LOS
CACHORROS
Portada de la primera edición (Lumen, 1967)
LOS CACHORROS (1967)

Los cachorros, o "Pichula Cuéllar", es un pequeño clásico, escrito entre La casa verde y Conversación en La Catedral; pero es mucho más que un descanso entre dos obras maestras; es ella misma una joya literaria. En esta historia, centrada en un grupo de muchachos miraflorinos de los años cincuenta, uno de los cuales es acstrado por un perro -de allí su apodo-, Vargas Llosa no sólo despliega fuegos artificales técnicos, sino que profundiza en la psicología del protagonista y de quienes le rodean.

La narración, que también ha sido llevada al teatro, apela a temores arquetípicos (la castración) y a sus consecuencias, particularmente desgarradoras en una sociedad patriarcal y machista, recubierta tan sólo superficialmente por los criterios de la modernidad. Pero Los cachorros es también una declaración de nostálgico amor por una adolescencia y un Miraflores irremisiblemente perdidos.

EDICIONES:

Editorial Lumen, Colección Palabra e Imagen: "Los cachorros" (1967), con fotografías de Xavier Miserachs.
Madrid, Seix Barral, "Los jefes / Los cachorros" (edición definitiva con prólogo del autor), 1980
Lima, Editorial PEISA, "Los jefes / Los cachorros"
Madrid, Alfaguara, "Narrativa Breve", 1999

SOBRE EL LIBRO:

EL PAÍS (Madrid), Miércoles, 11 de agosto de 1999

LAS 100 JOYAS DEL MILENIO/NUMERO 45 /Los jefes. Los cachorros / Mario Vargas Llosa
«"Los jefes" es un microcosmos del resto de mis libros»

La vida de escritor de Mario Vargas Llosa comenzó oficialmente cuando publicó Los jefes, su primera obra, un grupo de relatos fríos y objetivos donde aparece por primera vez el sargento Lituma. Después alcanzaría una de sus más altas cotas con Los cachorros, una perfecta, ácida y precisa novela corta, según afirma el novelista chileno Roberto Bolaño en el prólogo -aquí reproducido- del libro que se vende mañana con EL MUNDO por sólo 225 pesetas más. Por otra parte, nos acercan a la trayectoria de Vargas Llosa un artículo del catedrático Victorino Polo y una entrevista con el propio escritor peruano.

LEANDRO PEREZ MIGUEL

MADRID.- Mario Vargas Llosa, peruano (Arequipa, 1936) nacionalizado español y residente en Londres, es uno de los grandes escritores actuales en castellano.

¿Qué le parece que publiquen «Los jefes» y «Los cachorros» en la colección «Las 100 joyas del milenio»?

Muy honroso, porque he visto en la lista seleccionada libros de altísima calidad y, entre ellos, muchos de mis favoritos.

¿Podría citar algunos?

El Quijote y Madame Bovary sin ninguna duda, y también los escritores que admiro más, como Faulkner o Virginia Woolf. Estaba en España cuando salió en EL MUNDO la lista y me pareció una selección magnífica.

¿Y qué puede decir de las dos obras suyas seleccionadas?

Los jefes es mi primer libro, un grupo de relatos que sobrevivieron a los muchos que escribí cuando era adolescente y estudiante universitario. Hice la selección el año 58, al poco de llegar a España para hacer el doctorado en la Complutense. Eliminé los peores, añadí uno que escribí en Madrid, ahora no recuerdo cuál, vi que había un concurso de cuentos en Barcelona, el Leopoldo Alas, un premio modesto y, como quería verme impreso, me presenté sin muchas esperanzas, pero lo gané. Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente. Creo que es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros.

Dos lustros después, escribió «Los cachorros».

Bueno, es un relato que en realidad no escribí sino reescribí: se trata de uno de los textos que más he corregido y rehecho. Lo empecé después de La Casa Verde, y es la única vez en que he tenido desde el principio una idea clara de la estructura. Desde que tuve la idea del relato pensé que tenía que ser una historia más cantada que contada, que había de tener una musicalidad, algo encantatorio en el ritmo, en el lenguaje, para que el lector no opusiera una defensa crítica a la historia.

