Pimienta negra, 14 de septiembre de 2002

Futuro civilizado

Publicamos aquí la transcripción de la primera parte de una charla ofrecida por el autor en abril de 2002 en el Centro Social Autogestionado Mil Lúas, de Galicia, sobre el horizonte de pesadilla que deja entrever hace ya tiempo nuestra sociedad civilizada y tecnológica. Se abordan en ella cuatro temas: la nanotecnología, la manipulación genética, la reestructuración económica y el urbanismo coercitivo.

Antón Fernández de Rota

Hará cosa de un mes, un compañero del Mil Lúas me propuso hablar en este espacio liberado, que hoy es una realidad y del cual estamos disfrutando ahora mismo, sobre ecoanarquismo y la globalización neoliberal. Justo por esas fechas estaba escribiendo una ponencia que debía exponer en la facultad de Psicología de Oviedo con motivo de la pasada reunión ministerial de economía y finanzas de la UE. En esos días, y aún más ahora, tenía en la cabeza la idea de que la clave de todo esto, del cambio social impuesto o inducido que estamos padeciendo, que nombramos con el nombre difuso de globalización, estaba ciertamente alejado de lo meramente económico, ecológico, de cuestiones de género, de lo étnico, religioso o nacional. Sin lugar a dudas todos estos temas son hoy problemas cruciales, y por desgracia, según todos los indicios, se verán agravados en el futuro inmediato. No obstante, creo que esta etapa del capitalismo nos lleva más lejos.

Prescindiré de hablar de ecoanarquismo, de entrada. De él hablaré lo que pueda y sepa más adelante, una vez expuesto lo que va a tener que combatir, pues no tiene sentido dibujar una sociedad utópica sin su marco real, o mejor dicho sin su posible marco real, pues obviamente, y por desgracia, la transformación hacia una sociedad más sana, justa y equilibrada no se dará de un día para otro. Es por eso que mi exposición la he dividido en dos partes, que espero creen debate entre nosotros. No describiré en esta intervención los diferentes tipo de anarquismo, si bien de eso también podemos hablar, pues prefiero centrarme en uno muy particular y concreto, es decir, mi visión sobre cuál es el más idóneo, sin olvidar que lo importante de una utopía es que se plasme en la realidad, y sin olvidar que cualquier utopía libertaria es el constructo holístico de cada uno de nosotros, los utopistas, las personas protagonistas del cambio.

Esto lo dejo para el segundo apartado, repito. Por tanto, paso a intentar dibujar unas líneas de lo que no es la globalización sino de lo que presumiblemente será en el futuro inmediato esta sociedad global. Situémonos en un futuro utópico –pero con muchos visos de convertirse en realidad. Situémonos en el año 2020 o en el 2030. Intentaré dibujar una simplificación del mundo en torno a cuatro ejes, cuatro temas en los que se está progresando a niveles tan rápidos como no consensuados por las sociedades. Estos son: nanotecnología, manipulación genética, reestructuración económica y urbanismo coercitivo. Obviamente, estos temas están interconectados y además forman es sí una ideología más o menos homogénea en fase de consolidación.

Los definiré brevemente.

La nanotecnología básicamente es la manipulación de las estructuras materiales a un nivel atómico; la intención es poder crear, átomo por átomo, cualquier estructura diseñándola y montándola premeditadamente. Sin duda, entronca en esto con la manipulación genética. No obstante, me referiré a la nanotecnología en lo referente a la robótica y la inteligencia artificial, y a la manipulación genética, a la manipulación consciente, científica y provocada –según los cánones morales e ideológicos de los responsables– para conseguir especies, ya sean vegetales, animales, bacterias, con el fin de desarrollar seres con ciertas capacidades para cumplir fines determinados.

