La Patrulla Juvenil

La humillante postura en la que nos había dejado el numerito de Roberto Rojas no daba para grandes esperanzas. Sin embargo, dos años después (en 1991) Colo-Colo ganaba la Copa Libertadores, bajo la certera dirección del croata Mirko Jozic. El país entero celebró el triunfo como propio, pues en la mesa del pobre siempre son bienvenidas la migajas. La Copa América que se jugó de local ese mismo año daba para esperanzarse, pero la selección chilena, dirigida por Arturo Salah remató en un decepcionante cuarto lugar.
Pocos lo saben o lo recuerdan, pero por esas fechas una selección infantil jugaba un torneo amistoso en Venezuela. Estaba dirigida por Leonardo "Pollo" Véliz, y fue él quien sospechó que ese grupo de jugadores estaba para cosas grandes, al cerrar su participación dando vuelta un partido imposible frente a España: Caían por 2-0 y terminaron ganando 4-2.
Este equipo se preparaba para un torneo clasificatorio para el segundo mundial sub-17. En el verano de 1993 partieron a Colombia a disputar la eliminatoria, en el más absoluto anonimato. Sin embargo lograron quedar entre los cuatro finalistas gracias a una demoledora eficiencia de su delantera. Allí fue cuando los ojos de los chilenos comenzaron a fijarse en lo que estaba pasando en tierras cafeteras. Gracias a tres infartantes empates obtenidos frente a Colombia, Brasil (igualando 2-2 tras ir cayendo 2-0) y Argentina, esta selección obtuvo pasajes para el torneo a disputarse en Japón en septiembre de 1993.
La roja sub-17 volvió a Chile en gloria y majestad. Se organizaron muchísimos partidos amistosos para ir armando el equipo, y los ganó casi todos. Este cuadro no tenía una buena defensa y el mediocampo no era nada del otro mundo. Sin embargo, su efectividad en el ataque era su arma. En cierto modo esto obligaba a no jugar arratonado como todos los equipos nacionales, sino a estar siempre buscando el arco contrario para aprovechar su punto fuerte. Los nombres de Sebastián Rozental, Manuel Neira, Héctor Tapia y Frank Lobos se hicieron conocidos para el aficionado común.
El veintidós de agosto fue el debut en las tierras del sol naciente. El partido se jugaba a eso de las tres de la mañana, hora de Chile, así que mis amigos, como muchos miles de compatriotas, optamos por pasar la noche velando las armas en pos del cotejo. Nos vimos Terminator y Terminator II para amenizar la espera, y nos juramentamos en no mencionar a Yoko Gushiken, el boxeador japonés que había frustrado el amanecer de muchos al derrotar a Martín Vargas, en una de las primeras amanecidas deportivas que vivimos los chilenos, el primero de junio de 1980.
Comenzábamos con el equipo de China. Se notaba que los muchachos estaban nerviosos, lo que llevó que al minuto 18 anotaran los hijos de Mao. Los chinos eran toscos pero llegaban mucho más que los chilenos, que no podían agarrar la pelota. Al segundo tiempo, en el minuto 60, los asiáticos se ponen 2-0. Todo parecía perdido, los chinos seguían atacando y se perdían goles solos frente al arco. Daba rabia perder contra un cuadro tan limitado. Nosotros, en casa, habíamos comenzado a mentar al innombrable Gushiken. Sin embargo, Frank Lobos (que había sido excluído del equipo por su escasa estatura) reemplazó a René Martínez y comenzó a manejar la pelota. Chile empezó a presionar. En el minuto 70, el juez norteamericano Hall cobra un tiro indirecto a favor de Chile por habilitación al arquero. Rozental convierte pero el árbitro ordena repetir por falla técnica. Se ejecuta de nuevo y Rozental vuelve a anotar, el referí se convence y nos ponemos 2-1. Desde el círculo central el atacante chileno arenga a sus compañeros, no se puede caer ante un equipo tan re malo. Y la cosa resulta: dos minutos después, un desborde del entonces delantero de la UC es trabado por la defensa oriental, el rebote lo recibe Tapia quien centra atrás y Manuel Neira, con una bella tijera, derrota al meta Zhang. El partido termina 2-2.
