FRANCISCO FIGUERAS PACHECO (1880-1960).

Por: Juan José Miñana.

Francisco Figueras Pacheco es el ciego español más ilustre, quizás, de la edad contemporánea. De él escribió su paisano Gabriel Miró en 1909: "Dios hizo el espíritu de este hombre de un solo diamante elegido y bellísimo, dándole la luminosa transparencia al cerebro y la firmeza heroica al corazón. Su frente se elevó hacia el cielo, encendida por la fe, porque, si dios formó este alma de diamante, no se le otorgó hirsuto limpio y tallado, sino que se le encomendó el glorioso trabajo de pulirlo hasta extraer sus pretendidas lumbres. Figueras ha sido paciente, brioso y sufrido primero y lapidario de sí mismo".

El periódico alicantino "Para Todos" publicó el 4 de abril de 1924 el siguiente párrafo: "Francisco Figueras Pacheco es uno de los pocos sabios que en todas las ramas de la vida tenemos en nuestra patria".

Este ilustre ciego fue cronista oficial de la ciudad de Alicante desde 1908 hasta 1960, año el que falleció, académico correspondiente de la real academia de la historia, miembro de la institución Fernán González, de Burgos, miembro del instituto de estudios alicantinos, miembro de la institución Alfonso V el magnánimo (rey de Aragón, Cataluña y Nápoles), miembro de lo Rat Penat, de Valencia, y de otras entidades culturales españolas y extranjeras.

Figueras Pacheco nos dejó la siguiente autobiografía, que transcribimos y glosamos convenientemente: "Recuerdos y aspiraciones. Entrevista efectuada el año 1922.

Una distinguida señora, la Señorita Remedios de Selva y Torres me pidió la autobiografía para las columnas de este benemérito periódico; y aunque yo sé de sobra que las vidas oscuras, -y ninguna lo es más que la de un ciego-, no pueden interesar a nadie, tienen, no obstante, tan misterioso poder los ruegos de las mujeres, que no hay modo de sustraerse a ellos. Disponte, pues, lector, a saltar estos renglones o a enterarte de media docena de fruslerías, que todas juntas no valen un comino, ni aun en los tiempos presentes, que todo vale tan caro.

Decía el celebérrimo Quevedo, que un miércoles y un martes disputaron de lo lindo acerca de su nacimiento, no queriendo ninguno cargar con el mochuelo de tal desaguisado. No sucedió lo propio conmigo, porque habiendo nacido el 13 de diciembre de 1880, y teniendo a gala este número patrocinar todo acontecimiento calamitoso, no fue preciso discutir más el asunto; y es lo más célebre del caso, que vine a dar con mis huesos en este mundo el día de la santísima santa Lucía, defensora de los ojos, que no hay abogado, por muy bueno que sea, que no pierda algún pleito; y a mí me tocó la bola, pues mi padre, Francisco Figueras Bushell, también se había quedado completamente ciego, cuando yo sólo contaba cinco años de edad. A pesar de ello, -lo digo sin doblez-, profeso gratitud sincera a la santa, porque, tal vez, sin su ayuda no hubiera gozado yo de luz y colores. La mitad, aproximadamente, de mi vida la disfruté bajo el fanal espléndido del cielo de Alicante, ciudad donde hube de presentarme en la escena de la comedia humana. Y así como otros dicen "que me quiten lo bailado", digo yo, "que me quiten lo visto", quedando muy contento de que no puedan hacerlo, porque a la manera del inglés de "La viejecita" (nota: Es una zarzuela con música de Fernández Caballero y libreto de Echegaray. Fin de la nota) reía para dentro, miro no las formas y los tintes de la realidad, retocada a mi gusto en el taller sin límites de la fantasía.

Me aseguran personas de toda mi confianza, pues yo no tomé nota de ello, que desde la cuna comencé a dar pruebas de mi genio un poco fuerte, cualidad que, medianamente dominada, no me pesa, porque, al fin y al cabo, se convierte con frecuencia en fuerza para soportar adversidades y allanar obstáculos.

En la escuela abría los libros cuando no me miraba el maestro y yo le veía, que no era siempre; dedicando al estudio sólo el tiempo preciso y al juego el resto.

