LOS JEFES
Toda una rareza
Portada de la primera edición de este cuentario (Rocas, 1959)
LOS JEFES (1959)

Los jefes (1959), el primero de sus libros, agrupa diferentes relatos -cinco en la primera edición, seis en las ediciones posteriores-. El valor del volumen radica fundamentalmente en el inicio de una temática que habrá de reaparecer en libros posteriores. La ciega rebeldía de sus personajes, impulsivos ejecutores de acciones marginales, delata su soledad existencial. Tributario del neo-naturalismo que se desarrolla en Perú en estos años, son las diversas encarnaciones de una violencia generalizada las que aparecen como señales acusadas de un mismo malestar. La rebelión estudiantil ("Los jefes"), la pelea ("El desafío"), la rivalidad por el amor de una muchacha ("Día domingo"), aparecen como acciones sometidas a una dinámica que las sobredimensiona, erigiéndolas en absolutos que las arrojan al vacío.

El código que las sustenta sigue los rígidos dictados del honor machista: la venganza, el castigo, la delación, la prepotencia, conforman micromundos viciados, regulan las acciones que siempre recalan en la brutalidad, en el odio. (Oveja Negra)

CUENTOS DE LOS JEFES:
Los jefes
El desafío
El hermano menor
 
Día Domingo
Un visitante
El abuelo

PREMIOS:

Premio Leopoldo Alas 1959 por Los jefes

EDICIONES:

Ediciones Rocas: "Los jefes" (1958)
Editorial Seix Barral "Los jefes / Los cachorros" (edición definitiva, 1980)
Editorial PEISA (Perú) "Los jefes / Los cachorros"
Editorial Alfaguara, "Narrativa Breve" (1999)

SOBRE EL CUENTARIO:

Prólogo a Los jefes / Los cachorros (Edición definitiva), Seix Barral, 1980

Mario Vargas Llosa

Los seis cuentos de Los jefes son un puñado de sobrevivientes de los muchos que escribí y rompí cuando era estudiante, en Lima, entre 1953 y 1957. No valen gran cosa, pero les tengo cariño porque me recuerdan esos años difíciles en los que, pese a que la literatura era lo que más me importaba en el mundo, no me pasaba por la cabeza que algún día sería, de veras, escritor. Me había casado muy joven y mi vida estaba asfixiada de trabajos alimenticios, además de las clases universitarias. Pero, más que los cuentos que escribí a salto de mata, lo que guardo en la memoria de esos años son los autores que descubrí, los libros queridos que leí con esa voracidad con que uno se envicia de literatura a los dieciocho años. ¿Cómo me las arreglaba para leer con los trabajos que tenía? Haciéndolos a medias o muy mal. Leía en los ómnibus y en las aulas, en las oficinas y en la calle, en medio del ruido y de la gente, parado o caminando, con tal de que hubiera un mínimo de luz. Mi capacidad de concentración era tal que nada ni nadie podía distraerme de un libro (he perdido esa aptitud). Recuerdo algunas hazañas: Los hermanos Karamazov leído en un domingo; la noche en blanco con la versión francesa de los Trópicos de Henry Miller que un amigo me prestó por unas horas; el deslumbramiento con las primeras novelas de Faulkner que cayeron en mis manos —Las palmeras salvajes, Mientras agonizo, Luz de agosto—, que leí y releí con papel y lápiz, como libros de texto.
Esas lecturas impregnan mi primer libro. Para mí es fácil reconocerlas ahora, pero no lo era cuando escribí los cuentos. El más antiguo, “Los jefes”, en apariencia recrea una huelga que intentamos en el colegio San Miguel de Piura, los alumnos que egresábamos, y en la que fracasamos merecidamente. Pero, en realidad, es un eco desafinado de L’espoir de Malraux que iba leyendo mientras lo escribía.

“El desafío” es un cuento memorable, pero por razones que no pueden compartir los lectores. Una revista parisina de arte y viajes —La Revue Française— dedicó un número al país de los incas y con este motivo organizó un concurso de cuentos peruanos cuyo premio era nada menos que un viaje a París de quince días, con alojamiento en un hotel, el Napoleon, desde cuyas ventanas se veía el Arco del Triunfo. Naturalmente, hubo una epidemia de vocaciones literarias en el territorio nacional y acudieron al concurso centenares de cuentos. Se me acelera de nuevo el corazón cuando veo entrar a mi mejor amigo al altillo donde yo escribía noticiarios para una radio a decirme que “El desafío” había ganado el premio y.que París me esperaba con banda de música. El viaje fue verdaderamente inolvidable y estuvo lleno de episodios más divertidos que el cuento que me lo brindó. No pude ver a Sartre, mi ídolo del momento, pero sí a Camus, a quien con tanta audacia como impertinencia abordé a la salida del teatro donde ensayaba una reposición de Les justes y le infligí una revistilla de ocho páginas que sacábamos en Lima tres amigos (me sorprendió su buen español). En el Napoleon descubrí que mi vecina de pasillo era otra laureada, que disfrutaba también de quince días gratis de hotel —Miss France 1957— y pasé mucha vergüenza cuando, en el restaurante del hotel, Chez Pescadou, donde entraba de puntillas temeroso de arrugar la alfombra, me alcanzaron una red y me indicaron que debía pescar en el estanque del comedor la trucha que, por pura ignorancia, había señalado en el menú.

