción escuchar caer las monedas con ese peculiar sonido que tiene el oro al golpearse una moneda con otra. Nos daba mucho cuscús que su padre nos descubriera desentrañando ese misterioso tesoro…Se nos hacía un ruido en la barriga, pero era para nosotros muy divertido. Así nos pasábamos mucho rato jugando con las monedas, contemplándolas cómo brillaban con el sol. Algunas de ellas ya estaban un tanto opacas. Eran cómplices de nuestras fantasías, jugábamos también a la tiendita de raya, a que éramos unos hacendados muy ricachones, dueños de enormes fincas donde teníamos muchos animales: caballos, vacas cochinitos y hartas gallinas. ¡Qué tiempos allá en Jajalpa!, el terruño dónde nací en 1915, en medio de la revolucia, decía mi padre, que en paz descansa, que yo vine a este mundo entre balazos. ¡Que ocurrencias! Nada más de acordarme de esas cosas se me hace chinita la piel. Aunque ya por 1917 o 1918, durante el gobierno del señor don Venustiano Carranza aminoraba en su intensidad la revolución.

 

“Mi papá era un hombre muy querido y respetado por los vecinos, pues la mayoría de la gente lo buscaba para padrino de sus hijos, y de esa manera tener una relación más afectiva y cercana con la familia”.

 

         Guarda silencio durante algunos segundos. Sonríe sin decir palabra, como saboreándose muy en su interior aquellas historias. Yo lo observo detenidamente. Escudriño en sus ojos. Trato de adivinar más recuerdos de aquél personaje ahora marchito por los años, sin embargo, su memoria no se cansa y prosigue su relato.

 

       El primero en salir del pueblo fue mi hermano Benigno, era el mayor de seis hermanos, trabajaba con mi papá en las labores del campo, pero a él no le gustaba, pues él era un muchacho poseído de un espíritu aventurero, alegre, inquieto y con muchas ganas de descubrir otros horizontes hasta el momento para él desconocidos.

 

“Un día desapareció así nomás, sin que nadie supiera nada de él como si la tierra se lo hubiera tragado, lo buscaron durante mucho tiempo sin ningún resultado, se le dio por muerto, pasaron varios años y un día así como desapareció, así llegó, permaneció varios días en la casa, todos estábamos muy felices de volverlo a ver. Nos relató todas las vicisitudes por las que pasó hasta antes de entrar a trabajar en la fábrica de papel Loreto y Peña Pobre.

 

       A la semana siguiente salí de Jajalpa con mi hermano rumbo a la Ciudad de México, corría el año 1931. Eran los tiempos en que para venir a la capital se hacía en ferrocarril. Ocoyoacac Estado de México estaba entonces distante varios kilómetros de la ciudad de México. Sin embargo, don Juan Zarza viajó a caballo en más de una ocasión entre las milpas, las humildes casuchas desperdigadas por esos terregosos paisajes de principios de los años treintas, cuando México apenas se asomaba a la modernidad. Recuerda nuestro entrevistado. “cómo han cambiado los tiempos, nunca imaginé que yo llegaría a vivir en el futuro con tantos y tantos adelantos. Pero yo no cambio por nada mi México de ayer”. En ferrocarril y en un par de horas llegamos a la ciudad. Una semana después ya tenía trabajo como un simple barrendero en la misma fábrica.

 

       Un día al recoger los botes de la basura vi un fólder con unos documentos, pensé que se le habían ido a alguien por accidente y que podrían ser importantes así que los saqué y los revisé.

 

Cuando Moctezuma II reinaba en Tenochtitlán, existía al sur del Valle de México un humilde barrio perteneciente a Coyoacán, de nombre Tenanitla. El único dato que consignan las crónicas, respecto de este barrio, se refiere a que el emperador azteca mandó trasladar a la capital, proveniente de ese lugar, la famosa piedra de los sacrificios que por su gran tamaño fue muy difícil de llevar, provocando el derrumbe de un puente en Xoloc de los que existieron en la calzada que unía Coyoacán con Tenochtitlán     Tenanitla también se llamaba Tenantitlán, Tinantitlán o bien Atenantitlán”.

 

Las etimologías que se dan a estas palabras, tienen un significado igual y se refieren a la configuración volcánica del terreno, o sea; lugar abundante en murallas o lugar bien fortificado (el conocido Pedregal de San Ángel).

 

Consumada la conquista, el emperador Carlos V incluyó en la donación que hizo a Hernán Cortés, las tierras del señorío de Coyoacán, que habían pertenecido al cacique Itzolinque, quien al ser bautizado, tomó el nombre de Juan de Guzmán Itzolinque. Pero Cortés, reconociendo los servicios prestados por el cacique, le devolvió las tierras que abarcaron desde Chimalistac hasta Acopilco, Totoloapan y Tianquistenco.

