AQUELLOS FUERON LOS DÍAS
Serie de artículos publicados en Gran Valparaíso y Piensachile
Con motivo de los 30 años del golpe militar, me he propuesto relatar, sin que nadie me lo haya pedido, mi experiencia durante la dictadura, desde el punto de vista de la cotidaneidad de alguien que tenía dos años para el golpe de estado y vivió los días más importantes de su vida bajo "estado de emergencia". Acá no encontrarán declamaciones políticas ni narraciones de hechos abyectos o heroicos, así que vade retro, funcionarios de partido.
Parte I: El Mundo es lo que es
-No puede ser -me decía Rodrigo, muchos años después-. Es imposible que te acuerdes del once, eras demasiado chico.
-Pero me acuerdo -respondía yo-. Estaba nublado, me acuerdo de eso porque desde el piso de la citroneta sólo veía la ventana y el cielo nublado. Quizá escuchaba balazos, de eso no estoy seguro.
-A lo que voy -insistía Rodrigo-, es que según la sicología uno es incapaz de fijar recuerdos sino hasta los tres o cuatro años, cuando ya se maneja el lenguaje.
-Bueno, yo tenía dos años, un mes y trece días para el Golpe.
-Imposible, loco, imposible.
-Bueno, Nicanor Parra dijo: "El universo es lo que es y no lo que Einstein dice que es". La cosa es que me acuerdo y no es mi culpa.
¿Por qué recuerdo el cielo nublado desde la ventana de la citroneta? Muy temprano en la mañana del martes once de septiembre de ya saben qué año, mi madre nos levantó para llevarnos al liceo donde trabajaba y dejarnos en la sala cuna. El tránsito era bastante fluído porque había una huelga de micros. Pero conforme avanzaba por el barrio Franklin notó que las calles estaban demasiado vacías. Paulatinamente empezaron a escucharse disparos, detonaciones y vuelos de aviones y helicópteros. Ella decidió dar media vuelta y regresar a casa. El ruido de balazos era cada vez más intenso así que, por seguridad nos depositó, a mí y a mi hermana, en el suelo de la citroneta. Desde allí yo apreciaba el cielo nuboso y escuchaba los tiros. Creo que aquella es a primera imagen que tengo de mi vida. Hay otras más difusas, pero ese cielo nublado es el primer recuerdo que he podido precisar.
Por su parte, mi padre llega a su trabajo y sospecha que pasa algo raro pues no hay nadie, con excepción de Bernard, un compañero de labores francés. Conforme se van sabiendo noticias a través de la radio empiezan a sonar los teléfonos. Son los adalides de la revolución que llaman que no podrán ir a la oficina y se quedan en casa arguyendo diferentes motivos. A diferencia de las películas de John Ford, la caballería nunca llegó al rescate del gobierno popular. En ese ambiente solitario e irreal mi padre escucha el último discurso del presidente Allende, el último gesto noble y valiente que vería el siglo XX por parte de una autoridad. Se implanta el toque de queda y debe volver a casa viendo como el mundo se cae a pedazos.
Un par de días después recibimos la gentil y siempre agradable visita de unos militares algo nerviosos, que muy delicadamente nos informan que quieren apostarse desde el balcón de nuestra casa para disparar a los obreros del cordón industrial que queda cruzando el parque. Se ven figuras correr por entre los muros y los edificios y los milicos ya están apuntando cuando llega una contraorden: esas fábricas han caído sin resistencia y los que deambulan por las industrias son los mismos militares, allanando el lugar.
Más tarde escucho a mi abuela decir "¡Bombardearon La Moneda!" y ver unos tanques disparando en la televisión. Durante mis primeros años de infancia me preguntaba acerca de lo absurdo que era que llegaran unos tanques y se pusieran a disparar a un palacio así sin más, a vista y paciencia de todos, pues si había cámaras filmando, era que no les importaba que los vieran. Lo encontraba casi ridículo y sin sentido.
