Sudor frío sobre las espaldas del Poder
Por Daniel Campione, profesor de la Universidad de Buenos Aires
Eduardo Duhalde es Presidente de Argentina. Eso sí, no lo es por imperio del sufragio popular, y sólo durará la mitad del período previsto en la Constitución Nacional.
Paradoja chocante: quien perdió la presidencia en 1999 por vía del sufragio popular, la conquista poco más de dos años después, sin necesidad de conseguir un solo voto ciudadano. Lo "coronan" un cuarto de millar de legisladores, muchos de ellos ungidos a su vez a través de las elecciones más conflictivas de las celebradas de 1983 en adelante, las del voto a Clemente, el general San Martín y hasta a Bin Laden [1].
El acuerdo alcanzado por los dos partidos mayoritarios, con algunos flecos del Frepaso como ‘cola de barrilete’, ha adoptado la escenografía, cara al empresariado y a la Iglesia, que se había soslayado para designar a Adolfo Rodríguez Sáa: La de la "unión nacional", el acuerdo amplio que compromete a los partidos mayoritarios, a cambio de algunos cargos en el gabinete, y en el caso de la UCR, la gratificación de suprimir unas elecciones de resultados seguramente desalentadores. Allí talló Raúl Alfonsín, siempre dispuesto a colaborar en la imposición de las "soluciones" más inmorales y antidemocráticas, eso sí, siempre en nombre de la democracia y la ética.
Esta vez, la mesa fue servida con cuasi unánime presencia de comensales: una amplísima mayoría de los votos de la Asamblea Legislativa, y un gabinete con predominio peronista pero algunas "incrustaciones" de la oposición y la dirigencia empresaria, tratan de allegar una imagen de consenso y base social amplia. Hasta el ARI [2] estuvo a punto de sumarse, con la timidez de una anodina abstención, hasta que algún exabrupto peronista (o un análisis de último momento) lo condujeron al voto en contra.
Nada de esto alcanza para disimular del todo, el rasgo fundamental del arreglo que se pergeñó: la supresión del recurso al sufragio popular para elegir al sucesor. Y con ella, la entronización de una "solución" basada en el acuerdo de cúpulas, en el reflotamiento fantasmal de un bipartidismo que agoniza. Esto significa un retroceso respecto a las decisiones de la anterior Asamblea Legislativa que, aun conteniendo la trampa de la Ley de Lemas, por lo menos conservaba la instancia del voto popular. Se argumenta que la legitimidad de origen está dada por las elecciones de octubre. Pero, como ya dijimos, la conducta de los votantes en ella habla más de una instancia de pérdida de legitimidad, que de adquisición de la misma.
Y Duhalde termina siendo el "hombre del momento", justamente porque el fuerte rechazo que suscita en gran parte de la población, lo convierten en un candidato improbable a la presidencia ganada por vía del sufragio. Por eso es conveniente para él llegar por vía de esta peculiar "rosca", aun al precio de comprometerse a la no presentación como candidato en el 2003.
Eso de cara a los enjuagues palaciegos. Pero en cuanto se vuelve la vista hacia los millones de argentinos que han estado inusualmente presentes en las calles del país en estos días, como colofón de un movimiento de protesta social que ya lleva una larga trayectoria de cortes de rutas y puebladas varias, la "solución Duhalde" es difícil de empeorar. En tiempos de repudio colectivo y total a la dirigencia política, es ungido para la presidencia, sin el acuerdo de la población, uno de los representantes máximos de la misma: vicepresidente y gobernador de Buenos Aires bajo Menem, defensor de la Bonaerense como la "mejor policía del mundo", fautor de un entramado clientelístico nutrido de "plata negra" y punzadas al presupuesto público; portador de un discurso conservador con rasgos de autoritarismo en materia moral y religiosa, cuya sinceridad, para colmo, es más que dudosa; dueño de cuantiosos bienes difíciles de poner en correlación con sus sueldos de funcionario, sus emolumentos como docente universitario o las ganancias de la inmobiliaria familiar de la que es titular. ¿Qué representa Duhalde en cuanto a programa económico-social? Es un cabal representante del discurso del tipo "el modelo está agotado", que sirve para enlazar la aceptación entusiasta del tiempo de su implantación y auge con la crítica de la etapa de decadencia. En esto se aproxima, nada casualmente, a la lógica de las discrepancias que cursan en el interior de las clases dominantes; cuando una fracción percibe que el país resiste mal la apertura a capitales y mercancías externas, al tiempo que sufre en carne propia parte de las superganancias de bancos y compañías privatizadas y las tropelías de los supermercados a la hora de comprar. Duhalde se pone entonces de parte de los productores contra los usureros, del capital nacional contra el foráneo, de la industria contra la especulación. En fin, todos los lugares comunes a los que acuden los conservadores cuando necesitan su cuota de populismo para intentar mantenerse en alto en la consideración ciudadana. De allí viene la ya prolongada entente con el Grupo Productivo, y últimamente con su líder Ignacio de Mendiguren, flamante titular de la cartera de Industria y Comercio Exterior.
Los sectores con poder en Argentina sienten hoy el regusto amargo de las dirigencias que agotan su capacidad de respuesta, que ven naufragar una tras otra sus herramientas tácticas, sin poseer otra estrategia que la de enriquecerse a como dé lugar, sin respetar ninguna norma ni ceder un ápice de sus utilidades. La otrora socorrida salida golpista es hoy imposible, y el desprestigio brutal de la "clase política" ya ha llegado a un punto en que no puede sino desperdigarse sobre el poder económico, máxime si la ya decidida devaluación redunda en una ola inflacionaria, para que una vez más los "de abajo" sean los máximos perdedores de la crisis.
Ni las cuitas coyunturales (el "corralito" sobre los depósitos, la recesión interminable), ni el ansia de renovación económica, social, política y cultural que explota junto al hartazgo y la ira largo tiempo reprimida, parecen destinados a alcanzar ninguna satisfacción bajo el flamante primer mandatario. Ningún viraje decisivo puede esperarse del humanismo o la generosidad de quiénes no pueden hoy distribuir nada sin chocar contra los muros del gran capital, del que reciben la parte principal de su precario aliento. ¿Escepticismo, pesimismo ilevantable? No... Queda la voluntad de terminar de revertir una relación de fuerzas que ha sido muy desfavorable durante demasiado tiempo. Queda ese retomar las calles, ese sonoro abandono del miedo y la indiferencia, que no alcanza todavía para dar vuelta la historia, pero sin duda ya hace correr sudor helado sobre muchas espaldas, hasta ahora acostumbradas a la fiesta corrida de la riqueza y el poder.
Buenos Aires, 3 de enero de 2002
Fuente: Red Eco Informativo/Resumen Latinoamericano