Por definición un signo es lo que tiene un significado, un sentido, y cuando se trata de un signo lapidario como los que están inscritos en los templos (cristianos o de cualquier otra tradición) ese sentido alude siempre a la realidad de lo sagrado, de lo verdaderamente misterioso y sutil. Entonces lo importante no es la grafía del signo en sí, es decir su forma, sino lo que éste significa, que está más allá de esa forma, la cual cumple tan sólo la función de vehículo transmisor. Como decía Ramón LLull (citado por Cirlot en su Diccionario de Símbolos): «la significación es la revelación de los secretos que son mostrados con el signo». O como dice Federico González en su libro La Rueda: una imagen simbólica del cosmos : «El significado de los antiguos signa (milagros) era el de la revelación sobrenatural». Por consiguiente todo signo, lapidario en este caso, es en verdad un símbolo y participa de la naturaleza de éste al ser, como él, un ente intermediario que conecta dos realidades entre sí (espiritual y material, sobrenatural y natural, universal e individual, divina y humana), unificándolas al establecer entre ellas una serie de correspondencias y analogías que hacen posible su comunicación, y con ella el orden de todo lo creado. Esto es lo que quiere decir uno de los signos lapidarios más difundidos: el que es conocido como la Estrella de David o Sello de Salomón, que son dos triángulos entrelazados por su base, representando precisamente dicho entrelazamiento la unión entre lo superior y lo inferior, lo de arriba y lo de abajo, lo vertical y lo horizontal. Otro signo importante es el Crismón, muy emparentado con el anterior y del que hablaremos más adelante. Igualmente interesante es el que aparece con forma de la letra Z, la cual es una de las figuraciones simbólicas del rayo, que en su fulgor nacido del cielo fecunda a la tierra con su luz, uniendo así el mundo superior y el inferior. Y ese otro que es una semicircunferencia cóncava, es decir vuelta hacia arriba, con un punto en su centro, no es sino una de las representaciones de la copa dispuesta a recibir y albergar los efluvios celestes, lo que la convierte también en un símbolo de la «matriz» cósmica, y también del corazón, residencia simbólica del Espíritu en lo más interno del ser humano. Asimismo aquel que representa la plomada, que es también, como el trazo vertical de la I o la P del Crismón, un símbolo inequívoco del Eje del Mundo. Pero quizás sea la cruz, en sus diferentes formas, y en combinación con otros símbolos (como el círculo), el signo lapidario más frecuentemente representado, al igual que la escuadra, constituida por la convergencia de un trazo vertical y otro horizontal (que simbolizan respectivamente el Cielo y la Tierra) unidos por su vértice. Estos son sólo algunos ejemplos ilustrativos que nos acercan a la verdadera función de los signos lapidarios, y que nos sirven también para comprender por qué los antiguos masones y compañeros constructores los grabaron en la piedra: para transmitir una serie de conceptos e ideas relacionadas con el conocimiento de la cosmogonía, de sus principios y leyes fundamentales, plasmadas en las formas geométricas, pues la Geometría, para los constructores de la Edad Media (herederos de un saber hermético antiquísimo), era considerada como una ciencia sagrada, de ahí que la arquitectura, que no es sino la aplicación práctica de la geometría, fuera considerada como igualmente sagrada. Al contemplar el signo, al querer conocer su significado, se nos revela su razón de ser, que es siempre una realidad del Espíritu, lo que nos permite comprenderla y ser uno con ella al incorporarla a nuestra conciencia y por su intermedio a nuestra vida y quehacer cotidiano. En realidad todos los signos lapidarios se reducen a unos cuantos esquemas geométricos fundamentales: el círculo, la línea (eje), la espiral, el cuadrado, el triángulo y la cruz. A partir de ellos se generan todos los demás signos (y también el diseño de las propias herramientas que se utilizaban para la construcción: mazo, cincel, plomada, nivel, escuadra, paleta, compás, etc.), y todos juntos conforman un código o lenguaje simbólico que constituye la «clave» para entender el significado profundo que encierra la propia construcción (lo que constituyen sus estructuras armónicas), realizada a imagen del modelo cósmico, pues entre los antiguos constructores, el cosmos, y la realidad que él manifiesta, era concebido como una arquitectura, y el Creador como un arquitecto, el Gran Arquitecto del Universo. Así pues, los signos lapidarios están estrechamente vinculados a la arquitectura del templo, el cual en el fondo no representa sino el desarrollo completo de las ideas expresadas a través de dichos signos, o símbolos. Por otro lado, el hecho mismo de grabar los signos en la piedra se consideraba un rito, quizás por el mismo hecho de que éste, el rito, no es sino el símbolo en acción, es decir actuante, y el mismo trazado símbólico es, a su vez, la fijación de un gesto ritual. Al reproducir esos signos el antiguo artesano sabía perfectamente que estaba cumpliendo con un rito, cuyo origen está en la vocación del hombre por imitar el gesto creador del Artesano divino, gesto que es el origen de todo verdadero arte, sabiendo que en esa imitación encontraba también el «significado» de su propia existencia. Contemplar estas marcas lapidarias nos retrotrae por un instante al arte medieval, convencidos de que el Espíritu que lo animó continúa estando vivo, por la sencilla razón de que la realidad a la que él se refiere está por encima del tiempo, de nuestros gustos «estéticos» y creencias particulares. A continuación detallamos algunos de los signos
lapidarios grabados en las piedras del monasterio de Poblet:
Como dijimos antes, el crismón es un símbolo del cosmos, y expresa asimismo realidades de orden metafísico, como todos los símbolos verdaderamente primordiales. Es decir, que tanto permite comprender la estructura cósmica y sus leyes como la posibilidad de trascenderlas. Como bien podemos observar en este crismón de Poblet sus elementos constitutivos son los siguientes: La cruz de seis radios, que es propiamente el crismón, formada por la unión de las letras I y X, que son las dos iniciales de la palabra Jesucristo en griego (Iesous Xhristos). Esta es la forma primitiva del crismón, y el cambio de la I por la P se produjo tras la conversión de Constantino, en cuyo estandarte figuraba ese signo. Recordaremos que tanto la I como la P son símbolos del Eje del Mundo, y el ojal de la P representa la «puerta estrecha» por donde se efectúa la salida del cosmos y el acceso a los estados metafísicos e incondicionados. Toda esta significación se completa en muchas ocasiones con el añadido del Alfa y la Omega, el Principio y el Fin, y que han de entenderse en un sentido temporal y atemporal a la vez, pues se indica el principio y el fin de la manifestación como tal, y el principio y el fin comprendidos dentro de la Unidad metafísica y eterna. «Yo soy el Alfa y la Omega» dijo Cristo, el que también reveló que «los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán jamás». En ocasiones, Cristo mismo en forma de cordero está en el centro de la cruz, como en este crismón de Poblet, centro que es verdaderamente una imagen de la Jerusalén Celeste, de la que se dice que está en el interior del corazón del hombre. El círculo que rodea el crismón es claramente un símbolo de la «rueda del Mundo», es decir del cosmos, que gira perennemente alrededor de ese centro, y del que extrae toda su realidad. |
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