FIDEOS AL PESTO

 

 Amigos: cuando esta historia diga “fin”, les dejaré esta noble receta que me acompañó durante muchos años –que nos acompañó, porque la compartimos cuando éramos felices y no nos dábamos cuenta-.

 Buenos Aires era una ciudad gigantesca, imponente; con anchas diagonales, con tranvías, con la plaza San Martín, la Torre Inglesa y el Río de la Plata.

 El inmenso Río de la Plata con sus barcos anclados, esperando las nuevas cargas de sueños para regresar en esperanzas. Y las banderas con sus adioses y sus bienvenidas y el Obelisco y la calle Santa Fe. El aeroparque con los aviones y sus luces que te dejaban boquiabierta.

 Escaleras mecánicas, subterráneos y el “Italpark”. Cuántas historias se pueden contar del Italpark. ¡Cuántas historias vividas en la montaña rusa, en la silla voladora, en los autos que chocaban la alegría! Novelitas de amor, de fantasía que les ponía punto final a “la vuelta al mundo” cuando se detenía.

 Hoy no quiero hablar del Italpark, ni del niño aquel, de ocho años que deambulaba entre los juegos o se colaba en el tren fantasma para hacer tiempo –no podía volver a su casa hasta después del mediodía-. “El cliente de mamá se va después del mediodía”.

Buenos Aires era hermosa con trolebús y tranvía.

Caminaba fascinada por la calle Corrientes, con los tangos de Aníbal, la voz de Alfredo Alcón, mientras Astor Piazzola gemía “Adiós Nonino” desde su bandoneón.

Para ustedes, Amigos, mi cuento es cotidiano, pero quiero que sepan que yo soy provinciana. Que mi ritmo es lento, ritmo de zamba y el rock and roll violento me hacía tambalear.

Y así, a los tumbos, conseguí un trabajo, no sabía hacer nada. En mi provincia era maestra y lo hacía bien; pero en la gran ciudad tenía miedo de hablar mal, que se me escapara mm... “vos sabís” “¿querís un mate?” o, como mi prima, que por hacerse la porteña, cumplía los años el “treinta y uno de enero” y “yo les voy a decir”. En ese aspecto me las arreglé bastante bien.

 Si ustedes tuvieron una tía Paula Esther serían benévolos con mis miedos y desconfianza.

 Había tomado una habitación en el hotel El Asturiano (San Juan y Sarandí). Cuando regresaba del trabajo y llegaba al hotel, rezaba para no encontrarme con nadie, no quería saludar, no quería que me vieran. Claro que, cuando mi vecino subía la escalera cantando mañana bonita mañá” (de Orfeo Negro) con cualquier pretexto salía al hall para saludarlo.

 Después de una exhaustiva investigación, elegí para mis tardes la confitería La Helvética, creo que existe, aún. Mi tía había dicho que los hombres... “lobos con piel de ovejas” dejaban caer no sé qué polvillo en el café de las jóvenes y después hacían de ellas lo que les venía en gana. Entonces, tomaba té con masas (la tía había dicho café). ¡No me podía sacar a la tía de la cabeza!

 Un día, llegué a la Helvética, a las seis de la tarde, como todos los días y me senté en un rincón con mi té a escuchar Roberto Yanés... (Ahora canta Luis Miguel). Soñando y viajando por las nubes se me hizo tarde. Yo estaba sola en Buenos Aires, nadie me esperaba, ni a nadie le interesaba la hora en que llegaba; pero tenía miedos... miedo a la noche y a todo.

 Dejé el dinero sobre la mesa y salí casi corriendo de la confitería. Al llegar a la esquina, oí que me llamaban... empecé a temblar.

El mozo corría con mis guantes haciéndome señas. Con el susto los había olvidado. Sentí que la ciudad se reía de mí y me dio vergüenza. ¡No podía ser tan tonta! Tengo que cambiar y voy a cambiar, pensaba mientras viajaba de regreso al hotel. Me bajé del trole en San Juan y Entre Ríos, y a mitad de cuadra advertí que un auto rojo me seguía.