Otra de las primeras cosas que recuerdo de mi vida es estar jugando con tierra en la entrada de la casa, mientras dos soldados jóvenes que están de guardia me miran desde la calle y sonríen. Les debo haber parecido cómico, todo chascón y cubierto de mugre. En un momento me entra tierra a los ojos y lo encuentro emocionante pues creo que es uno de los milicos que me ha disparado y estoy herido.
En mi primera infancia, como a muchos, me parecía de lo más normal que se persiguiera a disidentes y existiera censura de medios. Pensaba que, si algún día cambiaba el gobierno, se perseguiría a los de derecha, y creía que así funcionaba el sistema desde siempre. Me pedían que no comentara ciertas conversaciones que tenían los grandes ni cantara algunas canciones que se escuchaban en la intimidad del hogar. Y para mí estaba bien, así era el mundo.
Parte II: Villa Libertad
Todo era un juego. Mientras miles de chilenos sufrían de diferentes
maneras, debo confesar que yo lo pasaba chancho. Mi padre había sido
despedido de sus trabajos en el Ministerio de Hacienda y la Universidad de Chile,
y tuvo que emplearse como carpintero. Mi abuela, que había pedido respeto
por los vencidos en el liceo donde era directora, fue presionada para que jubilara.
Y yo, el muy perla, jugando. Si bien la dictadura no era un tema que ignoraba
ni yo ni ninguno de mis amigos, tampoco era el centro de nuestros odios. Recuerdo
a Mauro, compulsivo devorador de frutas debido a que ha dedicado su vida al
deporte, con un sempiterno durazno en la mano. Siempre que se le acababa y en
vez de tirar el cuesco al basurero, se asomaba por la puerta hacia fuera y decía:
"¡Mira, allí va Matthei!" (o Merino, o Mendoza, o Leigh,
o Pinochet) y luego arrojaba el cuesco con fuerza y se quedaba mirando a su
imaginario objetivo. "¡Bien!", continuaba, "¡Le dí
seco en la pelá!".
Desconozco si era influencia del medio o no, pero nos encantaban los juegos
bélicos. Todo lo transformábamos en guerra. Podíamos encontrar
un juego de tacitas de alguna hermana y convertirlos en tanques, buques o armas.
Podíamos estar jugando a la escondida y degenerar la cosa en operaciones
comando y ataques aerotransportados.
En una ocasión, en el patio de la casa de Rodro, juntamos varios autitos
de juguete, trenes eléctricos de toda la cuadra, casitas en miniatura
e hicimos una ciudad. Se llamaba "Villa Libertad". Era una república
independiente y democrática, y para graficar la posición, a la
entrada teníamos colgados del cuello a varios soldados de plástico.
Algunos también estaban quemados. Como obviamente éramos niños,
el experimento democrático-popular o democrático-socialista o
trotskista-doméstico o incluso stalinista-casero, sólo duró
algunos días y luego volvimos a nuestra rutina de tocar timbres y jugar
a la pelota.
Me gustaba mucho dibujar, y era bastante entretenido hacer panfletos a pedido,
y reconfortaba verlos ya impresos o volando por la calle. En aquella época
el único modo de impresión accesible era el mimeógrafo.
De vez en cuando traían uno a la casa, y como había que mantener
la discresión, se nos prohibía pronunciar "mimeógrafo"
aunque a veces se nos escapaba, al igual que nuestros padres nos salían
a callar cuando, inocentemente, nos poníamos a cantar canciones prohibidas
en el jardín.
Las protestas eran otra parte más de las aventuras infantiles. Era genial
porque nadie iba al colegio. Hacíamos miguelitos con clavos doblados
y con ambos extremos afilados con un torno, para tortura acústica de
nuestros vecinos. En las tardes nos íbamos a un peladero cercano a nuestro
hogar y allí se escuchaban los ruidos de la ciudad. Sirenas, balazos,
explosiones, cacerolas. En ese lugar se sentía que no era sólo
en un país en el fin del mundo donde se enfrentaban dos visiones contrapuestas.
