Tras el fracaso del 66, la selección logró buenos resultados
en el sudamericano del 67 y ganó algunos amistosos ante equipos europeos.
Mientras se iba consolidando la figura de Elías Figueroa, irrumpió
también otro notable defensa central: Alberto Quintano. Lamentablemente,
nos perdimos el mundial del 70 al ser superados por Uruguay. Así, nos
no fuimos al mejor mundial del siglo donde el fútbol alcanzó cotas
de belleza que no han vuelto a ser superadas, con equipos espectaculares como
la Italia de Mazzola, la Alemania de Beckenbauer, el Uruguay de Mazurkiewicz
o el Perú de Cubillas. Y, por supuesto, el mítico Brasil que jugaba
de memoria, el mejor equipo de todos los tiempos, con un Pelé en su madurez
y unas formidables líneas media y delantera.
Bueno, nos perdimos la gran fiesta. Para las eliminatorias del mundial de Alemania
1974 nos tocaba medirnos con el difícil cuadro peruano. Caímos
derrotados 2-0 en Lima, pero en Santiago igualábamos las cosas al ganar
por el mismo resultado. Todo se definiría en un partido en cancha neutral.
El cinco de agosto de 1973, en el Centenario de Montevideo, derrotábamos
2-1 a Perú y lo dejábamos fuera de carrera. Este, además,
fue el último triunfo de la roja en democracia.
El artífice de ambas victorias había sido el entrenador, Luis
"Zorro" Álamos. Tras una serie de pruebas con distintos técnicos,
se decidió echar mano al Zorro, por su experiencia en selecciones. Álamos
además dirigía a Colo-Colo, que ese mismo año 1973 llegaba
a la final de la Copa Libertadores y era derrotado producto de arbitrajes descaradamente
injustos. El entrenador, decidió entonces usar la base de ese gran equipo
(de la nómina total de 22 jugadores, 12 eran del club popular) para armar
a la selección.
Tras eliminar a Perú, correspondía jugar la plaza contra un equipo
europeo. Este equipo era la Unión Soviética. El 26 de septiembre
del 73, Chile enfrentó al temible equipo ruso en el estadio Lenin de
Moscú. Figueroa, que jugaba en Brasil, tiene un partido por el torneo
local pocos días antes del cotejo. Una vez terminado, sale corriendo
del estadio, se ducha en el aeropuerto, se cambia de camiseta en el avión
y llega justo a tiempo a Moscú a defender a la roja. El gran ídolo
chileno no conoce la soberbia y le confiesa al portero Olivares que no sabe
si podrá acoplarse bien con sus compañeros de zaga, que por favor
le grite cada vez que haga algo mal.
Pero Don Elías lo hace todo bien. Despeja de cabeza, gana por abajo,
sale jugando en área chica y manda a la pista atlética de una
patada a un puntero soviético que los estaba desbordando demasiado. Junto
con Alberto Quintano, se lucen y enmudecen al de por sí callado público
ruso. El partido termina empatado a cero, en una actuación que tiene
ribetes de epopeya.
Corresponde jugar el partido de vuelta, pero el Chile de entonces, como sabemos,
pasaba por días bastante violentos. El Estadio Nacional ha sido usado
como campo de concentración y la FIFA envía una comisión
a averiguar se se dan las condiciones, dentro y fuera de la cancha, para jugar
el encuentro. La comisión da el visto bueno, el partido debe jugarse.
El equipo soviético se niega a pisar el Chile de Pinochet y el 21 de
noviembre de 1973, se juega "el partido más patético de la
historia del fútbol", en palabras de Eduardo Galeano. En el Nacional,
la roja juega contra nadie y gana 2-0 por secretaría. La FIFA demora
un tiempo en decidir si otorgar el triunfo o no, sopesando aspectos deportivos
y de imagen. Finalmente, varias semanas después, se da por ganador a
Chile. Ya estábamos en el mundial.
Nos toca un grupo complicado; contra Alemania Federal, Alemania Democrática
y la más accesible Australia.
Todos sabemos lo que pasaba en Chile en esos años. En el mundo, los italianos,
uno de los pueblos más católicos del orbe, aprobaban el divorcio
tras someterlo a plebiscito. Nixon era golpeado por el escándalo Watergate,
que se trató de una mabiobra de espionaje a políticos. Caía
la dictadura en Grecia y en Portugal se sublevaban los militares, pero no para
hacerse del gobierno: Terminaban con cuarenta años de dictadura, devolvían
el poder al pueblo, instauraban una democracia (no "protegida") y
al año siguiente se retiraban a sus cuarteles, rechazando cargos y riquezas.