Hay alivio por no comenzar perdiendo, pero no conformidad. El siguiente rival es Túnez. Nuevamente la selección chilena no juega bien, pero con un gol en cada tiempo derrota con facilidad a los norafricanos por 2-0 con goles de Tapia y Neira. La suerte nos ayuda un poco; al inicio del segundo tiempo se anula un gol legítimo de los tunecinos. Leonardo Véliz ha acertado en colocar a Tapia como volante, cuando en Colo-Colo siempre había jugado de delantero.
Ahora venía lo difícil: Con un empate Chile pasa a la siguiente fase, pero el rival es Polonia, campeón europeo de la categoría. El polaco Piotr Orlinski anota dos veces y da a los europeos una cómoda ventaja. Los chilenos comienzan a presionar (además porque los polacos se dedican a cuidar la ventaja). A dos minutos de terminar el primer tiempo, Alejandro Osorio toma un balón en mediocampo y en vez de ceder a Lobos o a los delanteros, sorprende a todo el mundo al encarar e ingresar al área. Las cinturas de los polacos crujen mientras el chileno hace un par de enganches, y Carlos Caszely, comentando para una radio, le grita: "¡Métase, si son de madera!". Y son de madera pues el chileno los deja a todos fuera de foco y anota con toque suave. Así termina la primera etapa.
Pero al inicio del segundo tiempo todo se viene al suelo. A los tres minutos Artur Wichniarek pone el 3-1. No se ve por donde puede llegar el empate, y habría que esperar un resultado entre Túnez y China, que juegan el partido de fondo. Sin embargo a los 60, un desborde de Neira es frenado con foul por el meta Janowski y el árbitro Obata decreta penal. Rozental convierte y renace la esperanza. El delantero Patricio Galaz reemplaza a Osorio, para buscar desacomodar con su velocidad a los centrales europeos. A los dos minutos de haber ingresado, un saque de fondo de Polonia es rescatado por Lobos quien cede a Neira, el que encara y entra al área, tocando al medio para que Galaz enfrente solo al arquero… Sin embargo el chileno la manda afuera. Pero, de manera increíble, el saque de fondo es vuelto a rescatar de la misma manera por Lobos, quien esta vez entrega a Galaz, que ingresa al área y entrega un agónico centro atrás para que Neira convierta el 3-3. Ya estamos en segunda fase.
Existía satisfacción por lo logrado: se había mejorado el juego, se había logrado un buen resultado frente a los difíciles polacos y el ataque chileno no había decepcionado. Y, lo más importante, por primera vez se lograba pasar la primera ronda en un mundial fuera de casa.
Por esas cosas de la historia, Checoslovaquia había clasificado al mundial pero ese país ya no existía más, al dividirse en Eslovaquia y la República Checa. Y nos tocaba enfrentarnos con la selección que correspondía a esas dos naciones. Abandonábamos la sede de Hiroshima para ir a Kyoto, la antigua capital imperial.
El partido empezó de manera espectacular; Chile presionaba y se creaba ocasiones. A los once minutos Rozental convertía un penal por falta del arquero Kafka (Jakub, no Franz) contra el chileno. A los 31 Héctor Tapia tomaba un rebote dentro del área checa-eslovaca y convertía un golazo con una tijera espectacular que pasó sobre el arquero. Rozental y Neira obligaban al meta a lucidas intervenciones y todo parecía fácil. Pero en el último minuto del primer tiempo (recordemos que los partidos de la categoría sub-17 duran cuarenta minutos por lado), Petr Ruman desviaba un remate descolocando al arquero Ariel Salas y ponía el marcador 2-1.