Era parte de una lucha global en un mundo dividido. El cielo se iluminaba esporádicamente
con los destellos producidos por los cadenazos (cadenas con ganchos arrojadas
a los cables de alta tensión para provocar cortes de luz). Los caceroleos
eran otra parte de la diversión. Algunos amigos tenían verdaderas
baterías con elementos caseros para manifestarse contra la dictadura,
ollas viejas, latas, balones de gas y cualquier cosa que emitiera bulla. Y bueno,
en la noche el clásico corte de luz, las velas y la radio a pilas sintonizada
en la Cooperativa. Algunas veces lográbamos dar con radio Moscú
y era sorprendente la exactitud de la información que allí se
entregaba.
Al día siguiente la vida retomaba su rutina normal, volvía el
pobre a su pobreza y el rico a su riqueza y nosotros a nuestros juegos. Sin
embargo, esperábamos ver algún día la caída definitiva
y espectacular de Pinochet y una fiesta popular que inundara al país
y que volvieramos a ser los de antes. Mi abuelo también soñaba
con vivir para ver el fin de la dictadura. Lamentablemente falleció el
87, aunque no sé si le hubiera gustado lo que vino después.
Las discusiones de política eran raras, sobre todo porque en mi entorno
había muy pocos niños fascistas o interesados en el tema. Generalmente
los pinochetistas contaban horrores de la vida en la URSS (desde el clásico
"se comen a las guaguas" hasta el más elaborado "allí
tú no posees nada, hasta tus hijos son del Estado") y nosotros retrucábamos
con la denuncia de torturas y muertes que se producían en Chile. Cabe
señalar, por si alguien lo ha olvidado o es demasiado joven, que los
fascistas jamás reconocieron la existencia de violaciones de los derechos
humanos sino hasta hace algunos años. Antes se calificaba a toda esa
información como inventos del comunismo internacional y, tras la caída
del muro, del socialismo internacional.
Era un niño y vivía mi infancia en paz...en la medida de lo posible.
Alternábamos nuestra modesta lucha contra la dictadura con pichangas
con pelota de plástico.
Parte III: Víctor Jara underground.
A mediados de los setenta, llegó a nuestra casa una cassettera traida
de España. El artefacto era una novedad para la época, y uno de
los primeros álbumes que tuvimos en cinta era el Homenaje a Antonio Machado,
de Joan Manuel Serrat. Antes de eso sólo escuchábamos vinilo.
Una imagen de mi primera infancia consiste en la luz del atardecer entrando
por la ventana del living, mi madre en el sofá y como música de
fondo, el tema Ta Ta Ti de Inti Illimani, en un 45 del sello Dicap que aún
conservamos. También sonaba bastante música clásica, que
convivía sin conflictos con uno de la Sonora Palacios y otros de Violeta
Parra. En esos días, como niño, sentía la música
simplemente como el sonido que causa placer; escuchaba sin prejuicios ni filtros
ideológicos. Pero, por la época, lo de los filtros ideológicos
pasó a ser tema de primera importancia. No se podía escuchar música
"no comprometida", "comercial" o "alienante".
Muchos de nosotros nos abocamos a la búsqueda del "contenido"
en la música. En cierto punto me causó conflicto ser admirador
de los tangos y la Sonora Palacios al mismo tiempo que de Inti-Illimani y Víctor
Jara.
Durante la ocupación alemana en Holanda, en la Segunda Guerra Mundial,
los holandeses acostumbraban testear a posibles espías nazis hablándoles
de Schevenigen, un balneario cercano a La Haya. Si no eran holandeses, jamás
podrían pronunciar correctamente el endiablado nombre del dichoso pueblo.
