crítica radical de la cultura
enlaces
libros
pimientanegra@mundofree.com
enlaces
libros
archivo
archivo
PÁGINA PRINCIPAL

Cine y agresión imperial

Una civilización degenerada. Un país en decadencia

 

(conclusión)

 

23/ 10/ 2001

PÁGINA PRINCIPAL

Para el yanqui medio, por ejemplo, Vietnam era un sitio tan ignorado en el mapa como Japón (o como Guatemala, sin ir más lejos, según contaba recientemente en una lista de correos por Internet una guatemalteca que vivó un tiempo en Seattle), hasta que los hijos de "América", en Japón o Vietnam, empezaron a perder las manos o la cabeza, a enloquecer, morir o a volver a su país como héroes de guerra mutilados (y bien pronto, después de las primeras honras, desocupados, marginados y borrados del santoral "americano").

Recuérdese que las primeras protestas masivas contra la guerra de Vietnam vinieron junto con las imágenes televisivas enlatadas de los primeros soldados estadounidenses muertos por el Vietcong, y no por las enormes cantidades de muertos vietnamitas sobre las que todos los días informaba la United Press Internacional (UPI), casi como si estuviera retransmitiendo un larguísmo partido de fútbol en el que uno de los equipos le ganaba al otro por goleada: Estados Unidos, 1 muerto a favor - Vietnam, 5.000 en contra.

Por eso míster President, que ha aprendido perfectamente la lección, dice ahora que los muertos de Afganistán -y de los países que lo sigan- serán invisibles (tanto los del bando propio como los del ajeno, porque lo de la UPI -aquella generosidad en el recuento de vietcongs muertos- sería contraproducente en los tiempos que corren), pero sobre todo los muertos propios, dado que la verdad de Los mejores años de nuestra vida -las manos "americanas" desarraigadas de tantos brazos "americanos", las cabezas "americanas" desarraigadas de tantos cuerpos "americanos", y tantos espíritus "americanos" desarraigados de sí mismos- sigue siendo la íntima verdad de los mejores Estados Unidos de nuestra historia, esos que hoy campan por sus fueros, sin enemigos reales y con muchos lacayos ataviados para la ocasión con sus flamantes libreas del color de cada una de las banderas con las que todos ellos, lacayos y amo, acabarán envolviendo los cadáveres que les devolverá la guerra contra nadie.

CUATRO BRAVAS MUJERES

Aquí, en esta "devolución", está todo el problema. En Missing ("Desaparecido"), la película del griego Kosta Gavras sobre el ejercicio de terror "a la americana" en el Chile inmediatamente posterior al golpe de estado de 1973, la devolución del cadáver del hijo buscado desesperadamente por el padre (Jack Lemmon) está precedida por su desaparición "a la sudamericana". Sólo en este doble tormento -muerte confirmada primero, evaporación, o sea muerte sin confirmar, después- experimentado en carne propia (en carne "americana"), el irreprochable ciudadano norteamericano, el padre de Charles Horman, puede descubrir al guatemalteco ajeno, o sea, a los miles de chilenos secuestrados, torturados, asesinados y hechos desaparecer con el beneplácito y la complicidad de su país.

Si no hay dolor propio, no hay compasión, porque el dolor de los otros no existe, y la existencia misma de los otros hasta puede ser puesta en cuestión por un eficaz sistema de adoctrinamiento y propaganda que hace del solipsismo, el narcisismo, el egocentrismo y el autismo las mejores virtudes a cultivar en el Jardín del Edén con que Dios ha bendecido a "América" (God Bless America, ¿o no?).

Si el lector va a otra parte de esta web ("Libros") y lee la reseña publicada hace un par de años sobre Cultura e imperialismo, del palestino residente en EE.UU. Edward Said, se encontrará con que en la Inglaterra de principios del XIX -escenario y origen de una famosa novela que Said analiza, Mansfield Park- las cosas no sucedían de una manera muy diferente. Los dramas familiares del hombre blanco tenían en la isla antillana de Antigua, con vastas extensiones de tierras blancas, un remotísimo telón de fondo sobre el que se proyectaban, incomprensibles, las sombras chinescas de los que Dios expulsó de Su Jardín y que, sin embargo, servían para que los jardines terrestres de Inglaterra lucieran bien y fueran bien confortables.

