DICCIONARIO SIMBOLICO
DE LA MASONERIA
 
 
RITO. 1. La palabra rito (ritus en latín) procede de la raíz sánscrita rt, la misma que encontramos en ritli: marchar, ir, encaminarse. También la hallamos en rita (orden), y asimismo en "arte" y en "ritmo". El rito es por definición cualquier acción hecha "conforme al orden", considerando ese orden en su sentido más amplio, es decir como expresión de la Norma universal, lo que las tradiciones hindú y budista llaman el Dharma, la Ley, o Armonía cósmica. El orden cósmico es el rito por excelencia; y ese orden, de origen supra-humano, es el modelo o paradigma de cualquier rito o gesto ritual, al que reproduce en sus indefinidas formas. En las antiguas sociedades tradicionales, para quienes la existencia estaba impregnada de sacralidad, todo tenía un carácter ritual. Esto está claro en la práctica de los oficios, artes y artesanías, en los ritos sacerdotales y en los ritos guerreros, pero hasta los actos más cotidianos revestían ese mismo carácter. Para esas sociedades la vida misma era un rito permanente, y el hombre participaba enteramente de él. Esto era lo "normal" (la norma), sin que esos actos tuvieran nada de artificioso, como por ejemplo ocurre con lo "ceremonial", que siempre conduce a actitudes pomposas y engoladas, cuando no a un estrecho y petrificante "ritualismo". Por eso mismo habría que distinguir netamente entre el rito y la ceremonia, que hoy en día se confunden fácilmente, como se confunden también lo metafísico y lo religioso cuando cada uno se refiere a dos dominios completamente distintos. A la sumo la ceremonia vendría a ser el ropaje del rito, su aspecto más exterior y superficial, pero no el rito en sí, que ante todo es una disposición interior que al expresarse se integra de forma natural en el fluir armonioso del ritmo universal, en el que todo rito sagrado encuentra su fuente perpetua.
2. Para comprender la naturaleza del rito hay que tener en cuenta la estrecha relación que tiene con el símbolo, pudiéndose considerar al rito como "un símbolo en acción", y al símbolo como "la fijación de un gesto ritual", sobre todo (aunque no exclusivamente), cuando se trata de símbolos geométricos y visuales, cuyo trazado o ejecución manual tiene todas las características de un rito. En verdad el rito y el símbolo son dos aspectos de una misma realidad, aunque el rito, como cualquier acción, "se cumple forzosamente en el tiempo, mientras que el símbolo como tal puede ser considerado desde un punto de vista 'intemporal' " (René Guénon: "El rito y el símbolo" en Aperçus sur l'Initiation). Según este autor habría aquí una cierta preeminencia del símbolo con respecto al rito, pero ambos, en efecto, se refieren a la misma realidad, expresada en su carácter atemporal (eterno), y en tanto que esa misma realidad se revela en el tiempo. Podría decirse que el rito desarrolla toda la "energía-fuerza" contenida en el símbolo, y la hace pasar de la potencia al acto, o en otros términos de lo "especulativo" a lo "operativo", esto es, de efectivizarla en uno mismo, viviendo ese proceso como un paso de las "tinieblas (del caos) a la luz (al orden, a lo inteligible). En efecto, cualquier símbolo no es sino la representación de una idea, o de un conjunto de ideas y principios de orden universal, que prorrumpen en el tiempo, y por ende en la existencia humana, gracias al rito, a todo acto o acción hecha de acuerdo a la realidad revelada por esas ideas y principios, es decir respecto al propio Orden, Norma o Ley universal, lo que en lenguaje masónico se denomina el "Plan del Gran Arquitecto del Universo". Cuando eso es así la existencia humana se asume como una "aventura" hacia el Conocimiento, como una "gesta", palabra que indudablemente procede de "gesto", en el sentido de "acto ritual". Verdaderamente no hay mayor rito que la búsqueda del Conocimiento, pues en ella el hombre encuentra el fundamento mismo de su existencia. Esa búsqueda es un "acto consciente", y todo lo que a partir de entonces es realizado, experimentado y vivido durante su desarrollo pasa a ser significativo, a tener un sentido que nos "orienta" en el laberinto de este mundo perecedero, y nos impulsa hacia el encuentro de nuestro verdadero ser y origen. Esa gesta es también una "gestación" (procedente igualmente de gesto), es decir un "alumbramiento" o "nuevo nacimiento". Conocer es co-nacer, nacer de nuevo. Esta idea es la que está presente en todos los ritos iniciáticos, o de pasaje, los cuales preparan al candidato para la recepción de la influencia espiritual (o intelectual), que es la que en realidad propicia el "nuevo nacimiento".
3. En la Masonería la palabra rito tiene dos aspectos. Por un lado designa un determinado sistema o estructura masónica, léase Rito Escocés Antiguo y Aceptado, Rito de York, Rito Emulación, Rito Escocés Rectificado, Rito Francés, etc. Por otro, el rito es propiamente el gesto ritual, que en la Masonería recibe el nombre de "signo", como por ejemplo pueden ser los llamados "signos de reconocimiento". Podríamos entonces decir que la Masonería es ella misma un rito, de ahí que también se denomine "la Orden", palabra que como hemos visto anteriormente es la traducción del sánscrito rita. Por esto mismo, en la Logia masónica (imagen simbólica del orden cósmico) todo se cumple según el rito, y todos los gestos y signos rituales realizados en el interior de la misma han de ser considerados como lo que son: vehículos transmisores de la enseñanza simbólica y de su influencia espiritual. Esta es la razón principal de por qué se dice que el verdadero trabajo masónico consiste en la "ejecución del ritual", el cual ha de ser practicado lo más perfectamente posible, pues no se trata en absoluto de una convención más o menos arbitraria, o de un vano simulacro, sino de algo que reposa en reglas precisas y rigurosas, o como dice también R. Guénon, en "leyes netamente definidas según las cuales actúan las influencias espirituales, leyes, cuya 'técnica' ritual no es en definitiva sino su aplicación y su puesta en práctica" ("De los ritos iniciáticos", en ibid.). Esas leyes no son otras que las que se desprenden de las analogías y las correspondencias que ponen en comunicación los diferentes órdenes o planos de la realidad, desde el corporal al espiritual (intelectual), pasando por el psicológico o anímico. Si como venimos diciendo el gesto ritual es un símbolo en movimiento, una "idea-fuerza" en acción, éste necesariamente ha de repercutir en las modalidades sutiles del que lo realiza, armonizándolas y propiciando la "concentración" necesaria que posibilite "comprender", en toda la extensión de esta palabra, la Idea que el símbolo está representando. En este sentido la meditación, la concentración y el trabajo sobre los símbolos constituyen también una forma del rito, pues el fin último de éste es generar un estado apto para la comprensión de las realidades superiores. Se diría, pues, que el rito, realizado en estas condiciones, es una "meditación en acción", y esto puede hacerse tanto en el interior de la Logia, como en el mundo, considerado como el Templo universal, la Obra del "gesto" creador del Gran Arquitecto. (Ver Signos, Palabras, Toques).
 