Yo usaba, con fines similares, a Víctor Jara. Durante la dictadura no
se hablaba de él ni se escuchaban sus canciones en ningún lado,
era algo así como un cantante underground. Poquísimos jóvenes
lo conocían, y muchos menos sabán del trágico final de
su vida. Así que si alguien lo conocía, sabía de música
y era de los nuestros. O era un sapo.
Conforme crecimos, la política invadió nuestros gustos y la música
no social se dejó de lado. Pero de vez en cuando volvían los fantasmas
del pasado y me quedaba pegado escuchando a Gardel, Leonardo Favio o algún
otro por el estilo. En una ocasión un estudiante de música me
confidenció, como un secreto, que le encantaba Nino Bravo. Haberlo dicho
en público era un pecado. La única música no política
por la que era aceptable confesar admiración, era la de Los Beatles.
La música tenía que estar por la causa o simplemente no existía.
Esta soberbia nos privó de varios años de disfrute de los boleros
y tangos clásicos, más el buen rock inglés y músicos
de otros estilos y latitudes. Por un tiempo fui admirador de Silvio Rodríguez,
pero me terminó pateando, sobre todo por el culto que generó,
con fieles que sólo lo escuchaban a él y que nos exigían
a los que tocábamos guitarra los más rebuscados temas del cubano.
De puro contreras, no me aprendí ninguno de memoria y finalmente el tipo
me dejó de gustar.
Sin embargo, hasta el día de hoy, reconozco que soy admirador de varios
músicos, de los que muchos renovados reniegan, pero que escuchaban en
cassettes de mala calidad, con olor a navegado y cigarro: Inti-Illimani, Quilapayún,
el Illapu de los años de exilio y varios otros.
La música se convertía en nuestro factor de identidad. No pasaba
con las otras artes; leer ya era simplemente un acto subversivo, al igual que
ver pintura o ir al teatro. Pero con la música nos diferenciábamos
de los fachos o los apolíticos que escuchaban boberías. Además
era un factor de diferenciación porque los fascistas jamás lograron
entregar una estética, una música o un estilo que fuera atrayente
o le compitiera al izquierdoso-style. Como dijo Groucho Marx: "La justicia
militar es a la justicia lo que la música militar es a la música".
El quilombo se armó con la irrupción del rock latino. Los de línea
dura despreciaron esa música boba y comercial, pero otros encontraron
su tabla de salvamento del llanterío y la solemnidad. Yo me movía
entre esas dos aguas; algunas bandas me gustaban y otras no. A mediados de los
ochenta llegó a nuestras manos un cassette casero, de un grupo donde
tocaba un familiar de un vecino nuestro. Lo escuchamos y nos gustó bastante.
El grupo era Los Prisioneros, y allí estaban las primeras versiones de
sus clásicos y otro par de temas que jamás editaron.
Este movimiento hizo tener un nuevo impulso a Charly García, que fue
muy certero al cantar: "Si luchaste por un mundo mejor, y te gustan esos
raros peinados nuevos..."
Con el fin de la dictadura, se cumplieron mis sueños de ver en vivo a
varios de mis ídolos de infancia y adolescencia; además pude reasumir
mis viejas pasiones como el tango, las cumbias clásicas, algo del bolero,
de los cantantes cebolla y varios otros. Hoy conviven en mi discoteca en alegre
camaradería junto con los himnos de los años oscuros.
Parte IV: Esta vez es personal
Siempre era el mismo argumento apestoso que surgía en las discusiones
con los fascistas: ¿Por qué estás en contra de Pinochet
si no te ha hecho nada a ti?
Obviamente una pregunta tan idiota era fácilmente contestada mencionando
la larga lista de brutalidades que hicieron los milicos en sus años de
gloria, y agregando que no era un tema de egoísmo sino de sensibilidad
humana el que me preocupaba.
