DICCIONARIO SIMBOLICO
DE LA MASONERIA
 
 
EJE. El símbolo del eje nos remite a una recta imaginaria alrededor de la cual se produce un movimiento rotatorio. Aunque esta recta bien puede ser horizontal, como ocurre con la barra que une las ruedas del carro, la idea de eje está esencialmente ligada a la de verticalidad, con la que manifiesta su plenitud simbólica y su carácter axial. El vocablo "eje" deriva etimológicamente del latín "axis". 
    Dentro del Templo varios son los símbolos que lo manifiestan: las Columnas J y B, los tres Pilares, las Espadas, la Plomada del Hermano Segundo Vigilante; cada uno de ellos nos ofrece distintos aspectos de una misma imagen, la vertical. Pero si nos atenemos a su carácter fundamental, es decir a su inmovilidad generadora de rotación, nos tenemos que referir a la recta imaginaria que centra el mismo Templo, la cual representa la idea arquetípica de eje, puesto que liga mutuamente por su centro los distintos planos o estados jerarquizados. 
    Este eje está a veces representado en su parte alta con una plomada que pende del punto medio del techo del Templo. Su proyección atraviesa el Altar para hundirse finalmente en el punto medio del suelo de la Logia. Este eje primordial une por su centro los tres planos o niveles arquetípicos. En lo alto la salida del cosmos, la estrella polar, punto vacío alrededor del cual pivota la bóveda celeste. Seguidamente el corazón de la Logia, centro de la cruz vertical, el Altar y las Tres Grandes Luces, a las que el eje atraviesa entre la Escuadra y el Compás. Y finalmente el centro de la Tierra, cruz horizontal donde convergen los vértices de los cuatro cuadrados, dos blancos y dos negros que a su vez se multiplican conformando el Pavimento Mosaico. 
    Así como el centro en el plano, desde su inmutabilidad genera el círculo, el eje desde su inmovilidad en lo tridimensional, genera un mundo, el espacio de la Logia. En torno a este eje se producen las circumambulaciones de los Hermanos, al igual que las dos serpientes se enroscan y desenroscan en torno al caduceo, el equilibrio de las fuerzas cósmicas, sentidos ascendente y descendente. 
    Cada Hermano desde cualquier punto del Templo puede contemplar dicho eje y reconocerse a él mismo como tal. Con sus pies en la tierra conjuga el blanco con el negro, con su cabeza (el cielo) está en contacto con lo suprahumano, y con su corazón hace de intermediario entre ambas polaridades, contribuyendo con su trabajo y su recta intención a que las energías fluyan de arriba a abajo y de abajo a arriba. Y a su alrededor el mundo gira. (Ver Plomada, Columna). A. G. 
 