PILARES, Los Tres.
      Yo la amé [a la Sabiduría] desde mi juventud;
      me esforcé por hacerla esposa mía
      y llegué a ser un apasionado de su belleza
                (Sabiduría, VIII, 2)
Según los rituales hay tres pilares que sostienen simbólicamente la logia masónica, y sus nombres son Sabiduría, Fuerza y Belleza. El lugar que estos pilares ocupan en el templo les confieren una posición "central" en el mismo, al estar ubicados en tres de las cuatro esquinas del tapiz cuadrangular del pavimento mosaico. El pilar de la Sabiduría se dispone en el ángulo sud-este del tapiz, el de la Fuerza en el nord-oeste, y el de la Belleza en el sud-oeste. Los capiteles de los pilares se corresponden igualmente con tres de los cinco órdenes de arquitectura, con el jónico, dórico y corintio, respectivamente.
    Los pilares son también las "Tres Pequeñas Luces" de la Masonería, y a los que no habría que confundir con la "Tres Grandes Luces": el Volumen de la Ley Sagrada, el Compás y la Escuadra. En efecto, en la sumidad de cada uno de ellos, sobre la base de sus respectivos capiteles, se encuentra una vela que es encendida durante la apertura de los trabajos y apagada instantes antes de su clausura. Esto lleva a pensar que, y al igual que ocurre con el cuadro de logia, estos pilares desempeñan un papel de suma importancia en lo que se refiere al desarrollo del ritual masónico, en cualquiera de sus grados. En este sentido recordaremos que el significativo nombre de "estrellas" con el que también se conocen a los tres pilares alude sin duda al carácter supra-terrestre que se desprende de su simbólica, pues es claro que se tratan de las "ideas" rectoras que han de presidir los trabajos masónicos. Atendiendo a lo que se menciona a este respecto durante el ritual de apertura esas estrellas deben "hacerse visibles" a fin de que esos trabajos sean "iluminados" y se desarrollen en armonía con los arquetipos celestes. La penumbra en que está sumida la logia antes del alumbrado de los pilares ejemplifican las "tinieblas" primigenias que precedieron la formación del orden cósmico, de lo que se deduce que la iluminación de la logia vendría a representar un símbolo más de la acción del Fiat Lux cosmogónico emanado de la Palabra o Verbo creador. La Sabiduría, la Fuerza y la Belleza son, pues, tres nombres o atributos con los que el Gran Arquitecto determina el orden de la manifestación universal. Precisamente a estos atributos se refiere el versículo bíblico (Sabiduría, XI, 20) cuando dice que "Dios ha dispuesto de todas las cosas en número, peso y medida", correspondiendo el número a la Sabiduría, el peso a su Fuerza y la medida a su Belleza.
    Considerados desde el punto de vista microcósmico, estos tres principios también representan tres cualidades o estados del alma humana, los que vividos en el interior de la conciencia hacen posible su transmutación y contribuyen, por tanto, a la edificación del templo espiritual, aquel que "no es hecho por manos de hombre", según se lee en el Volumen de la Ley Sagrada, y del cual el templo material es la figuración simbólica. Precisamente los tres pilares se vinculan respectivamente con el Venerable Maestro, el Primer Vigilante y el Segundo Vigilante, es decir con los tres principales oficiales de la logia (llamados las "tres luces"), aquellos que se encargan de dirigir y "ordenar" los trabajos que en ella se realizan. Son estos tres oficiales los que encienden o iluminan los pilares (y también los que los apagan durante la clausura), pronunciando al mismo tiempo que esto se cumple, las invocaciones claramente alusivas a la construcción del templo interior y del templo exterior. En el Rito Escoces Antiguo y Aceptado esas invocaciones son las siguientes:

