Paul Greengrass demuestra ser otra vez
un perfecto conocedor de la palabra ritmo, y ofrece CINE -con mayúsculas- de primerísima
calidad. Y preguntarán algunos: ¿y esto puede ser posible tratándose de una
cinta de acción?, y sin contestar pregunto: ¿por qué esa manía de subvalorar el
cine de acción?
Estamos ante la mejor película de la
saga Bourne, y ante uno de los mejores film de acción. Yo incluso me atrevería
a decir que estamos ante una de las mejores cintas de acción de toda la
historia de este género, porque lo que ha hecho aquí el inteligente Paul
Greengrass es simplemente deslumbrante, realizando un film que no ofrece ningún
respiro al espectador, al que por cierto se trata con sumo respeto, algo
difícil de ver en los tiempos que corren dentro de este tipo de películas.
El argumento de esta tercera entrega
enlaza directamente con el de la segunda, produciéndose una especie de montaje
paralelo con aquélla, mostrándonos las cosas que no vimos al final de la
anterior película, e incluso repitiendo alguna de las secuencias. Bourne
prosigue su escapatoria de aquellos que quieren eliminarle e intenta por todo
los medios descubrir todo el embrollo político-policial que se ha formado
alrededor de su persona.
Se podría decir de “El Ultimátum de
Bourne” que es muy parecido a “La supremacía de Bourne”. Sin embargo, y al
contrario de lo que sucede con “Duro de matar 4”, que es un exceso a todos los
niveles, bajando con ello la calidad, aquí ocurre todo lo contrario: no sólo es
más, sino mejor. Cierto es que el guión es casi esquemático, estamos ante una
superpersecución que dura prácticamente toda la película, moviéndose ésta por
distintos países, otra vez en la mejor tradición del género de cine de espías.
Pero el director aprovecha al máximo todos sus elementos, construyendo el film
a base de varias secuencias, algunas de las cuales alcanzan niveles
magistrales. Sería injusto no señalar la extraordinaria escena de la estación,
al inicio del film, cuando un periodista se pone en contacto con Bourne (más
bien, a la inversa), toda una lección de montaje y suspense; o, esa persecución
por encima de los edificios de Tánger que culmina en una impactante pelea
cuerpo a cuerpo de cierta dureza. Y la impresionante persecución de coches del
final del film, resuelta con alguno que otro pequeño detalle que ayuda a su
credibilidad.
Porque el mérito es que ante una increíble ficción Greengrass nos
sitúa en una película de acción donde todo es creíble. Y esto sucede gracias a
la impecable labor del hábil director y también de todo un elenco de actores y
técnicos creativos entregados a sus roles.
Matt Damon es el único Bourne posible,
el agente perfecto que no tiene rival y que pasará por encima de quien sea para
averiguar la verdad. Fenómeno parecido a Sean Conery y su famosísimo James
Bond. Y no sólo porque lo haya interpretado en tres ocasiones, sino porque ha
retomado el mito “Bond” y le ha podido dar el “giro de tuerca” para ponerlo al
día. Muchos son los puntos de referencia entre ambos. El más evidente son las
iniciales de los nombres de ambos Jason Bourne y James Bond (J. B.). Ambos
tienen “licencia para matar”, 007 es la clave que le da permiso a Bond y Bourne
es parte de un “programa” que de tan secreto no se debe ni siquiera nombrar.
Las diferencias también los definen:
Bond, sabe quien es, un hombre de mundo, elegante y conquistador, que está al
servicio de la Reina de Inglaterra y ensalza los valores tradicionales del
poder; defiende a su patria y dispone de todos los recursos para cumplir “sus
misiones”. Por el contrario, Bourne es un arma letal humana, que no sabe quién
es, que no conoce a nadie, que reacciona a menudo en el momento justo en que
ocurre algo, es un hombre desesperado en busca de su identidad, no tiene
seguridad alguna, es objetivo de todo tipo de asesinos ¡pagados por el mismo
gobierno! Que es utilizado cruelmente por el sistema (político). Es imposible
no ponerse de su lado y desear que elimine a todo el que se ponga por delante,
más aún si van trajeados. Cosa que hace, desde su posición de “perdedor” para
complacer al público. En cambio el 007, representaba un anhelo de triunfo y
poder inalcanzable que, en su época, era suficiente para encarar al mundo con
el “ensueño” que significa “la buena vida”. Bond era más del género de espías
“buenos contra malos” y Bourne pertenece al “cine negro” donde no hay buenos.
