16.3.03

 

 

 

 

IMMANUEL WALLERSTEIN

BUSH APUESTA TODO LO QUE TIENE

 

15 de marzo

Estados Unidos se encuentra ante un grave problema. El presidente de este país ha realizado una jugada de enorme riesgo y desde una posición fundamentalmente débil. Hace más o menos un año que decidió que EE.UU. entraría en guerra con Irak. Lo hizo para demostrar la abrumadora superioridad militar de Estados Unidos y para cumplir dos objetivos básicos: 1) intimidar a todos los proliferadores nucleares con el fin de que abandonen sus proyectos; 2) reprimir cualquier idea europea sobre un papel político autónomo en el sistema-mundo.

Hasta ahora, Bush ha fracasado estrepitosamente. Corea del Norte e Irán (y quizás otros países no advertidos aún) han acelerado en realidad sus proyectos de proliferación. Francia y Alemania han demostrado lo que significa ser autónomos. Y Estados Unidos es incapaz de lograr que ninguno de los seis países del Tercer Mundo que integran el Consejo de Seguridad vote una segunda resolución contra Irak. Así, como un temerario tahúr, Bush está a punto de quedarse sin un real. Quiere desatar una guerra a muy corto plazo, y apuesta a que puede conseguir una abrumadora y rápida victoria. La apuesta es muy sencilla. Bush cree que si EE.UU. logra este tipo de resultado militar, tanto los proliferadores como los europeos se arrepentirán de su conducta y aceptarán las decisiones de Estados Unidos en el futuro.

Hay dos resultados militares posibles: el que Bush necesita (y espera) y otro diferente. ¿Qué posibilidad existe de que Bush consiga una capitulación rápida de los iraquíes? El Pentágono dice que dispone de las armas adecuadas y que lo hará rápidamente. Una larga lista de generales retirados, tanto estadounidenses como británicos, han mostrado su escepticismo. Mi suposición (y para mí es todo lo que hay) es que el resultado de una victoria rápida y total no es muy probable. Creo que la combinación de la determinación desesperada de los dirigentes iraquíes, más el ascenso súbito del nacionalismo iraquí, más la anunciada renuencia de los kurdos a luchar contra Saddam (no porque no lo odien, sino porque desconfían profundamente de las intenciones de EE.UU. respecto a ellos) hará sumamente difícil que EE.UU. ponga punto final a la guerra en unas pocas semanas. Esto llevará probablemente varios meses, y una vez que lleve varios meses, ¿quién puede predecir por dónde soplará el viento, sobre todo en la opinión pública británica y después en la de EE.UU.?

Sin embargo, supongamos que EE.UU. gana rápidamente. Yo diría, en relación con este punto, que Bush resultaría incluso no un ganador, sino un no-perdedor. ¿Por qué digo esto? Porque una victoria dejaría la situación geopolítica más o menos donde está hoy. En primer lugar, tenemos la cuestión de qué sucederá en Irak al día siguiente de la victoria. Lo menos que podemos decir es que nadie lo sabe, y no está nada claro que el propio EE.UU. tenga una visión transparente de lo que quiere hacer. Lo que sabemos es que los intereses en juego son múltiples, diversos y completamente faltos de coordinación. Este es un escenario de anárquica confusión. Para que EE.UU. desempeñe un papel significativo en la toma de decisiones de la posguerra, requerirá un compromiso a largo plazo de las tropas y un montón de dinero (realmente, un montón de dinero). Cualquiera que eche un vistazo a la situación económica de EE.UU. y a su política interna sabe que para la administración Bush representaría un esfuerzo muy grande dejar estacionadas a las tropas durante mucho tiempo e incluso un esfuerzo mayor obtener el dinero necesario para hacer su juego político.

Además, el resto de los problemas que enfrenta el mundo permanecerían intactos. Sobre todo, habría menos probabilidades que ahora de que pudiera producirse algún avance en la creación de un Estado palestino. El gobierno israelí consideraría una victoria de EE.UU. como la reivindicación de su línea dura, y simplemente la haría más dura aún. El mundo árabe sería presa de una cólera mayor, si ello es posible todavía. Irán, evidentemente, no detendría su marcha hacia la proliferación nuclear. Por el contrario, se vería con toda probabilidad muy estimulado en la región a partir de la desaparición de Saddam Hussein. Corea del Norte aumentaría sus provocaciones, y Corea del Sur se sentiría aún más incómoda con el aliado norteamericano y su última inclinación a la acción militar. Y Francia probablemente clavará sus garras en el enorme botín. Así, como digo, una victoria militar rápida de EE.UU. en Irak nos dejaría con el statu quo geopolítico –lo cual no es, por cierto, lo que los halcones de EE.UU. pretenden.