Hoy Inglaterra se llama "América" y el telón de fondo, gracias a los crecientes desmanes cometidos por ella en todo el planeta, comienza a deslizarse rápidamente hacia un peligrosísimo primer plano. Tocado en un ala (Pearl Harbour) por Japón, Estados Unidos empezó a recibir sus primeras víctimas en casa, y si bien esto permitió que Hollywood, aunque a regañadientes, mencionara a Hiroshima y Nagasaki, no fue motivo suficiente, primero, para que decayera el patriotismo "americano" (al fin y al cabo, Estados Unidos había sido objeto de una agresión por parte de otra gran potencia imperial, y A, B y C no discuten sus respectivas cargas patrióticas, por pesadas que sean), ni, segundo, para que el drama se trasladara fuera del ombligo del mundo, donde cuatro bravas mujeres americanas (la esposa y la hija de A, la novia de C y la esposa de B) cumplen fielmente su papel de retaguardia hacendosa y amorosa de la gran nación, tejiendo y destejiento el paño que absorbe sus lágrimas mientras preparan para sus cansados guerreros el lecho donde reposar.

Ahora bien, cuando tres décadas más tarde los guerreros volvieron de Vietnam -pero sobre todo no volvieron-, el patriotismo se puso en cuestión, se descubrió que Vietnam (un pobre país de campesinos) no era Japón, que nunca había existido un "agresor" -comunista, por supuesto, como el antiguo discurso de los más antiguos explotadores de todas las Antiguas del orbe había querido hacer creer a su población-, y que, en fin, nada había esta vez que justificara la salida triunfal de hombres más o menos normales (como Johnny, cuando cogió su fusil) y el regreso de mutilados, de locos o de cadáveres arropados por la gloriosa enseña imperial.

Hollywood movió entonces sus cámaras desde el Jardín del Edén hasta el infierno de las selvas del culo del mundo, en un intento de comprender por qué Dios, por primera vez, "nos" había abandonado. Pero como el aparatoso movimiento continuaba siendo narcisista (Dios y nosotros, nosotros y "nuestros" muertos), las cámaras se empantanaron y el resultado fue El Cazador o Pelotón. Sólo Apocalypse now -que adoptó el punto de vista de los otros y no el de "nosotros", que se situó en el telón de fondo y no en la parte privilegiada del escenario- logró dar en el clavo que el martillo "americano" había machacado hasta hacerlo reventar, y devolver a "América" una imagen real de sí misma, la única que ve el resto de los pueblos sometidos a su dominación, y que los aficionados a las Antiguas de hoy, por efecto de su propia antigüedad tan llena de cacharros inútiles -a la que llaman el estilo moderno de vida, the american way of life-, sólo pueden avizorar en condiciones excepcionales, cuando reciben algún golpe como los que ellos (preferentemente sus valientes infantes de marina) suelen propinar.

Para volver a la actualidad, la que ha dado origen a estas líneas:

El 11 de septiembre de 2001 fue el primer round de lo que, según parece, será un combate "duradero". No el de la libertad duradera, "libertadura" en los hechos, anunciada con bombos y platillos por míster President, sino el de los propios amigos de lo antiguo contra su ya demasiada duradera antigüedad. Después del primer round, si uno recibe una paliza, se pone colérico, vengativo y hasta patriótico, sobre todo si quien lo humilló fue un boxeador negro. Pero si la pelea llega a las quince vueltas, y hay alguna que otra seria caída en la lona de Afganistán, quizá toque, como antaño, el momento de la reflexión. Que un pensamiento trae otro, mi muerte la ajena, y la de todos el destino común que desvela el sentido último de la existencia humana -seamos hijos de Alá o de Yahvé- en esta Tierra no precisamente de promisión.

¿Silencio, se rueda "Afganistán now" (Apocalypse now II)? Míster President no lo permita.

 

 

PÁGINA ANTERIOR

 

 

1