El gran Elías Figueroa siempre había dicho "cuidado con los 2-0". Es un marcador que da confianza pero si te hacen el 2-1, asoman los temores atávicos y es muy fácil que el partido se dé vuelta. Y eso parecía que iba a pasar al inicio del segundo tiempo. Los checos llegaban por un lado, los eslovacos por otro y la defensa chilena hacía agua. Pero nuevamente asomó la eficiencia del ataque nacional. En dos minutos (65 y 66) Manuel Neira anotó dos goles y sentenció un categórico 4-1. Los europeos se diluyeron y Chile pudo marcar otro par de goles en sendos contragolpes, pero con lo que había estaba bien. Así terminaba el partido, todo era una fiesta, estábamos entre los cuatro primeros mientras los ex Checoslovacos se retiraban llorando, el arquero Kafka arrastrándose como un escarabajo.
Se notaba que esta era una selección distinta. Las declaraciones de los jugadores no eran del tipo "esperamos que se nos den las cosas" sino "venimos a ganar" o "queremos quedarnos con el primer puesto". Pero no era la soberbia ignorante de Santibáñez o Aravena, eran las ansias de la juventud, avaladas por una excelente campaña.
La semifinal se jugaba con Ghana. En Chile, y probablemente en otros países, existían quejas por la presentación de africanos en estos torneos. Los registros civiles de muchas de las naciones de ese continente eran inexactos si no inexistentes, y varios de los jugadores parecían tener más edad de la que decía el pasaporte. Pero no se debe excluir a naciones pobres de torneos mundiales por simples sospechas. La cosa es que años más, años menos, los negritos nos dieron un baile y nos derrotaron 3-0 con absoluta justicia. El ataque chileno fue anulado, no pudimos rematar nunca al arco y los ghaneses dominaron sin contrapeso.
Recuerdo que ese día el partido era a eso de las seis de la mañana, lo que significaba que terminaba cerca de las ocho, y teníamos clases en la universidad a las ocho y cuarto. En nuestro curso hicimos una petición de aplazar la hora de llegada y, en una muestra de que no hay nada más importante que el fútbol, nuestros profesores estuvieron de acuerdo.
No existió desánimo ni en la afición ni en el equipo por la derrota, pues fue algo absolutamente justo. Así que tocaba definir el tercer lugar con nuestros viejos conocidos, los polacos, que habían caído ante Nigeria.
El cuatro de septiembre de 1993 en Tokyo nos volveríamos a ver las caras. Sin embargo, horas antes del encuentro, un tifón se acercaba a las costas de Japón. Como ese país en realidad es todo costa, la organización del torneo consideró cancelar el encuentro y jugar sólo la final (que correspondía disputar a continuación del preliminar Chile-Polonia). En caso de que así ocurriese, se le otorgaría el tercer lugar a ambos equipos. En otras circunstancias habría parecido un arreglo bastante ventajoso para Chile, pero todos queríamos que el match se jugara. Esta vez era distinto, existía la sensación de que se podía ganar.
Esta noticia llegó en horas de la tarde a Chile. Como aún casi nadie tenía internet, era imposible tener información de último minuto sino a través de radio y TV. Recuerdo haber estado en ascuas hasta eso de la medianoche cuando llegó la decisión final: El partido se juega, pero en caso de empate se pasará directamente a penales, para no dañar la cancha que estaba muy blanda producto de la lluvia.
El partido comenzó y en vez de tifón estaban los polacos, que arrinconaron a Chile y lo bombardearon casi tanto como a ellos los alemanes en 1939. El partido de la primera fase había sido algo engañoso pues los europeos habían puesto a varios suplentes, al estar ya clasificados. Pero ahora era en serio. Los hijos de Jaruzelski imponían su envergadura y juego aéreo, aprovechando que Chile ostentaba el promedio de estatura más bajo del torneo. A mediados del primer tiempo, Szymkowiak eludió a dos defensas, llegó a línea de fondo y tiró un centro atrás. El central chileno Dante Poli intentó cortar el pase pero le pegó hacia su propio arco y fue autogol.
