"Un largo fin de semana".

En una ciudad como hay muchas llamada Montevideo, recostada al Río de la Plata, vive Edgar.

Edgar tiene 45 años, es divorciado y vive en esta ciudad prácticamente desde su infancia. Se aloja en el décimo piso de la principal avenida, y trabaja en una agencia de la misma calle a pocas cuadras de su apartamento.

Hace 25 años que trabaja en la misma agencia, y esta tarea para decir verdad no le agrada mucho, pero la remuneración es buena y esto le da independencia para poder alquilar un flamante piso y darse algunos gustos personales.

Su trabajo es demasiado rutinario ya que lo hace en la sección itinerario del viajero, esto quiere decir que está las 8 horas tecleando una computadora, en la cual no puede haber errores.

Como todos los días, Edgar se encuentra concentrado en su labor cuando una compañera que trabaja en atención al público le comenta al pasar.

--¿qué tal, Edgar?, ¡por suerte esta semana tiene un día menos de trabajo!.

Edgar la mira por un momento, tratando de entender lo que ha escuchado, y sin lograr hacerlo le pregunta.

-¿por qué?.

--¿Cómo?, ¡baja a tierra, compañero!, no sabes que mañana Viernes es la declaratoria de la independencia, ¿o no sabes que es feriado nacional y por lo tanto no se trabaja?.

Edgar se avergonzó un poco por no recordar tal fecha patria, entonces en ese momento se dio cuenta que había estado viviendo muy de prisa y que el trabajo lo estaba absorbiendo de tal manera que no se dejaba tiempo para él.

Se recostó en el respaldo de la silla con muestra de cansancio, giró lentamente y mirando a su compañera le respondió tímidamente.

--¡Perdona!, ya no se en que día vivo.

--¿qué harás mañana?, (preguntó su compañera).

--No se, no se, tal ves me dedique a descansar, estoy muy agotado y necesito descansar, sobretodo mi mente, ¡mi cabecita no da más!.

Su compañera lo miró y respondiendo por lo bajo un, (te estás volviendo viejo), volvió a su lugar de trabajo.

Él se quedó allí, pensativo, preocupado, pues el comentario de Carolina, (así se llama su compañera), le había quedado resonando en su cabeza, ¡te estás quedando viejo!, ¡te estás quedando viejo!.

Se acomodó nuevamente frente al ordenador, miró la hora, este marcaba las 17,30 PM, se dijo entre si, ¡queda poco!, tan solo media hora para terminar la semana.

Se dio cuenta en ese momento, que la vida lo había estado llevando de tal manera que desde hacía mucho tiempo que no se tomaba un fin de semana para él. Revoloteó por la cabeza, lugares donde ir en estos tres días libres, pero no se le ocurrió ninguno, escogió los hombros en una demostración de no importarle mucho y se dedicó a terminar el día de trabajo.

Llegó la hora, ¡último día de tarea de la semana! ¡por fin un fin de semana largo!.

Salió lentamente, después de haberse despedido de sus compañeros de tareas, y comenzó a caminar por la principal avenida rumbo a su apartamento, Se desplazaba lentamente, las 8 cuadras que lo separaban de su hogar las quería disfrutar al máximo, sentir el aire de la primavera, observar las vidrieras, por primera ves, quería tomarse su tiempo, ¡necesitaba tomarse un tiempo!.

Caminó lentamente, por primera ves miró a su alrededor, como un niño comenzó a percibir muchas cosas que de por siempre habían estado allí pero el con el afán de llegar pronto a su casa no se percataba de ellas.

Las flores en la plaza, los niños jugueteando, las parejas tomadas de la mano riendo, todo aquello y más lo disfrutó como nunca, después del divorcio, (ya hacía 12 años), no se había tomado tiempo para estas cosas, pues la vida lo fue enroscando de tal manera que los doce años parecían Ayer.

Casi sin darse cuenta llegó a la entrada del edificio, se quedó allí unos segundos antes de entrar, como temiendo a la soledad de su apartamento, que por muchos años lo acompañó y de alguna manera u otra lo fue moldeando de tal forma que ya no le importaba, es más, estaba tan acostumbrado a eso que se sentía bien con su soledad.