El último colegio que resistió mis diabluras fue el de la Inmaculada Concepción, magnífico centro de enseñanza que estableció en Novelda (Alicante) don Luis Calpena, gloria hoy de la tribuna sagrada. A pesar de los años transcurridos, -y corría el de 1896-, no se ha esfumado aún de mi memoria la distinguida figura de aquel hombre de rostro expresivo, mirada penetrante y suave palabra, que nos dirigía con frecuencia pláticas amenas, anuncio de sus magistrales homilías ulteriores.

Durante las comidas, sin faltar una, se nos leía la historia de don Quijote; previsora medida que algunos habrán agradecido luego, al empuñar la pluma y observar la bienhechora influencia del ritmo de aquella prosa.

Salí del colegio de Novelda e ingresé en el instituto de Alicante, donde dicho sea de paso, estudié algo menos que en la escuela, y ya es sabido que en ella jamás me distinguí como aplicado. Cansado al fin de que me preguntasen, casualmente, cuando no había estudiado la lección, decidí no asistir a clase y hacer novillos siempre que la vigilancia familiar no me lo impidiera. Sólo consiguieron mi asistencia con relativa asiduidad determinadas asignaturas, como la física, porque había pruebas; la lógica, porque a fuerza de serlo, permitía inventar respuestas sin mirar el libro, y la literatura, porque resultaba entretenido enterarse de las producciones de la nuestra. Esto sin tener en cuenta el interés y la amenidad que daba a sus lecciones don Hermenegildo Giner de los Ríos, sapientísimo maestro, que ha seguido después honrándome con su amistad, y a quien debo el prólogo de mi libro "La universidad española hoy y mañana", la primera obra que se imprimió mía.

Antes había yo publicado varios trabajos literarios en los periódicos de Alicante, siendo el más antiguo de ellos el aparecido el 18 de julio de 1897 sobre la figura intelectual y humana de don Hermenegildo Giner de los Ríos. Por lo demás, no estoy arrepentido de haber regateado al enojoso encierro de las aulas tiempo para gastarlo en tomar el sol o el fresco o jugar alegremente con mis colegas de afición por las cercanías de mi ciudad natal o en las playas del mágico mar que la baña; pues, si perdí la ocasión de adquirir conocimientos no muy difíciles de recuperar más tarde, gané, en cambio, energías que harto necesarias debían serme más pronto de lo que yo quisiera.

Terminado el bachillerato, no por obra de mis merecimientos, sino milagrosamente, y deseando echar un cuarto a espadas como periodissta, comencé a escribir puerilidades, que insertaron varios periódicos de manga más que holgada; y hasta fundé, dirigí y publiqué desde 1898 hasta 1903, que desapareció, la revista quincenal "El Ibero" que, milagrosamente también, duró lustro y pico, porque mis primeros escritos literarios eran aún peores que los actuales, y éstos son pésimos, aunque me esté mal el decirlo.

Al propio tiempo, fue preciso pensar en seguir una carrera, y yo elegí la de leyes; pero he aquí, que algún engañador, que indudablemente me tenía entre ojos, se empeñó en que no la siguiera, y dejó a oscuras mi vida, mientras que yo, con la sonrisa en los labios, aunque retorciéndome por dentro, asistía al dolorosísimo espectáculo que me ofrecía la naturaleza, ocultándome poco a poco toda la gama de sus colores bajo una inmensa pincelada negra.

Precisamente, cuando la vida es más hermosa, bajo el imperio de los 17 años, poco más o menos, pues no quiero entretenerme en sacar cuentas desagradables. Viéronme muchos médicos, pues, y no fue esto lo peor, sino que yo no vi a ninguno, a pesar del interés que teníamos todos, y no obstante la carnicería que hiciera uno de ellos en mis pobres ojos, que nunca le habían mirado mal.

"Paciencia y adelante" Mas siendo contrario mi parecer al del susodicho encantador, me propuse entonces desbaratar sus planes y no quedarme sin carrera, a cuyo efecto cogí los libros que me fue leyendo mi buena hermana, menor que yo, hasta obtener la licenciatura en derecho, como alumno libre en la universidad de Valencia.

Algunos señores, atribuyéndome cualidades que no poseo, me buscaron, al mismo tiempo, para servir de maestro a sus hijos, estudiantes, como yo, de leyes. Quizás, porque en 1906 publiqué "El derecho en la escuela", un segundo libro que fue muy celebrado. El producto de mis clases particulares me permitió pagar muy holgadamente los enormes gastos de mi carrera, y hasta emprender algún que otro viaje de estudios fuera de abono, sin gravar demasiado a mi abuelo paterno, que atendía solícito todas mis necesidades desde que me quedé huérfano de padre y madre.

