Mi lente
“FLORES ROTAS”:
Jim Jarmusch, poeta excéntrico
Pocos saben que la primera inclinación de
Jim Jarmusch (n. Akron, Ohio, Estados Unidos, 22 de enero de 1953), fue la
literatura. Así, desarrolló una sensibilidad para la palabra que se plasma en
sus películas. El director de “Flores rotas” estudió Letras inglesas en la
Universidad de Columbia de Nueva York después en la New York University Film
School, fue ayudante de Nicholas Ray. Ahí comenzaría su carrera fílmica.
Jim Jarmusch empezó como poeta, como
estudiante aun, fue uno de los editores de la revista literaria universitaria
The Columbia Review. La influencia primordial de sus primeras obras fueron
Ashbery, Frank O Hara, Kenneth Koch, Ron Padgett y otros poetas de la escuela
de Nueva York. En contra del formalismo y la sequedad académica que
predominaban en la poesía estadounidense en la década de 1950, surgían diversas
insurrecciones en todo el país: los beats, los poetas de Black Mountain y, los
más subversivos de todos, la pandilla de Nueva York. Nacía una nueva estética.
La poesía dejaba de ser una lenta y laboriosa búsqueda de la verdad universal o
de la perfección literaria. Ya no se tomaba tan en serio a sí misma y aprendía
a relajarse, a burlarse de sí misma, a disfrutar de los placeres corrientes del
mundo. La noción de arte elevado fue abandonada para favorecer un abordaje
caracterizado por frecuentes cambios de tono, por una inclinación hacia lo
ingenioso y el sinsentido, la discontinuidad y la adhesión a la cultura popular
en todas sus formas. De repente, los poemas empezaron a llenarse de referencias
a personajes de cómics y a estrellas de cine. Fue un fenómeno autóctono de
Estados Unidos, aunque paradójicamente las raíces de esta transformación
provenían en gran medida de Europa, en particular de Francia.
Su primera película, “Permanent
Vacation” (1981), rodada en 16 mm y con bajo presupuesto, es una historia sobre
un joven marginado en Manhattan. En 1982 dirigió el cortometraje “El nuevo
mundo” (The New World), que en 1984 dio lugar al largometraje “Extraños en el
Paraíso” con la que ganó la Camera d'Or en Cannes. Este relato de las aventuras
y desventuras de dos amigos y una chica húngara, ambientado en un paisaje
típico americano y rodada en blanco y negro, atrajo la atención de la crítica y
Jarmusch pasó a ser considerado un nuevo valor del séptimo arte. En 1986
dirigió “Bajo el peso de la ley”, relato de tres criminales que escapan de la
cárcel y se esconden en las zonas pantanosas de Louisiana. Ambas películas
fueron alabadas por la crítica europea como evidencia de la existencia de una
nueva tradición minimalista de estética experimental; pero la obra de Jarmusch
cautiva principalmente por su retrato agudo y emotivo de la figura del perdedor
al margen de la sociedad. En sus dos siguientes películas: “El tren misterioso”
(Mystery Train, 1989) y “Noche en la Tierra” (Night on Hearth, 1991), un
conjunto de cinco relatos que transcurren en Estados Unidos y Europa con un
taxi como pretexto, abandona el formato en blanco y negro pero continúa con su
obsesión por los personajes marginados que sufren o se rebelan contra la
sociedad.
Mientras empiezan a pasar los créditos
iniciales “Noche en la tierra” se nos informa que el film es una producción de
“Locus Solus”. Un nombre curioso, sin dudas poco familiar para la mayoría de la
gente, pero que revela muchas cosas sobre la sensibilidad de Jim Jarmusch, algo
que hasta podríamos llamar el "toque Jarmusch": esa mezcla inimitable
de humor inexpresivamente imperturbable, tropelías disparatadas e imágenes de
exquisita factura. Resulta que Locus Solus es el título de una novela del excéntrico
escritor francés de principios del siglo XX Raymond Roussel, un libro admirado
por los surrealistas y, una generación más tarde, por el poeta estadounidense
John Ashbery, al punto de que Ashbery y su colega Harry Mathews fundaron a
fines de la década de 1950 una revista llamada... “Locus Solus”.
A diferencia de la mayoría de los
directores estadounidenses, Jarmusch tiene poco interés en el relato en sí
mismo y elige en cambio contar chistes malos colmados de derivaciones
descabelladas, digresiones impredecibles, concentrándose intensamente en lo que
ocurre en un momento determinado. Aunque sus diálogos tienen una cualidad
espontánea e improvisada, de hecho están elaboradamente escritos, con gran
sensibilidad a los matices del habla cotidiana, obra de un verdadero escritor.
A Jarmusch le gusta confundir a sus
protagonistas con el paisaje, como si fueran camaleones; y así nos presenta a
los personajes, como el de "Flores rotas", un hombre fundido y
confundido en su depresión con esa huella aplastada de sí mismo en su sofá. Don
Johnston (interpretado po Bill Murray) es alguien con un horizonte ante sí tan
amplio como las arrugas de su frente. Jarmusch es conciso, ve en lo lacónico un
modo de decir las cosas. Lógicamente, sus historias se ven envueltas de nostalgia,
pero confundidas entre el vapor de la comedia, de un sentido del humor extraño
y surgido de situaciones tan extravagantes como las que te provoca la vida
normal.
Esta “Flores Rotas” es una búsqueda que
comienza cuando el personaje recibe una carta anónima de una antigua amante que
le asegura que tienen un hijo de 19 años que va a buscarlo. Carta de una
desconocida que lo empuja a revisar su pasado: una road movie hacia dentro y el
personaje va haciendo paradas con cada una de sus mujeres, que son las tuercas
que atornillan el armazón de esta película: De Sharon Stone y su hija Lolita
(este tramo hay que verlo con lágrimas en los ojos desorbitados: por la gracia
y por la perplejidad), a Jessica Lange, y luego a Tilda Swinton, y a Frances
Conroy... Son como capítulos de su divina comedia, peldaños en su descenso
hacia la verdad de sí mismo, pero ¿qué verdad? Murray es el actor perfecto
cuando el personaje se le ajusta al cuerpo como una camiseta mojada, y éste Don
Johnston le marca todo su mapa interior, desde cada músculo a cada hueso y a
cada rollito de grasa. Hay algo en el registro dramático en la cara (en blanco)
de de Murray que permite rimar dos palabras opuestas: es patético y es
entrañable. Y sabe conducir sin manos el dificilísimo tramo final, en una
escena sublime en la que la paternidad pasa de ser una hipótesis a una urgencia
inconfesable, como esa necesidad indecente que se tiene a veces de zamparse una
hamburguesa en un sitio indeseable.
Para mucha gente, en las películas de
Jarmusch no ocurre nada, o lo que ocurre es tan poco en el sentido tradicional
de un relato que casi podemos decir que no hay historia. Es innegable que hace
falta tomar una actitud abierta hacia este cine. Que la concentración mental
necesaria para ver este tipo de cine exige paciencia y, a cambio, se absorberá
una experiencia rica en sensaciones rítmicas e insonoras; fragmentos de un
rompecabezas que se rearmara después de digerir la película interiormente:
cualidad insondable de la poesía.
Las películas de Jarmusch dan para
hablar de muchos temas cotidianos y de sus repercusiones y conclusiones más
generales, que resultan, por tanto, Universales. Conclusiones que salen a flote
con sencilla elocuencia, en la sensual poesía y la inspirada lírica visual de
este excéntrico cineasta, del que vale la pena comentar sus películas en la
siguiente entrega.
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.