Publicado en Granvalparaíso
SE NOS VIENE otra noche de brujas en la que, probablemente, grupos de niños golpearán a nuestras puertas pidiendo dulces. La reacción más lógica de nosotros los adultos será hacer(nos) discursos sociológicos acerca de la transculturización, el imperialismo yanki, la pérdida de la identidad nacional, etcétera. Y es verdad que resulta bastante patético ver cómo nuestra gente asume costumbres extranjeras sin siquiera entender de qué se tratan. La noche de brujas es la noche más larga en el hemisferio norte, la noche en que según la tradición celta- los espíritus de los muertos salían de sus moradas para deambular por la tierra. Esta tradición fue adoptada por el cristianismo y disfrazada como "el día de los difuntos", pero no perdió su impronta mágica y pagana. Todo esto dentro de la órbita cultural anglosajona.
Hace algunos años me tocó ver a miembros de la colonia norteamericana en Chile celebrar el famoso Halloween, lo que me parece bastante lógico pues constituye una manifestación propia de su cultura. Como ya sabemos, hace algunos años esta costumbre agarró vuelo en el resto de la sociedad chilena, fomentada por los intereses económicos de siempre, necesitados de vaciar los bolsillos de la gente en el período que hay entre el 18 y la Navidad. Muchos de nosotros nos quejamos de lo triste que resulta esta lamentable imitación de esta celebración gringa sin siquiera tener claro de qué se trata, pero hay ciertos matices que debemos considerar.
Primero, la mayoría de los que lanzan peroratas anti yankis y anti Halloween jamás se preocuparon de fomentar entre los niños ni entre nadie alguna tradición propia alternativa. Por ejemplo, la noche de San Juan (24 de junio), que perfectamente podría ser un Halloween chileno (que, por lo demás, coincide con el we tripantu, el año nuevo mapuche).
Segundo, nuestra sociedad es en esencia mestiza. Si nos ponemos a rechazar todas las tradiciones foráneas implantadas, nos quedamos con casi nada. En estricto rigor, la Navidad, el Año Nuevo, la Semana Santa, entre otras, son tradiciones europeas impuestas a los locales desde hace cinco siglos. Pero es innegable que pasaron a formar parte de nuestra cultura.
Tercero, si somos cabros chicos y se nos presenta la oportunidad de disfrazarnos y salir a pintar el mono y pedirle dulces a los vecinos, lo haríamos sin cuestionarnos mayormente las teorías sociológicas ni el problema de la globalización.
Resumiendo, la celebración de Halloween es una muestra más de nuestra patética falta de personalidad como cultura, pero exhibe ciertos matices acerca de los cuales es necesario meditar antes de tomar el vaso de navegado y lanzar el manido discurso anti imperialista.