EU Y LA INMIGRACIÓN: FANTASMAS, TEMORES, TERRORES Y REALIDADES
Las advertencias de los guías de turismo
que diariamente conducen a los visitantes estadunidenses o procedentes de Estados
Unidos, al otro lado de la frontera, al sur latinoamericano que comienza en
México, desde sus hoteles situados en San Diego, la opulenta ciudad
californiana, llegan a cansar por lo repetitivo de sus mensajes, el
paternalismo que confieren a sus advertencias sobre los riesgos de fraude en
las compras de joyas y recuerdos y sobre los insalvables contrastes que separan
a ambas sociedades.
Lo primero que choca es la facilidad con
que se cruza la frontera hacia Baja California y los avisos sobre los drásticos
y muchas veces ofensivos trámites aduaneros y de inmigración que le esperan al
viajero al retornar al norte. Conclusión: las ventajas del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN, conocido también como NAFTA, por sus
siglas en inglés) solamente benefician a los estadunidenses y canadienses y a
un número aparentemente alto de ciudadanos de países europeos, pero con un alto
peaje discriminatorio para los mexicanos que no tengan su documentación de
residencia en regla en Estados Unidos; y, desde el 11 de septiembre de 2001,
incluso a ellos.
Los controles fronterizos impuestos por
Washington, cada vez más complicados, severos y vejatorios y los planes de
restricción de la inmigración, a despecho de las exigencias progresivamente más
tajantes para concretar un acuerdo migratorio equitativo y adecuado a la
realidad, que han levantado las protestas de numerosos sectores hispanos en las
principales ciudades estadunidenses, reflejan la importancia que para la
seguridad nacional de Estados Unidos tiene el espinoso tema.
Amenaza, significativamente, en
convertirse en la prioridad de la lista de preocupaciones no solamente para el
gobierno (en sus ámbitos federal y estatal), sino para la sociedad en general.
A medida que avance el nuevo siglo, presenta su candidatura para encabezar la
lista de las obsesiones nacionales, al plantearse su supervivencia en una época
preñada de negros nubarrones.
Puede incluso superar a la importancia
concedida en la actualidad a la lucha antiterrorista y a la estrategia de la
aventura en Irak (día con día más onerosa e insostenible). Obsérvese que ambos
desafíos comparten dos características: tienen el potencial de incidir
decisivamente en los procesos electorales y tienen un origen externo, no
provocado por decisiones interiores ni aparentemente atribuibles a la esencia
de la sociedad estadunidense, aunque la realidad sea otra: la rígida supremacía
de los auténticos, así sean negros o latinos, predetermina el caos.
La lucha contra Al Kaida y Osama bin
Laden y sus aliados, reales o imaginarios, que de pronto parecen una suerte de
quimeras en el imaginario colectivo de la elite dirigente estadunidense y la
naturaleza incontrolable de la inmigración tienen un origen cuyas causas
aparentemente no son atribuibles a la implicación exterior de Estados Unidos,
más allá de ser identificado como imperio de nuevo cuño y constituirse en imán
preferido por los que anhelan mejores horizontes laborales.
Pero curiosamente, la intromisión de
Washington en Irak y el dilema ante la irresistible inmigración incontrolada,
son en realidad unos casos excepcionales en la esencia fundacional del país,
que es originariamente de tendencia aislacionista.
Contrariamente a lo que en apariencia
parece mostrar la historia a lo largo de dos largos siglos, Estados Unidos
debió responder a la máxima jeffersoniana que abogaba por una abierta relación
comercial con todo el mundo, pero sentía hondas reticencias por implicarse en
aventuras exteriores.
Por otro lado, la esencia inmigratoria
del país fue simultáneamente generosa y discriminatoria. Privilegiaba la
llegada de europeos, castigando con cuotas el ingreso de orientales y siempre
esperando la asimilación en lengua y costumbres de todas las "masas
hambrientas y oprimidas que anhelaban ser libres", según reza el poema de
Emma Lazarus inscrito a los pies de la Estatua de la Libertad.
Pero la espectacularidad de la
inmigración latinoamericana del último medio siglo, ha incidido en la psique
política y social de Estados Unidos, no solamente por su volumen, sino por su
origen identificado en América Latina, sobre todo en México, y la aparente
tenacidad con que los nuevos residentes, legales e indocumentados, persisten en
compatibilizar su inserción en la cultura estadunidense y conservar sus rasgos
culturales y lingüísticos.
Ayudados por la globalización y las
fluidas comunicaciones los llamados hispanos que residen, legal o ilegalmente,
en territorio estadunidense, violan, conforme a los criterios de la xenofobia y
el terror al otro, al distinto, al diferente, el contrato social de los
precedentes migratorios, para escándalo y angustia agresiva de los que
consideran que amenazan con subvertir la fibra romántica e identitaria que
atribuye a una raíz angloprotestante la marca de fábrica del producto
genuinamente made in USA.
No se sabe bien si la lucha
antiterrorista será eterna, pero al menos así se encarga el presidente George
W. Bush de recordárselo a los estadunidenses.
Pero el reto inmigratorio presenta
signos de supervivencia durante decenios: tiene una fuerza demográfica
imparable y está propulsado por el propio "sueño americano" que los
que ahora se resisten se encargaron de alimentar. De ahí que las autoridades
procedan a una combinación de mecanismos y recursos que incluye, al menos en
teoría, la legalización de buena parte de los indocumentados (aunque parezca
discriminatoria con los que ingresan legalmente). Seguiría un programa racional
de visados de trabajo temporales y una política seria de ayuda exterior (con
fondos estructurales al modo de la Unión Europea) para contribuir a disminuir
la grieta actual. De momento, como se ha visto a lo largo del segundo periodo
presidencial de Bush hijo, no hay el consenso para ejecutar tal plan. Por lo
mismo, la xenofobia, el chauvinismo y la violencia tienen la mano. En los
hechos y en la terca realidad.
Autor: Luis Gutiérrez Esparza. México,
Distrito Federal.