En cuanto a la reestructuración económica, poco hay que decir que en pasadas charlas en este centro no se haya dicho antes. La reestructuración económica es eso que difusamente se llama globalización, y que está suponiendo una concentración creciente de poder cada vez en menos manos y, por consiguiente, una pérdida mayor de poder de la gran mayoría, así como la implantación a nivel mundial de los axiomas liberales interpretados partidísticamente para favorecer a esos mismo grupos de poder que están creciendo, y que, por añadidura, está implicando un aumento desmedido del destrozo del medio ambiente y una escalada de la infelicidad y la miseria material humanas.

El cuarto elemento es una de las consecuencias de atajar mediante la violencia el malestar creciente producido por la mentalidad mecánico-productivista: la reestructuración del urbanismo, para que en sí el urbanismo funcione más efectivamente en su faceta de control y represión social.

Antes de hacer un amasijo con todo esto y ver las posibilidades en ese utópico 2020, analicemos por separado las posibilidades de cada uno de los cuatro elementos, centrándonos en los tres que son netamente tecnológicos; el económico, por ahora, lo dejaré a un lado.

1984, Blade Runner, Un Mundo Feliz, Fahrenheit 451, Gattaca, Matrix... Algo de todo esto puede haber.

En cuanto a la nanotecnología y sus posibilidades, prefiero dar la palabra a Bill Joy. Este personaje es el fundador de una de las empresas punteras en esta tecnología punta: Sun Microsistems. Hace un par de años hizo saltar la alarma al cielo, y nunca mejor dicho al cielo, porque en el mundo de los mortales no tuvo casi repercusión; la tuvo en las altas esferas de los tecnócratas y demás plutócratas. Bill Joy hizo saltar la alarma –y el estupor– con un artículo suyo publicado en la revista Wired, titulado Por qué el futuro no nos necesita. Una de las cosas que decía ya es una realidad: la conversión de plantas en "pilas eléctricas". Estas plantas son generadoras de energía, pero no comestibles, sus hojas son pequeños paneles solares gracias a la modificación genética. Las plantas se convierten así en máquinas, en máquinas vivas, que son económicamente más competitivas que las plantas tradicionales y que en breve irán quitando terreno al mundo vegetal clásico –que está siendo menguado de una forma alarmante: deforestación, desertización, calentamiento global–, con la particularidad de que de estas masas verdes no importan sus facetas oxigenantes ni comestibles, sino solo las energéticas, rompiendo toda la concatenación de la cadena vital de la biosfera.

Otro peligro de la nanotecnología –y/o de la manipulación genética– son las nuevas bacterias de laboratorio, de las cuales las consecuencias más visibles, la punta del iceberg, serían la guerra química y las nuevas enfermedades, si bien no menos preocupante es la inseguridad total a todos los niveles: son impredecibles sus consecuencias. ¿Qué podría pasar si se reprodujesen en los ecosistemas humanos y no-humanos agentes nuevos, artificiales, no conocidos por los organismos? Bill Joy concluye que los peligros de los replicantes de estos organismos manipulados genéticamente podrían ser demasiados fuertes y rápidos como para poder atajarlos... Tal vez el efecto mariposa más perjudicial no sea el económico. Además debemos tener en cuenta una cosa: una vez soltado el nuevo organismo al ecosistema, no hay vuelta atrás; sus efectos no pueden ser suprimidos, modificarán el ecosistema.