¿Cómo es esa historia?

Muy truculenta, la de un muchacho al que la castración va convirtiendo en un marginado en un mundo machista. Además, otro asunto formal que me preocupó era encontrar un punto de vista que reflejara esa personalidad colectiva del grupo, del barrio. Y el relato también resulta interesante porque de todas las obras que he escrito es el que ha tenido interpretaciones más diversas.

¿Le sorprendió alguna?

Sí. Un crítico muy erudito comentó que había una elementariedad en la expresión, los diálogos y el fraseo que volvía emblemático el lenguaje de los tebeos. Otra muy sorprendente era que la historia de Pichula Cuéllar era un símbolo de la condición del escritor latinoamericano, castrado por el medio y la falta de una cultura rica que estimulara su trabajo.

¿Y se le puede comparar con Pichula Cuéllar?

Felizmente, aún ningún perro bravo me ha hecho lo que le han hecho al pobre Cuéllar.

Pero sí que ha sido marginado por la sociedad peruana.

En ese sentido, desde luego. Es verdad. Yo he sido bastante marginado. Hasta los 10 años, no: fui un niño bastante integrado y feliz, un niño muy consentido. Todo eso cambió cuando mis padres se reconciliaron y tuve que vivir con mi padre, una persona con la que siempre me llevé muy mal. Después, de adolescente quedé bastante segregado de mi propio medio por razones políticas y también por mi vocación, que no tenía mucho asiento social ni en el Perú ni en ningún país latinoamericano.

¿Cuánto ha cambiado desde que escribió ambas obras?

La persona que escribió esos relatos soy yo y ya no soy yo. Cuando empecé Los jefes tenía 18 años y ahora tengo 63. Han pasado muchas cosas, mi experiencia se ha acumulado en muchos sentidos: no soy la misma persona y desde luego sigo siéndola.

¿Cómo sitúa estos relatos dentro del tan mentado «boom»?

Digamos que en ellos hay muy claramente un rechazo, que yo creo característico del boom, de la literatura regionalista, costumbrista, folclórica, centrada en el paisaje y en los tipos pintorescos. El boom, en cambio, situaba las historias en un mundo más urbano y se preocupaba tanto de la forma como de los temas.

¿Se puede intuir al leer estas obras que su autor rondó la Presidencia del Perú?

No, yo creo que eso no tiene nada que ver. Mi participación política fue accidental y determinada por unas circunstancias muy excepcionales.

Si usted no fuese Vargas Llosa, ¿qué diría de él?

No se puede hacer ese juicio. Cuando uno se mira al espejo no sabe cómo le miran los otros. Hombre, yo quisiera que mis libros fueran buenos libros, desde luego. No es que esté jugando a modesto, pero yo no sé lo que realmente valen mis libros. Tengo indicios que son muy halagadores en muchos sentidos, pero también sé que muchas veces la suerte determina el éxito, y no el talento. Se sabrá lo que valen mis libros cuando ya no estemos aquí. El tiempo determina si una obra merecía o no sobrevivir a su autor. Eso lo saben hasta los escritores más vanidosos. Cuando nadie los ve, se miran al espejo y se preguntan: ¿pero cómo soy yo?

¿Qué le queda por hacer?

Tengo muchos proyectos. Llevo tres años trabajando en una novela que espero terminar éste. Se llama La Fiesta del Chivo y trata de los últimos años de Trujillo; le decían Chivo al dictador. Pero tengo muchos proyectos, tantos como si fuese inmortal. Me faltará el tiempo. Aunque no me preocupa eso.

¿Y qué le queda por ganar? ¿El Nobel, quizá?

Esa es otra preocupación que uno debe sacarse de encima. Esa preocupación puede hacerle mucho daño a un escritor. Si el Premio Nobel llega, pues en buena hora, y si no llega, no hay que preocuparse demasiado tampoco. Además, yo ya he tenido demasiada suerte con los premios. Mi ración de premios es más que suficiente.