Los ratos de ocio en el instituto los pagué con creces en la facultad mayor, puesto que mis asignaturas y las que repasaba a mis compañeros no me dejaban punto de reposo.

Terminada mi licenciatura como alumno libre, hice en Madrid mi doctorado, consiguiendo por fin la simbólica borla el 19 de noviembre de 1906.

Durante aquel período, y simplemente con aplicar a mi sueño la famosa jornada de 8 horas, publiqué algunos librejos bastante malos y emborroné cuartillas para revistas y periódicos y di conferencias en diferentes círculos y centros culturales.

En 1908 fallece don Rafael Viravéns, cronista de la ciudad de Alicante, y el 24 de julio del mismo año fui nombrado para sucederle; quizás, porque un amable paisano, llamado Ponce de la Sierra, me juzgara competente para ser el cronista de Alicante, en un artículo publicado en el periódico "El Pueblo", diario alicantino, del día 16 de marzo del año 1907.

En enero de 1909 pronuncié en el teatro Principal de Alicante el discurso de mantenedor de los juegos florales celebrados en mi ciudad, bajo la presidencia de Su Majestad, el rey Alfonso X{iI{i, al cual tuve el honor de ser presentado con tal motivo.

La suerte, caprichosa e injusta casi siempre, me concedió varios premios en certámenes públicos, ninguno de los cuales es digno de mencionar, si se exceptúa el que recibí de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas el 7 de febrero de 1909, por venir de corporación tan respetable.

Era mi ideal el ganar una cátedra universitaria y me dispuse para la lucha, alentado por el venerable don Hermenegildo Giner de los Ríos, quien con aquella su bondad característica, me hablaba de los catedráticos ciegos del extranjero para darme ánimos.

Otro insigne amigo, don José Francos Rodríguez, deseando evitar la posibilidad de que cualquier obstáculo dificultase mi acceso a la cátedra, pidió en pleno Parlamento al ministro de instrucción pública, la disposición legal necesaria para que yo pudiese concurrir a oposiciones sin el peligro de verme excluído caprichosamente.

Puesto que la ley no me excluía, el ministro nada hizo, claro está; y temiendo yo que resolviera el día del juicio final, seguí estudiando derecho público y derecho natural, hasta salir a oposición la cátedra de este último en la universidad de Valladolid. Me presenté a ella por probar fortuna, mas el ministro, formando, tal vez, de mí mejor juicio de lo que entonces me conviniera, temió que la obtuviese y dictó una Real Orden, eximiéndome, bonitamente, de los ejercicios por estar ciego (nota: El doctor Francisco Figueras Pacheco fue a la oposición en enero de 1912 para la cátedra de derecho natural en la universidad de Valladolid, cuyos ejercicios no pudo realizar, a causa de la orden ministerial dada a conocer el 10 de enero de 1912, y dictada, expresamente, para impedir que este ilustre ciego tomara parte en las mismas. el invidente alicantino es tan discreto, que no dice el nombre del ministro que tanto daño le hizo, fue Amalio Jimeno, quien le prohibió opositar. Esta nueva amargura determinó que su vida tomara otro derrotero, pasando de los estudios jurídicos a los geográficos e históricos, brillando en ellos. Fin de la nota).

La pluma santa de don Antonio Zozaya, impulsada por su corazón de oro, glosó, a priori, el suceso en un sentido artículo, que publicó el periódico "El Liberal"; y aquí paz y después gloria. Al regresar a mi tierra, el doctor Francisco Carreras Candi, director y editor de la "Geografía general del reino de Valencia", me encargó de la redacción de la parte correspondiente a la provincia de Alicante y tuve entonces que licenciar a políticos, filósofos, leguleyos y juristas de mis estudios precedentes para dar paso a un ejército de geógrafos, arqueólogos, economistas e historiadores, de modo que Aristóteles cedió su puesto a Plinio, Mahut, Hübner, Giner y Vilanova. Con sus noticias y las que recogí sobre el terreno, recorriendo pueblo por pueblo toda la provincia, salió un tomito en folio de 1200 páginas, que, como diría con harto fundamento el crítico del sainete famoso, "El papel vale más, porque es de buena clase y está ilustrado con muchos santos", que dicen los chiquillos.

