SEGUNDA CRUZADA. ÉXITO DE PRÉDICA Y FRACASO MILITAR

La mística que San Bernardo imprimió a los ejércitos cruzados de Luis VII y Conrado III no los libró de la severa derrota.

El advenimiento de las órdenes de caballería en el oriente.

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os héroes de la Primera Cruzada, que habían mostrado un valor inaudito en los combates, fueron débiles en la victoria. Apasionados y grandiosos, tanto en sus pecados como en sus arrepentimientos, más que en guardianes del tesoro más preciado de la cristiandad se constituyeron en verdaderos señores feudales trasplantados a Tierra Santa. Sin embargo, aunque sus guerras fueron violentas, el régimen implantado por los cruzados en las regiones que dominaron fue mucho más tolerante de lo que podría imaginarse. La idea racista era ajena el hombre medieval: combatía al musulmán, pero le consideraba su igual. Foucher de Chartres confesaba:

“Somos occidentales y nos hemos transformado en habitantes de Oriente. El italiano o el francés de ayer se ha convertido en galileo o palestino. El oriundo de Reims o de Chartres se ha transformado en sirio o en ciudadano de Antioquía. Nos hemos olvidado ya de nuestro país de origen: aquí posee ya cada uno casa y criados con tanta naturalidad como si estuviera por inmemorial derecho de herencia en el país. Algunos han tomado ya por mujer a una siria, o a una armenia, a veces incluso una sarracena bautizada; otros habitan con toda una familia indígena. Nos servimos, según los casos de todos los idiomas del país.”

LAS ÓRDENES DE CABALLERÍA

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ese a su arraigamiento en tierras de Oriente, la situación de los cristianos en aquellas regiones distaba mucho de ser segura. El reino de Jerusalén debió su existencia más que nada a las disensiones que debilitaban al Islam. Pero, con todo, aquel reducido estado cristiano se habría perdido rápidamente de no obtener mejores defensores que aquellos conquistadores débiles y corrompidos. Y estos eficaces defensores no fueron otros que los caballeros de las órdenes religioso-militares, constituidas por monjes guerreros.

Desde los primeros años del siglo XI funcionaba en Jerusalén el Hospital de San Juan Bautista, albergue y lazareto encargado de dar acogida a los peregrinos pobres o enfermos. Esta fundación sugirió a Hugo de Payen la idea de organizar un cuerpo de caballeros encargados de la protección de los peregrinos en su ruta hacia la Ciudad Santa. Durante el reinado de Balduino II (1118-1131) se otorgó a estos caballeros alojamiento en las proximidades del Templo de Salomón, siendo conocidos con el nombre de “caballeros del Templo o templarios”. Este fue el origen de las órdenes sagradas de caballería, que muy pronto se convirtieron en el elemento militar más importante del reino de Jerusalén.

Los templarios, tras hacer votos de pobreza, castidad y obediencia, y comprometerse a defender el Santo Sepulcro y a los peregrinos por las armas, cobraron un extraordinario auge. Gracias a las donaciones de príncipes y particulares esta comunidad se extendió rápidamente hasta llegar a contar con 20 mil esforzados caballeros. La Orden - a pesar de los votos de pobreza - adquirió cuantiosos bienes, no sólo en Palestina, sino también en la mayoría de los países de Occidente, contándose en millones sus rentas anuales. Con los negocios de Oriente practicados en gran escala y con sus actividades navieras, los templarios incrementaron aún más sus capitales, llegando a figurar entre los banqueros más importantes de su tiempo.

Del Hospital de San Juan Bautista — inspirador de la idea de las órdenes de caballería — surgió otra comunidad de monjes guerreros, igualmente rica y poderosa: la de los Caballeros del Hospital o Juanistas, también llamada Orden de los Hospitalarios de San Juan de Jerusalén. Los caballeros de San Juan se distinguieron por erigir muchos castillos para proteger a los cristianos de Siria. Más adelante, nacerían otras órdenes monásticas en Tierra Santa, la más importante de las cuales fue la de los Caballeros Teutónicos, creada para asistir a los peregrinos alemanes.

Para los cristianos de Tierra Santa, las enérgicas medidas de seguridad representadas por la institución de las órdenes de caballería, llegaron en un momento muy oportuno, pues había surgido un peligroso enemigo en la secta de los “haxixin” — de donde proviene el vocablo “asesino” — fundada por un jefe musulmán. La misión de ésta era desembarazarse de los enemigos del Islam a base de atentados individuales. Uno de sus jefes más temibles, conocido por los cristianos como el “Viejo de la Montaña”, residía en una inaccesible cueva rocosa cerca de Antioquía. Se cuenta que drogaba a sus fieles, los cuales se sentían trasladados a una especie de edén delicioso, donde podían entregarse a todos los placeres sensuales. Después se les drogaba de nuevo y volvían a su vida normal. Entonces se les afianzaba la convicción de que habían estado en el paraíso y se mostraban dispuestos a todo, con la esperanza de poder gustar otra vez, y para siempre, los goces del Paraíso de Alá. Naturalmente que los méritos para conseguir esta recompensa se hacían a costa de intensificar los atentados terroristas contra los cristianos.