APRENDIZ. El Aprendiz es el iniciado virtual, un estado que corresponde al primero de los tres grados simbólicos de la Francmasonería. Este número de grados "es absoluto: no podría haber sino tres, ni más ni menos" (Oswald Wirth, citado por René Guénon en Etudes sur la Franc-Maçonnerie et le Compagnonnage, tomo II, Editions Traditionnelles, pág. 258) puesto que "los grados iniciáticos corresponden al triple programa perseguido por la iniciación masónica" (ibid.), a saber, "el descubrimiento, la asimilación y la propagación de la Luz. Estas fases están representadas por los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro, que corresponden a la triple misión de los Masones, la cual consiste en buscar en primer lugar, a fin de poseer a continuación y poder finalmente difundir la Luz" (ibid.).  
    El hecho de que los reglamentos de diversas antiguas sociedades de constructores sólo mencionen dos grados iniciáticos (e.j. los de Aprendiz y Maestro en los "Estatutos de los Canteros de Bolonia de 1248") o reflejen que la condición de Aprendiz se adquiría con anterioridad a la recepción masónica en nada contradice a lo anterior. La razón de ser del ternario de grados simbólicos es la propia naturaleza de la iniciación y del despertar a niveles de conciencia superiores del ser humano, la cual es descrita a menudo como un viaje que lleva de un punto de una circunferencia a su centro. El punto de partida, iluminado por el rayo o radio emanado desde el centro, se correspondería con el estado propio del Aprendiz; el recorrido por el radio, con la condición del Compañero; y la llegada al centro del círculo, con la consumación de la iniciación que da pie a la verdadera Maestría. El estado profano sería, usando el mismo simbolismo, un voltear permanente sobre la circunferencia sin detención, sin adquirir conciencia del centro que ordena el espacio y que, en verdad, se encuentra en el centro de nuestro corazón. Para acceder a la condición de Aprendiz es preciso detenerse y sustituir el punto de vista tangencial (propio de lo que da vueltas sin cesar desplazándose de un punto de la circunferencia a otro punto igual de distante del centro), por un punto de vista centrípeto, propio de lo que es atraído hacia su centro de gravedad. Esta atracción es una gracia que se opera en los limpios de corazón, libres y de buenas costumbres, por medio de una influencia espiritual que se hace efectiva tras el detenimiento definitivo que conlleva la muerte iniciática. 
    El Masón es recibido Aprendiz en Oriente bajo una espada flamígera en vibración sostenida por el Venerable Maestro y que éste apoya en su cráneo. Dicha vibración es análoga a la de los indefinidos estados del ser que son pulsados simultáneamente por la influencia espiritual que se vierte simbólicamente en el Aprendiz a través de su coronilla y con los que éste sintoniza en su iniciación. Consagrado, instituido y recibido Aprendiz, éste se convierte en columna y sostén de la obra de construcción del templo interior. Ello se simboliza en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado asignando al Aprendiz recibido un sitio en el extremo NE del Templo, esquina en la que se yergue el pilar invisible que da simetría y equilibrio a los tres apoyos visibles -los pilares de las Tres Pequeñas Luces- sobre los que se asienta la bóveda celeste que cobija a la Logia. 
    La labor del Aprendiz es el desbastado de su piedra bruta mediante las herramientas simbólicas que se le entregan, el mazo y el cincel. Nada debe distraerlo de esta labor de descostrado y conformado sin la cual su iniciación jamás sería efectiva. Su concentración en el aprendizaje de las letras del Libro de la Vida que van aflorando con la labor de desbaste debe ser absoluta, y por ello debe callar en Logia. Su edad simbólica, de 3 años, y todos los signos ternarios que lo acompañan en el rito son un recuerdo permanente de su ubicación con respecto al Conocimiento, de su vinculación e identidad con aquello que es propuesto a su consideración bajo el ropaje de los símbolos que están grafiados en el cuadro de Logia; esto es, de la fusión esencial del yo, el tú y el él en el Uno. El Aprendiz es aprehendido por el Espíritu. 
    Sorprendentemente, incluso desafiando toda lógica, y tan sólo, por la gracia del Gran Arquitecto del Universo. (ver Iniciación, Piedra Bruta). M. G. 
 
BOAZ. 1. Boaz es, en el R.·. E.·. A.·. A.·., la palabra sagrada que se comunica al Aprendiz masón en la tenida de iniciación. Dicha palabra se refiere a la naturaleza interior del Aprendiz y por esta razón encierra un secreto que es irrevelable por más que se la pronuncie o escriba. Boaz, o Booz, es una transcripción latina de una palabra hebrea de tres letras, Beth, Ayin y Zayin. Sus valores numéricos respectivos son 2, 70 y 7 y su suma da 79, número que equivale a la unidad aritmética que simboliza la Unidad del Ser (el Gran Arquitecto) expresada en la Logia (79 = 7+9 = 16 = 1+6 = 7 = 7+6+5+4+3+2+1 = 28 = 2+8 = 10 = 1+0 = 1). 
    El Aprendiz recibe la palabra sagrada deletreada y no puede darla de otro modo puesto que no sabe leer ni escribir en el Libro de la Vida al inicio de su andadura por los Pequeños Misterios. El estudio del significado de cada una de las tres primeras letras que el masón recibe debe formar parte de su aprendizaje. 

2. Boaz es el nombre de la columna levantada a la izquierda de la puerta del Templo de Salomón, con la cual se corresponde la columna B de la Logia masónica. Boaz significa "En f..." o "En la f...", y es junto a la columna B.·. donde reciben su salario los obreros que han recibido esa palabra. También el estrado del 1er Vig.·., a quien corresponde el pilar de la Fuerza, se sitúa junto a la columna B. Ello es así ya se encuentre la columna situada a la izquierda de la puerta del Templo como en el Rito Escocés o a la derecha como en el Rito Francés. 

