ENCUENTRO

 

Caminaba por la calle Warner, decepcionado, amargado por el rudo vivir.

Mi situación era como la de tantos profesionales de mi edad:(desocupado).

Había pasado la vida estudiando, privándome de casi todo, mi familia no gozaba de una posición económica brillante; pero gracias a la buena administración de mi padre y la comprensión de mi madre, llegué a ser un “profesional” Ingeniero vial, (sin trabajo). Creía que había llegado el tiempo de cosecha, ¡Iluso de mí! A todas las compañías que había visitado les interesaba mi proyecto… pero… había que esperar.

Cuando se produzca una vacante me tendrían en cuenta y muchas gracias.

No quería resignarme: él había nacido aquí y no quería que lo arrancaran de su país; pero la única luz era Nigeria: “Le espera un espléndido porvenir píenselo, Ingeniero. Y me contesta, el proyecto es ambicioso en la compañía le conviene y a usted también.

Sé que decir Nigeria les asusta un poco, pero usted es joven y en pocos años le tendremos de regreso convertido en un hombre importante.

Insisto: píenselo Ingeniero. La compañía tiene todo dispuesto para su OK y cerramos trato”.

Había caminado todo el día: le dolían los pies y el pecho. Es la angustia y la bronca: ¿Por qué tenía que irse él? Él quería envejecer aquí, como su padre, que había luchado en los hospitales en tiempos de epidemia y sin otro premio que el deber cumplido, con el orgullo de ser médico, médico en su país, médico argentino. Y lo vio sufrir mientras envejecía con el país que se desintegraba. Y salir a pelear con los que peleaban. Él se tenía que ir…

En su patria no había lugar para él, ni para los que pensaban, ni para los que estudiaban y mucho menos para los que reclamaban.

Había que irse; pateó un tacho de residuos con desesperación, con bronca porteña y tuvo que disculparse con la señora que caminaba delante de él.

No camino más, pensó. Mejor me tomo el ciento doce y cuando llegue a Lanas estaré más tranquilo y este dolor de pecho tan jodido se me habría pasado, como pasan tantas cosas…

¿Por qué te harán mierda el entusiasmo, las ganas de crecer, de progresar, de amar, de ser feliz? ¿Por qué te harán mierda la esperanza? ¿Por qué no se podrá soñar?

Le cedió el lugar a la señora que caminaba delante de él y sintió vergüenza: hombre grande pateando la basura.

La señora miró a la distancia y al comprobar que el ómnibus no se veía dejó la cola y se alejó por Warner hacia el sur.

Estaba nervioso, ahora le dolía más el pecho que los pies. Se metió la mano en el bolsillo de la campera buscando un caramelo y encontró la tarjeta. Martha Acuña Directora Técnica de la Way company: Warner…

Ahora recordaba el porqué caminaba por Warner casi al anochecer. La cita era a las 20.30 horas faltaban diez minutos.

Dejó la cola del colectivo apretándose el pecho y comenzó a caminar por Warner hacia el sur. Aminoró la marcha, no quería cruzarse nuevamente con la señora de azul que caminaba adelante y… por el maldito dolor de pecho que apenas lo dejaba caminar: es la bronca…

Sentía ganas de putear a la injusticia, al sistema, de putear con voz de trueno que resonara en todo Buenos Aires y trascendiera.

Llegó a la esquina y comprobó que se había pasado media cuadra.

Tomó el ascensor hasta el tercer piso. Una luz de esperanza le sacudió el pecho. Se detuvo ante la puerta del departamento “trece” no podía controlar los latidos del corazón que se había desenfrenado. Comenzó a silbar para serenarse y una alegría repentina lo invadió. Apretó el timbre…

La señora de azul que caminaba adelante, le abrió: “La señora Martha Acuña, Directora Técnica de la Way Company”. La mujer lo miraba con los ojos azules desteñidos, sin expresión, sin brillo: “Es usted, y se oprimió el pecho”.

 

Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

bettycapella@ciudad.com.ar

 

 

 

Regresar.

 

 

1