 Apresuré el paso y el conductor, un muchachón de pelo largo y rubio, me decía vaya a saber qué. Llegué a la esquina y no pude cruzar, el vigilante cortó el paso y el del auto rojo no dejaba de hablar. Doblé casi corriendo y el pelilargo persiguiéndome. Retrocedí espantada y crucé la calle sin obedecer al policía, que hacía sonar el silbato estrepitosamente.

 Corrí, corrí, llegué al hotel corriendo. Subí las escaleras sollozando y por primera vez, hablé con la asturiana que no sabía si reír o sollozar conmigo. Quiso consolarme contándome sus propias peripecias, cuando había llegado de España y era tan escurridiza y timorata como yo.

 A partir de ese instante, sentí que una fuerza nueva me sacudía y saludé entre lágrimas y risas a Orfeo Negro que subía la escalera silbando, como de costumbre, sin ponerme colorada.

 Y así fue que el miedo empujó al coraje, que estaba muy escondido detrás de la inseguridad.

Y llegué recomendada por Tito (el uruguayo) a la calle Paso doscientos sesenta y cinco, acompañada por mi primo Salvador.

 Era una casa antigua con varias habitaciones, dos patios, un vestíbulo con plantas, muy bien pintado y con puerta cancel.

 La casa me gustó, era una casa, no un hotel.

 Cerré trato con la gallega –Doña Isabel, un personaje de historieta-. Mi primo Salvador me dejó en la puerta de mi nueva habitación con una sonrisa de felicidad. Al fin me dejaba en un lugar alegre, familiar y cerca del trabajo.

 Abrí la puerta del cuarto y me dio frío, un desconcierto embargó mi alma y sentí ganas de llorar. Había renunciado a ser tonta... ¿Qué me sucedía? Las cosas me estaban saliendo bien, era evidente que la gallega había simpatizado conmigo, no había puesto inconveniente en que Salvador me visitara...

 Avancé con angustia y dejé el bolso sobre la cama. Entonces me di cuenta de la realidad: yo era una muchacha de veinte años que iba a vivir sola, sin familia, en una ciudad hermosa, con anchas avenidas, con altos edificios, con tranvías, con una gran indiferencia a los que recién llegan.

 Miré la habitación inmensa: una cama grande, la colcha floreada -desteñida-, un ropero de roble con un esspejo devolvía mi imagen de cuerpo entero, un sillón, una mesa, una lámpara y mi pobre bolso sobre la cama, insignificante, tan insignificante como yo.

 La luna comenzó a espiar por la ventana y me dio miedo. Unos pasos en el vestíbulo y entonces espié yo por la puerta persiana. Un muchacho alto y flaco empujaba una valija marrón ¡Qué carucha! me dije. Me miré al espejo y comprendí que él y yo teníamos la misma expresión: parecíamos dos pájaros que se habían caído de sus nidos.

 Alguien saludó. Así me van a saludar a mí, sin mirarme, pensé. ¡Buenos días! ¡Buenas tardes!, ¡Buenas noches!... ¿Cómo serán las noches en una pensión? Se me vinieron los recuerdos juntos: mi mamá, Rebeca que no le tenía miedo a nadie, el duraznero, el cartero, (que aunque estaba prohibido mojar a los empleados públicos) no se iba de la puerta sin el grito traicionero de... “¡Chaia!” que lo sorprendiera de algún rincón del jardín, con un balde de agua. Del Turco que vendía la frazada, las sábanas a cómodas cuotas y que a fin de mes te visitaba.

 Mi amiga Elena, que es corta de vista y estaba de vacaciones en mi casa, le gustó lo de la “chaia” y cansada de que mi tío Alberto tocara el timbre y al abrirle nos pusiera un balde de sombrero, cada vez que llamaban a la puerta observábamos por la ventana a ver si abríamos o no. Si estábamos preparando una merecida trampa al tío.