Introducción a Los cachorros

(Aparecido en la primera edición de Lumen, 1967, con fotografías de Xavier Miserachs)

Carlos Barral

Fotograma de la película Los cachorros (1973) de
Anuar Vadim. FOTO: Caretas (Archivo Max Silva Tuesta)
Cuando yo le conocí, Vargas Llosa vivía en la rue de Tournon, de espaldas al Jardín del Luxemburgo. Para llegar a la casa había que escoger, un poco al azar, entre distintas puertas de un patio interior muy balzaciano, en cuyos adoquines brillaban todavía las chispas de las antiguas herraduras. La puerta de cristales azulosos y verdes, tembloroso modelo impresionista, se abría sobre una escalera torturosa y pina, milagrosamente suspendida, cuyos arqueológicos peldaños, decía Vargas, la casera protegía de la intemperie con rigurosas instrucciones de mantener la puerta cerrada para evitar la corrosión. En el rellano inferior al de Vargas vivía un demi-solde en cuya puerta se cruzaban dos sables y un estandarte de dragones. Los peldaños gemían como para desesperar a los conspiradores y a los adúlteros. El apartamento era minúsculo. El mínimo de espacio organizado según las necesidades de.sobrevivir en torno a la máquina de escribir, el instrumento literario. Un instrumento de presencia absolutamente central; en distintas ocasiones he dormido en un diván en casa de los Vargas las siestas nerviosas del viajero desbordado por las entrevistas sin placer ni cuartel, las
madrugadas cianóticas del transeunte; en cualquier momento, la máquina daba razón de su existencia según un extraño ritmo de pulsaciones y silencios. Vargas, dice uno de nuestros amigos comunes, c‘est une bête écrire [una bestia que escribe]. Yo creo, más bien, que es un escritor determinado por una forma de vocación poco común en nuestro tiempo.

Cuando quise conocerle, Vargas Llosa era para mí sólo un nombre, el nombre que encabezaba un manuscrito presentado al premio Biblioteca Breve y que había sido una de las mayores y más estimulantes sorpresas de mi carrera de editor. En la primera entrevista me pareció un personaje desconcertante. Un literato sobrio, de ideas tajantes, con frecuencia inesperadamente agresivas, pero en cuyas maneras transparentaba cierta cultivada indulgencia, algo que sugería el brillo mate de los galones de la bordada casaca colonial o el ondulante reflujo de las chorreras en cada inesperada expansión de la jovialidad. Su conversación es fluida, de ritmo cambiante. ¿No?, se pregunta, como subrayando, al final de un período. Construye con precisión, como en la lengua escrita, en una prosa complacida, a menudo salpicada, como sus textos, de locuciones que no deben ser ni peruanismos, que deben pertenecer a un habla de grupo, que deben ser localismos atesorados con sensualidad. Aquellas primeras entrevistas comenzaban siempre, cómo no, en forma de las clásicas discusiones ibéricas acerca de literatura contemporánea, hablábamos luego de literatura en términos menos obvios y nerviosos —Vargas me descubrió sus secretas fuentes, hablándome con raro entusiasmo del Amadís o de Tirante— de poesía, citándonos uno a otro tiradas de versos admirables, y terminaban, indefectiblemente, en consideraciones sobre la vocación y la función del escritor. A estos epílogos de nuestras primeras conversaciones debo la idea central que me he hecho de Vargas con el tiempo y en la que se insertan mis opiniones críticas sobre su obra y la fe que tengo en su futuro literario: Vargas se piensa a sí mismo como un gran escritor, al nivel de aquellos que más admira, y está dispuesto a sacrificarlo todo a la verosimilitud de esa imagen que perfila todo el tiempo con todos los recursos de una inteligencia poderosa y sana. A mi modo de ver, una tal formulación imaginativa de un destino de escritor, formulación que, contra lo que pudiera parecer, menos afecta a la intensidad y sinceridad de la vocación que a su naturaleza, de modo que determina numerosos rasgos de la operación intelectual frente a la experiencia y al modo de abordarla, marca los límites de la flexibilidad profesional en las relaciones del literato con la literatura. En general un escritor que así se concibe, se expresará con desconfianza respecto a la literatura contemporánea; sus juicios acerca de ella serán cautos y poco apasionados o mejor un tanto agnósticos. Se trata de una zona de la literatura —y la literatura es para un escritor de ese tipo lo más importante— en el que los valores son fluidos y los juicios provisionales. Pero no sólo eso: las obras y los escritores contemporáneos no son susceptibles de levantar las olas de pasión de aquellos y de aquellas del pasado sobre los que se modela la propia imagen, obras que han resistido las contracciones y las dilataciones del tiempo y escritores cuyo esquema de legalidad interna puede seguirse desde el nacimiento a la muerte. A literatos de la constitución de Vargas les he oído decir que la literatura empieza a ser interesante hacia 1850, pero no en el sentido de la historia, sino en el contrario. Y Vargas, sin llegar a eso, se excita mucho más fácilmente hablando de Joanot Martorell o de Flaubert que de sus contemporáneos, autores del nouveau roman, por ejemplo, coleccionistas de prótesis narrativas. Por otra parte una tal imaginación de sí mismo hace del escritor un eterno insatisfecho de su obra de la que las partes escritas no le parecen sino insuficientes ensayos. Vargas ha dicho repetidamente a sus entrevistadores y críticos que el objeto último de su actividad de escritor es una novela total, naturalmente imposible. En un artista que así piensa no nos sorprende el que las experiencias no se agoten, el que los planteamientos y las situaciones se hagan recurrentes. La obra entera es concebida como en círculos concéntricos, o mejor como en una espiral en la que las situaciones y las significaciones que han impresionado al artista giran incansablemente sobre el centro y se iluminan según nuevos puntos de vista.