La verdad es que, dentro de todo, fuimos relativamente afortunados. Si bien
mi padre fue despedido por razones políticas y cayó detenido un
par de veces, al igual que mi hermana, la dictadura jamás se nos vino
encima con su bototo. Ninguno de nuestros conocidos o familiares estuvo preso,
desapareció o fue asesinado. Nadie nos amedrentó, nunca nos allanaron
ni tuvimos que partir al exilio. Ni siquiera me llegó un palo o me mojó
el guanaco en alguna protesta.
Mi encuentro más cercano con las fuerzas del mal fue cierta vez que una
amistad de mi padre le prestó su auto. Luego esta persona cayó
presa y la CNI identificó el vehículo, que estaba estacionado
frente a la casa. Llegaron unos tipos de aspecto rudo y yo, que estaba con mi
hermana, salimos a mirar. Uno de los gorilas nos dijo: "Nos tenemos que
llevar el auto". Y así lo hicieron sin más ceremonia.
En resumen, no me pasó nada. Tuve suerte. Pero hay algo, una de las pocas
cosas donde la historia se atravesó directamente en mi vida.
Durante la UP mi padre trabajó con Bernard, un francés (mencionado
en la primera parte de esta serie) y cuya señora, Danielle, llegó
de Europa a tener una hija. La criatura francesa-chilena se llamó Judith,
y como ambas familias tenían amistad, nos pusieron a mí y a ella
de amigos, sin que ninguno entendiera mucho (ambos éramos guaguas). Cuando
ocurrió el golpe, Bernard aprovechó su condición de extranjero
para averiguar sobre compañeros detenidos, gente desaparecida y para
gestionar asilos de personas que corrían peligro, salvando la vida de
muchos. Sin embargo, a los meses, los milicos llegaron donde él y le
pusieron frente a su cara una lista detallada de todas sus actividades después
del 11, y lo conminaron de manera un tanto amenazante a abandonar el país.
Bernard decidió volver con su familia a Francia, pero... Judith no podía
dejar la larga y angosta faja pues legalmente era chilena, y todos los criollos
necesitaban permisos especiales para tomar el avión. Así la inteligencia
del ejército siempre vencedor jamás vencido estuvo un par de meses
estudiando los antecedentes de esta niñita de 2 años, pues podía
ser una terrorista disfrazada, un líder guerrillero que escapaba a ensuciar
la imagen de la patria en el extranjero o un "señor político"
que huía con el rabo entre las piernas. Tras todo ese tiempo que demoraron
en convencerse que Judith no era un peligro para la patria, los permitieron
partir en 1974, pero el lazo de amistad con nuestra familia no se rompió
y el contacto siguió por carta y algunos viajes de mi padre a Europa.
Muchos años después, en 1991, Judith y yo nos pudimos reencontrar
en Francia y fue casi el "...como decíamos ayer..." de Fray
Luis de León, pues nos caímos muy bien y retomamos una amistad
que era y no era, pero que fue como si nos hubiéramos visto siempre y
hubiéramos ido a comprar juntos el pan, dieciséis años
no es nada. En 1995 ella vino a Chile con su novio Greg y también se
sumó sin problemas a nuestra amistad de años. La última
vez que los vi fue en París en abril de este año (2003), y de
nuevo, como si nada, yuntas de toda la vida.
He tenido mucha suerte en conservar amigos de infancia, y Judith es una de ellas.
Pero hubo mucho tiempo que "este confuso incidente" de la dictadura,
como lo definió Hervi, nos tuvo separados. Así que, generales
traidores, venid a ver la sangre por las calles y ustedes, además, me
deben muchos años de una buena amistad.
PS: Entiendo absolutamente que lo mío no es nada, nada frente al dolor
que muchos compatriotas padecieron.