Terminé la geografía de la provincia de Alicante en la primavera de 1912, y se publicó en 1914; a partir de ese momento mis trabajos, aun no abandonando por completo los literarios y jurídicos, se orientan, principalmente, hacia la historia y la arqueología, ciencias en las que creen haber contribuído a esclarecer cuestiones dudosas y oscuras.

A medida que fui dejando atrás los trabajos geográficos, emprendí otros sobre diversidad de materias para distintos editores, periódicos y revistas, como la quincenal de Barcelona, en la que colaboré; y alternando con esta abigarrada tarea, pronuncié varios discursejos, entre ellos uno sobre la guerra en Alemania, en el teatro Principal de Alicante, a petición de la colonia francesa, y otro en el círculo Bellas Artes de la misma ciudad sobre las formas de gobierno, inspirado en una obra yanqui, que estudié por recomendación de mi sapientísimo maestro don Gumersindo de Azcárate. Del primer discurso se hizo una edición en Madrid y otra en Barcelona. Del segundo, otra en Alicante hace pocos meses. La última vez que he hablado en público fue el 9 de junio próximo pasado en el teatro de verano de Alicante, a requerimiento del centro instructivo y protector de ciegos. Lo que dije se ha reducido a escrito, pero todavía no se ha publicado.

En los ratos de buen humor del pasado año escribí varias obritas teatrales, de las que he seleccionado dos: "Los alemanes del camerón" y "La república del Chiriguay", ambos juguetes cómico-líricos, el primero bilingüe y el segundo en castellano.

Ahora, puesto previamente de acuerdo con nuestro genial compositor Oscar Esplá, trabajo en una ópera que titulamos: "Ismail de Granada", donde se dará el caso inaudito de ir juntas las firmas del más glorioso músico de España y el más humilde de los escritores. Nunca le agradeceré bastante la generosidad de asociar su nombre ilustre al mío modestísimo.

Finalmente, cuando no he tenido quien me leyera o a quien dictar, he compuesto versos. He aquí una muestra de mi inspiración poética:

El acorde de la Oración.

Por Francisco Figueras Pacheco.

Mientras muere la tarde en el ocaso,

desde la vieja torre

baja al valle la voz de una campana,

el toque de Oraciones,

y recorre la paz de la llanura,

en pos de los pastores.

Allí donde los halla,

encuentra un eco la vibración de bronce

y se elevan al cielo confundidas

las preces de los hombres.

"Oh, campana, campana"

Si así logras unir los corazones,

tu voz, aunque resuene áspera y dura,

tu voz es un acorde.

Tan luego haga escrutinio de los que guarde y de los que arroje al cesto, los que no tengan pase, que serán los más, daré a la estampa un tomo con los restantes, publicándolos, tal vez, primeramente, en revistas literarias.

Terminados los trabajos que ahora me ocupan, pienso escribir algunos libros de materia filosófica, otros sobre sociología y derecho político y una serie de cuentos que ya está en el telar.

En julio de 1916 y por muerte de mi abuelo paterno, el marqués de Costancia, se mandó a mi favor la real carta de sucesión de este título, que no puedo hostentar aún, por haberme gastado las pesetas destinadas a pagar los derechos de transmisión. Creí yo que sería bastante a justificar la posesión de aquel título la costancia probada de muchos años, pero allí arriba se piensa de otro modo. La funesta manía de vincular estas sucesiones con el otro acelerarán su caída. Por lo demás, con pergaminos o sin ellos, soy siempre demócrata en política, porque la democracia es el régimen definitivo del mundo bajo el imperio del Evangelio. Como soy liberal, porque la libertad es, creo yo, el oxígeno de los pulmones sociales, fundándome en esto mismo, considero mal orientado el movimiento obrero, aunque la justicia íntima de su causa me parece indudable. El progreso impuesto a puñetazos no me atrajo nunca.

En religión fui profundamente creyente, aunque, si la evolución del cosmos, fundiendo una tras otras todas sus obras, no debe respetar la más excelsa, el universo entero carece de sentido y no pasa de ser una soberana tontería. Saturno devoró uno tras otro a sus hijos, pero Júpiter se salva del desastre. El espíritu escapará a la destrucción.

Como no sé nada, quisiera saber de todo. Las ciencias me seducen, especialmente la filosofía y la física. La ceguera me aleja de ésta más que de aquélla. En cuanto al arte, como diría el boticario del sainete (nota: Se refiere a don Hilarión, personaje de la zarzuela "La verbena de la Paloma", de Tomás Bretón. Fin de la nota), me gustan todas, pero la música me gusta más.