A quien conozca la obra anterior de Vargas Llosa, verá a Los cachorros lleno de relaciones con sus dos primeros libros y le será fácil identificar en un nuevo desarrollo emociones e ideas que en otras formas se cuajaron en ellos. En efecto, los temas de la violencia y de la honestidad y fidelidad de la adolescencia en el marco de aquélla, la configuración de las conductas instintivas y tantos otros que aparecían en embrión en el primer libro de cuentos de Vargas, que son el eje de La ciudad y los perros, reaparecen o renacen en la historia de Pichula Cuéllar. Y espero que den todavía mucho de sí en la obra futura de Vargas Llosa, al que tengo, como he intentado explicar en estas palabras liminares, por un escritor en el que los motivos y los temas están destinados a crecer y a complicarse dentro del ámbito de una teórica, materialmente imposible obra total de la que la novela corta (¿por qué diablo no se podrá en la tradición española dar un nombre propio a este tipo de relato que excede de las proporciones dcl cuento sin proponerse las de la novela?) que publica “Palabra e Imagen” es el más reciente de sus “capítulos de ensayo”.

Acerca del libro en sí, del relato de Vargas y de las espléndidas fotografías de Miserachs, nada puedo decir que el lector no esté tan capacitado como yo para aprender por sí mismo. Sólo quisiera expresar mi seguridad de que ni uno ni otro, según les conozco, hubieran aceptado esta colaboración entre el relato literario y la sugerencia fotográfica si no hubieran estado absolutamente seguros de su total independencia. Ni Miserachs hubiera querido ilustrar servilmente un texto, ni Vargas hubiera admitido jamás que las especies de la imaginación que están dadas en sus palabras hubieran de coincidir con las que era capaz de captar un fotógrafo sensible. Ante el lector se abren dos series de representaciones orientadas por unos motivos comunes pero que en ningún caso intentan repetirse, dos textos de distinta naturaleza, a lo sumo caminando en la misma dirección, pero que, como las paralelas, no se encuentran en ningún punto.


