CARLOS CARRERA: EL CRIMEN DEL PADRE AMARO Y OTROS CRÍMENES

 

Contra “El crimen del Padre Amaro” (2002) y contra Carlos Carrera, se cometieron varios crímenes previos a su exhibición, que luego se convirtieron en propaganda gratuita y ayudaron a la difusión del filme. Una pequeña campaña de desprestigio en contra de Carrera y del productor de la cinta, Alfredo Ripstein, tachándolos de anticlericales y blasfemos y la descalificación a priori a los valores cinematográficos de la cinta.

 

La atención de la prensa comenzó cuando tres sectores de nuestra sociedad, alzaron la voz para impedir que se exhibiera de forma comercial la cinta. El grupo conservador Pro-Vida, la iglesia y personal ultraderechista del partido en el poder, hicieron declaraciones a la prensa sobre su postura, de rechazo y prohibición, ante una cinta que muchos ni siquiera habían visto, sólo apoyaban su desplante en oídas o rumores sobre el contenido de la película (como fue el caso del panista Diego Fernández de Cevallos).

 

Las críticas, pero también la publicidad gratuita que hizo Jorge Serrano Limón de Pro-Vida a “El Crimen del Padre Amaro”, querían advertir a la sociedad conservadora de nuestro país (la misma que ha sostenido la doble moral que caracteriza a México a través de generaciones) sobre el contenido ofensivo hacia las “buenas maneras” que “deben” cumplirse en la sociedad, según él: “…la película muestra aspectos ofensivos a la iglesia y la fe, y a sus actores en plena decadencia de valores y acciones…”. Su método fue imprimir 18, 000 volantes con esta información para repartir a las buenas conciencias, que según él, aún se pueden encontrar en la población. Todo terminó en un gran éxito de taquilla, contrariamente a lo que “la derecha” eclesiástica pretendió al pedir se impidiera su estreno.

 

La nominación al Oscar como mejor película en lengua extranjera vino a contradecir el descrédito, por lo menos en lo referente a los valores cinematográficos.

 

Luis Carlos Carrera González es un académico sutil y talentoso, que ya había recibido con anterioridad reconocimientos a nivel mundial: la Palma de oro en Canes por su cortometraje “El héroe” en 1994; ocho premios por “La mujer de Benjamín” (1991); La Concha de Oro en el Festival Internacional de San Sebastián de 1998 por “Un Embrujo” y lo mas importante es que ya desde antes del Padre Amaro había logrado el reconocimiento a su talento de forma indubitable, como director, guionista y realizador.

 

Pero “El crinen del Padre Amaro” tiene merecimientos que van más allá de las anécdotas y críticas amarillistas de que ha sido objeto. Es el trabajo de un artista conciente y congruente con la realidad.

 

Como lo hemos expresado en estas páginas, todo artista que se precie de serlo tiene un compromiso con la verdad y la objetividad del mundo que va a recrear y representar. Porque es testigo de su tiempo: de la realidad y del momento histórico que le tocó vivir, y que reflejará en su trabajo artístico e intelectual. Conciente o inconcientemente, sus preocupaciones y puntos de vista personales estarán presentes en dicho trabajo. Y como el artista pertenece a una sociedad determinada, indefectiblemente, se confrontará con ella. No eludir esa responsabilidad es la característica principal del quehacer cinematográfico de Carlos Carrera, que eligió “el realismo”, bordado con imaginación, para contar sus historias.

 

Heredero de una tradición melodramática, la del mejor cine mexicano, utiliza actores, recursos técnicos y artísticos tradicionales –incluidos los de la “telenovela” y el “comic”- para fundir realidad, ficción y reflexión, con lo que logra penetrar de manera crítica al fondo de los fenómenos que describe, y trasciende la historia con una síntesis, a veces ecléctica, que explica en 110 minutos lo que las telenovelas no consiguen dilucidar en 50 ó 100 capítulos. Vicios y defectos de nuestra TV mexicana.