Pero Bill Joy no se queda ahí en su desesperación. Leo textualmente: "Hacia el año 2030 seremos probablemente capaces de construir máquinas de una forma masiva, que serán un millón de veces más potentes que los actuales ordenadores personales. Si esta enorme potencia en los ordenadores se combina con los avances tecnológicos de las ciencias físicas y con los nuevos y más profundos avances en la manipulación genética, se desatará un enorme poder de transformación. Estas combinaciones abren la oportunidad de realizar un completo rediseño del mundo, para lo mejor o para lo peor." No obstante , Bill Joy, que no es un cualquiera, sino un alto empresario y uno de los tecnólogos más importantes de la actualidad –tengamos en cuenta que fue Vicepresidente de la Comisión Consultiva de las Tecnologías de la Información del presidente Clinton– no piensa que este rediseño sea para mejor. Si no, escuchemos otras palabras suyas: "Creo que no resulta exagerado decir que estamos ante un mal extremo, de un peligro mucho mayor que las armas de destrucción masiva que constituyen el legado de los estados-nación, y que se deriva del sorprendente y tremendo poder de determinados individuos". En el año 2030 podríamos hacer realidad una pesadilla donde exista un robot inteligente y de ahí hay un paso hacia la existencia de una especie robótica que pueda realizar copias evolucionadas de sí mismas –comenta el tecnócrata. La pesadilla de Matrix, la pesadilla de la inteligencia artificial.

Esta vez escuchemos a un antiguo estudiante de Harvard, ex-profesor de matemáticas de la universidad de Berkeley y ex-Enemigo Público Nº1 en EE.UU., Ted Kaczynski, alias Unabomber: "Si continúan estas tendencias y los científicos logran desarrollar con éxito máquinas inteligentes que pueden hacer las cosas mejor que los seres humanos, la raza humana podría fácilmente acabar por adaptarse a una situación de tal dependencia en relación a las máquinas que, al final, irremediablemente se vería obligada a aceptar todas las decisiones de éstas. Eventualmente, podríamos alcanzar un estadio en el que las decisiones para mantener el sistema funcionando serían tan complejas, que los seres humanos resultarían incompetentes para hacerlo funcionar de una forma inteligente. En esta etapa, las máquinas tomarían un control efectivo. Luego nadie se atrevería a desconectar las máquinas, pues, al depender tanto de ellas, desconectarlas sería equivalente a suicidarse". Obviamente esta etapa no es nuestro 2020, por lo menos en su expresión total, pero el camino que estamos siguiendo sí que parece ir en esa dirección y, de hecho, cada no hace falta ser un lince para darse cuenta de que cada vez dependemos más y más, y con un ritmo creciente, de nuestros inventos mecánicos.  Bill Joy, coincidiendo con Unabomber, titulaba su artículo Por qué el futuro no nos necesita, advirtiendo de los problemas de la nanotecnología, de la inteligencia artificial, ordenadores un millón de veces más potentes que los actuales, que puedan perfeccionarse gracias a su inteligencia artificial, que puedan crear replicantes cada vez más poderosos, que puedan escapársenos del control... ¿Ciencia ficción? ¿No recuerda esto a esa película, Matrix?

Todo esto puede parecer una exageración bestial, y citar Matrix en conexión con esta visión puede parecer más descabellado aún. Sin embargo, las referencias a las películas de ciencia ficción no las hago en vano. ¿Acaso estas producciones, si bien buscan el morbo, no tienen una legión de tecnólogos, sociólogos, etc., para completar sus argumentos con sus previsiones de utopías por venir? La cuestión es que, dotando a las máquinas de una inteligencia artificial cada vez más compleja, parece más que obvio que la maquinización de la sociedad seguirá expandiéndose cubriendo cada vez más funciones sociales, e incluso definiendo y rediseñando –como bien decía Bill Joy– cada vez más efectivamente la sociedad y la vida de las personas. Esto sí que no es utopía: es presente, realidad. Y lo malo, lo peor de todo, es que la pesadilla de las víctimas es a la vez el sueño de las propias víctimas. Desde siglos el ser humano ha soñado con librarse del trabajo, automatizando funciones gracias a los inventos mecánicos. ¿Qué nos parecería si nos dijesen que con estas máquinas inteligentes el no sé cuánto por ciento de nuestro trabajo se podría suprimir y así vivir como reyes? El problema es que esta promesa secular es una mentira y en este siglo, a la par que se han automatizado muchísimas horas de trabajo, la gente trabaja cada vez más y es más infeliz... y cada vez hay más parados, concentración de poder, de riquezas y conocimiento tecnológico, y, por otro lado, nada nos hace pensar que la automatización social vaya a reportar más felicidad. Más bien parece todo lo contrario, viendo la actual sociedad de consumo.