Echó la última mirada a la gran avenida y giró entrando de prisa al edificio, tomó el ascensor, mientras este ascendía sintió de pronto una angustia que lo ahogaba, ¿qué haría él el fin de semana?; nuevamente escogió los hombros y se dijo para si mismo, ¡ya veremos! ¡ya veremos!.

Salió del ascensor y entró en su apartamento el cual lo esperaba como todas las tardes, en penumbras y silencioso. Levantó las persianas pues aún quedaban unas horas de luz, desde su ventana podía apreciar la maravillosa vista de la bahía de Montevideo, no le puso mayor atención, estaba allí todos los días y para el la bahía pasaba ha ser parte del paisaje, como si fuera un cuadro pintado en la pared.

Se dio una ducha, comió algo ligero y se recostó en el sillón a mirar televisión, se quedó dormido.

No supo cuanto tiempo estuvo así, pero de repente lo despertaron unos disparos, se sobresaltó asustado, pues en esa zona no era común que esto sucediera, se puso de pie rápidamente aún medio dormido, cuando en ese momento se sintió un estúpido, los disparos que a él le habían sobresaltado provenían del televisor.

Ya estaba de noche, solo iluminaba el ambiente la luz del televisor, Edgar miró la hora, con gesto de asombro apagó la tele y se dirigió al dormitorio a oscuras, era muy tarde para él, las 11,15 PM. Se disponía a descansar sin tener hora para levantarse en la mañana ya que tenía libre por feriado nacional.

Cuando el timbre del despertador se hizo sentir, Edgar ya estaba despierto, el reloj biológico lo despertó antes, sin mirarlo lo silenció, pues sabía que eran las 6 de la mañana; se duchó y desayuno algo rápido, un café, y algunas tostadas, sin pensarlo salió del apartamento, llamó el ascensor y descendió hasta el subsuelo donde tenía su onda de 400cc.

Le dio arranque y mientras el motor calentaba, se puso su campera de cuero, ajustó su casco, luego montó en ella y lentamente comenzó a salir del edificio.

Ya estaba en la avenida principal, rodaba lentamente, sin rumbo, ¿a dónde iría?, se preguntaba.

Giró a la derecha tomando una de las angostas calles que lo llevarían a la rambla, siempre le agradó recorrer en moto la costanera. Mientras avanzaba miraba con un poco de indignación las bolsas de basura que se amontonaban en las esquinas, pues como era feriado los recolectores no las recogerían hasta el día lunes, ¡será un caos!, (pensó mientras continuaba en busca de la rambla).

Llegó a esta y comenzó a transitarla lentamente, la costanera estaba tranquila, mientras rodaba suavemente sintió una gran paz, el aire primaveral le acariciaba la cara, miró el cuenta kilómetro, marcaba 40, lentamente comenzó a aumentar la velocidad, y en pocos minutos ya estaba sobre el puente del arroyo Carrasco el cual divide la ciudad de Montevideo con el departamento de Canelones, continuó a un buen ritmo, siempre recostado sobre la rambla, había estado observando el mar desde que comenzó a transitar la costanera y este se mostraba tranquilo, el agua si bien no era cristalina, se veía muy mansa, el mar era algo mágico para Edgar, le trasmitía, paz y tranquilidad y podía pasarse horas observándolo.

Estaba por ingresar en el departamento de Maldonado, este recorrido él lo conocía muy bien ya que en muchas oportunidades había viajado a esta ciudad), cuando una densa niebla comenzó a cubrir la ruta, se sorprendió, no era común en esa época del año que esto sucediera; Se comenzaba a ver a muy poca distancia, la niebla cada ves era más espesa.

Miró el cuenta kilómetros, este marcaba 95k, por hora, Edgar pensó, (¡demasiado rápido para un día de niebla!), reduzco la velocidad hasta los 50, si bien la temperatura se mantenía agradable, él ya estaba pensando en regresar.

Transitaba muy lento, buscando una entrada para girar y volver, cuando vio entre la niebla unas luces que se agitaban haciéndole señas, se detuvo, era la policía de tránsito, se acercó un agente preguntándole.--¿Va muy lejos?.

--No, (respondió Edgar), en realidad estaba buscando una entrada donde pueda girar para regresar, ¡la niebla está muy fea!.

--A tres kilómetros de aquí encontrará una rotonda donde podrá girar, baya con cuidado, tenemos entendido que esta niebla se extiende unos cuantos kilómetros más, y no sabemos a que se debe, ¡nunca había sucedido esto!, (comentó el agente).