3. Boaz, o Booz, al igual que Jakin, son nombres de realeza y también como tales figuran esculpidos en las columnas del Templo de Salomón y están representados en las columnas de la Logia. Ello se corresponde perfectamente con la naturaleza Real del Arte que los masones practican en su Templo a cubierto del mundo profano. 
    El Libro de Rut narra la historia de Boaz, labrador justo de la tribu de Judá de cuyo linaje desciende el Rey Salomón. Boaz desposa a Rut la moabita, viuda de Majlón, tras haberla favorecido permitiéndole espigar en sus campos y entregándole seis medidas de cebada. La recepción de los dones de Boaz por parte de Rut se corresponde con el aspecto pasivo o receptivo del Tronco de la Viuda, mientras que el relato de la viuda limosnera del evangelio de S. Marcos (Mc. 12, 41-44) evoca su faceta activa. 
    Boaz toma para sí a Rut junto con el campo de su marido muerto "a fin de mantener el nombre del difunto sobre su herencia y para que el nombre del muerto no desaparezca de entre sus hermanos y de la puerta de su lugar" (Rut 3, 10). A los Hijos de la Viuda les corresponde el mantenimiento y la vivificación del nombre de Boaz a la puerta del Templo masónico. (Ver Palabra Sagrada, Columnas, Jakin, Tronco de la Viuda). M. G. 
 
ALEGRÍA. La alegría entendida como el "gozo, satisfacción, grato y vivo movimiento del ánimo que suele manifestarse con signos exteriores" (Nueva Enciclopedia Sopena), pone de relieve un primer aspecto de orden sentimental de este término, que no es en absoluto despreciable, pero que debe quedar inscrito en el orden de manifestación al que pertenece: el de la psiqué inferior. La etimología de la palabra alegría deriva del latín alicer-alecris, que significa vivo y animado, lo cual evoca una idea más interior y profunda de la alegría, viéndosela como el estado natural, normal y permanente del alma humana y no ya como un simple sentimiento que se opone o complementa a otros y que está sometido a las leyes del devenir y el movimiento. Esto es así por la propia naturaleza del fin al cual aspira el alma de todo ser humano que toma conciencia del recorrido que debe emprender en pos de la realización de todos los estados del ser (tanto los individuales como los universales), hasta la consecución del estado totalmente incondicionado y libre de toda contingencia. Esta labor, que es la que promueve la iniciación, demanda una actitud  de total entrega y apertura realizada siempre a la Gloria del Gran Arquitecto del Universo. Según A. Lavagnini (Manual del Compañero, pág. 169): "El trabajo hecho a la Gloria del Gran Arquitecto, es pues, Fuente inagotable de Paz, verdadero Gozo y Alegría, remedio soberano para toda forma de tristeza, melancolía y enfermedad moral." 
    La alegría, entendida en esta acepción más interior y universal, anida en lo más central del corazón del masón y de todo hombre que hace consciente este sendero, pues no hay nada que procure más dicha que el deseo de identificación con el Infinito mismo. Es una alegría nacida al tomar conciencia de la universalidad y liberación final que nos aguarda tras la obra, que la emparenta con la idea del Jubileo hebreo (Levítico 25 1-17) el cual es " 'la colocación de todas las cosas en su estado original'. Está claro que se trata de la vuelta al 'estado primordial' que consideran todas las tradiciones."(René Guénon, El Rey del Mundo, pág. 26). Es por esto que en la clausura de los trabajos masónicos, en el momento de apagar las tres pequeñas luces, el  Segundo Vigilante invoca junto al pilar de la Belleza : "¡Que la alegría reine en los corazones!", haciendo una clara alusión al corazón como la sede simbólica y real de la verdadera intuición intelectual, receptáculo de los efluvios celestes y punto de conexión del ser individual con su esencia divina, motivos todos ellos de la profunda alegría que debe guiar la vida del masón. Y mientras se va buscando y deseando ese estado de total liberación, el alma del masón debe laborar, haciendo suyas las palabras que el V.·. M.·. pronuncia al final de los trabajos: "¡Puesto que es la hora de despedirlos, deseemos que sigan trabajando así, en la libertad, el fervor y la alegría!". (Ver Jubileo, Libertad, Fervor) M. V. 
 
