DÍA DEL PATRIMONIO
Publicado en Gran Valparaíso
Por Cristián Orellana
Hay que aprovechar ahora, y no porque se celebre el día del patrimonio, sino porque ya es tradición demoler y destruir todo edificio histórico y/o bello, arrasar bosques autóctonos y hacer estacionamientos en zonas típicas. Si bien esto se encuentra profundamente arraigado en nuestra cultura por haber vivido los inicios de nuestra existencia como país en constante guerra y, además estar azotados permanentemente por terremotos, es hora que nos civilicemos un poquito. Sólo un poquito, no es mucho pedir.
El problema también radica en que los nuevos arquitectos e ingenieros vienen con una preparación en lo que respecta al cuidado del patrimonio, similar a la que tuvo la brigada polaca que arrasó la abadía medieval de Montecassino (la más importante de la cristiandad hasta esa fecha) durante la segunda guerra mundial. A eso súmenle la desidia, o, si no es eso, el malsano interés en la destrucción que profesan las autoridades locales. "Son puras huevás viejas, hay que botarlas". Si la capital del imperio Inca hubiera estado en Chile, tengan por seguro que la fortaleza de Sacsayhuamán estaría llena de antenas para celulares y Macchu Picchu lo habría comprado la Cuca para demolerlo y hacer un parque de diversiones.
En realidad ni el Chapulín Colorado podrá defendernos. La Iglesia y la gente tampoco parecen muy dispuestas a hacer de las ciudades un lugar decente. La hermosa iglesia de Los Andes, un venerable y anciano edificio con techo de tejas, fue demolida hace algunos años para hacer una iglesia "moderna". Y los ciudadanos se encargan con alegría de avivar la cueca o colaborar con la destrucción. En Antofagasta tengo entendido que han tenido que cerrar toda la zona aledaña a la célebre Portada porque los caminos y miradores fueron convertidos, gracias al generoso aporte de la comunidad, en basureros y baños públicos, mismo destino que han tenido las ruinas de Huanchaca, que han sobrevivido sólo gracias a la firmeza de su estructura.
Con las salitreras el caso ha sido similar, las que se mantienen en pie lo hacen sólo porque Dios es grande. Tuvimos la oportunidad de visitar la oficina Santa Laura, cercana a Humberstone, y pese a lo impresionante que resulta ser ese testimonio de la historia, es impactante ver que en realidad lo que sobrevive es un miserable porcentaje de la construcción original. Todo lo demás adorna las casas de nosotros los chilenos, acostumbrados a llevarnos "recuerditos".
Es triste ver como, por poner más ejemplos, un poco atractivo horizonte de containers ha deshumanizado Valparaíso y como surgen edificios de quince pisos al lado de las modestas y hermosas casas de la Ñuñoa antigua.
Esta comuna (perdónenme que hable de Santiago) es un caso bien ejemplar. El mítico Gimnasio Manuel Plaza, recinto de pichangas y recitales rockeros fue demolido por el genio de la urbanística Pedro Sabat, "para luchar contra la drogadicción". Esto ocurrió hace casi diez años, y hasta el día de hoy el lugar es un sitio eriazo. Sabat seguramente debe rechinar los dientes al ver desde la ventana de la Municipalidad a la gente feliz departiendo en la Plaza Ñuñoa y ya debe estar tramando algo para quitarle el encanto. Pero su última joyita fue proponer, como solución a la violencia en los estadios, la demolición del Estadio Nacional. Seguramente el pobre edil no sabe que, aparte del valor simbólico del edificio que otrora fue campo de concentración, tortura y ejecución, allí se jugó la final de un mundial de fútbol y cuatro finales de copa Libertadores (en el estadio Centenario de Montevideo hasta hay un museo). Como último recurso propongo recordarle a "Black Sabbath" Sabat que el Nacional es una copia del estadio olímpico de Berlín, donde se desarrollaron las Olimpíadas de 1936, bajo la atenta mirada de Adolf Hitler. Quizá entonces a Pedrito se le humedezcan los ojos, alce la mano derecha mientras se lleva la izquierda al plexo solar y se retire marchando diciendo: "Sieg heil, sieg heil".
Otro caso bastante patético es el pueblo minero de Sewell. Una particular ciudad que se desarrolló apretada entre faldeos cordilleranos, lo que creó una arquitectura bastante interesante y peculiar (Lukas hizo unos dibujos maravillosos de Sewell). Cuando el yacimiento se agotó, se abandonó el lugar. Codelco entonces gastó millones en… subir maquinaria para demoler el pueblo, siendo que resultaba más barato e interesante dejarlo tal como estaba. Finalmente, cuando sólo quedaba por destruir la parte central del asentamiento, alguien con criterio y buen gusto ordenó detener las obras y es lo que se ha salvado hasta nuestros días.
Pero el afán por el mal vivir no sólo ha llevado a nuestra gente a destruir, sino a construir con mal gusto. El edificio de espejuelos al lado de la catedral de Santiago no podría desentonar más aunque lo intentaran, pero el himno, no, la novena sinfonía del mal gusto se lo lleva la costanera de Puerto Montt. Una rambla que corre paralela a la costa que podría ser un lugar bastante agradable para pasear, pero que fue cortada primero por un deprimente cerro de aserrín (bosque nativo hecho chip para mayor gloria de Dios, los hombres y las exportaciones), y luego, por una serie de "monumentos" hechos sin ningún sentido de unidad ni estética, incluyendo una escultura llamada "Sentado Frente al Mar" que le parecería kitsch hasta a Andy Warhol y una estructura metálica de varios metros de altura que, según me explicaron, es un árbol de navidad pero que perfectamente podría estar en el Museo del Horror de Tel Aviv. ¿Qué pasa, Rabindranath? Al otro extremo de Chile, en Putre, ha pasado algo similar pero a menor escala. El modesto pueblo de casas de adobe y techo de paja se vio adornado con una plaza de líneas rectas, baldosas y faroles tipo Bauhaus-Amerikan Sound. Pero como en ese lugar viven mayoritariamente militares, no le pidamos peras al olmo.
Sigamos con la destrucción. El cerro de Dolores, cercano a Iquique, donde ocurrió una batalla de la Guerra del Pacífico estuvo relativamente bien conservado durante la primera mitad del siglo XX. Mi abuela me comentaba que iban de Iquique a visitar el lugar y aún estaban las trincheras e incluso cadáveres disecados por el sol. Hoy de eso no queda nada porque el mismísimo ejército de Chile usa el lugar para ejercicios militares.
Es triste ver que "nada detiene al progreso", mientras que en todos los lugares del mundo se respeta el patrimonio. Y no hablo de París, Venecia o Barcelona. Hablo de Montevideo, donde se respeta la unidad arquitectónica de la ciudad, siendo que no es un lugar con una arquitectura particularmente bella, o Cuzco, donde todas las casas tienen fachada blanca o azul, techo de tejas y ay del picante que se ponga a instalar fonolas, por poner un par de ejemplos cercanos.
¿Cuál es el afán por hacer de Chile un lugar desagradable? Que Borja Huidobro me conteste.