Había salido a sacar la basura como otras tantas noches. Alrededor de la una y media de la madrugada. Normalmente aprovechaba la quietud de la noche para dar un corto y relajante paseo por los jardines de la urbanización antes de volver a mi rutina. Aún me quedaban al menos tres cuartos de hora más de escritura, o de intentos infructuosos de avanzar en la maraña de mi nueva novela. Trabajaba después de la medianoche, pues era el único momento de que disponía después de las clases de esgrima y de jeet kune do, y de mi trabajo por las mañanas en una pequeña editorial de la que era copropietaria.
La editorial había sido mi sueño y el de mi prometido. Pero él murió en un accidente mucho antes de que la editorial fuese siquiera un proyecto. Finalmente, cuando presenté los papeles para conseguir la subvención del IFA, me informaron de que había otra persona con un proyecto semejante. No me quedó más remedio que asociarme con él si quería hacer realidad mi sueño. Lo cierto es que a Sergio, así se llama mi socio, le vino de maravilla que yo me sumase a su propuesta, porque se valoró muy positivamente mi perfil de mujer y de desempleada mayor de 30 años. Sin embargo, siempre está aprovechando para recordarme que sin él yo no estaría trabajando en la editorial. Es más joven que yo, alto y delgado, aunque musculoso -se machaca mucho en el gimnasio, de pelo negro siempre muy corto y de punta, y ojos castaños. Debo reconocer que es más que atractivo...físicamente. Porque si lo conocierais, seguro que perdería todo el encanto en el momento en que intercambiaseis dos palabras con él. Es la persona más presuntuosa que jamás haya conocido. Además, lleva a gala que ninguna mujer se le resiste. Es ese tipo de tío que, efectivamente, te acosa en el trabajo.
Llevamos poco más de un año trabajando juntos. Y su insistencia en que yo caiga rendida a sus encantos masculinos delante de toda la plantilla ahora vuelve a estar en todo su apogeo. Afortunadamente, no ha sido así todo el tiempo. Después de los primeros intentos fallidos por su parte, parecía estar dispuesto a asumir una situación de igualdad entre ambos. Sin embargo, a la luz de lo ocurrido esta mañana, no ha sido más que un periodo de calma antes de la tempestad.
Esta
mañana ha sido mi último día de trabajo antes de la merecida
semana de vacaciones. Después de unos meses de agosto, septiembre y octubre
absolutamente frenéticos, en los que el trabajo de leer las pruebas de
edición y corregirlas a tiempo de contactar con los distribuidores para
los lanzamientos de otoño ha recaído casi exclusivamente sobre
mis hombros, siendo también tarea de Sergio. En teoría, porque
la verdad es que se escuda en sus numerosísimas reuniones con otros editores,
distribuidores, suministradores, etc., para no hacer casi nada. Como no podía
ser de otra forma, a veinte minutos de la hora de marcharme apareció
una prueba que necesitaba lectura urgente. ç
–Ya sabes que no te lo pediría estando tú de vacaciones,
si no fuese urgentísimo. –mintió Sergio, mientras depositaba
la abultada carpeta repleta de folios encima de mi escritorio, claramente libre
de papeles pendientes de examinar.
-¿“La luna imaginada”? –pregunté, leyendo en
voz alta el título escrito en la carpeta. -¿No te la llevaste
tú hace más de un mes? –mi enfado era más que visible,
si pudiese golpearle con la mirada que tenía clavada en sus ojos.
-Lo siento, no he podido hacerlo –se disculpó bajando levemente
la mirada. –Pero confío en ti para que lo consigas a tiempo: eres
la mejor correctora con la que he trabajado –añadió sonriendo
ampliamente y cruzando el espacio entre la mesa de despacho y mi silla. Se colocó
a mi espalda, y me pusó las manos en los hombros, masajeándome
como si tratase de aliviar mi tensión. – Hazlo por mí –susurró-
y te invito a cenar.
-Déjalo ya, Sergio. –Me levanté apresuradamente y me giré
hacia él- lo haré sin necesidad de cenas, ¿entendido?
-Tú te lo pierdes.
Y afortunadamente para mí ya eran las cinco. Así que recogí
la carpeta de mi mesa y abandoné nuestra pequeña oficina de la
calle Calderería, en el mismo centro de Málaga. Dispuesta a que
nada ni nadie me estropease las vacaciones. Intentaría leer la prueba
en el fin de semana y así tendría el resto de la semana libre.