Prólogo a Los jefes / Los cachorros (Edición definitiva), Seix Barral, 1980

Mario Vargas Llosa

Los seis cuentos de Los jefes son un puñado de sobrevivientes de los muchos que escribí y rompí cuando era estudiante, en Lima, entre 1953 y 1957. No valen gran cosa, pero les tengo cariño porque me recuerdan esos años difíciles en los que, pese a que la literatura era lo que más me importaba en el mundo, no me pasaba por la cabeza que algún día sería, de veras, escritor. Me había casado muy joven y mi vida estaba asfixiada de trabajos alimenticios, además de las clases universitarias. Pero, más que los cuentos que escribí a salto de mata, lo que guardo en la memoria de esos años son los autores que descubrí, los libros queridos que leí con esa voracidad con que uno se envicia de literatura a los dieciocho años. ¿Cómo me las arreglaba para leer con los trabajos que tenía? Haciéndolos a medias o muy mal. Leía en los ómnibus y en las aulas, en las oficinas y en la calle, en medio del ruido y de la gente, parado o caminando, con tal de que hubiera un mínimo de luz. Mi capacidad de concentración era tal que nada ni nadie podía distraerme de un libro (he perdido esa aptitud). Recuerdo algunas hazañas: Los hermanos Karamazov leído en un domingo; la noche en blanco con la versión francesa de los Trópicos de Henry Miller que un amigo me prestó por unas horas; el deslumbramiento con las primeras novelas de Faulkner que cayeron en mis manos —Las palmeras salvajes, Mientras agonizo, Luz de agosto—, que leí y releí con papel y lápiz, como libros de texto.
Esas lecturas impregnan mi primer libro. Para mí es fácil reconocerlas ahora, pero no lo era cuando escribí los cuentos. El más antiguo, “Los jefes”, en apariencia recrea una huelga que intentamos en el colegio San Miguel de Piura, los alumnos que egresábamos, y en la que fracasamos merecidamente. Pero, en realidad, es un eco desafinado de L’espoir de Malraux que iba leyendo mientras lo escribía.

“El desafío” es un cuento memorable, pero por razones que no pueden compartir los lectores. Una revista parisina de arte y viajes —La Revue Française— dedicó un número al país de los incas y con este motivo organizó un concurso de cuentos peruanos cuyo premio era nada menos que un viaje a París de quince días, con alojamiento en un hotel, el Napoleon, desde cuyas ventanas se veía el Arco del Triunfo. Naturalmente, hubo una epidemia de vocaciones literarias en el territorio nacional y acudieron al concurso centenares de cuentos. Se me acelera de nuevo el corazón cuando veo entrar a mi mejor amigo al altillo donde yo escribía noticiarios para una radio a decirme que “El desafío” había ganado el premio y.que París me esperaba con banda de música. El viaje fue verdaderamente inolvidable y estuvo lleno de episodios más divertidos que el cuento que me lo brindó. No pude ver a Sartre, mi ídolo del momento, pero sí a Camus, a quien con tanta audacia como impertinencia abordé a la salida del teatro donde ensayaba una reposición de Les justes y le infligí una revistilla de ocho páginas que sacábamos en Lima tres amigos (me sorprendió su buen español). En el Napoleon descubrí que mi vecina de pasillo era otra laureada, que disfrutaba también de quince días gratis de hotel —Miss France 1957— y pasé mucha vergüenza cuando, en el restaurante del hotel, Chez Pescadou, donde entraba de puntillas temeroso de arrugar la alfombra, me alcanzaron una red y me indicaron que debía pescar en el estanque del comedor la trucha que, por pura ignorancia, había señalado en el menú.