 

El tema religioso es frecuente en el cine de Carrera, aunque no primordial. En “la mujer de Benjamín” denuncia la descomposición social, que genera la prostitución y la “cosificación” despiadada, que marca el rol de la mujer en una sociedad indolente pero “muy religiosa”, aunque de manera hipócrita e incongruente; en “Un Embrujo”, se deja ver el papel ontològico que juegan los atavismos religiosos en la génesis de la actividad socio-política posrevolucionaria, que va a generar la corrupción y descomposición del sistema que habrá de gobernarnos por mas de la mitad del siglo XX… y lo que va del XXI.

 

“El crimen del Padre Amaro” recrea el ámbito religioso que se vincula al narcotráfico (que bien podría ser el ámbito de los criminales de cuello blanco o el de la corrupción política, de omnímodos poderes), describe el lugar y la hora donde se dan las narco-limosnas y el vínculo de los capos de la droga con la iglesia (recuérdese el caso Posadas) y, en la supuesta necesidad de “hacer el bien”, justifica acciones y procedimientos injustificables moralmente que, tarde o temprano, van a dar como resultado mas procesos de corrupción, mayor descomposición social, política y moral en un circulo vicioso, que se convertirá en una espiral incontenible.

 

No existe una mirada piadosa o complaciente en el trabajo de Carlos Carrera porque él insiste en ser honesto. Su escepticismo es común en el pensamiento de los cineastas de esta época, como son Lars Von Trier en Europa o Tarantino en EEUU, sin embargo en Carrera no hay el pesimismo fatalista, ni la desesperanza existencial. Pero, como ellos, atiende la historia cuidando los pormenores: hace creíbles a los personajes (sustraídos del comic), matizándolos con infinidad de sutiles detalles en el gesto de sus actores, hace énfasis en la naturalidad de la construcción de atmósferas y cuidadosamente va dosificando la emoción en esa sintaxis propia del cine; recrea por medio de escenas-viñeta cuadros complejos que dan la ilusión de “visión total de la realidad”. Desde el punto de vista artístico este es su mayor logro: hace parecer simple una realidad compleja. Difícil esto, por que hay que remontar lo familiar y cotidiano de los asuntos (“ya no nos espantamos de nada” porque “ya lo sabíamos”). No acude a exageraciones tremendistas pero refleja fielmente la realidad con minuciosa artesanía y conocimiento del tiempo cinematográfico y, como lo hace Guillermo del Toro, reinventa Universos Completos.

 

Carlos Carrera hace posible que recuperemos nuestra capacidad de asombro porque, como intelectual, nos comparte de manera seria sus preocupaciones morales y sociales y consigue sacudir la conciencia del espectador con una carga vivificante de “rencor social”. Esto lo atestigua el personaje del padre guerrillero (interpretado magistralmente por Damián Alcázar) quizá, porque en México hay una lucha encarnizada por denunciar la injusticia para salir de la crisis, aunque la realidad sea apabullante. En el epilogo del filme flotan, como en todas sus películas, preguntas apremiantes y reclamos evidentes: ¿Podemos, cínicamente, recibir el dinero “de donde sea” e incluso compartir nuestra mesa y nuestra intimidad con criminales “bien intencionados” (el fin justifica los medios)? Si, podemos seguir siendo conformistas. Y también es verdad que podemos -y lo hacemos- desatender las posibilidades de esperanza de nuestra sociedad. Pero no olvidemos que ya hemos pagado costosas facturas, en el pasado y en el presente, por esa indolencia e indiferencia corrosivas.

 

Carlos Carrera ofrece una magnífica visión de la realidad: corrosiva e irreverente. Y como gran artista nos la regala. Cosa que no podemos agradecer del todo porque remueve arenas muy profundas de la realidad y, a través de su oficio, nos hace un reclamo serio y un llamado a la congruencia.

 

Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún, Quintana Roo. México.

fernandezpr@hotmail.com 

 

 

 

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