MÚSICA DIECIOCHERA

Publicado en Gran Valparaíso

Obviamente para este 18 casi todas las radios y los programadores de música de malls, restaurantes, supermercados y similares, sacan todo el patriotismo olvidado e inundan los espacios con música chilena. Generalmente se trata de tonadas y cuecas de vaga inspiración campesina, interpretada y/o compuesta por lo que el habla popular calificó sabiamente como "huasos de parquet". Huasos con espuelas de plata y chamanto de doscientas lucas, acompañadas por chinas con todos sus dientes en sus enormes sonrisas. ¿Eso es folclore chileno? En el colegio nos enseñaron que sí, y que según el decreto del 18 de septiembre de 1979, la cueca es el baile nacional. Pero resulta bastante ridículo ver a estas parejas de huasos en Arica o Aysén como representantes del folclore chileno.
Históricamente, nuestro país no ha tenido un folclore de importancia, entendiendo esto como manifestaciones auténticamente populares de la gente de la calle. Y que se toquen durante todo el año. En Montevideo es normal encontrar grupos de tamborileros tocando en las esquinas, para pasar el rato, lo mismo con grupos de guitarra y percusiones en Lima. El tango en Buenos Aires lo baila la gente común en locales al margen de los circuitos turísticos. Sin embargo, en Chile nuestras manifestaciones musicales folclóricas son bastante más restringidas. Quizá los únicos ejemplos de relativa importancia son los bailes religiosos y los únicos músicos verdaderamente "de la calle" los tenemos en los organilleros y chinchineros. ¿Ha visto usted a algún grupo vestido onda Quincheros tocando en alguna esquina, o en un lugar perdido del campo? No.
Hace algunos años, se exhibió en televisión por cable un documental sobre el folclore latinoamericano. La cámara iba por todos los países conversando con músicos populares, invariablemente en barrios pobres y zonas marginales. Hasta que llega a Chile, donde registra una presentación en un gimnasio (con suelo de parquet) de uno de esos grupos que mencionaba al inicio de estas líneas. Plop.
Para más remate, por muchos años estuvo de moda despreciar todo lo chileno. Muchos intelectualoides post dictadura incluso renegaban de los grandes músicos nacionales que habían surgido en los sesenta-setenta. Pero subterráneamente los chilenos de raza mantuvieron el gusto por la cueca, las buenas cumbias y el pernil con puré picante. Hasta que ahora se ha puesto de moda la cueca brava (cuecas urbanas, más cercanas a la realidad de la mayoría de la gente), y no es de mal gusto decir que a uno le gusta Tommy Rey o Luisín Landáez.
Aunque claro, no falta el purista que se queja que hay mucha cumbia en las celebraciones dieciocheras, pero es un hecho innegable que el chileno ha hecho propio este ritmo caribeño, agregándole un claro sabor local. La mismísima Margot Loyola contaba la historia de un colombiano escandalizado al escuchar la cumbia nacional, que dijo "eso no es cumbia" y ella le contestó: "Claro que lo es. Es cumbia chilena". Vayan a decirle a un choro coquimbano en La Pampilla que no ponga a Los Viking 5 para el dieciocho.
Volviendo a la cueca, tuvo que pasar más de un siglo para que la gente haya ido descubriendo el arte oculto de las chinganas y casas de tolerancia, y lo reconozca como producto válido y, sobre todo, más propio que las tonadas de mantelitos blancos y patrones buenos para el rodeo. Esperemos que esto no sea una moda pasajera y que los pañuelos sigan flameando, no sólo en septiembre.

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