 

Un manuscrito existente en el Archivo General de la Nación, relativo a Coyoacán, menciona que el “18 de febrero de 1554 se hizo la partición de los terrenos del barrio de Atenantitlán, según lo habían pedido ante el gobernador don Juan de Guzmán Itzolinque y los alcaldes don Antonio y don Juan de San Lázaro”. Bien es posible que desde entonces Tenantitla empezara a considerarse como pueblo, aún cuando seguía dependiendo de Coyoacán. En uno de los planes atribuidos a Alonso de la Cruz, del año de 1555, Tenanitla aparece como pueblo.

 

La historia de la que fue la Fábrica de Loreto data del siglo XVI, cuando estos terrenos eran solo parte de un predio ubicado en la antigua Villa de Coyoacán. Aquí se estableció el molino de trigo Miraflores en el año de 1565, propiedad de Martín Cortés, Marqués del valle.

 

         A partir de la muerte del Marqués del Valle, como es natural, el molino pasó a manos de otros propietarios por venta, sin que ningún cambio importante sucediera hasta el siglo XVII, en que su dueño Francisco Álvarez construyó un obraje de telas en el área del molino, razón por la que en 1604 sería enjuiciado por carecer de licencia y cédula real.

 

A finales del siglo XVIII, esta propiedad ya había pasado por numerosas manos y es probablemente alrededor de esta época poco documentada, cuando el molino de trigo se convirtió en molino para elaborar papel, haciendo uso del antiguo obraje.

 

En el año de 1750 que la propiedad fue adquirida por el canónigo José Manuel Sánchez Navarro, ya era conocida propiamente como una fábrica de papel y más tarde se conoció con el nombre de “Nuestra Señora de Loreto”, que desde entonces se volvió la patrona de los operarios.

 

Durante el año 1905 ocurrió un terrible incendio que destruyó gran parte de la maquinaria, así como todas sus instalaciones. De todo el equipo lo único que podía utilizarse eran dos calderas que se instalaron en un nuevo edificio que se construyó en el patio. Aspecto desolador debió presentar la fábrica en las condiciones en que se encontraba y seguramente esto indujo a don Carlos Mijares y hermanos que el 10 de junio de 1887 habían quedado como propietarios y socios de la fábrica a traspasar la propiedad, el 28 de junio de 1905, y en $60.000.00, a don José Sordo y don Agustín Rueda.

 

Poco tiempo después de ese desastre, los señores Sordo y Rueda vendieron, el 13 de octubre, a don Alberto Lenz, Sr, nacido en Wehr, Alemania, el 26 de febrero de 1867, la factoría semidestruida y sus terrenos anexos, proponiéndose el señor Lenz a reinstalar una vez más la fábrica de papel. Comunicaba la ciudad de México con San Ángel el ferrocarril del Valle, que aún usaba locomotoras de vapor. Pronto vemos llegar a Loreto los primeros furgones conduciendo parte de la maquinaria, procediéndose inmediatamente a la instalación de una máquina de vapor tipo Yankee de 200 cms. de ancho y que desarrolla una velocidad de 60 mts por minuto, tres pilas holandesas, un cortador de hojas y una bobinadora. Así, aproximadamente un año después de haber adquirido el señor Lenz la fábrica se inició la producción de papeles delgados.

 

         Por las prácticas exhaustivas que seguían los propietarios de los bosques de donde se surtían las pequeñas cantidades de madera que requería la planta de pasta mecánica, el señor Lenz pronto llegó a la conclusión que el abastecimiento adecuado de madera sólo podría asegurarse si la fábrica contara con su propio bosque. En el mismo año de 1918 alquiló el monte de “La Venta”, cercano a Cuajimalpa, D.F. cuyo propietario era don Margarito Vázquez. Poco tiempo después lo adquirió por compra e inmediatamente dio principio al establecimiento del vivero de “Tres Cruces”.         Sin ostentación practicaba la noble causa de la conservación de los recursos naturales renovables, entendiendo esto como su utilización racional sin llegar al agotamiento. Consideraba que “en realidad no importa lo que se corte de árboles para uso de la vida civilizada y satisfacción de las necesidades humanas, con tal de que se reponga con creces lo utilizado” y de él es el pensamiento de que hay que cortar uno y sembrar por lo menos diez o más, según sean las condiciones del bosque en producción”.

 

         Alberto Lenz Sr no solo volvió a poner en marcha la fábrica sino que constituyó la sociedad anónima de Fábricas de Papel Loreto y Peña Pobre, en 1928 y desde entonces hasta su muerte en 1951, fue una institución muy próspera. Fue entonces cuando su hijo Alberto Lenz Tirado tomó las riendas de la empresa.