La amistad con que me honra Oscar Esplá me permite saborear casi a diario las mejores obras clásicas y modernas, además de las primicias de sus producciones magistrales (Nota: Colaboró con el músico alicantino José Alfonsea en la composición de bellas canciones. Fin de la nota).

La poesía me atrae, como fórmula de la expresión sucedánea de la música. La escultura no consigue sustraerme por completo a la escuela de mis percepciones. En cuanto a la pintura, me he de conformar con el recuerdo de algunos cuadros, como el de las Gracias, de Rubens, tan pletórico de forma y colorido o con los brillantes paisajes y figuras del mágico pincel que la imaginación despliega constante ante el espíritu del ciego.

Tales son en síntesis mi vida y mis escasos milagros, para hacer los cuales salta a la vista que no me hace falta tener ninguno. Y para terminar, ya que fue una mujer la que me sacó de mis casillas obligándome a hablar de mí mismo, permítaseme decir, que, si me fastidia la ceguera, es simple y llanamente por no dejarme ver las caras de las muchachas bonitas. Lo demás de la vida no vale casi tres clavos".

Aquí termina la autobiografía de Francisco Figueras Pacheco, quien, habiendo fallecido en 1908 Rafael Viravéns, cronista oficial de la ciudad de Alicante, fue nombrado para sucederle el 24 de julio del mismo año; y por acuerdo municipal del 10 de julio de 1931 fue confirmado en el cargo con carácter vitalicio. Ingresó en 1927 en la comisión provincial de monumentos e inmediatamente se le encargó la redacción de una memoria relativa a las condiciones de la Albufereta próxima a la ciudad de Alicante, con el título de "La Albufera en el término de Alicante", trabajo que presentó a comienzos del año 1928; y el 16 de noviembre de ese mismo año pronunció en el círculo de bellas artes de su ciudad natal el discurso La fantasía de la historia local, en el que abogó por la reforma del escudo de la capital alicantina y el cambio de las siglas "I{cA{i" por las de "A{lL{a". Ingresó como correspondiente en la real academia de la historia, donde presentó su ponencia titulada "Akra Leuka, la ciudad de Amílcar", escrita para el congreso internacional de historia de España, que tuvo lugar en Barcelona en el año 1939, y que, sin duda alguna, marcó el rumbo de sus fecundas actividades arqueológicas e históricas, como se observa al leer la lista de sus publicaciones, entre las que figura dicha ponencia, como aparecida en el año 1932.

El 24 de noviembre de 1939 y en el restaurante Patria, de Barcelona, la peña alicantina rindió tributo de cariño y admiración al doctor don Francisco Figueras Pacheco, a cuyo término el ilustre alicantino manifestó lo siguiente: "La actualidad, acertada ahora como nunca, ha querido que nos reunamos en una casa que lleva un nombre sagrado, el de Patria. Para ésta tuve siempre mi devoción más pura, pero dentro de mi pecho, con ser tan pequeño, hay un santuario en mi corazón, y en él una capilla para cada una de las provincias españolas; pero, ¿por qué lo he de negar? En el lugar preferido está la de Alicante, la de mi cuna, la tierra luminosa donde se hermanan las cumbres nevadas con los valles floridos y las costas bravas, donde se deshacen las olas rugientes del mar con las arenas doradas de playas apacibles, donde parecen suspirar todavía las nereidas que las poblaron en los albores de nuestra historia. Mi santuario es el de España, pero en su altar mayor está Alicante".

Estudió toda la historia y la arqueología y dirigió las excavaciones oficiales en tres puntos de la provincia de Alicante: en la Albufereta, en la illeta de Campello y en Jávea, en 1931, 1933 y 1940, respectivamente; trabajos que publicó en libros titulados "La Albufereta en el término de Alicante", "Excavaciones en la isla de Campello" y "Panorama arqueológico de Jávea y sus cercanía", entre otros acerca de los mismos lugares.

Es digno de destacar, que en 1932 con las excavaciones efectuadas por don José Lafuente, don José Belda y don Francisco Figueras el yacimiento arqueológico de la Albufereta de Alicante vino a confirmar la tesis que nuestro polígrafo ciego expuso en el congreso internacional de la historia, de Barcelona, ya mencionado, a saber: La urbe Akra Leuka radica en el término ilicitano.