Me gustaba Faulkner pero imitaba a Hemingway. Estos cuentos deben mucho también al legendario personaje que, en esos años precisamente, vino al Perú a pescar delfines y cazar ballenas. Su paso nos dejó un relente de historias aventureras, diálogos parcos, descripciones clínicas y datos escondidos al lector. Hemingway era una buena lectura para un peruano que comenzaba a escribir hace un cuarto de siglo: una lección de sobriedad y objetividad estilísticas. Aunque había pasado de moda en otras partes, entre nosotros todavía se practicaba una literatura de campesinas estupradas por ignominiosos terratenientes, escrita con muchas esdrújulas, que los críticos llamaban “telúrica”. Yo la odiaba por tramposa, pues sus autores parecían creer que denunciar la injusticia los eximía de toda preocupación artística y hasta gramatical, y, sin embargo, compruebo que ello no me impidió quemar incienso en ese altar, porque “El hermano menor” incurre en tópicos indigenistas, condimentados, tal vez, con motivos procedentes de otra de mis pasiones de la época: los westerns cinematográficos.

“El abuelo” desentona en este conjunto de historias adolescentes y machistas. También él es residuo de lecturas —dos bellos libros perversos de Paul Bowles: A Delicate Prey y The Sheltering Sky— y de un verano limeño de gestos decadentes: íbamos al cementerio de Surco a medianoche, adorábamos a Poe y, en espera de hacer algún día satanismo, nos consolábamos con el espiritismo. A la médium, pariente mía, las almas le dictaban todos los mensajes con idénticas faltas de ortografía. Eran noches intensas y desveladas, pues las sesiones, aunque nos dejaban escépticos sobre el más allá, nos encrespaban los nervios. A juzgar por “El abuelo”, fue sabio no insistir en el género malévolo.

El cuento de Los jefes al que le perdonaría la vida es “Día domingo”. La institución del “barrio” —fraternidad de muchachas y muchachos con territorio propio, espacio mágico para el juego humano que describió Huizinga— es ya obsoleta en Miraflores. La razón es simple: los jóvenes de la clase media limeña tienen ahora, desde que dejan de gatear, bicicletas, motocicletas o automóviles que los traen y llevan a gran distancia de sus casas. Así, cada cual arma una geografía de amigos cuyas curvas se ramifican por la ciudad. Pero hace treinta años sólo teníamos patines que apenas nos permitían dar vueltas a la manzana y ni siquiera los que llegaban a la bicicleta iban mucho más lejos pues las familias se lo prohibían (y en esa época se las obedecía). Así, los muchachos y muchachas estábamos condenados a nuestro “barrio”, prolongación del hogar, reino de la amistad. No hay que confundir al “barrio” con el gang norteamericano —masculino, matonesco y gangsteril. El “barrio” miraflorino era inofensivo, una familia paralela, tribu mixta donde se aprendía a fumar, a bailar, a hacer deportes y a declararse a las chicas. Las inquietudes no eran demasiado elevadas: se reducían a divertirse al máximo cada día feriado y cada verano. Los grandes placeres se llamaban correr olas y jugar fulbito, bailar con gracia el mambo y cambiar de pareja cada cierto tiempo. Acepto que éramos bastante estúpidos, más incultos que nuestros mayores —que ya es decir—y ciegos para lo que ocurría en el inmenso país de hambrientos que era el nuestro. Eso lo descubriríamos después y también la fortuna que significaba haber vivido en Miraflores y tenido un “barrio”. Y, retroactivamente, llegaríamos en un momento dado a sentir vergüenza. También eso era estúpido: uno no elige su niñez. En la que me tocó, los recuerdos más cálidos están todos ligados a esos ritos de mi “barrio” con los que —sumada la nostalgia— escribí “Día domingo”.