 Mi tío Alberto era tapicero y vestía de mameluco azul y boina de vasco. Por las tardes venía con el sulky para llevarnos al parque, “así los porteños prendían lo que era bueno”. La última mañana de carnaval detuvo el sulqui en la puerta de la casa. Elena espiaba por la celosía. El timbre sonó con picardía... Mi madre, desde la cocina cuchicheó ¡Es Alberto! Elena saltó por la ventana con el balde hasta el borde de agua, y el turco sin comerla, ni beberla, se ganó un baño matutino. Lo único que entendíamos que decía: ¡Jara, Jara, Jara! Nunca más pasó a cobrar las sábanas.

 Si, me acordaba del perro de la esquina, de la calle de tierra que regábamos por la mañana y por las noches. Del Jorge Quiroga... que una vez me preguntó: “Niña Clarita ¿Por qué no se depila usted las piernas?” Me dio una vergüenza que me vinieron ganas de pegarle. De mis amigos de la siesta, nos sentábamos en el suelo a leer novelas de amor: María, Flor de Durazno, Magali. Del Boca de Tacho (Don Lucero, un hermoso borracho que después del semillón le soltaba versos a las nubes). Todos ellos estaban en mi cuarto de pensión, comencé a llorar la muerte de todos mis recuerdos, mi propia muerte: la niña Clarita había dejado de existir al detenerse en la calle Paso doscientos sesenta y cinco.

 ¡Pero!...En realidad, yo quería hablar de los fideos al pesto... ¡A ver si ustedes alguna vez han pasado por esta circunstancia! (Regresar de vacaciones sin un mango) y, además, ya te habían pagado un mes adelantado. A mí, me sucedía todos los veranos. Tomaba vacaciones en febrero y comenzaba en marzo mirando las estrellas, pero tenía un pariente que trabajaba en Prato S.A.-fábrica de fideos- y regresaba de mi provincia con bolsas de fideos verdes, de zanahoria, al morrón, al huevo y ¿por qué no decirlo? ¡Manzanilla, jerez!, claro, que el paterito lo guardaba debajo de la cama.

 No quiero concluir este relato sin presentarles a mi primo Salvador. Salvador no era mi primo. Era un amigo muy querido y me di cuenta que lo quería recién el día en que se marchó.

 Salvador era único: me hacía rabiar como nadie, más que Rebeca, y eso era mucho decir. Rebeca vivía conmigo. Mi madre la había mandado para que me acompañara, no quería que estuviera sola ¡Hay tantos chinos sinvergüenzas, que vos no sabís lo que te puede pasar! Y me mandó a Rebeca: corajuda, altanera, siempre tenía razón.

 Mi primo Salvador, casi todas las noches de invierno se olvidaba el sobretodo a los pies de la cama –sabía que teníamos una sola frazada-.

 Cuando llovía salía de la casa corriendo para tomar el troley de las seis de la mañana y alguien me llamaba de algún taxi o un inmenso paraguas se abría para protegerme, era Salvador “el único”, el niño grande que me hacía rabiar y no me daba cuenta que era feliz con la inocencia de su alma.

 Oscar, nunca supe su apellido, era el muchacho alto y flaco que empujaba la valija marrón. Un día cualquiera regresaba de la clase de francés y Rebeca, que conocía a todos los habitantes de la pensión, me dijo: “Clara encontré a Oscar cenando al borde de la pileta de lavar la ropa”. Le pregunté por qué lo hacía ahí, si no tenía mesa en su habitación y ella me respondió que la apetitosa cena de Oscar se componía de seis vasos de agua y que no le aceptó la invitación a comer por temor a que me enojara.

 No pude dormir pensando en ese muchacho huérfano, que recién empezaba a trabajar y no tenía plata ni para comprarse un sandwich. Lo esperé en el vestíbulo simulando leer una revista. Nos saludamos, se sentó a mi lado y me contó su historia. Lo invité a tomar mate con el compromiso de lustrar el piso de la habitación algún sábado libre. Al día siguiente, me esperó él y lo invité a cenar. Cuando estuvo lista la comida, Rebeca lo llamó.