--pierda cuidado, (le dijo Edgar), no tengo pensado tener un accidente.

Continuó su camino muy lento, pensando que su paseo se le estaba truncando debido a la intensa niebla; atento a la ruta en espera de la aparición de la rotonda para poder girar y regresar.

Ya alcanzaba a divisar algo adelante, no la veía claramente pero indudablemente tendría que ser la rotonda que le había indicado el agente anteriormente.

Cuanto más se acercaba a lo que para él sería la rotonda, la niebla se hacía más y más espesa, ya la tenía ante si, comenzó a girar hacia la derecha, para buscar el carril que lo llevaría de regreso, pero no lo encontró, si bien el conducía a poca velocidad, la moto comenzó a vibrar como si estuviera rodando sobre un terreno con muchas protuberancias, se sorprendió, él conocía ese camino y si bien no estaba muy prolijo, no era para tantos desniveles.

Trataba de pensar, el silencio era total, no sabía si por el nerviosismo que tenía o por la niebla, pero el motor de la moto no se podía escuchar, ya se iba ha detener cuando la niebla comenzó a disiparse, delante de sus ojos apareció un paisaje que él no conocía, le parecía estar soñando; inmediatamente se detuvo, la niebla como por arte de magia se había disipado totalmente.

Edgar se encontraba aún sobre la moto, sentado, mirando boquiabierto sin entender ni comprender que estaba sucediendo.

Se mantuvo montado en la moto unos minutos y luego tímidamente comenzó a descender sin quitar la vista del camino que se habría ante él como si este fuera producto de un sueño.

Pero indudablemente no era un sueño, ya que todo se podía palpar, observó la ancha y larga avenida que se extendía ante él, no podía asociar dicha avenida a algún lugar de aquella zona, por un momento pensó, ¡caramba, me habré desviado tanto por causa de la niebla, y estoy en algún lugar desconocido para mí!.

Este pensamiento le calmó un poco los nervios, y comenzó a caminar por la amplia avenida.

Esta se encontraba hecha con adoquines encastrados perfectamente, estaban colocados de tal manera que si bien se notaba el paso del tiempo, mantenían un buen nivel en su conjunto.

Edgar transitaba lentamente por la avenida, sobre ambos lados se adornaba esta por pinos, los cuales se podía apreciar que estaban perfectamente alineados a lo largo del camino, esto hacía que armonizara con el lugar.

Estuvo caminando unos cuantos minutos, de pronto delante de Edgar apareció una plazoleta, estaba en muy buenas condiciones, se podía apreciar el cuidado y el buen gusto para la distribución del lugar, bancos, flores, algunas palmeras muy antiguas, y un pequeño busto con una leyenda que tan solo decía, ¡Bien venidos!.

Edgar, atravesó la placita, y comenzó a ver sobre ambos lados del camino, las casas que suplantando los pinos se extendían a lo largo de la avenida. No necesitó observar demasiado para darse cuenta el orden y la limpieza que reinaba en aquel lugar.

Las casas tenían un aspecto muy antiguo, pequeñas cabañas con techos de teja colonial, todas muy idénticas una de la otra, y si bien evidentemente sin lugar a duda eran muy antiguas, se notaba el mantenimiento y el esmero por mantenerlas en buenas condiciones.

Todas en el frente, tenían un jardín adornado con bellas flores, y este a su ves cortado por un sendero no muy ancho que permitía el acceso a la puerta de entrada.

A medida que Edgar se iba acercando, pudo ver niños jugando en los jardines, en plena calle, y personas adultas que lo observaban con curiosidad.

El sol caía a pique, pero la temperatura era agradable, mientras caminaba lentamente y con mucho reparo pues se daba cuenta que sin lugar a duda este era un lugar muy extraño, y no podía entender, no encajaba en ningún lugar del país, ¿por qué?, (se preguntaba Edgar), este lugar con apariencia tan antigua, y el ni nadie jamás se lo aya encontrado antes, ¡parecía salido de una postal!.

Mientras caminaba, Edgar podía ver que allí no existía las puertas y ventanas con rejas, ni cercas separando las cabañas, ni limitando los terrenos, también pudo observar con gran asombro que las puertas de entrada carecían de cerradura.