CORTINA. En el rito de exaltación a la maestría del R.·.E.·.A.·.A.·., a modo de vestigio de las tiendas rituales hebreas, se coloca una cortina negra separando el Hekal (espacio que va desde las columnas occidentales del templo hasta los peldaños de ascenso a oriente y que simboliza en una de sus acepciones al alma) del Debir (el oriente, el lugar más secreto y misterioso de la logia, residencia del Sancta Sanctorum y símbolo del Espíritu) -dejando el templo a oscuras- hasta que, una vez que el recipiendario renace a la vida nueva por "los cinco puntos perfectos de la maestría", esa cortina se descorre y la plenitud de la luz vuelve a inundar toda la logia.  
    Sobre el sentido de la misma, en la instrucción al grado de maestro se pregunta: "¿Qué representa esa cortina?" y la respuesta que se da es: "Figura el velo cósmico que disimula el trono (Merkaba) y el Delta Luminoso, el cual simboliza al G.·. A.·. D.·. U.·.. Representa también lo que nos separa de los Maestros Desconocidos que han pasado al Oriente Eterno que continúan dirigiendo nuestros trabajos gracias a la Tradición fielmente seguida." En relación con lo dicho anteriormente, observamos que el simbolismo de la cortina sería análogo a lo que en la Cábala se denomina el Abismo (Tehom), el foso inmenso que separa Arik anpin de Zeir anpin, o lo que es lo mismo, el "Rostro Mayor" (la Suprema Tri-Unidad total constituida por Kether, Hokhmah y Binah) del "Rostro Menor" (el cual designa "los seis sefiroth activos de construcción, que se manifiestan a través del sefirah receptivo, Malkhuth, inmanencia divina." (Leo Schaya. El Significado Universal de la Cábala). (Ver Velo). M. V. 
 
GRANADAS. Fruto granado de cáliz coronado por Naturaleza, las granadas son para los masones el símbolo de la Unidad que subyace en lo múltiple. 
Se hallan presentes en la Logia sobre los capiteles de las dos columnas J y B, situadas a la entrada del Templo. En cada capitel suelen ponerse tres en forma triangular. En la Biblia aparecen decorando las columnas del Templo, formando guirnaldas junto a las azucenas (lirios blancos). 
    En el Libro Primero de Reyes 7, 15-20 se dice: "Hizo dos encajes y dos trenzados a modo de cadenas para los capiteles de la cima de las columnas, un trenzado para un capitel y otro trenzado para el capitel segundo. Hizo granadas: dos filas alrededor de cada trenzado cuatrocientas en total, colocadas sobre la prominencia que estaba detrás del trenzado; doscientas granadas alrededor de un capitel y doscientas granadas alrededor del segundo capitel".  
En el Libro Segundo de Crónicas 3, 15 -16 existe la siguiente mención: "Delante de la sala hizo dos columnas de treinta y cinco codos de alto. El capitel que las coronaba tenía cinco codos. En el Debir hizo cadenillas y las colocó sobre los remates de las columnas; hizo también cien granadas, que puso en las cadenillas". 
    Compuestas por numerosas semillas, las granadas son una expresión simbólica o sintética de la idea de la Unidad que existe en todo lo que se expresa, por ello, representan también a la propia Masonería como cadena iniciática y la fraternidad de todos los masones del mundo, hombres libres y dispersos por la tierra pero unidos por idénticos símbolos y ritos. Como dice O. Wirth las granadas representan a la familia masónica "en donde todos los miembros están armoniosamente religados por el espíritu de orden y de fraternidad". Orden o armonía que se interpreta como expresión o emanación de un Principio Creador que para la Masonería es conocido como Gran Arquitecto del Universo. 
    Aunque en algunos talleres o logias las granadas se sustituyan por dos esferas, la una aludiendo al cielo y la otra la tierra, es frecuente, sin embargo, verlas representadas en antiguos cuadros de Logia sobre los capiteles de las dos columnas, o mencionadas en algunos rituales y mementos de la Orden. 
La granadas son, asimismo, símbolo de abundancia y de generosidad. Representan los frutos de la tierra, donados por sus diosas fecundadoras, como Demeter para los griegos o Ceres entre los romanos. Su situación sobre las columnas, donde los masones reciben su salario, alude a la generosa gratificación destinada a recompensar el esfuerzo de los obreros que construyen en armonía el edificio de la Masonería. Vemos la misma enseñanza simbólica en la leyenda de Hércules, quien  tras haber cumplido 11 de sus 12 trabajos logra llegar al jardín de las Hespérides dónde obtiene el fruto áureo de sus esfuerzos, y con él consigue superar la última prueba en el camino de reintegración al Sí Mismo. Mª. A. D. 
 
