RENE GUENON: RESEÑAS DE 
REVISTAS MASONICAS

Año 1938.- En el Grand Lodge Bulletin de Iowa (número de diciembre de 1937), un artículo está consagrado a la comparación de dos Ritos practicados principalmente en América, el Rito de York y el Rito Escocés [Antiguo y Aceptado], que difieren no sólo por los grados en que trabajan, sino también por su modo de organización. El origen del Rito de York es de alguna manera "pre-histórico", pues remontaría al siglo VII; es a este Rito al que se refieren los antiguos documentos masónicos llamados Old Charges, cuya copia era, para las Logias operativas, el equivalente de lo que para la Logias modernas es una carta otorgada por una Gran Logia. El Rito de York está regido por las Constituciones de Athelstan de 926; el Rito Escocés por las Constituciones de Federico el Grande de 1786; lo que es bastante curioso, es que el origen de estos dos documentos, de épocas tan distintas ha sido igualmente discutido por los historiadores; va de suyo, por otro lado, que el derecho de las organizaciones masónicas a adoptarlos válidamente como ley fundamental es, en todo caso, enteramente independiente de esa cuestión de origen.
 

En el Symbolisme (número de junio), señalemos un corto estudio de François Menard sobre el "Simbolismo del Mandil", puesto en correlación con algunos de los centros sutiles del ser humano, lo que lo convierte en otra cosa distinta del simple "símbolo del trabajo" con que se lo considera exotéricamente, a menos, bien entendido, que se trate de un trabajo propiamente iniciático; el equívoco que se hace habitualmente a este respecto, como indica el autor, es exactamente comparable al que da lugar el sentido de la palabra "operativo". (Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo I, pp. 286-287 y 297).
 
Abril-Mayo 1947.- En el número de diciembre de 1945, en un "Plaidoyer pour le Grand Architecte de l'Univers", de J. Corneloup, se insiste con toda justicia sobre la importancia esencial del simbolismo, hacia el cual los Masones actuales testimonian con frecuencia un "respeto más verbal que real" por no comprender verdaderamente su sentido y alcance. Anotaremos particularmente la afirmación de que "lo propio de un símbolo es poder ser entendido de diversas maneras según el ángulo bajo el cual se lo considera", de tal forma que "un símbolo que no admitiera más que una sola interpretación, no sería un verdadero símbolo", y asimismo la declaración formal de que, contrariamente a lo que pretenden algunos, "la Masonería no es ni puede ser agnóstica". Pese a ello, este estudio, en lo que concierne al simbolismo mismo del Gran Arquitecto del Universo, no nos parece que vaya suficientemente al fondo de la cuestión, y además acude a ciertas consideraciones de la ciencia moderna que no tienen seguramente nada que ver con el punto de vista iniciático. Por otra parte, nos preguntamos cómo se puede decir que "Hiram es exterior a la Masonería operativa, que lo ha tomado prestado de una dudosa leyenda hebraica"; he aquí una aserción muy discutible y que tendría en todo caso gran necesidad de ser explicada.

En el número de marzo, François Menard y Marius Lepage vuelven sobre la cuestión del Gran Aquitecto del Universo; si es legítimo decir que éste "no es la Divinidad, sino un aspecto accesible de la Divinidad", poniendo el acento sobre el "aspecto ordenador y constructivo del Inconcebible Principio", esto no es una razón, según creemos, para asimilarlo a la concepción gnóstica del "Demiurgo", lo que le daría un carácter más bien "maléfico", muy poco en concordancia con el lugar que ocupa en el simbolismo masónico, y también con la conclusión misma de los autores, según la cual meditando sobre la fórmula del Gran Arquitecto del Universo, "el Masón que 'comprende bien su  Arte' sabrá y 'sentirá' que la Orden supera el simple 'deísmo' profano para alcanzar una comprensión más profunda del Supremo Principìo". (Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo II, pp. 140 y 141-142).
 
 

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