De pronto observó que de frente a él, venía con paso lento pero seguro, un hombre de estatura media, barba y cabello a nieve. Edgar detuvo su andar y lo quedó mirando, ¡era indudable que se dirigía hacia él!.

El anciano se detuvo a unos pocos metros de distancia y lo quedó observando por unos minutos, y luego habló.

--¡buenos días, amigo!, (saludó el anciano).

--¿qué hace por aquí? ¿cómo se llama? ¿de donde viene?.

Él tenía aquel aspecto tan extraño para ellos?.

--Mi nombre es Edgar, y vengo de Montevideo.

--¿De Montevideo?, donde queda eso?, (preguntó Jonathan.

Edgar quedó por unos instantes pensativo, y luego llegó a la conclusión que no valía la pena tratar de explicarle, pues nunca entendería de donde venía.

Tratando de evadir la pregunta, respondió con otra.

--¿Observo que en este lugar no ay rejas en las puertas, y lo que me llama más aún la atención es que tampoco ay cerraduras?, ¿por qué?.

--¿Rejas? ¿cerraduras?, (preguntó jonathan) no entiendo a que se refiere.

--Pues, (dijo Edgar), muy simple, ¡seguridad, mi amigo!, tan sencillo como eso, ¡seguridad!.

--Somos una comunidad, ¿entiende esta palabra?, aquí no es necesario tener cerradas las puertas con llaves, o cerrar las ventanas con rejas, le repito, ¡somos una comunidad!, y por lo tanto nos debemos respeto uno a los otros, y si esto no fuera así, no funcionaríamos como tal, y pasaríamos a ser menos que animales.

Edgar lo miró sin entender nada, no podía comprender lo que aquel anciano le estaba diciendo, por un momento pensó que le estaba mintiendo, ¿quién de alguna manera o otra no miente para dejar bien parada a su ciudad?.

Comenzaron a caminar por la ancha avenida, se observaba una gran armonía entre los pueblerinos, comenzó a entender que aquel hombre le había estado diciendo la verdad.

Jonathan, se detuvo y señalando hacia los campos y praderas que se divisaban al final del pueblo, le comentó.

--Esta es nuestra fuente de sustento, tenemos mucha tierra muy fértil, y hermosas praderas donde nuestro ganado puede pastar, ¿qué le parece?, (le preguntó con aire de estar orgulloso de ello).

Edgar observó por unos instantes, todo parecía perfecto, los campos, las praderas, el molino, y un limpio arroyo que estratégicamente recorría el amplio lugar.

Edgar sorpresivamente le preguntó, ¿cuánto dinero ganan la gente que trabaja aquí?.

Nuevamente el anciano lo miró sin entender y tan solo se preocupó de preguntarle, ¿dinero? ¿qué es eso?.

Edgar pensó, ¡esto no es verdad!,

¿estaré soñando?. Mientras buscaba la manera de explicarle como funcionaba en su ciudad el sistema, aunque sabía que nunca podría explicarle que el dinero era lo más importante, y que sin él no se podía hacer gran cosa.

El anciano volvió a preguntarle, ¿qué es el dinero?.

--Bueno, el dinero es como papeles que tienen un valor, tu me haces un trabajo y yo te pago con cierta cantidad de estos papeles, luego tu con estos papeles puedes adquirir mercadería, como comestibles, o vestimentas.

--En nuestro pueblo, (dijo Jonathan) trabajamos en beneficio de todos, y nadie nunca pensaría en sacar provecho del otro, o tratar de cobrarle por un servicio, esto no entra dentro de nuestras cabezas, pues como le dije antes, ¡somos una comunidad!, y esto quiere decir que vivimos en comunión, y nunca nadie sacará ventaja o se quedará con algo que no le pertenezca.

--¿y la seguridad?, ¿qué pasa con la seguridad, ¿nadie nunca entró a algún lugar de estos que se mantienen abiertos día y noche, y tomó algo que necesitaba?.

----Somos una comunidad, somos una comunidad, (respondió Jonathan por lo bajo no entendiendo, o no queriendo entender).

Edgar giró sobre sus talones y comenzó a regresar, se sentía incómodo allí, siempre pensaba en poder encontrar un lugar así, sin envidias, sin maldades, una ciudad donde la única preocupación fuera incrementar el amor entre las personas y no las cuentas bancarias, pisando y maltratando al más débil por el vil metal.