Pero supongamos que la victoria militar no es tan rápida. ¿Qué ocurrirá entonces? En tal caso, toda la operación es un desastre geopolítico para EE.UU. Estallará un pandemónium, y EE.UU. tendrá tanta influencia sobre sus futuras consecuencias como, digamos, Italia, lo cual no significa mucho precisamente ¿Por qué digo esto? Pensemos en lo que sucederá, antes que nada, en el propio Irak. La resistencia iraquí convertirá a Saddam Hussein en un héroe, y éste sabrá evidentemente cómo explotar tal sentimiento. Los iraníes y los turcos enviarán sus tropas al norte kurdo, y probablemente acabarán luchando entre ellos. Los kurdos podrían alinearse de momento con los iraníes. Si ocurriera tal cosa, los grupos chiítas en el sur de Irak mantendrán su distancia respecto a los esfuerzos militares de EE.UU. Los saudíes pueden ofrecerse como mediadores mal recibidos, y probablemente serán rechazados por ambas partes.

En otros lugares de la región, Hezbollah atacará probablemente a los israelíes, quienes responderán y probablemente intentarán ocupar el sur del Líbano. ¿Entrarán los sirios en esta guerra, para tratar de salvar a Hezbollah y, más aún, su papel en Líbano? Es completamente posible, pero si así fuera, los israelíes bombardearán Damasco (quizá con armas nucleares). ¿Se quedarán entonces los egipcios cruzados de brazos? Y, por supuesto, está ese tipo, Osama bin Laden, que sin duda hará la clase de cosas que le gusta hacer.

¿Y Europa? Probablemente aumentará la revuelta dentro del laborismo en el Reino Unido, revuelta que podría acabar en una división del partido. Con sus restos, Blair podría formar una coalición de emergencia junto a los tories. Podría seguir siendo primer ministro, pero recibiría grandes presiones para que llamara a elecciones, y probablemente perdería, y perdería por una gran diferencia. Y entonces está la pequeña cuestión de la advertencia que recibiera Blair de parte de asesores legales en el sentido de que, si los británicos invadieran Irak sin un aval explícito de la ONU, se le podría llevar ante el Tribunal Penal Internacional. De manera similar, las perspectivas electorales de Aznar en España se han convertido en dudosas, dada la extendida oposición a la postura española dentro de su propio partido. Berlusconi y los centroeuropeos sentirían entonces cómo se les empieza a mover la tierra bajo los pies.

Mientras tanto, en América Latina, habrá que decirle adiós al Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA). En su lugar, Lula presionará para el fortalecimiento del Mercosur como estructura comercial y monetaria, e incluso podría lograr el ingreso de Chile. Fox se enfrentará a graves problemas en México. En el sudeste asiático, las dos naciones musulmanas más grandes (Indonesia y Malasia), las cuales tienen en la actualidad gobiernos esencialmente amigos de los EE.UU., tratarán de emular a Europa creando una zona de acción autónoma. Habrá una gran presión sobre el gobierno filipino para que envíe a los militares norteamericanos a casa. Y probablemente China le diga a Japón que sería mejor que aflojara sus lazos políticos con los EE.UU., si espera seguir teniendo un futuro económico en la región.

A principios de 2004, ¿dónde dejará todo esto al régimen de Bush? Lo dejará haciendo frente a un movimiento contra la guerra rápidamente creciente dentro de los Estados Unidos, que podría convertir al Partido Demócrata en una oposición real a las políticas globales de Bush. No es fácil, pero sí completamente posible. Si así fuera, los demócratas podrían ganar probablemente las elecciones.

Si todo esto sucediera, Bush habría logrado en realidad un cambio de régimen: en Gran Bretaña, España y Estados Unidos. Y Estados Unidos ya no sería visto como una invencible superpotencia militar. De modo que, para resumir, si Bush gana, se enfrenta a un statu quo geopolítico que está muy lejos del que quiere. Y si pierde, realmente pierde. Yo diría que las perspectivas no son muy prometedoras. Los historiadores dejarán constancia de que no hubo ninguna necesidad para los EE.UU., después del 11 de Septiembre, de colocarse a sí mismos en esta imposible posición.

 

Traducción: Round Desk (revisada por el autor)

 

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