¡Que la Sabiduría del Gran Arquitecto presida la construcción de nuestro edificio!
¡Que la Fuerza lo sostenga!
¡Que la Belleza lo adorne!

Así, estos tres oficiales asumen en sus respectivas funciones las ideas o principios representados por los nombres de los tres pilares, lo que por otro lado permite que los trabajos de logia estén en concordancia con los planes del Gran Arquitecto. (Ver Sabiduría; Fuerza; Belleza. También Pavimento Mosaico).

ACACIA. Como el muérdago entre los druidas, la "rama de oro" en las tradiciones greco-latinas, el ramo o las palmas en el Cristianismo y el sauce en las iniciaciones taoístas, la acacia es en la Masonería una planta sagrada que simboliza la resurrección y la inmortalidad. Su verdor perenne y la dureza incorruptible de su madera expresan, en efecto, la idea de la vida inextingible que permanentemente renace victoriosa de la muerte. Todos estos elementos simbólicos se integran perfectamente en la simbólica del grado de maestro, 
cuyo rito de admisión se centra principalmente en la leyenda que describe la muerte y posterior resurrección del maestro Hiram, modelo ejemplar del iniciado masón. En dicha leyenda es una rama de acacia la que permite "descubrir" la tumba donde yace enterrado el cuerpo de Hiram, expresándose así la identidad simbólica que existe entre éste y la propia planta.
    La acacia simboliza el conocimiento de los secretos de los "verdaderos maestros masones", de ahí que se la identifique con la posesión efectiva de la maestría, como bien se dice en el Rito Escocés Antiguo y Aceptado : "¿Sois maestro?", a lo que se responde: "La acacia me es conocida". Como nos dice a este respecto O.Wirth: "Conocer la acacia es poseer las nociones iniciáticas conducentes al descubrimiento del secreto de la Maestría. Para asimilar este secreto el adepto debe hacer revivir en él la muerta sabiduría". Para Aldo Lavagnini (Manual del Maestro, p. 51): "Sólo los maestros 'conocen la acacia', reconociendo la realidad de la vida en la apariencia de la muerte, y 
por consiguiente sólo los maestros poseen la capacidad de vivificar otra vez el cadáver y volverlo a la plena vida".
    Asimismo, para René Guénon las espinas de la acacia (de la que se dice estaba hecha la corona de espinas que portaba Cristo en su Pasión) equivalen a los "rayos luminosos", de ahí el carácter eminentemente solar que conserva esta planta, que está presente en las flores amarillas de la mimosa, considerada como una variedad de la acacia. Como el mismo Guénon dice a este respecto: "Se ve, pues, que el simbolismo tiene siempre perfecta coherencia, como debe necesariamente tenerla, por lo demás, ya que no es el resultado de una convención más o menos artificial sino, por el contrario, se funda esencialmente en la naturaleza misma de las cosas".
    Según Jules Boucher, la palabra "acacia" procede el griego akakia, que significa "inocencia", o "ausencia de vicios", aludiéndose así a las ideas de "virtud" y de "pureza", en el sentido iniciático y no simplemente moral de ambos términos. Añadiremos que en la tumba de Hiram la acacia se dispone a veces entre la escuadra y el compás, ocupando así una posición eminentemente "central". (Ver Maestro)
 