Me gustaba Faulkner pero imitaba a Hemingway. Estos cuentos deben mucho también al legendario personaje que, en esos años precisamente, vino al Perú a pescar delfines y cazar ballenas. Su paso nos dejó un relente de historias aventureras, diálogos parcos, descripciones clínicas y datos escondidos al lector. Hemingway era una buena lectura para un peruano que comenzaba a escribir hace un cuarto de siglo: una lección de sobriedad y objetividad estilísticas. Aunque había pasado de moda en otras partes, entre nosotros todavía se practicaba una literatura de campesinas estupradas por ignominiosos terratenientes, escrita con muchas esdrújulas, que los críticos llamaban “telúrica”. Yo la odiaba por tramposa, pues sus autores parecían creer que denunciar la injusticia los eximía de toda preocupación artística y hasta gramatical, y, sin embargo, compruebo que ello no me impidió quemar incienso en ese altar, porque “El hermano menor” incurre en tópicos indigenistas, condimentados, tal vez, con motivos procedentes de otra de mis pasiones de la época: los westerns cinematográficos.

“El abuelo” desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: A Delicate Prey y The Sheltering Sky— y de un verano limeño de gestos decadentes: íbamos al cementerio de Surco a medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo. A la médium, pariente mía, las almas le dictaban todos los mensajes con idénticas faltas de ortografía. Eran noches intensas y desveladas, pues las sesiones, aunque nos dejaban escépticos sobre el más allá, nos encrespaban los nervios. A juzgar por “El abuelo”, fue sabio no insistir en el género malévolo.

El cuento de Los jefes al que le perdonaría la vida es “Día domingo”. La institución del “barrio” —fraternidad de muchachas y muchachos con territorio propio, espacio mágico para el juego humano que describió Huizinga— es ya obsoleta en Miraflores. La razón es simple: los jóvenes de la clase media limeña tienen ahora, desde que dejan de gatear, bicicletas, motocicletas o automóviles que los traen y llevan a gran distancia de sus casas. Así, cada cual arma una geografía de amigos cuyas curvas se ramifican por la ciudad. Pero hace treinta años sólo teníamos patines que apenas nos permitían dar vueltas a la manzana y ni siquiera los que llegaban a la bicicleta iban mucho más lejos pues las familias se lo prohibían (y en esa época se las obedecía). Así, los muchachos y muchachas estábamos condenados a nuestro “barrio”, prolongación del hogar, reino de la amistad. No hay que confundir al “barrio” con el gang norteamericano —masculino, matonesco y gangsteril. El “barrio” miraflorino era inofensivo, una familia paralela, tribu mixta donde se aprendía a fumar, a bailar, a hacer deportes y a declararse a las chicas. Las inquietudes no eran demasiado elevadas: se reducían a divertirse al máximo cada día feriado y cada verano. Los grandes placeres se llamaban correr olas y jugar fulbito, bailar con gracia el mambo y cambiar de pareja cada cierto tiempo. Acepto que éramos bastante estúpidos, más incultos que nuestros mayores —que ya es decir—y ciegos para lo que ocurría en el inmenso país de hambrientos que era el nuestro. Eso lo descubriríamos después y también la fortuna que significaba haber vivido en Miraflores y tenido un “barrio”. Y, retroactivamente, llegaríamos en un momento dado a sentir vergüenza. También eso era estúpido: uno no elige su niñez. En la que me tocó, los recuerdos más cálidos están todos ligados a esos ritos de mi “barrio” con los que —sumada la nostalgia— escribí “Día domingo”.

