RIDLEY SCOTT: GANGSTER AMERICANO

 

Ridley Scott es uno de los directores más significativos del cine contemporáneo. Por más de 30 años ha perdurado activo, en ocasiones marcando hitos históricos con sus filmes, muchos de ellos considerados “de culto”, como el primer “Alien” (1979, en México le añadieron al título “…el octavo pasajero”) combinación del cine de ciencia ficción y el de terror mas profundo; “Blade Runner” (1982), referencia ineludible del cine de ciencia ficción, emblema de la visión caótica de la post-modernidad, colofón de la generación del pesimismo y desencanto; La road-movie feminista “Thelma y Louise” (1991), las batallas por la equidad de género en una guerra que, según esa visión escéptica, no tendrá nunca ganadores (Hilary Clinton podrá ser presidenta y sin embargo lo más “relevante” de la discusión sigue siendo: …aunque sea mujer… “¿?”)

 

Su maestría y virtuosismo en cuanto a su capacidad de hacer productos visuales fascinantes, esta fuera de duda. Pero también es un autor algo disparejo y confuso. Su pasión por los escenarios abigarrados y barrocos, no siempre resulta en aciertos a la hora del montaje final. Su falla, según Mi lente, reside en lo que Sergei Einseinstain llamaba “montaje ideológico”. Que en el caso de Scott, consistiría en no concebir la película toda, en función de la idea central o de una serie de planteamientos que concuerden y concluyan en un final. El preciosismo de su fotografía lo hace vagabundear y perderse en divagaciones, o mejor dicho en digresiones que brincan de un tema a otro sin un hilo conductor. El defecto surge desde su guión que narra varias historias sin epílogos.

 

Si en “Alien” y “Blade Runner” hay una gran unidad se debe, en mucho, a que la ciencia ficción es precisa, donde los autores integran en el lenguaje, con exactitud matemática, conceptos y planteamientos de índole filosófica y moral, de forma crítica. Cuando se hace un aparte u ocurre una digresión, concluyen formalmente el episodio y retoman el asunto principal. Alfred Hichcock planteaba la posibilidad de llegar a “un clímax” cada cinco minutos, y lo genial es que lo conseguía engarzándolo con el siguiente episodio, sin perder la historia central y retomándola con fineza; sin brincos ni sobresaltos –estos sobresaltos los hacen, o hacemos, los espectadores, que para eso pagamos el boleto- en la sutileza de la invisibilidad.

 

Ridley Scott da la impresión de “no llegar”, deja asuntos argumentales sin conclusión. Lo peor que le podía suceder, -ya le ha pasado en otras películas- ocurre a lo largo de toda esta cinta: divaga en un mar de confusiones en el argumento que no define a que género pertenecerá la película; esto, arrastra al director a filmar escenas sin ton ni son y finalmente no consigue el montaje expresivo que “pegue” o de unidad al filme.

 

Basada en hechos reales, “Gangster Americano”, a pesar de todo su atrevimiento por mostrar crudeza, violencia real; a pesar del estilo y atmósfera personal de Scott, nunca conmueve. No tiene ni la desfachatez de “Cara cortada” de Brian De Palma, ni el tono íntimo de la vida de los criminales que encontramos en Scorssece o Coppola.

 

Había mucha tela de donde cortar, un relato en función de la historia, un entramado que apela a lo social, a la degradación de lo urbano, a lo histórico, al uso de las fuerzas militares que luchaban en Vietnam para transportar la mejor heroína jamás vendida: Blue Magic; A la idea del empresario americano, el que viene de abajo y gracias a su visión –aunque sea como delincuente- salva a la familia pobre, y negra; El millón de dólares devuelto por el honesto estudiante-policía Richie Roberts (Russell Crowe) podría ser un acertijo a descifrar, un símbolo, un tejido sutil entre el deber ser, la justicia demorada, la democracia atacada, las guerras perdidas, las madres muriendo frente a sus hijos por el consumo de la Blue Magic.