 Habíamos preparado la mesa con un mantel blanco de hilo, bordado en azul: flores azules con ramitas verdes (creación de mamá Dora), tres platos, uno enlozado, dos tenedores, una cuchara abollada, dos vasos y una taza enlozada haciendo juego con el plato, nada más que con los bordes saltados. Rodajas de pan, una jarra con naranjada y una botella de vermouth.

 Oscar entró en el momento que Rebeca apagaba el “Primus”; no recuerdo de dónde lo habíamos sacado, pero lo teníamos junto con una olla de aluminio, un jarro, cola pasta, no, lo hacíamos con la tapa de la cacerola. Una fuente como una risa larga, risa de vieja con los bordes saltados –o la boca arrugada-, la pava, el mate y nada más.

 El muchacho nos dio las buenas noches y Rebeca le gritó: ¡Bienvenido al Palacio de las Papas fritas! Nos sentamos riendo, mientras les servía naranjada con gotitas de vermouth.

 Rebeca colocó la fuente larga en el centro de la mesa, diciendo: “Oscar, te presento los al pesto”. El muchacho miraba los fideos sin entender la risa de Rebeca. Me sentí incómoda: ¿Por qué sería tan indiscreta esa criatura?, pensaba mientras el rubor torturaba mis mejillas. Y entonces, le expliqué derecho viejo: Resulta que una vez al mes, “o dos”, acotó Rebeca, entramos en los al pesto, nuestros amigos también y en esas circunstancias nos reunimos a compartir nuestros salvadores fideos al pesto. ¡Probálos!, te van a gustar.

 Oscar comenzó a comer, tratando de disimular su apetito. Los sueldos son chicos y la pensión es cara... pero, dijo Rebeca, Prato Hermanos S.A., elabora sus productos con las maravillosas espinacas, zanahorias, morrones de la zona, sin dejar de lado el gluten y el semolín para que no te sientas mal en la época del “pesto”.

 Sonó el teléfono, era Salvador preguntándonos si estábamos en los al pesto, porque él acababa de salir.

 ¡Qué años duros, pero dulces! Si alguien entraba en los al pesto, los amigos acudían a colaborar y el más afortunado te traía la bolsa con el queso de rallar,

 ¿Dónde estarán? Salvador paseando entre las nubes... De Rebeca no se nada. Oscar, vaya a saber cómo consiguió mi teléfono y me llamó, no lo reconocí: “Soy Oscar, el que comía los al pesto con ustedes” y lloramos.

 Buenos Aires sigue siendo una ciudad hermosa, con anchas avenidas, con complicadas diagonales, con altos edificios –sin tranvías-. Con la Plaza San Martín, la Torre Inglesa, con el Río de la Plata y sus barcos anclados esperando la carga de sueños para regresar en esperanza.

 

Fideos al Pesto

Un paquete de fideos o un puñado o también podés juntar los restitos que alguna vez guardaste. No importa que sean mostacholes, caracoles, ave maría o cabello de ángel.

Ajo, si tenés.

Aceite... o solos.

Poner a hervir una olla con abundante agua; esto tiene que ser así, sobre el Primus, Bran Metal y, si no tenés más remedio, sobre la hornalla de gas.

 Cuando los fideos están a tu gusto (si no se terminó el kerosene) los colás –no hace falta colador, con la tapa de la olla se cuelan fenómeno-.

 En una sartén o platito enlozado... o alguna tapa de metal, colocar al tun tun, un poco de aceite (cuando deja de chillar está caliente). Tirále unos dientes de ajo partidos y cuando sientas un olorcito y la boca se te llene de saliva, apagá el calentador y volcá esta salsa sobre los fideos y mezclá muy bien.

Una llovizna de queso rallado y ¡muy buen provecho!

 

Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

bettycapella@ciudad.com.ar

 

 

 

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