Pero pasemos a otro punto: la manipulación genética. Algo de esto ya lo hemos visto con las declaraciones de Bill Joy. Pero ahora me paso al otro extremo –no tan diferente– al del tecnófobo antes citado, a Teodore Kaczinsky. Unabomber publicó su manifiesto un par de años antes de que se consiguiese descifrar la totalidad del genoma humano, y sus vaticinios precisamente ahora tienen aún más vigencia. Tengamos en cuenta que el genoma humano es la conversión del ser humano a matemática. En su mapa genético los genes tienen valores, se combinan dando resultados, son intercambiables y mensurables. El genoma humano es un gran Tetris donde las piezas son encajadas por la matemática y, esta ciencia, la matemática, que es precisamente la ideología de la máquina, y el pretendido saber perfecto humano, es decir, la autodivinización del ser humano, es lo que rige las normas universales de su propio descubrimiento. El genoma humano es descubierto por la matemática, y en el Hombre Genético la matemática es la Verdad Absoluta. Lo que venía a decir Unabomber es que la tecnología nunca es neutra sino que es cultural y, además, es una ideología en sí, una ideología que se reproduce y que por los avatares del actuar social jamás queda inaplicada; aunque al principio muchas veces se encuentre con resistencias, las posibles ventajas que pueda entrañar en un ámbito acaban justificando y aplicando todo el potencial de la innovación: todas las desventajas inherentes también. Lo que nos llevaba, según él, a un cataclismo del sistema, pues la industrialización tiende a la entropía, al caos, y qué mejor sería –según Unabomber– hacer estallar el Sistema ahora en vez de esperar más, pues "cuanto más crezca el sistema, más catastróficos serán los resultados de su fracaso", un fracaso al que Unabomber creía que estaba abocado, dadas las características y necesaria evolución del Sistema. No obstante, dejando a un lado esta perspectiva fatalista y catastrofista, volvamos al tema.

Cito otra película, Gattaca. En ella todos los seres humanos son manipulados desde la gestación para tener unas características que eligen los padres –las que no son elegidas de antemano por el Poder. De tal manera hay seres humanos inferiores y superiores según los genes, según la ciencia, la infalible matemática. Según estas características genéticas, los individuos desempeñarán una función u otra. El problema es que Gattaca se queda realmente corta. Retomo en este viaje el mundo mundano. Cuando se descubrió el genoma humano, los mass media empezaron –de seguro involuntariamente– a disparar la ideología de la manipulación genética. Con este conocimiento podrían descubrirse vacunas para ciertas enfermedades, incluso prevenirlas antes del nacimiento y extirparlas. También decían que el peligro era que esta información genética debería ser secreta –es decir propiedad del Estado–, pues si no los empresarios podrían decidir contratar a un trabajador o no dependiendo de su campo genético; un paso más en el campo de la contratación de los denominados recursos humanos, que dejarían con poca cancha a los psicólogos que hoy se encargar de evaluar las piezas humanas. Hace unos años salió a la palestra el caso de la clonación de una oveja. La oveja Dolly. Pero hace escasas semanas aparecía en todos los periódicos la noticia de que un científico, empresario de poca monta, había emprendido la primera clonación de un ser humano. Eso sí que causó alarma. La clonación es un tema controvertido. No obstante, la clonación es un mal menor. Existen gemelos univitelinos, y si bien su físico puede ser realmente parecido, su personalidad puede ser y es realmente diferente. En este caso influye más la cultura, las circunstancias... Empero, lo que el tipo italiano éste ha hecho no es una simple clonación. Él puede ver cómo se desarrolla el feto, corrigiendo los errores. Se trata de una clonación con manipulación genética, si bien bastante en precario. No obstante, ¿quién se cree que este fulano ha sido el primero en efectuar este tipo de experimentos, tantos años después de lo de la oveja Dolly...? ¿Qué no habrán avanzado ya las grandes instituciones privadas y públicas?