PIEDRA. El simbolismo de las piedras -y los metales, el reino mineral- es riquísimo en significados, ya que ellas son consideradas por todas las tradiciones como la expresión terrestre de las energías celestes. Su antigüedad evoca lo remoto, lo más cercano al principio; son significativas sus variadísimas formas, colores, tamaños y atributos; y los diversos grados de pureza que adquieren (que van desde la piedra común hasta las piedras preciosas y el diamante) sirven de símbolo de las jerarquías que se expresan en toda la cosmogonía y que se hacen patentes en los grados de la iniciación. Ya en las tradiciones más arcaicas las piedras sirven de altar, y son múltiples los ejemplos que podemos hallar, en muy distintas culturas, de ciertas piedras que simbolizan el lugar de residencia de los dioses. Se las ha utilizado como símbolo del Centro del mundo; también como talismanes, como amuletos, como oráculos (tal el omphalos griego), y es común que a determinadas piedras se les atribuyan propiedades sobrenaturales y curativas. 
    En la leyenda del grial es una piedra esmeralda, tallada como una copa, la que contiene y transmite la tradición primordial, y como en muchas otras tradiciones, han sido piedras "caídas del cielo" (como aquella en la que Jacob recostó su cabeza, o la Ka'ba islámica), muy a menudo "piedras negras", las que han servido de soporte simbólico y de vehículo de las influencias 
espirituales. La piedra es también vista como una miniatura de la montaña, con la que comparte muchos de sus significados. 
    En la Masonería cobra especial significación la "piedra del rayo" o "piedra del trueno", como el hacha de piedra de Paraçu Râma y el martillo de Thor, armas simbólicas a las que se considera origen del mallete masónico. 
    En el simbolismo constructivo la piedra juega un papel muy importante, ya que los masones operativos eran trabajadores de las canteras, talladores y forjadores de templos que eran construidos en piedra. Si bien es cierto que la construcción en piedra es símbolo de la solidificación y sedentarización de un pueblo que ha sido previamente nómada, y por lo tanto representa un 
grado de alejamiento del Centro primordial, también lo es que los templos que ha construido la Masonería Operativa han servido para representar ese mismo Centro, que de ese modo ha permanecido accesible a los que realmente han podido ingresar en él y comprender su significado. 
    Cada masón es considerado como una de las piedras que componen el templo, y cada una de esas piedras representa al templo todo. El obrero ha de pulir su piedra hasta que logre hallar su perfección, construyendo su templo interior y encontrando su propia esencia. 
    Es interesante mencionar que cada uno de los Signos del Zodíaco que decoran el Templo masónico y muchas catedrales es relacionado con una piedra preciosa en particular. Pero sobre todo hay ciertas piedras que destacan de modo muy especial en el simbolismo masónico, a las que trataremos por separado. F. T. 
 
ETER. La tradición alquímica, que ha sido recogida por la Masonería, agrega a los cuatro elementos (tierra, agua, aire y fuego), un quinto, llamado quintaesencia o éter, símbolo del vacío y de los espacios celestes, al que se figura como un fluido sutil e invisible que llena, penetra y comunica a todos los seres. El éter es el más alto de los elementos, pues los contiene y sintetiza a todos. Se dice que en el hombre el éter se aloja en la caverna del corazón, morada de la deidad, y es allí donde se realiza simbólicamente la unión del alma individual con el ser universal, y de lo humano con lo divino. 
    Al Eter se lo figura como el punto central de la cruz, y en el templo se le ubica en el centro, en medio de los cuatro puntos cardinales, allí donde se encuentran las dos diagonales que se trazan desde los cuatro ángulos del edificio, lugar donde se coloca el ara y que se proyecta verticalmente hacia el centro de la cúpula o vértice de la pirámide, identificándose con la piedra 
angular, o piedra de toque, que da sentido a toda la construcción. 
    En la cábala al éter se le llama avir, y se le considera como la manifestación de Binah, la Inteligencia, y como el aspecto pasivo de la Shekhinah, o sea como el espacio vacío que hace posible la recepción de la presencia de la deidad o divina inmanencia. (Ver Elementos) F. T. 
 