ALTAR (o ARA). El altar o ara masónico (como el altar cristiano) está generalmente ubicado en el Oriente, que es el lugar hacia el que se dirigen constantemente las miradas de los masones, pues éste representa el punto de referencia espacial más importante y significativo de la Logia. Concretamente el altar está situado delante mismo del estrado del Venerable Maestro, justo donde terminan los tres peldaños o gradas que separan, y unen, el Debir del Hekal, los cuales, en la estructura del templo masónico, simbolizan respectivamente el Cielo y la Tierra, la vertical y la horizontal. Sin embargo, no en todos los Ritos masónicos el ara se sitúa en esa posición. Por ejemplo, en el Rito de York inglés, practicado también en muchas logias del Norte, Centro y Sur de América (sin olvidar tampoco las logias operativas que aún perviven en Inglaterra y Escocia), el altar se halla en medio del Hekal, entre los tres pilares de la Sabiduría, la Fuerza y la Belleza, sin que esta circunstancia en nada altere el sentido y el significado real de su simbólica, que es el de señalar de manera invariable la presencia de un centro sagrado en la Logia. Los tres peldaños, presentes también en el templo cristiano, sugieren la idea de ascenso, que está incluido en la propia etimología de altar, del latín altare, cuya raíz, altus, significa lugar alto o elevado. En muchas culturas tradicionales los altares (como los templos) se erigían en la sumidad de las montañas, o de las pirámides escalonadas, como en el caso de las civilizaciones precolombinas, o de los zigurat babilónicos, por poner sólo dos ejemplos.
    El altar constituye así el "punto geométrico" donde confluyen y concentran las energías del Cielo y de la Tierra. Es verdaderamente el corazón del templo, su espacio más sagrado e interno, a partir del cual se organiza toda su estructura, y en donde simbólicamente finaliza el recorrido horizontal (asimilado al paso por el laberinto), comenzando el ascenso vertical que conduce a los misterios más profundos de la iniciación. Todo esto está perfectamente señalado en ciertos "cuadros de Logia" donde aparece dibujada una escala cuyo extremo inferior está apoyado en el altar mientras que su extremo superior toca los cielos. Ese camino vertical es el que emprenden los "Venerables Maestros Pasados" o Past Masters cuando abandonan sus funciones con respecto a la Logia terrestre y comienzan su viaje axial en dirección a la Logia celeste. El altar pertenece así a la simbólica de "pasaje" o "tránsito" de una realidad a otra, en este caso de una realidad condicionada y horizontal (limitada por el tiempo y el espacio) a otra incondicionada, vertical y eterna. 
 
    Es sobre el altar que se disponen las "Tres Grandes Luces" de la Masonería: el Volumen de la Ley Sagrada, el Compás y la Escuadra, siendo estas dos últimas herramientas los símbolos respectivos del Cielo y de la Tierra. Además, es "en presencia de las Tres Grandes Luces" donde los masones prestan sus juramentos y establecen las alianzas con el Espíritu de su Orden, significando con ello que son dichas "Luces" las que dentro de la simbólica masónica mejor expresan el Verbo y la acción ordenadora del Gran Arquitecto del Universo. (Ver Tres Grandes Luces, Las).
 
 
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