Vuelvo a los mass media. Esta misma semana volvía a especularse sobre las posibilidades de esta biotecnología. Se comentaba que avanzaba a gran ritmo, que estaban siendo probadas con ratones de laboratorio diferentes vacunas. El entusiasmo de los periodistas iba más allá al reconocer que se había descubierto que el miedo que todos sufrimos es en un 50% de componente genético. Galileo, siglos atrás, estableció la máxima de la ciega ciencia actual: mídase todo aquello que sea mensurable, conviértase en mensurable todo aquello que no lo sea. Ahora el miedo lo es: el miedo es un número... o por lo menos en esta ideología tecnológica. Después de decir esto, en boca de grandes conocedores del tema, el telediario aseguraba que se podía combatir las fobias mediante manipulación genética... pero también a los que no tienen miedo. A los temerarios se les podría meter el miedo en el cuerpo genéticamente. La televisión ilustraba está conclusión con la imagen captada por una videocámara de tráfico: un coche adelantaba temerariamente a otros automóviles en una autopista. Es posible meterle miedo a la gente en lo que es bueno que lo tengan, eso nos decían... ¡Con entusiasta alegría!

Entonces volvamos a la ciencia-ficción, que poco tiene de ciencia, pero visto lo visto menos aún tiene de ficción. Imaginemos que un día se nos dice que mediante manipulación genética pueden las criaturas –nunca mejor dicho lo de criaturas– nacer sin enfermedades hereditarias. ¿Quién quiere que su hijo salga con artrosis o con el síndrome de Down pudiendo nacer sano? Un paso. La ideología comienza a crear una nueva cultura. De ahí a que se manipule genéticamente para que salga sin fobias –como decía la TV–, un solo paso. En esta continua locura, ¿quién podría evitar que se manipulen partes del cerebro para que no salgan seres con psicopatías, o simplemente violentos, o, para poner una palabra estatal escalofriante: que no nazcan terroristas? Y ya para finalizar, con la ideología vuelta costumbre, y dejar en ridículo el Brave New World de A.Huxley, la manipulación para ser un ser feliz. Por supuesto que el dolor y la felicidad no son mensurables y que los senderos de la naturaleza son imprevisibles. Sin embargo, no importa lo que sea, sino lo que se crea. No me acuerdo quién decía que si la gente dejaba de creer en el concepto Estados Unidos, los Estados Unidos dejarían de existir. No le faltaba razón: el problema es que somos bastante crédulos.

Stephen Hawkins, el astrofísico, decía que si pudiese viajar en una máquina del tiempo al año 2025 no conocería al hombre que vería. El ser humano está en constante evolución –para bien o para mal. El problema aquí es que se trata de que unos pocos, con el beneplácito o la pasividad de la masa, ahora van a poder diseñarle un cuerpo biológico al ser humano, según sus caprichos y los del mercado...

