EL NORMANDIE

Publicado en Gran Valparaíso

Creo que la primera vez que me llevaron al Normandie fue en 1979, antes de que adoptara el rótulo de "cine arte". Fuimos a ver "Grease", una película boba de trama predecible y música de plástico pero que, sin embargo, me encanta. De esa vez recuerdo que en un momento el cojo (operador de cabina) se equivocó en el cambio de rollo y entre medio de los avatares de la relación entre Sandy Olsson y Danny Zuko aparecieron unas imágenes de un documental agrícola. Yo, que tenía ocho años, pensaba que alguien había cambiado accidentalmente el canal del televisor gigante que estaba delante nuestro.
En algún momento la sala de cine (que quedaba donde actualmente está el Cine Arte Alameda), cambió de giro y empezó a presentar películas que estaban fuera del circuito tradicional comercial. El Normandie se convirtió en un refugio de los amantes del buen cine y, de rebote, de los opositores a la (inexistente) política cultural de los milicos. Sin embargo, la sala siempre mantuvo una sobriedad que evitó que se convirtiera en un antro hippy o en un centro de reuniones clandestinas o, incluso, un lugarejo kitsch con afiches de la Marilyn, Chaplin y James Dean.
Así pude ver algo de cine que jamás se esperaba ver en televisión o en salas tradicionales. Y no hablo de películas comprometidas con la causa. En el Normandie fue donde pude ver, por primera y última vez a Hitchcock en pantalla grande: "Vértigo", como parte de un ciclo dedicado al gran maestro. También pude conocer algo de la cinematografía soviética, que ya por su simple origen estaba absolutamente vedada para la difusión masiva. Si mal no recuerdo, vi "Alexander Nevsky" y "Pieza Inconclusa para Piano Mecánico".
Otra que vi fue "De Mao a Mozart", un lindo documental sobre la música como puente de comprensión entre dos culturas distintas y antagónicas; que relata la gira de un violinista gringo a China. En una parte del filme se ve un retrato de Stalin, y un fanático asistente se puso de pie a aplaudir ante el estupor de la concurrencia. En otro momento, con apenas quince años, nos metimos con unos amigos a ver una para mayores de 21 (esa era la censura tope en esa época): Pero no era una de las picaronas que daban en el Prat o el Cervantes. Era "La Naranja Mecánica". Ni los boleteros ni los acomodadores nos hicieron problema para pasar, y les agradezco haber podido apreciar como se debe aquella monumental película.
La presencia del Normandie era desafiante. En plena Alameda, a pasos del edificio Diego Portales (que era donde se reunía la junta militar a despachar leyes) y casi frente al monumento a los carabineros caídos. Fue quizá por esa razón que esta sala cultivó un bajo perfil. Quizá el único momento en que rompió su línea "no contingente" fue en 1988 cuando, coincidiendo con las celebraciones del triunfo del No en el plebiscito, programaron "El Gran Dictador", de Chaplin. Existe una famosa fotografía donde se aprecia la multitud jubilosa festejando en la Alameda con el cartel del cine de fondo.
Sin embargo, como muchas otras cosas, el fin de la dictadura no supuso tiempos mejores para esta sala. Se anunció su cierre y muchos de los snobs de siempre comenzaron con sus llantos cuando jamás en su vida habían aceptado meterse a ver películas difíciles de entender en una sala de aspecto poco glamoroso. Se hizo un llamado "Ciclo de Cierre", donde recuerdo haber visto una muy carreteada copia de "Búsqueda Frenética". Es que esa era la mística del amante del cine. Ver películas difíciles de encontrar, en un lugar sin onda taquillera y en copias de mala calidad, y con proyecciones levemente desenfocadas, con un lado más oscuro que el otro o donde a veces la imagen no calzaba con el telón, cortando tobillos o cabezas según fuera el caso.
Afortunadamente, el famoso cierre no fue tal pues se trasladaron a lo que era el Teatro Gala de la Universidad de Chile, donde el Normandie sobrevive hasta nuestros días. Siempre en silencio, sin taquillería ni farándulas. De hecho, la probabilidad de toparse allí con algún miembro del autodenominado "mundo del arte y la cultura" es más bien baja.
Allí proseguí viendo filmes excluídos, a veces solo y otras veces en compañía de ciertas damiselas que intentaba romancear. Más de alguna se quejaba de nostalgia de las butacas blanditas tipo Hoyts o de la inexistencia de un surround system, así que yo permanecí en el tiempo mientras las féminas iban y venían.
Fue en esa sala donde aprendí que Chaplin era algo más que los sketches que hacían en el "Jappening con Ja". Que no era necesario un kilo de cabritas (aunque ahora les llamen "pop-corn") para ver una peli. Que los filmes se aprecian en silencio sin estar conversando todo el rato con el gil de al lado. Que uno llega, se sienta y no sale hasta que se acaba la proyección. Que uno apaga el celular sin necesidad que te lo ordenen. Que la incomodidad de los asientos es parte del proceso del amor al cine.

Cristián Orellana

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