EL NIDO DE LA PATA

 

Siempre escandalizaron a mi familia mis andanzas por el campo. En verdad, ya estaba grande para treparme a los árboles y andar de rama en rama como cuando tenía siete años; pero me sentía pájaro y me pasaba largas horas entre sus ramas, sobre todo en la morera, donde el gusano tejía su seda.

Cuando los gallos cantaban en el corral, anunciando el despertar del día, las mujeres saltábamos de la cama bendiciendo a Dios por esa mañana chiquita que empezaba. Luego, nos dispersábamos en el caserón, en diversas tareas. Una vez colmadas las tinajas con agua, se barrían los patios, se retiraban las hojas de la galería y, entonces, si se disponían las mesas para el desayuno: manteles blancos, chocolate humeante, cemitas calientitas sacadas del horno y fuentes con tabletas brillantes de arrope.

Majar el maíz para los pollos era divertido; pero a mi me esperaba Tomás, cerca de los eucaliptos para visitar el nido de una pata mañosa, a la que hacía días le seguía el rastro.

Descubrió su nido con un montón de huevos, entre los sarmientos secos de la última poda. Pero la mañosa no quiso levantarse para contar los huevos y tuvimos que dejarla, porque su pico chato, fuerte, ese día nos hacía desconfiar.

Regresaríamos por la tarde, aunque Tomás estaba castigado, porque en un ataque de justicia dejó en libertad a más de cincuenta pájaros de colores.

Tomás se alejó sin remordimientos, sabía que nada podría sucederme, ya que conocía cada sendero de la huerta: que era pájaro en el aire, lombriz en la tierra, insecto que chupaba los brotes “agrios”, ásperos de las cepas y las dulces flores de las madreselvas, era un “bicho salvaje”.

Dejé las alpargatas junto a la palmera. La voz de mi madre me alcanzaba amenazante. Caminé descalza por los corredores, la voz de mi madre más cerquita “¡No obedece, es una salvaje!”

Atravesé el zaguán y entré en la pieza de los santos, siempre me aterraron esos santos, los saludé por cortesía: “San Isidro Labrador, protégenos desde el cielo junto al trono del Señor; Virgencita del Carmen, que la mamá no me encuentre ¡Gloriosísimo San Cayetano...!”

Salí corriendo y entré en la habitación siguiente: un viejo almacén abandonado que daba a la esquina de la casa. Me enredé en bolsas, frascos, mostradores cubiertos de tierra.

No encontraba la salida, pero estaba tranquila: ya se olvidarían de mí y podría aparecer como si nada.

Encontré la puerta y me interné en otra habitación y luego en otra, pero ya era terreno conocido. Llegué a mi dormitorio, fresquito, con olor a limpio, preparado para dormir la siesta. No alcancé a llegar a la cama de bronce: se me encapsularon los sentidos, yo me había convertido en una tumba, mi propia tumba con un corazón enloquecido.

Como un pesado cordel sentí caer la víbora cerca de mis pies descalzos, desprotegidos, oferentes. Yo era ciega, no podía seguir sus movimientos. Percibí que daba vuelta a mi alrededor, que se enfurecía porque se golpeaba, se estiraba, se enroscaba.

Al borde de la locura me puse a gritar para adentro, fuerte, muy fuerte ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Aaah! ¡Que el grito me saliera por los pies!

La puerta se abrió. Tomás ¡Era Tomás! El libertador de pájaros de colores.

La víbora salió zigzagueante, disparando se perdió en el alfalfal.

Él se acercó y me tomó la mano. Yo vomité. El me alcanzó la toalla, y desde el fondo de mi asombro oí que me decía: “¿Querís que te acompañe a visitar la pata?”.

 

Autora: Betty Capella. Lanús, Buenos Aires, Argentina.

bettycapella@ciudad.com.ar

 

 

 

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