SIGNOS. El rito masónico se desarrolla a través de determinados signos, palabras y toques. Gracias a ellos el masón es reconocido como tal: "¿Cómo reconoceré que sois masón? - Por mis signos, palabras y toques". En ellos también se guardan los "secretos del grado". Refiriéndonos concretamente a los signos, recordaremos que en la entrada Rito mencionamos que en la Masonería los gestos rituales llevan el nombre de "signos". De nuevo encontramos aquí la estrecha relación que existe entre el rito y el símbolo, que en su aspecto de símbolo gráfico y geométrico, podría ser considerado como un signo, es decir como algo que tiene un significado, que traduce una idea en definitiva. De hecho los toques también son signos manuales, y las palabras sagradas y de paso (pertenecientes a los símbolos sonoros) no dejan de ser en el fondo signos vocales. 
    Pero específicamente considerados como escenificación ritual de los símbolos visuales y geométricos, los signos, en los tres primeros grados, se realizan en "escuadra, nivel y perpendicular", y por tanto han de estar necesariamente vinculados al simbolismo de esas tres herramientas, a lo que ellas significan en tanto que representación de ideas fundamentales relacionadas con la construcción de la mansión interna. Apuntaremos que la escuadra, el nivel y la perpendicular son también las "tres joyas móviles" de la Logia, y esa movilidad está sin duda relacionada con la idea del rito como "símbolo en acción". 
    Cada grado tiene sus signos correspondientes, entre los que podemos distinguir los "signos de al orden" y los "signos de reconocimiento". 
    Signo de al orden. En el grado de aprendiz este signo se realiza teniendo el brazo derecho horizontal (es decir a nivel) a la altura de la garganta, mientras que el brazo izquierdo cae en perpendicular a lo largo del cuerpo. Con los pies se forma una escuadra. 
    En el grado de compañero el brazo derecho horizontal se sitúa a la altura del corazón, en tanto que el izquierdo realiza la forma de la escuadra. Los pies también en escuadra. 
    En el grado de maestro el brazo derecho, horizontal, está a la altura de las dos caderas, y el izquierdo cae en perpendicular. Los pies en escuadra al igual que en los grados anteriores. 
    Señalaremos que en algunos rituales se dice que es estando en posesión del signo de al orden como los "secretos masónicos son comunicados". Sin duda esto encierra una profunda enseñanza, pues está claro que ese "estar al orden" no se refiere tan sólo a un orden externo, sino sobre todo a un estar al orden "interiormente", para que sea posible la "recepción" de la luz masónica.  
    Signo de reconocimiento. En cada uno de los tres grados, estando "al orden", con el brazo derecho se traza el nivel y la perpendicular, describiéndose la escuadra. Esto gesto ritual vendría a decir que el masón se reconoce como tal gracias a la perpendicular, al nivel y a la escuadra. En el primer grado ese gesto comienza a la altura de la garganta (signo gutural), en el segundo a la altura del corazón (signo cordial), y en el tercero a la altura de las dos caderas (signo umbilical). Pueden verse aquí tres etapas o niveles en el proceso de realización masónica, que va del más exterior al más interior, pues la región umbilical, donde traza su signo el maestro, está simbolizando aquí la idea de centro, sin duda alguna ligada al significado de la "Cámara del Medio". 
    Resulta también esclarecedor la misma palabra "reconocimiento", pues no se trata tan sólo de que mediante ese signo un masón sea reconocido por otro en su condición de tal. Desde luego que esto es así, pero ha de existir una lectura más profunda. Aquí, reconocimiento quiere decir "conocerse a sí mismo", o "re-conocer" lo que se es. A ello contribuye sin duda la enseñanza simbólica transmitida mientras el masón está "al orden", la cual, más allá de un momento determinado del ritual, ha de ser una actitud permanente durante el desarrollo de los trabajos en Logia. 
    Por otro lado, el "signo de reconocimiento" también es llamado "signo penal", aquel que corresponde a la "pena" que es sobrevenida al masón si incumple el juramento solemne prestado ante las Tres Grandes Luces de la Masonería en el momento de su recepción en cualquiera de los grados. Esa punición forma parte desde luego del proceso iniciático, si no no estaría contemplada en la Masonería, y se refiere al estado de "errancia" o de "pérdida" que en ocasiones puede darse durante ese mismo proceso, debido fundamentalmente a la identificación con los "metales" del hombre viejo, del profano que se resiste a la transmutación. (Ver Rito, Palabras, Toques). F. A. 
 
 

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