También el “barrio” es el tema de Los cachorros. Pero este relato no es pecado de juventud, sino algo que escribí de adulto, en 1965, en París. Digo escribí y mejor sería decir reescribí, porque hice por lo menos una docena de versiones de la historia, que nunca salía. Me rondaba la cabeza desde que leí, en un diario, que un perro había emasculado a un recién nacido, en un pueblecito de los Andes. Desde entonces, soñaba con un relato sobre esta curiosa herida que, a diferencia de las otras, el tiempo iría abriendo en vez de cerrar. A la vez, le daba vueltas a una novela corta sobre un “barrio”: su personalidad, sus mitos, su liturgia. Cuando decidí fundir los dos proyectos, comenzaron los problemas. ¿Quién iba a narrar la historia del niño mutilado? El “barrio”. ¿Cómo conseguir que el narrador colectivo no borrara a las diversas bocas que hablaban por la suya? A fuerza de romper papeles, poco a poco fue perfilándose esa voz plural que se deshace en voces individuales y rehace de nuevo en una que expresa a todo el grupo. Quería que Los cachorros fuese una historia más cantada que contada y, por eso, cada sílaba está elegida tanto por razones musicales como narrativas; no sé por qué, sentía que, en este caso, la verosimilitud dependía de que el lector tuviera la impresión de estar oyendo, no leyendo: la historia debía entrarle por los oídos. Estos problemas, digamos técnicos, fueron los que me absorbieron. Mi sorpresa fue la variedad de interpretaciones que merecerían las desventuras de Pichula Cuéllar: parábola sobre la impotencia de una clase social, castración del artista en el mundo subdesarrollado, paráfrasis de la afasia provocada en los jóvenes por la cultura de la tira cómica, metáfora de mi propia ineptitud de narrador. ¿Por qué no? Cualquiera puede ser cierta. Una cosa que he aprendido, escribiendo, es que en este quehacer nunca nada está del todo claro: la verdad es mentira y la mentira verdad y nadie sabe para quién trabaja. Lo seguro es que la literatura no resuelve problemas —más bien los crea— y que en vez de felices hace a las gentes más aptas para la infelicidad. Así y todo, ella es mi manera de vivir y no la cambiaría por otra.

Lima, febrero de 1979


EL COMERCIO Perú, 8 de Junio de 1997
Vargas Llosa defiende la imaginación y cuenta recuerdos
Madrid, (dpa) - Mario Vargas Llosa participó el sábado en el ciclo 'El autor y sus lectores' de la Feria del Libro de Madrid, en donde recordó que cerca del parque donde se lleva a cabo la muestra comenzó a escribir 'La ciudad y los perros'.
En ''El Jute'', un bar cercano al parque del Retiro, fue donde comenzó su famosa novela, y fue allí también que recibió la noticia sobre su primer premio literario, el Leopoldo Alas, obtenido por su libro de cuentos Los jefes, resaltó Vargas Llosa. Unas 200 personas acudieron a escuchar a Vargas Llosa, quien defendió el mundo de la imaginación y habló también de su última obra, los ''Cuadernos de don Rigoberto'', con un personaje, que, según el escritor, ''tiene mucho de autobiográfico y también de ficción''.


EL PAÍS (Madrid), Miércoles, 11 de agosto de 1999

LAS 100 JOYAS DEL MILENIO/NUMERO 45 /Los jefes. Los cachorros / Mario Vargas Llosa
«"Los jefes" es un microcosmos del resto de mis libros»

La vida de escritor de Mario Vargas Llosa comenzó oficialmente cuando publicó Los jefes, su primera obra, un grupo de relatos fríos y objetivos donde aparece por primera vez el sargento Lituma. Después alcanzaría una de sus más altas cotas con Los cachorros, una perfecta, ácida y precisa novela corta, según afirma el novelista chileno Roberto Bolaño en el prólogo -aquí reproducido- del libro que se vende mañana con EL MUNDO por sólo 225 pesetas más. Por otra parte, nos acercan a la trayectoria de Vargas Llosa un artículo del catedrático Victorino Polo y una entrevista con el propio escritor peruano.

LEANDRO PEREZ MIGUEL

MADRID.- Mario Vargas Llosa, peruano (Arequipa, 1936) nacionalizado español y residente en Londres, es uno de los grandes escritores actuales en castellano.

¿Qué le parece que publiquen «Los jefes» y «Los cachorros» en la colección «Las 100 joyas del milenio»?

Muy honroso, porque he visto en la lista seleccionada libros de altísima calidad y, entre ellos, muchos de mis favoritos.

¿Podría citar algunos?

El Quijote y Madame Bovary sin ninguna duda, y también los escritores que admiro más, como Faulkner o Virginia Woolf. Estaba en España cuando salió en EL MUNDO la lista y me pareció una selección magnífica.

¿Y qué puede decir de las dos obras suyas seleccionadas?

Los jefes es mi primer libro, un grupo de relatos que sobrevivieron a los muchos que escribí cuando era adolescente y estudiante universitario. Hice la selección el año 58, al poco de llegar a España para hacer el doctorado en la Complutense. Eliminé los peores, añadí uno que escribí en Madrid, ahora no recuerdo cuál, vi que había un concurso de cuentos en Barcelona, el Leopoldo Alas, un premio modesto y, como quería verme impreso, me presenté sin muchas esperanzas, pero lo gané. Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente. Creo que es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros.