Fiel al estilo europeo, tras el gol los polacos se echaron atrás y dejaron pasar el tiempo. Chile no lograba llegar y todos los ataques se diluían. Así fue todo el primer lapso y todo el segundo. No había por donde. Hasta que, tres minutos antes del final, Dante Poli tomó un balón en mediocampo, eludió bellamente a un defensa y entró al área. Szymkowiak salió a cortar el desborde, el chileno hizo pasar la pelota por un lado y al llegar donde el defensa, se tiró al suelo. El árbitro saudita Omar Al-Mehanna se comió el piscinazo y cobró penal. Rozental no falló, como durante todo el torneo, y marcó el agónico 1-1. Venía la definición a penales.
Ahora nos enfrentábamos a otro de nuestros fantasmas: los tiros desde los once metros. Desde el que falló el Zorro Vidal en el mundial de 1930 hasta el de Coto Sierra en la Copa América de ese año 1993, nuestra historia ha estado plagada de penales errados en momentos clave. Pero afortunadamente estos muchachos aún no habían sido contaminados con la mediocridad del medio ni con los traumas de los viejos. Ariel Salas atajó los dos primeros tiros de los polacos mientras que Lobos, Tapia, Galaz y Garrido convirtieron los suyos y fue el festejo. Pedro Carcuro lloraba mientras gritaba "¡Chile repite la hazaña del 62!", Vladimiro Mimiça se ponía de pie, eufórico, en el set del canal 11 y seguía relatando sin percatarse que se le había caído el micrófono, los hinchas chilenos celebraban y despertaban a la otra mitad de los compatriotas que estaban durmiendo, unos cuantos criollos en el estadio celebraban en la galería (¿habrá estado Anita por ahí?), en la cancha se abrazaban jugadores y técnicos, y el jefe de la delegación, el dirigente de Audax Italiano César Vaccaro, se sumaba al montoncito que revolvía a todo el plantel y Chile, de la mano de Leonardo Véliz (asistido por Fernando Carvallo y José Peckerman) se terminaba de convertir en la gran sorpresa del torneo y el mejor latinoamericano del certamen.
Si el mundial del 62 fue la presentación en sociedad del fútbol chileno, el del 82 fue el momento en que los futbolistas pasaron a ser figuras mediáticas, este torneo conquistó al público femenino juvenil. Miles de calcetineras, mezcladas con los hinchas de siempre, acudieron a recibir al equipo. El partido de celebración, jugado en el Estadio Nacional, fue un festival de chillidos digno de un recital de Luis Miguel. Varios jugadores participaron en programas de TV e incluso en teleseries.
Estaba clarito: esta selección sería la base del equipo que jugaría las eliminatorias para Francia 1998 (ya que estábamos impedidos de participar en el mundial del 94). Sin embargo de a poco la cosa se fue diluyendo. Muchos de los integrantes del plantel se retiraron del fútbol, otros bajaron ostensiblemente su rendimiento y otros tantos jamás maduraron y fueron incapaces de jugar en el extranjero, acostumbrados a los mimos que reciben en Chile. Para más mala pata, el único que seguía pintando para crack, Sebastián Rozental, sufrió una grave lesión cuando se consolidaba en el Glasgow Rangers, lo que afectó su carrera.
A parte de los gratos momentos vividos, este equipo nos dejó una lección clara: los planteles que atacan son los que ganan cosas. A la letal dupla Rozental - Neira, se sumaba Héctor Tapia llegando desde atrás, al igual que Frank Lobos y Alejandro Osorio. Casi la mitad del equipo estaba dedicado a buscar el arco contrario, al igual que la mítica selección del 62. ¿Alguna selección ultra defensiva logró cosas similares? Tarea para la casa.

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