El argumento de ‘El Ultimátum de Bourne’
es bien sencillo. Como debe ser. Las tramas de Bond son enredadas pero simples;
el 007 solo tiene que encontrar al malo y liquidarlo en nombre de la humanidad
y a cambio recibir su recompensa: un mundo libre (Freedom) y feliz, amén de una
vida regalada plena de glamour y llena de dinero – nunca se ha sabido el
salario que la corona designa al tal Bond, ¿habrá instituto de transparencia en
Englad?- Bourne necesita resolver el misterio de su oscuro pasado para liberar
su atormentada mente y -dentro de su psicosis provocada científicamente,
rebelarse en contra del sistema de poder omnímodo y cruel; pero sigue siendo
perseguido por aquellos que le convirtieron en una máquina de matar. En este
esquema, se me ocurre, James Bond sería el verdugo ideal –por eficaz- de Bourne,
naturalmente en la noble tarea de preservar los valores, la estabilidad y el
secreto del Estado.
Quien haya leído la reseña que Mi lente
hizo de “United 93” o me conozca un poco sabe perfectamente lo que opino de Paul
Greengrass. Sin embargo, no puedo sino rendirme a sus pies después de ver su
trabajo con la saga de Bourne, una saga que deja en ridículo a la más
prestigiosa de James Bond o la más taquillera de “Ethan Hunt”. La velocidad, la
precisión, la energía, el dramatismo y, sobre todo, el realismo de la acción
(¡¡espectacular!!), del que gozan tanto “La supremacía...”, como “…el
ultimátum” se deben al minucioso trabajo de Greengrass, cuya visión de cómo se
debe hacer un buen film de este género debería abrir los ojos a más de uno. El
montaje es una auténtica genialidad. Hay movimientos frenéticos, momentos donde
apenas se ve nada. Pero Greengrass sabe cómo debe hacerse para que el
espectador, tenga idea o no de lo que pasa exactamente, se mantenga pegado por completo
a la butaca con los ojos como fijos. Es imposible comprender todo lo que ocurre
en secuencias como la de la impresionante persecución que protagonizan Damon y
Edgar Ramírez cerca del final, pero porque, sencillamente, debe ser así. Son
dos asesinos expertos que se intentan matar a toda costa, a mil por hora. Nunca
usa la cámara lenta, esta es para los videoclips y para el público-tortuga.
¿Defectos? Los hay. ¿Importantes?
Poquísimos. Fundamentalmente, lo único “malo” – pero sucede en Bond y en Duro de
matar, etc.- de “El ultimátum de Bourne” es que da la sensación de que Jason lo
resuelve todo con demasiada facilidad, mientras sus enemigos cometen errores
constantemente. Nuestro héroe amnésico tiene tres rivales en este tercer film y
ninguno de ellos tiene la suficiente entidad (¡llamen a Bond!) como para
ponerle muy nervioso; dos de ellos son asesinos como Bourne, el otro es
igualmente un criminal, lleva traje, es demasiado impulsivo y es el que
organiza todo desde su oficina en Nueva York (interpretado por el excelente
David Strathairn). Aparte de esto, también, a mi modo de ver, pienso que Bourne
se enrolla demasiado en su búsqueda de la verdad. Pero bueno, hay una crítica
al control policial que (¿siempre?) ha ejercitado el Estado (o: una crítica al
Estado policial que ejerce un control… ilegal) que ahora es de una realidad
perturbadora, gracias a la tecnología de punta, y de la que siempre el
ciudadano común ha sospechado, sospechas que han llegado a producir las mas
increíbles paranoias colectivas.
Una película estupenda que junto con
“Ratatouille”, se convierten en los filmes de esta temporada, tanto por su
hechura cinematográfica como por sus contenidos que dan para mucho en la
discusión. Finalmente este es uno de los principales motivos del arte y la
actividad cultural: generar el diálogo, para establecer la comunicación.
Autor: Rafael Fernández Pineda. Cancún,
Quintana Roo. México.