Dos lustros después, escribió «Los cachorros».

Bueno, es un relato que en realidad no escribí sino reescribí: se trata de uno de los textos que más he corregido y rehecho. Lo empecé después de La Casa Verde, y es la única vez en que he tenido desde el principio una idea clara de la estructura. Desde que tuve la idea del relato pensé que tenía que ser una historia más cantada que contada, que había de tener una musicalidad, algo encantatorio en el ritmo, en el lenguaje, para que el lector no opusiera una defensa crítica a la historia.

¿Cómo es esa historia?

Muy truculenta, la de un muchacho al que la castración va convirtiendo en un marginado en un mundo machista. Además, otro asunto formal que me preocupó era encontrar un punto de vista que reflejara esa personalidad colectiva del grupo, del barrio. Y el relato también resulta interesante porque de todas las obras que he escrito es el que ha tenido interpretaciones más diversas.

¿Le sorprendió alguna?

Sí. Un crítico muy erudito comentó que había una elementariedad en la expresión, los diálogos y el fraseo que volvía emblemático el lenguaje de los tebeos. Otra muy sorprendente era que la historia de Pichula Cuéllar era un símbolo de la condición del escritor latinoamericano, castrado por el medio y la falta de una cultura rica que estimulara su trabajo.

¿Y se le puede comparar con Pichula Cuéllar?

Felizmente, aún ningún perro bravo me ha hecho lo que le han hecho al pobre Cuéllar.

Pero sí que ha sido marginado por la sociedad peruana.

En ese sentido, desde luego. Es verdad. Yo he sido bastante marginado. Hasta los 10 años, no: fui un niño bastante integrado y feliz, un niño muy consentido. Todo eso cambió cuando mis padres se reconciliaron y tuve que vivir con mi padre, una persona con la que siempre me llevé muy mal. Después, de adolescente quedé bastante segregado de mi propio medio por razones políticas y también por mi vocación, que no tenía mucho asiento social ni en el Perú ni en ningún país latinoamericano.

¿Cuánto ha cambiado desde que escribió ambas obras?

La persona que escribió esos relatos soy yo y ya no soy yo. Cuando empecé Los jefes tenía 18 años y ahora tengo 63. Han pasado muchas cosas, mi experiencia se ha acumulado en muchos sentidos: no soy la misma persona y desde luego sigo siéndola.

¿Cómo sitúa estos relatos dentro del tan mentado «boom»?

Digamos que en ellos hay muy claramente un rechazo, que yo creo característico del boom, de la literatura regionalista, costumbrista, folclórica, centrada en el paisaje y en los tipos pintorescos. El boom, en cambio, situaba las historias en un mundo más urbano y se preocupaba tanto de la forma como de los temas.

¿Se puede intuir al leer estas obras que su autor rondó la Presidencia del Perú?

No, yo creo que eso no tiene nada que ver. Mi participación política fue accidental y determinada por unas circunstancias muy excepcionales.

Si usted no fuese Vargas Llosa, ¿qué diría de él?

No se puede hacer ese juicio. Cuando uno se mira al espejo no sabe cómo le miran los otros. Hombre, yo quisiera que mis libros fueran buenos libros, desde luego. No es que esté jugando a modesto, pero yo no sé lo que realmente valen mis libros. Tengo indicios que son muy halagadores en muchos sentidos, pero también sé que muchas veces la suerte determina el éxito, y no el talento. Se sabrá lo que valen mis libros cuando ya no estemos aquí. El tiempo determina si una obra merecía o no sobrevivir a su autor. Eso lo saben hasta los escritores más vanidosos. Cuando nadie los ve, se miran al espejo y se preguntan: ¿pero cómo soy yo?

¿Qué le queda por hacer?

Tengo muchos proyectos. Llevo tres años trabajando en una novela que espero terminar éste. Se llama La Fiesta del Chivo y trata de los últimos años de Trujillo; le decían Chivo al dictador. Pero tengo muchos proyectos, tantos como si fuese inmortal. Me faltará el tiempo. Aunque no me preocupa eso.

¿Y qué le queda por ganar? ¿El Nobel, quizá?

Esa es otra preocupación que uno debe sacarse de encima. Esa preocupación puede hacerle mucho daño a un escritor. Si el Premio Nobel llega, pues en buena hora, y si no llega, no hay que preocuparse demasiado tampoco. Además, yo ya he tenido demasiada suerte con los premios. Mi ración de premios es más que suficiente.

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© Augusto Wong Campos, 2002. Yahoo! Geocities Inc.
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