EXILIO VOLUNTARIO
Habían pasado ya cuatro años desde ese
día soleado de enero en el que había llegado a aquellas kilométricas playas cuajadas
de palmeras. Cuatro años que transcurrieron raros, raros refiriéndome al
tiempo, horas largas e intensas pero días cortos, meses que volaban y años que
no parecían pasar más. El reloj por aquellas latitudes no era un artefacto muy
popular. En los primeros tiempos a menudo preguntaba qué día era y me
respondían:
-hoy… me
parece que es jueves o domingo…
Los meses
pasaban indiferentes al almanaque tradicional y haciendo la plancha en el mar
en pleno julio pensaba que si el ocio era pecado, yo con certeza, iba a parar
al mismo infierno. Esto no me quitaba demasiado el sueño, mis amigos, con los
cuales había llegado, se iban yendo uno a uno y yo me iba quedando.
Éramos siete cuando llegamos, siete
amigos de la infancia, todos andábamos por los veintipico, solteros y sin hijos
pero con muchos sueños en las mochilas.
El plan fue en un principio, pasar unos
meses en Brasil, en ese lugarcito paradisíaco que había descubierto uno de los
chicos en un viaje anterior. Llegar, alquilar una posadita para laburar en el
verano con los turistas europeos y quedarnos como máximo seis meses…. Sí, mucho
bla…bla…bla pero en realidad no teníamos ni la más mínima idea de dónde íbamos
a parar.
Pedí una licencia de seis meses en el
trabajo, junté unos dólares y me empecé a preparar para la gran aventura.
Y… fuimos partiendo “los siete jinetes
del Apocalipsis”, cada uno a su estilo pero apocalípticos al fin y… en grupos
de dos en dos fueron arribando mis seis amigos, varoncitos ellos, y yo (la
única “nena” del grupo).
Llegué un mes después, cuando ya habían
buscado y alquilado la posada… para qué entrar en detalles, me dijeron de todo
menos linda.
Para tratar de compensar mi “cuelgue”,
quise ganarme la aprobación de aquella jauría con mi arte culinario, pero mi
frustración fue muy grande cuando descubrí que en aquella aldea no había casi
nada para comprar a no ser tomates verdes y porotos. Encontrar quien te
vendiera un pollo era una odisea y encima lo vendían “vivito y coleando”… ¡Fue
un delirio tratar de masacrar a ese pobre animalito! Siete porteños que en su
vida habían matado ni a una hormiga. Demás está decir que terminamos criando al
simpático pollito y hasta nombre le pusimos.
El pescado no era tan feo después de
todo y de eso, había a patadas.
Acostumbrados a vivir en un frenesí de
consumismo absoluto, pasar a no tener en qué gastar el dinero, fue una
experiencia más que interesante. Cambiábamos cien dólares y nos duraban una
eternidad. Pasé cuatro años sin leer un diario, sin ver televisión, sin
escuchar esos molestos teléfonos, ¿semáforos? ¿Para qué? Si allí no había
coches, a no ser el glorioso “Amy 8” en el que llegaron dos de los chicos. Los
nativos lo miraban, se reían y nos preguntaban si lo podían tocar. Me parece
que les causaba gracia el bicharraco, hilarante y pintoresco.
“Los gringos” nos llamaban, y a mí por
supuesto, “la gringa”, cosa que no me causaba mucha gracia pero me fui
acostumbrando.
Los lugareños no estaban habituados a
que los extranjeros se quedaran a vivir en sus playas, cuando el verano pasó y
continuábamos allí, nos miraban sorprendidos; y cuando se fueron yendo mis
amigos y yo no, ni les cuento.
Y… me fui quedando en ese paraíso que
ahora es también mío, caminando descalza por sus senderos de arena, pintando
sus rojos acantilados y su mar turquesa, enseñando a leer a los niños pero,
sobretodo aprendiendo la simpleza maravillosa de ese pueblo, ahora también mi
pueblo…
Cuatro años pasaron y casi no me di
cuenta… El tiempo pasa raro allí, muy raro.
Autora: Marcela Humano. Buenos Aires,
Argentina.