 

El planteamiento inicial promete bastante: Un submundo demencial cuyos escenarios no pueden ser otra cosa que edificios como jaulas, calles atiborradas de policías corruptos o chicos que se bañan con las aguas de los vertederos. Muchos aciertos de impecable plástica fotográfica: La iglesia y la mansión, el tiro en la cabeza en la profundidad de campo o la mucama pasando la aspiradora en primer plano, la razzia de la fábrica de Blue magic, una banda de sonido impecable. Preciosismo y gran, grande, presupuesto.

 

Una gran historia a ser contada. Desperdiciada por Ridley Scott que se preocupa más por cómo ilumina la azucarera perdida en algún lugar del plano. Que lo mismo repite escenas de drogadictos inyectándose, o de cenas familiares del Día de Gracias o Navidad. Richie, el policía, lucha contra la mafia y policías corruptos, a quiénes sabemos que va a vencer y nunca sabremos en qué termina su vida afectiva como padre de familia porque la historia está metida a fuerza en la trama, finalmente a quien le importa cuán buen o mal padre es; igual de irrelevante resulta la vida familiar de Denzel Washington. Surgen, irremediablemente, las terribles comparaciones, “El Padrino” trata sobre la vida de una familia de la Mafia siciliana. En “Traffic” (Steven Soderbergh, 2000) los personajes son ficticios e inverosímiles; la tragedia del padre, Zar antidrogas, abatido por la drogadicción de su propia hija parece increíble o improbable por lo forzado, pero todos justifican su aparición en escena, gracias al excepcional guión de Stephen Gaghan que consigue la amalgama.

 

Lo malo en Ridley Scott, en esta película, ha sido la falta de síntesis. La inverosímil historia que se teje en “Gángster americano” está basada en la realidad: el gangster Lucas (Denzel Washington) que viajó a la meca del cultivo, el sudeste asiático, y no solo hizo negocio con nativos, sino que consiguió que miembros del Ejército de Estados Unidos, en guerra con Vietnam, transportaran la droga. Podría dar forma a un relato de inteligente y valiente denuncia política, pero deriva en una ineficaz querella, de un cineasta agotado, en contra de la corrupción, la codicia y la violencia. La posibilidad de renovar el cine negro con una historia real que pudo haber tenido el amigo Ridley -como lo consigue “Infiltrados” de Scorssece con ficción pura- se pierde en preciosismos y malabarismos innecesarios de fotografía y acentúa la impotencia de Scott.

 

La madurez estética y la seriedad han sido siempre las fortalezas de Ridley Scott como director, pero cuando su material se ha tornado demasiado largo, demasiado ligero, demasiado frívolo, demasiado disperso, la gravedad y el propósito trazados en cada una de sus meticulosas y bellas imágenes, han también ayudado a hundir sus películas. “Gladiador” se salva de panzazo, el género épico es más noble porque no exige mucho del espectador. Pero “A Good Year” (2006) con el mismo actor, Russell Crowe es una falsificación de la comedia romántica que no consigue “seducir”, como es la característica primordial del género.

 

“Gángster…” fue discretamente nominado a los Oscar, solo a mejor actriz de reparto, para Ruby Dee, y a mejor dirección de arte, mientras que las candidaturas a los Globo de Oro fueron más alentadoras: mejor director, mejor actor y mejor película, sin obtener ninguno de los galardones.

La carrera como director de Ridley Scott, se encuentra en un impasse poco alentador. Revisando su biografía nos podemos dar cuenta de una actividad cinematográfica muy diversificada: lo mismo produce, actúa o dirige; que hace de fotógrafo, edita o musicaliza; escritor de guiones, diseñador de escenografías, el hombre orquesta al que solo le falta vender mole los domingos. Esta puede ser la razón de su agotamiento. Para decirlo como en mi pueblo: “El que mucho abarca, poco aprieta”.

 

Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún, Quintana Roo. México.

fernandezpr@hotmail.com

 

 

 

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