Aún me falta una tercera película por volver a mentar: Blade Runner. En ella se contempla la posibilidad precisamente de la fusión de la nanotecnología con la manipulación genética de los seres naturales. Otra posibilidad que tratar. Pero que no trataré por falta de espacio: que vuele la imaginación de cada uno. No obstante, lo interesante de Blade Runner es también la conversión del espacio público y el urbanismo en sí en un método perfeccionado de control social. Las cámaras de videovigilancia conectadas a un cerebro informático eran una realidad a principios de los 80 en solamente tres ciudades de Suiza y con el fin de controlar el tráfico. La crítica a ellas eran masiva. En España nadie pensaba que pudiesen instaurarse, "las tirarían a pedradas". La realidad hoy da la razón a Unambomber. Blade Runner hizo famosa la identificación de las personas mediante scaner de retina: años después ya era una realidad en los edificios de diferentes instituciones de tecnología punta. Pero Blade Runner se ha quedado muy atrás. A los perros ahora se les insertan chips para poder controlarlos; se especula en EEUU con insertárselos a los humanos recién nacidos, para su propia seguridad... Al igual que, con la excusa de nuestra seguridad, dentro de poco cada rincón estará controlado por una videocámara conectada a superordenadores que serán un auténtico Panóptico. El GPS, la vigilancia por satélite –invento militar para la coordinación de los comandos terrestres utilizado por EE.UU. en la guerra de Afganistán–, está empezando a aplicarse a lo social. Esta técnica se ha hecho famosa por su aplicación en las vueltas ciclistas para saber cuántos segundos separan a un pelotón de otros. En EE.UU. se utiliza con otros fines: para saber dónde están los coches de los ricos y así evitar su robo. Con todo, esta técnica se generalizará. Hace poco, en la final de la Super Bowl (de fútbol norteamericano), mediante un sistema de cámaras conectadas a un superordenador, identificaron a los 100.000 asistentes por sus facciones: así no se colarán terroristas en los estadios –justificaron los policías–, y la empresa que hizo este experimento se hizo de oro. Y todo esto sin contar con el control del ciberespacio.

De todas maneras, estas técnicas puede que no mucho tiempo después de su generalización queden obsoletas. Se ha descubierto –o eso dicen– que las cadenas de ADN son semiconductores, como lo es el silicio de los ordenadores, y ya puestos en lo peor, quién nos dice que el mundo virtual y el genético no puedan en un futuro compartir un mismo plano, dejando obsoletos los métodos de vigilancia externos al cuerpo orgánico que he comentado.

Pero hasta aquí el control de lo urbano. La cuestión va más lejos; es decir, la infraestructura urbana como un medio en sí de control. Un ejemplo ilustrador. Volviendo a los EE.UU. Los Ángeles, año 1965. Momentos de tensión y confrontación social donde se vaticinaban los siguientes disturbios que han llegado hasta nuestros días. En ese año, en ese 1965, el centro de Los Ángeles pasó de ser una zona de oficinas y negocios a un barrio, digamos, marginal. El nuevo barrio empresarial se trasladó de sitio por completo haciendo de su infraestructura un auténtico complejo carcelario donde macroedificios informatizados se convertían en las puertas de entrada y de escape del mismo. En l992, en los disturbios raciales tras el apaleamiento de Rodney King, ese barrio, el símbolo del poder blanco, quedó intacto. Ahora mismo en Los Ángeles existen barrios vallados y vigilados por mil ojos tecnológicos: el nuevo apartheid. Las cárceles son extremadamente caras e ineficientes desde el punto de vista de la contención social. El estado de California hace años que gasta más en enviar a sus gentes –latinas y negras en su mayoría– a las cárceles que enviar a la población a la Universidad. El número de presos en ese estado crece de forma alarmante, como crece en el resto del mundo. EE.UU. duplicó su población reclusa durante la década de los 90 hasta alcanzar la impresionante cifra de 2 millones. En España, por poner un ejemplo cercano, entre 1984 y 2000 el número de presos se multiplicó en un 320%, aunque sin llegar a los porcentajes de población reclusa/población total que sostiene EE.UU. Las cárceles son demasiado caras –a pesar de la explotación laboral a la que son sometidos los reos– y el futuro es demasiado negro, hasta tal punto que grupos de sociólogos sostienen que el siglo XXI será el siglo de la desaparición de los presidios, o mejor dicho, de su transformación. La sociedad y en especial las ciudades serán las nuevas cárceles. A esto hay que añadir que en el 2030 el 60% de la población vivirá en ciudades de más de seis millones de habitantes, y un núcleo poblacional de ese tamaño es, simplemente, imposible de gestionar: es necesario un nuevo urbanismo descentralizado para hacer factible y eficiente la coerción y represión social. De esto ya se han dado cuenta hace tiempo en Los Ángeles.