 

         Don Juan siendo un jovencito con sueños e ilusiones propios de su edad entró a trabajar como simple barrendero como lo mencionamos antes, ahí fue el comienzo de una vida próspera y llena de satisfacciones. Por su buen comportamiento, honestidad y al esmero con que realizaba su trabajo, pronto se presentó la oportunidad de trabajar como prensero en una de las máquinas, debido a su habilidad para el manejo de ellas. Comenzó una cadena de ascensos en la que no todos los operarios tenían las oportunidades para desempeñar. Fue obrero, ayudante, mermero, prensero, aceitador, conductor, pilero, molinero y contramaestre.

 

 Llevábamos casi una hora y media de conversación, hace otra pausa, respira hondo, se acomoda en su mecedora, se ve cansado...

 

- Don Juan si usted quiere descansamos, dígame si puedo venir mañana.

 

- Sí claro por supuesto la espero a la misma hora.

 

Con pasos muy lentos, demasiado lentos, inspirándome tanta ternura que lo tomé del brazo y por unos instantes lo sentí como a mi padre, caminamos por un largo corredor, en medio de macetones colmados de exuberantes helechos que parecían inclinarse a nuestro paso, llegamos al zaguán y me despedí de él dándole un beso en la mejilla.

 

         A la mañana siguiente reanudamos nuestra conversación, saboreando una deliciosa taza de café, preparada por uno de sus hijos que vive con él.

 

-Don Juan ¿cómo era el señor Alberto Lenz?

 

Suspirando contestó:

 

-  ¡ah! Pues era muy buena persona, figúrese que cuando alguno de sus trabajadores quería comprar un terrenito, hablábamos con él para un préstamo, y él mandaba a uno de sus ingenieros para que fuera a ver el lote y nos hiciera los planos, con respecto al préstamo nos daba para pagar el terreno y nos iban descontando una cantidad muy pequeña de nuestras quincenas., así yo me hice de mi casita.      En los terrenos anexos que se compraron junto con la fábrica se construyeron casas para los mismos trabajadores y sus respectivas familias cobrándoles una cuota mensual casi simbólica.      

 

“Cada fin de año lo festejaban con quince días de fiesta, a partir de la primera posada se instalaba una feria con juegos mecánicos: sillas voladoras, rueda de la fortuna, carrusel, juegos pirotécnicos bueno todo lo que traen las ferias, dentro de los patios de la fábrica, la puerta principal se abría a partir de las cinco de la tarde dando paso a toda la gente que quisiera llevar a sus niños a la feria, aunque no fueran trabajadores de ahí. Los días 31 de diciembre y 1° de enero se realizaba un gran baile para recibir al año nuevo, con unas orquestas de primera, venía: Acerina, Arturo Núñez, Carlos Campos, Emilio B Rosado, etc. Dos días de fiesta inolvidables.

 

         Guarda silencio durante algunos segundos. Sonríe sin decir palabra, como saboreándose muy en su interior aquellas historias. Yo lo observo detenidamente. Escudriño en sus ojos. Trato de adivinar más recuerdos de aquel personaje ahora marchito por los años; sin embargo, su memoria no se cansa y prosigue su relato.

 

         Muy a pesar de que don Juan Zarza camina un tanto encorvado y con las piernas arqueadas por el cansancio de aquellas extenuantes jornadas en la fábrica de papel, intuimos que en su juventud fue un hombre robusto y fortachón, de buen porte y atractivo para las mujeres. Nada más porque lo tenemos delante de nuestros ojos y escuchamos esa retahíla de recuerdos y anécdotas, podemos creerlo, ya que por momentos pareciera que nos hubiéramos sumergido en las páginas de un añoso libro de historia del México en que vivieron nuestros padres y abuelos.

 

Don Juan entró a trabajar en el año de 1931 y se retiró en 1972 por accidente dentro de la fábrica.

 

Gracias al humanismo del señor Alberto Lenz se construyeron casas para los obreros, la escuela “Alberto Lenz” para los hijos de los trabajadores y el club deportivo de futbol “Loreto”.

 

         Finalmente Carlos Slim en contubernio con Carlos Hank González prácticamente despojaron a Alberto Lenz comprándole las acciones casi a la fuerza, y posteriormente la fábrica fue a la quiebra por la mala administración de la empresa, terminaron por cerrar, trasladando la empresa a Tlaxcala.

 

BIBLIOGRAFÍA

Alberto Beltrán. 1957. Loreto. Historia y Evolución de una fábrica de papel.

Fábricas de papel Loreto y Peña Pobre, S.A. México D.F.

Editorial Cultura

 

Autores: Atzin Luna y Jorge Pulido. México, Distrito Federal.

jorgepulido@prodigy.net.mx

 

 

 

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