Pero se sentía incómodo, de alguna manera se dio cuenta que si permanecía en aquel lugar, terminaría contaminándolo, y de ser una ciudad limpia, con costumbres sencillas donde el dinero estaba reemplazado por el amor, la bondad, y la tolerancia, pasaría con el tiempo a ser todo lo contrario y esto no lo deseaba para aquella gente que estaba tan alejada a la realidad de este mundo tan echado a menos, y sin ningún valor humano.

Recorrió rápidamente la avenida de regreso buscando su moto, el anciano lo seguía un poco retrasado, con paso manso y tranquilo, Edgar se detuvo junto a su moto, miró al anciano y le dijo.

--Esto es muy hermoso, pero me tengo que ir.

--¿se vuelve a su ciudad?, (le preguntó Jonathan).

--Sí, regreso a Montevideo, tengo muchas cosas que hacer, (respondió Edgar sabiendo que mentía, pues en Montevideo su vida era muy monótona).

--Entiendo, (dijo el anciano) tiene su familia, que lo debe estar esperando; ¿sabe, su ciudad debe de ser muy linda?.

Edgar asintió con la cabeza, mientras arrancaba su máquina, el anciano dió un salto hacia atrás espantado por el ruido. Edgar lo saludó haciendo un ademán con su mano, luego giró y con un torpe arranque comenzó a salir de aquel lugar.

De nuevo la niebla le estaba cubriendo el camino, se ponía más y más espesa a medida que avanzaba, tuvo que bajar la velocidad, rodaba con lentitud, deseaba volver pero se encontraba perdido, ¿no conocía aquel camino!, continuó lentamente tratando de recordar por donde había venido

, siguió hacia el oeste pues de esta dirección había venido.

Luego de unos cuantos minutos, la niebla comenzó a disiparse, reconoció el camino, ¡era el correcto!, aceleró bruscamente, 40k, 70k, 140k, corría y corría, deseaba volver, ¡nunca lo había deseado tanto!.

Por fin llegó a la ciudad, (Montevideo), redujo su velocidad a 45k, mientras transitaba por la rambla rumbo a su apartamento, observaba lo linda que era, ¿cómo se había acostumbrado a vivir en ella?, con sus altos edificios, que no dejaban que el sol pudiera iluminar los parques y plazas repletas de basura, pues debido al largo fin de semana no las habían limpiado.

Continuó avanzando, ya estaba cerca, la rambla la avía dejado atrás, transitaba por una angosta avenida, con algunos pozos y un poco agrietada, pero a Edgar le pareció hermosa, y se dijo para si, (el ser humano es un animal de costumbre), y finalmente entró en el garage de su edificio saludando al portero, el cual con un gesto robotizado lo saludó con un movimiento de cabeza.

Edgar ya se encontraba en su apartamento, se sirvió un whisky, lo necesitaba, ¡realmente lo necesitaba!, se dejó caer en el sillón y todo aquello vivido le parecía un sueño, ¡si, sí, fue un sueño!, pensaba Edgar para si, nunca podría explicar aquella experiencia vivida, si se entera el director de la empresa, ¡seguramente lo mandarían al sicólogo!, y correría el riesgo de perder el trabajo.

Estaba pensando en esto cuando el repiqueteo del teléfono lo volvió a la realidad, de un salto levantó el tuvo.

Del otro lado de la línea reconoció la voz de su jefe.

--¿qué le pasó Edgar, que no vino a trabajar?, ¿está enfermo?.

Desconcertado Edgar miró el calendario, ¿sería posible que ya estaba a Lunes? ¿sería posible?.

Apenas pudo contestar fingiendo una voz ronca.

--¡sí, señor!, es una gripe, una pequeña gripe, estaré bien mañana.

Edgar sintió del otro lado del tubo un, ¡lo espero mañana!, y luego el corte de la comunicación.

Edgar se apresuró a beber de un solo trago el whisky, quedando pensativo, en su cabeza resonaba aún la voz de Jonathan, recordaba cada una de sus palabras, la gente, el lugar.

Dejó el vaso vacío sobre la mesa, y se preparó para una ducha, ¡la necesitaba!, tal ves todo fue un sueño, ¡si un sueño!, esto no existe, ¡fue un sueño!, repetía y repetía tratando de convencerse mientras se duchaba.

Autor: Sergio Pérez, (Montevideo, Uruguay)

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