Llegados aquí, en breves líneas, montemos el cuadro incluyendo los datos del factor que hemos apartado: la reestructuración económica global. Volvamos a nuestro utópico 2020. En ese año habrá 8 mil millones de personas en el mundo –ahora hay 6.000–, la presión demográfica será tremenda y, para colmo, la mayoría de la gente vivirá en ciudades, centros del mundo, núcleos de desesperación y violencia. El llamado Tercer Mundo constará de 6.700 millones de personas y ese Tercer Mundo, globalmente, será más pobre –vivirá la gente peor. Por otro lado el Tercer Mundo se extenderá al primero, tanto por migración como por la precarización de la vida: pérdida de poder adquisitivo, de prestaciones sociales y aumento del estrés a los que nos somete el neoliberalismo. Cuatro o cinco grandes de la biotecnología controlarán a prácticamente el 100% de los campesinos, que se verán obligados a comprarles la maquinaria y las semillas patentadas, cada cosecha. Y esto los que trabajen, porque hoy en día hay 800 millones de parados –la cifra más alta desde los años 30– y ésta no parece que vaya a menos, y de menguar lo hará sobre la base de condiciones de trabajo más míseras. El problema ecológico en este 2020 ya no será un problema, será una bomba de mecha corta; habrá guerras por el agua –según Klaus Koepfer director general del Proyecto Medioambiental de las Naciones Unidas, "la próxima guerra mundial no será por cuestiones ideológicas, sino que estará ligada al agua". Pero también habrá más conflictos por la deforestación, más desertización, menos tierras cultivables; graves problemas humanos en las urbes por el smog; calentamiento global, capa de ozono agujereándose, simplificación de la biodiversidad de y en los ecosistemas, etc. Por si fuera poco, el aumento de la demanda de fuentes energéticas fósiles aumentará en un 50% hasta el 2013 y no dejará de aumentar por décadas, según nos dicen las fuentes gubernamentales estadounidensas. Y hoy en día hay 800 millones de automóviles y la situación comienza a ser insostenible. En el 2010 China sola aumentará la cifra en 200 millones más. ¿Duplicaremos el número de automóviles en el 2020? ¿Cómo soportará eso este planeta, teniendo en cuenta que el coche es el principal de los factores del recalentamiento global, entre otras cosas?. La diferencia entre ricos y pobres ha pasado de ser de 1 a 30 en 1960, a 1 a 60 en 1995, y 1 a 74 en el 2000. ¿Cuánto será en el 2020? Ante este panorama global, ¿cuántos Bin Ladens atacarán a la vez? ¿Con qué armas?... y tengamos en cuenta que las nuevas armas biológicas ya no requieren de grandes sumas de capital y masas armadas para matar, y su potencial deja en ridículo el de la temible bomba atómica. La cuestión es que la infelicidad mundial crece, a la par que crece el consumo impulsivo y los niveles de producción, que de seguir así en el 2020 serán realmente alarmantes para el ecosistema.

Se puede decir que todo esto es exagerar. ¡A los poderosos no les interesa cargarse el planeta! Pero tengamos en cuenta una cosa. El timón de este barco que llamamos Tierra es dirigido por unas pocas personas que controlan distintas empresas y éstas están, además, asociadas en enormes coaliciones como la Comisión Trilateral, que reúne al 65% de las grandes multinacionales. Jamás en la historia existieron tales niveles de planificación mundial –en manos privadas actualmente en su enorme mayoría–, pero tampoco nunca está coordinación fue tan caótica. Dos razones mueven la planificación: por un lado las necesidades de beneficio a corto plazo y por el otro la ideología personal de los grandes dirigentes. Y esto es el pez que se muerde la cola: la ideología de la tecnología y la de la "imperiosa necesidad de perpetuar el capitalismo pues no hay alternativas a él", de la cual son partícipes –y beneficiarios– estos gobernadores privados.