Parte V: Ordeno la despedida
"...Tanto luchar, hablar y caminar, manifestar y al fin... hemos perdido: Perdimos y le duela a quien le duela; perdimos y quedamos regalados; cada cual que se salve como pueda; la solidaridad quedó de lado; es cierto que hubo intentos e intenciones; consignas, frases hechas letanía; pero la realidad es una sola; nos hicieron puré la rebeldía; plenarios, asambleas, manifiestos; discrepancias, discursos, directivas; coherencia, unidad y compromiso; la conclusión final: ¡PALABRERÍAS!"
Esta era la letra de una canción de carnaval que se entonó por
1986 en Uruguay. Y creo que refleja de manera preclara lo que fue y lo que fuimos.
Al final la única gran conquista fue el fin de los atropellos a los derechos
humanos. Porque se acabó la dictadura, pero ¿hay libertad de expresión,
si hasta hace algunos meses existía un índex con películas
prohibidas, y aún los tribunales pueden sacar de circulación un
libro? ¿Hay más equidad? ¿Se acabaron los poderes fácticos,
si nuestras autoridades se mean en los pantalones cada vez que hay amenaza de
ruidos de sable? ¿Llegó la democracia?
Un murmullo se escucha en el viento: "parece que nos anduvieron cagando".
Nunca existió la fiesta final de la dictadura, no llegó el carnaval
ni el universo retomó su equilibrio. Al final todo parece sospechosamente
un arreglín.
Creo que empecé a sospechar algo raro el 6 de octubre de 1988. Fuimos
al centro a celebrar el triunfo de las fuerzas populares, y me encontré
con cierta famosa personalidad ligada a la campaña del No. Se encontraba
en un estado similar a la sicósis de guerra y huía espantado cada
vez que veía un paco. Lo gracioso es que ese día los carabineros
andaban de lo más amistosos.
Hace un tiempo mi sobrina, que se perdió la gratificante experiencia
de vivir en dictadura, me preguntaba cómo era la vida en esos años.
Y, haciendo balances, era muy diferente al mismo tiempo que era bastante parecida.
Ahora nadie te agarra a balazos ni te mete en cana por declararse opositor.
Pero tampoco los dueños del fundo han tenido que renunciar a sus granjerías
y privilegios. Los medios estaban sometidos a censura pero había espacios
de tanta o más calidad que los actuales.
El periódico conservador Sunday Telegraph, hace algunos años,
se refirió al problema de los hooligans diciendo: "Lo que estos
niños necesitan es una buena guerra". La generación de los
que nacimos en los 60-70 tuvimos nuestra buena guerra, y si bien no somos en
general gente notable, creo que adquirimos esa cuota de escepticismo, pillería,
astucia y reciedumbre que nos diferencia de los que vinieron después.
No estaría mal que los lolitos, nacidos en los 80-90, que ahora se las
dan de choros y de avanzada se vieran enfrentados a traumas históricos
similares a los que vivimos, a ver si son tan duros.
Y así fueron las cosas. No tuve el valor de ser un héroe ni la
mala suerte de ser una víctima, me comprometí pero tampoco me
jugué la cabeza. Y haber hablado tanto de mi persona es un exceso. Uno
de mis gatos se encontró con su imagen, al toparse con un espejo. Tras
mirarse largo rato y oler el vidrio, el cucho miró por detrás
para ver si había algo. Como no encontró nada, se aburrió
y se fue.
Parece un contrasentido, pero cierro esta serie citando a un militar. Se trata
de un discurso que el general Patton dio a las tropas que partían a luchar
contra los nazis: "Ya hay algo que pueden contar cuando vuelvan a casa,
y agradézcanselo a Dios. Dentro de treinta años, sentados frente
a la chimenea, con un nieto en las rodillas, cuando él pregunte: '¿Tú
qué hiciste en la guerra?' No tendrán que contestar: 'Pues, traspalé
mierda en Louisiana'. Y ahora, sinvergüenzas, ya saben lo que pienso".
Ya lo saben.
Cristián Orellana