PODERES FÁCTICOS.
Por Eduardo Ibarra Aguirre
Constitucionalmente todos somos iguales ante la ley. Con este progresista postulado, producto nato y neto de una revolución que comenzó hace 95 años, se busca paliar la indefensión en que se encuentran las grandes mayorías nacionales, en una nación de gigantescas desigualdades sociales.
Esta igualdad jurídica, sin embargo, es hecha virtualmente trizas por las realidades socioeconómicas y judiciales de ayer y de hoy.
Nuestra arquitectura constitucional sólo establece y reconoce tres poderes de la Unión en todos los ámbitos de la Federación: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Poco nos ocupamos de la existencia de los poderes de facto, aquellos que no tienen ningún referente constitucional ni jurídico, pero cuya presencia es decisiva a la hora que se determinan los rumbos de la economía y las finanzas, los programas y políticas de gobierno, los hombres y los nombres de los partidos que pueden aspirar a la Presidencia de la República, a las gubernaturas y las principales alcaldías.
No se considera pertinente ocuparse de ellos, porque son temibles y temidos. Precisamente porque influyen mucho, pero al margen de la ley, del Estado de derecho y todo ese discurso demagógico que pusieron en boga los que decidieron, en un arranque de autismo político, despojar a la ciudadanía del derecho a elegir o no a Andrés Manuel López Obrador como presidente de la República.
No lo quieren ver en la boleta los 39 dueños de México, uno de los poderes fácticos, porque consideran que "va a acabar con el país". Y ese, señoras y señores, es un derecho exclusivos del gran capital nativo y trasnacional. Pero no dan la cara, sólo Claudio X. González, el salinista convicto y confeso, porque para eso tienen espléndidos representantes en las dirigencias de Acción Nacional y del Revolucionario Institucional, amigos en Los Pinos y subalternos en el gabinetazo.
Entre los 39 propietarios de México destacan Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego, dueños del duopolio que destruye por la tarde-noche lo que la escuela pública y la privada construye por la mañana-tarde. Los otrora soldados del PRI, actúan en la disputa por el 2006 como generales con mando.
La cúpula castrense, la que manda a las fuerzas armadas, institución clave del Ejecutivo federal y depositaria del monopolio de la violencia estatal, actúa como siempre, como poder de facto. Otro es la jerarquía católico-vaticana que, más allá de las respetabilísimas creencias religiosas, acaba de ostentar su poderío, en subrayado declive aquí y en la aldea, con motivo de la agonía, el fallecimiento y los funerales de Juan Pablo II.
Es ineludible cerrar el listado con el narcotráfico y el crimen organizado. Poder fáctico que ni remotamente se limita a los capos operativos que vemos en los medios, porque sólo son piezas de recambio de este motor de la economía mexicana y global.