El pueblo, agradecido, les pone claveles en sus armas y esa fue la famosa "Revolución
de los Claveles".
Joao Havelange resultaba electo como presidente de la FIFA e instaura el estilo
ultra mercantilista que rige el fútbol hasta hoy. Ha habido otros cambios:
se permiten las sustituciones y se ha implantado el sistema de tarjetas para
amonestar o expulsar a los jufadores.
Chile viaja a Alemania con la siguiente nómina: Leopoldo "Polo"
Vallejos, Juan "Juanito" Olivares, Adolgo "Gringo" Nef,
Rolando García, Alberto Quintano, Antonio Arias, Elías "Don
Elías" Figueroa, Juan Rodríguez, Carlos "Chino"
Caszely, Francisco "Chamaco" Valdés, Sergio "Negro"
Ahumada, Carlos Reinoso, Guillermo Páez, Leonardo "Pollo" Véliz,
Juan Machuca, Rafael González, Alfonso Lara, Mario Galindo, Guillermo
Yávar, Jorge "Lulo" Socías, Rogelio Farías y
Oswaldo Castro.
El mundial se inicia el 14 de junio de 1974. Debuta el dueño de casa,
Alemania Federal, frente a nosotros los chilenos, en el estadio Olímpico
de Berlín Occidental. Más de ochenta y tres mil alemanes desean
ver a su equipo barrer a los chilenos y empezar el torneo a toda orquesta. Y
así parece que va a ser; a los 18, Paul Breitner anota un bello gol de
larga distancia y Alemania se pone en ventaja. Pero los ataques teutones se
van diluyendo ante la muralla que son Quintano y Figueroa. Chile comete muchas
faltas en su afán de detener a los germanos, pero no se logra ampliar
la cuenta.
En el segundo tiempo, Carlos Caszely responde a Berti Vogts, que lo ha perseguido
a patadas durante todo el encuentro, y el árbitro lo expulsa. Es el primer
jugador en ver una tarjeta roja en un mundial. El partido termina 1-0 y los
alemanes, que esperaban la goleada y la fiesta celebran más discretamente,
mientras el mundo descubre asombrado a nuestra dupla Figueroa-Quintano.
El siguiente partido es frente a la RDA. Nuevamente se espera un baile para
los otros alemanes, pero Chile va de igual a igual, el partido se traba y las
faltas son cada vez más violentas. A los 10 minutos del segundo tiempo,
Martin Hoffmann pone en ventaja a los alemanes. Chile se va encima y se crea
varias oportunidades de gol. Figueroa estrella una pelota en el travesaño
tras una bella tijera. Unos minutos después, a los veinte, Figueroa cede
a Reinoso quien arranca por la punta derecha, envía un centro y en área
chica intenta Ahumada, la pelota es rechazada pero Reinoso insiste y el Negro
recibe en posición de adelanto (afortunadamente el gurdalíneas
no lo cobra) y le pega a la pelota con la cadera, con el muslo, con la guata,
con cualquier parte y es el empate de Chile, uno de los goles más feos
de nuestra selección pero que nos da un punto importantísimo.
Con esta igualdad, hay que derrotar a la débil Australia, que ya está
eliminada y no tiene goles a favor. Chile tiene que intentar anotar la mayor
cantidad posible de veces para terminar empatados en puntaje con la RDA, pero
superarla por diferencia de goles, siempre que la Alemania Federal la derrote.
El 22 de junio enfrentamos al elenco de los canguros bajo una lluvia torrencial.
El equipo chileno, no acostumbrado a jugar en el barro, pierde la brújula
y, además, la mala suerte nos acompaña: una poza frena la pelota
y evita el gol de Véliz. El partido termina empatado a cero y tenemos
que volver a casa con el único consuelo de que nuestros dos centrales,
Figueroa y Quintano, son nombrados los mejores del torneo.
Este mundial lo gana Alemania pero es otro el equipo que queda en la memoria;
un seleccionado de un país pequeño y sin mayor tradición
futbolera: La Naranja Mecánica de Rinus Michels, con Rensenbrink, Neeskens
y el muy talentoso Johan Cruyff. El equipo holandés sorprende al mundo
al llegar a concentrarse con sus novias, esposas y pololas y romper los manuales
del "juego ordenado". Todos atacan, todos defienden, unos ayudan a
otros, se relevan y se apoyan pero jamás caen en el caos ni abandonan
el buen fútbol. No siempre la historia la escriben los vencedores.