También el “barrio” es el tema de Los cachorros. Pero este relato no es pecado de juventud, sino algo que escribí de adulto, en 1965, en París. Digo escribí y mejor sería decir reescribí, porque hice por lo menos una docena de versiones de la historia, que nunca salía. Me rondaba la cabeza desde que leí, en un diario, que un perro había emasculado a un recién nacido, en un pueblecito de los Andes. Desde entonces, soñaba con un relato sobre esta curiosa herida que, a diferencia de las otras, el tiempo iría abriendo en vez de cerrar. A la vez, le daba vueltas a una novela corta sobre un “barrio”: su personalidad, sus mitos, su liturgia. Cuando decidí fundir los dos proyectos, comenzaron los problemas. ¿Quién iba a narrar la historia del niño mutilado? El “barrio”. ¿Cómo conseguir que el narrador colectivo no borrara a las diversas bocas que hablaban por la suya? A fuerza de romper papeles, poco a poco fue perfilándose esa voz plural que se deshace en voces individuales y rehace de nuevo en una que expresa a todo el grupo. Quería que Los cachorros fuese una historia más cantada que contada y, por eso, cada sílaba está elegida tanto por razones musicales como narrativas; no sé por qué, sentía que, en este caso, la verosimilitud dependía de que el lector tuviera la impresión de estar oyendo, no leyendo: la historia debía entrarle por los oídos. Estos problemas, digamos técnicos, fueron los que me absorbieron. Mi sorpresa fue la variedad de interpretaciones que merecerían las desventuras de Pichula Cuéllar: parábola sobre la impotencia de una clase social, castración del artista en el mundo subdesarrollado, paráfrasis de la afasia provocada en los jóvenes por la cultura de la tira cómica, metáfora de mi propia ineptitud de narrador. ¿Por qué no? Cualquiera puede ser cierta. Una cosa que he aprendido, escribiendo, es que en este quehacer nunca nada está del todo claro: la verdad es mentira y la mentira verdad y nadie sabe para quién trabaja. Lo seguro es que la literatura no resuelve problemas —más bien los crea— y que en vez de felices hace a las gentes más aptas para la infelicidad. Así y todo, ella es mi manera de vivir y no la cambiaría por otra.

Lima, febrero de 1979


Caretas N°478, 7-21 junio de 1973
De la película "Los cachorros" (1973):

Los cachorros no alcanza, es verdad, niveles artísticos extraordinarios, pero es sin duda una excelente interpretación de la historia del novelista peruano, con ya sorprendentes resultados de taquilla: en México se recaudó el equivalente a cuatro millones de soles en sólo dos semanas de exhibición en un solo cine.

Anuar Vadim, que además de Los cachorros ha producido otras 97 películas en los últimos 25 años, entre ellas "muchos bodrios delirantes", recuerda que cuando el libro cayó en sus manos sintió un gran temor de realizarla. "Nos pareció extraordinario el caso. Ni en la tragedia griega se registra algo semejante. Era muy peligroso, muy atrevido hacerla en cine, especialmente porque si la escena de la mutilación no se hacía bien, podía caer en risa".

-"El problema principal -sigue Vadim- era buscar el animal". Se puede enseñar a cualquier persona a actuar, pero a un perro es muy difícil. "Creo que fuimos muy afortunados. Encontramos a un niño, un amigo de mi hijo, que era dueño de un perro. Debimos escoger entre entrenar al perro o enseñar al dueño del perro a actuar. Decidimos lo último. Allí mismo en la escuela que estudia filmamos la película. Es decir, nos prestaron la escuela, al niño y al perro".

Cuenta Vadim que, lógicamente, el perro al ver a su amo trabajaba con él como le daba la gana. "Creo que logramos filmar una de las mejores escenas de los últimos tiempos", consideró.

Fotograma de la película Los cachorros (1973) de Anuar Vadim. FOTO: Caretas (Archivo Max Silva
Tuesta)

LITERATURA PERUANA (ed. 1967) de Augusto Tamayo Vargas

Su cuento Los cachorros es la presentación de la castración física por un perro de "Pichula" Cuéllar y la castración moral de una generación. Se le ha encontrado relación con Hemingway que ofrecía singulares temas de "castración" generacional y personal. Vargas Llosa no domina la técnica del cuento en la forma que ha logrado adquirir en la novela. Él se mueve mejor dentro de ámbitos mayores y el cuento debe plantearse un "acontecimiento nudo" donde se concrete el pensamiento del autor. Un relato fundamental -que lo es el de "Pichula Cuéllar"- pero que no es explotado hasta sus últimas circunstancias literarias. Y, además, la posición negativista de Vargas Llosa lo aleja del arte en una pieza corta en la que la intención social parece tomar en él todo el volumen del relato, mientras que en las novelas resulta una consecuencia de muchas cosas dichas, de muchas narraciones que interesa a Vargas Llosa desarrollar en grandes perspectivas para tener al final un todo artístico en el conjunto.

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