Desde julio de 1935 hasta marzo de 1960, en que falleció, fue presidente del patronato regional del liceo del pueblo español, cargo que desempeñó con gran actividad, lo cual, unido a su ingente labor como investigador y escritor, evidencia a qué alto extremo llegaba la grandísima capacidad de trabajo del ilustre ciego alicantino, cuyo intenso quehacer arqueológico le fue reconocido en el cuarto congreso arqueológico del sureste español, celebrado del 16, a 19 de mayo de 1948; en cuyas actas, y a propuesta del doctor García Bellido, figura el nombre de Figueras Pacheco en un lugar de honor; distinción justamente merecida por sus trabajos de investigación hissórica y arqueológicos. En la lista de sus numerosas y meritorias publicaciones recordaremos, omitiendo las ya reseñadas, las siguientes: "Arqueología levantina: las excavaciones de Alicante" (1936). "El altorrelieve de la Albufereta de Alicante" (1936). "Esquema de la necrópolis cartaginesa de@ Alicante" (1944). "Estratigrafía y cerámica de la Albufereta" (1946). "Griegos y púnicos en el sudeste español: progreso geográfico e histórico de la colonización" (1947). "La cueva de la Magdalena: prehistoria en el Mongó" (1949). "Los cartagineses en el iberismo del sudeste" (1951). "Alicante bajo los reyes de Castilla: de Fernando Iii el santo a Fernando Iv el emplazado" (1951). "El castillo de santa Bárbara" (1952). "Las ruinas de Akra Leuka" (1954). "El antiguo puerto interior de la Albufereta de Alicante" (1954). "La necrópolis íbera ubicada en la Albufereta de Alicante" (1956). "Dos mil años atrás" (1959). Y otros muchos trabajos de tipo histórico, social y biográfico de capital importancia, como, por ejemplo, los titulados "Aportación de Alicante a la sociedad española", "Gabriel Miró", "Carlos Arniches", "Rafael Altamira", "Historia del turrón y propiedades del de Jijona y Alicante", "La imprenta en Alicante en el siglo Xviii", "Historias de Guardamar del Segura en la edad antigua", "Compendio histórico de Alicante", "El consulado marítimo y terrestre", "el pueblo del obispado de Orihuela", "Geografía arqueológica de la provincia de Alicante", "Antiguos gremios de la ciudad de Alicante" y otras obras de carácter más literario o de ensayo, como "Volutas de fuego", "La deidad del sol", "Estela matutina", "La princesa está en Burgos", "Imprenta levantina", "Illice Augusta", "El misterio", "El busto", "La reina mora", un libro de cuentos y una colección de poesías no muy aceptables.

Al ser propuesto en 1957 Francisco Figueras Pacheco para la medalla de oro de la ciudad de Alicante, nuestro sabio polígrafo confesó al doctor don Vicente Martínez Morellá, presidente de la comisión provincial de monumentos y años después sucesor de Figueras en el cargo de cronista, lo siguiente: "Trabajo, en efecto, desde mi juventud con la mayor buena voluntad en toda esta clase de investigaciones relativas a la historia de mi tierra natal, pero con ello no hice más que cumplir con mi deber y con mi gusto, sin mirar a más recompensa que la satisfacción de haberme conducido como buen funcionario del municipio y buen alicantino".

Así fue el vivir de aquel hombre extraordinario, que trabajó, sufrió y gozó en su extraña soledad en su domicilio del barrio alicantino de Benalúa, donde soñó, poetizó, alumbró caminos científicos, acendró su amor a Alicante y purificó su alma para el eterno, y su victoria lo fue de su entendimiento y de su voluntad.

El 21 de marzo de 1960 don Francisco Figueras Pacheco, a quien ahora y siempre rendimos los ciegos nuestro fervoroso homenaje de cariño y admiración, falleció, no sin antes dejar el estremecido testamento lírico que supone su poema "arcos triunfales", cuyos últimos versos dicen así:

Mi vida, a veces plácida y a veces turbulenta,

fue campo en que lucharon las sombras y la luz,

que en mi historia

siempre después de la tormenta,

lució un arco iris

encima de una cruz.

Tus lindos colores,

tus mágicas arcadas,

hoy surgen a mis ojos

cual pórticos triunfales.

Sin duda es, que en los cielos

están ya perdonados

las deudas de mis siete pecados capitales.

El valle entra en las sombras,

está espirando el día,

recógense en las cumbres

el último arrebol,

se acerca la hora extrema

de la existencia mía

"Señor", a ti me entrego,

se está poniendo el sol.

 

Regresar.

1