Para colmo, en este cuadro tenemos el emergente estado policial, dentro de cada estado, y a nivel global EE.UU. como militar del mundo, en un futuro belicista de pesadilla orwelliana. Tenemos fractura social; enfrentamientos dentro del Primer Mundo y enfrentamientos entre Norte y Sur que, además, no harán sino caldear más los ánimos de los primermundistas en sus luchas contra sus respectivos estados, pero que también fomentará la crecida de la extrema derecha –que en estos últimos años ha notado un fuerte crecimiento en todo el mundo occidental. Este es el cuadro. Sus marcos, es decir lo que impide que la pintura lo desborde y se fusione, son el control social (videocámaras, microchips...), el urbanismo-control y el control interno: la manipulación genética del ser humano, en una sociedad cada vez más desquiciada e injusta que, como decía Bill Joy, será reestructurada por la nanotecnología entendida en su sentido más amplio.

Puede pensarse que este pesimismo es desmedido, pero creo que no es así, sino que es evidente que a lo largo de nuestras vidas padeceremos en nuestras carnes: 1) los efectos de la consolidación del nuevo capitalismo, 2) los efectos del mayor y más rápido rediseño de la vida humana y no-humana por la tecnología a lo largo de la historia, y 3) los efectos del deterioro de la salud del planeta (enfermedades nuevas, expansión de otras como la malaria, reaparición de viejas enfermedades, recrudecimiento de las enfermedades....). Sólo hay una cosa que no es seria, y es hablar de rentas básicas, del 0.7%, de tasas Tobin y demás... Hemos llegado a un punto donde ya no se pueden poner más parches si queremos ser más o menos felices en un planeta más o menos sano, e incluso si queremos seguir vivos.

Recapitulando. Esta charla llevaba el subtítulo de "Alternativa a la Globalización". ¿Pero qué es la globalización? Para mí, esto es la globalización y no otra cosa. Tras la maquinización generalizada de lo social –la ruptura total de la sociedad orgánica– que provocó, la industrialización ha sido una penúltima estocada. La globalización es generalizar esta maquinización de la sociedad y es la fase de consolidación de la maquinización del propio individuo en su parte más íntima mediante la biotecnología. Y esto junto a otros métodos de control social tecnológicos y urbanísticos que hacen posible una economía ultraexplotadora, opresora y la generalización del asalarialismo y el vasallaje al mundo privado tecnocrático..., tanto en el espacio geográfico como dentro del individuo. Y todo esto sin hablar de los costes ecológicos... del biocidio en curso.

Así las cosas, son una estupidez tópicos como el de Fukuyama, lo de el fin de las ideologías, o tópicos como el de que no se puede cambiar el mundo... ¡El mundo no va a parar de cambiar, nunca lo ha hecho! ¡Precisamente ahora vivimos un punto de inflexión de cambio desquiciado y sin norte! Hay otro tópico más que ante esto me parece una estupidez; ese tópico es el de que a quien no es revolucionario a los 20 le falta corazón, y a quien lo es a los 40 le falta cabeza. En el año 2020 nosotros, la generación joven, seremos los cuarentones y no nos quedará más que ser revolucionarios o, como dice el refrán, no tener cabeza... y ser reaccionarios. No habrá sitio para los que se engañan con el cuento del apoliticismo. Cuando hay barricadas, sólo existen dos opciones: a un lado o al otro. Es por esto que antes de pasar a la segunda parte, la de las alternativas, acabo con una frase de un cincuentón que sigue siendo revolucionario, John Zerzan: "O luchas o callas. Ya no es tiempo de quejas".

 

 

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