EL ARTÍFICE DE LA SEGUNDA CRUZADA

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edio siglo después de la Primera Cruzada, los cristianos de Siria comenzaron a tener graves dificultades. El establecimiento del régimen feudal tuvo para los cruzados funestas consecuencias, pues al debilitarse los señoríos en luchas intestinas por el dominio de las tierras hicieron posible la reacción musulmana. La división existente entre los emires concluyó en 1127, cuando Imad ed-Din Zangi, “atabeg” de Mosul, inició el establecimiento de su dominio personal en Siria. Los sarracenos comenzaron a arrebatar a los occidentales un territorio tras otro. Hacia 1130 se habían hecho ya dueños de Hama y de Alepo, y el día de Navidad de 114 conquistaban Edesa.

En la Europa Occidental la caída de Edesa fue considerada como un desastre de primera magnitud y tuvo como consecuencia inmediata la predicación de la Segunda Cruzada por San Bernardo de Claraval, sin lugar a dudas el clérigo más influyente de su época. Bernardo se hallaba al frente de la abadía de Claraval, en la Champaña, y era uno de los grandes reformadores de la vida monástica. Por naturaleza, este monje era un místico dedicado a la vida contemplativa que llevó al ascetismo hasta sus últimos límites. En su frágil cuerpo se asentaba un alma apasionada, de energía casi sobrenatural. Toda su impresionante elocuencia fue consagrada al servicio de la cruzada, que predicó en Alemania y Francia. En aquellos años acababa de ser elegido Papa Eugenio III, también monje de Claraval. Pronto se vio que esta elección había sido acertada, pues el nuevo pontífice demostró gran celo y energía en el Gobierno de la Iglesia, no tardando en autorizar la Segunda Cruzada consciente del peligro que corrían los Estados cristianos del Oriente.

En poder de la autorización pontificia, Bernardo de Claraval se lanzó primero a predicar la cruzada en Francia. En aquel entonces reinaba en el país galo la dinastía de los Capeto — descendientes del duque Hugo de Capeto —, elegido monarca francés en 987 —, sucesora de los carolingios. El Capeto reinante en el momento de la predicación, el joven y piadoso Luis VII, no tardó en ser convencido e hizo un solemne voto de concurrir a la cruzada. A su vez, Bernardo de Claraval exhortó a los vasallos de Luis a continuar las nobles tradiciones francesas acreditadas en la Primera Cruzada y demostrar al mundo que aún florecía el valor galo.

Por donde pasaba Bernardo se alistaban por doquier nuevos ejércitos de cruzados. Y a las regiones que no podía visitar personalmente mandaba emisarios, a quienes pocos se resistían. En Alemania, el dinámico y persuasivo monje logró convencer a la nobleza y a Conrado III, de la dinastía de los Hohenstaufen, que tomaran la cruz. Aunque los alemanes no comprendían la lengua francesa, su voz y ademanes eran tan ardientes, que al oír su encendida prédica, el auditorio lloraba y se golpeaba el pecho.

El talento político de San Bernardo, para quien el gobierno teocrático era indispensable para el mundo católico, se manifestó en el hecho de que propiciara una cruzada “real” y no “señorial”. Con clarividente intuición comprendió el peligro que significaba el debilitamiento del poder feudal en provecho del monárquico, que tarde o temprano iba a enfrentar el dominio del Papa. Es así como al confiar la dirección de la cruzada en manos de los monarcas ganaba al mismo tiempo su adhesión incondicional a la Iglesia, variando con ello su política, ya que hasta ese momento se había entendido, de preferencia, con los caballeros feudales.

Al fin de su labor, Bernardo pudo comunicar con honda satisfacción al Papa Eugenio III que en los países donde predicó la cruzada sólo quedaba un hombre por cada siete mujeres, pues todos los varones en condiciones de alistarse en la sagrada causa ya lo habían hecho. Así, San Bernardo había sido respecto a la Segunda Cruzada lo que Urbano II y Pedro el Ermitaño fueron para la Primera. La cruzada de 1147 era pues obra de un solo hombre. El iluminado monje había sido capaz de desencadenar, casi sin ayuda, aquel formidable esfuerzo que conmovió a la cristiandad.

EL FRACASO DE LA EXPEDICIÓN

A pesar de que los dos monarcas europeos participantes en la cruzada — Luis VII y Conrado III — contaban con la alianza del emperador Manuel de Bizancio, lo que teóricamente les representaba un fuerte apoyo en Constantinopla, en el hecho la realidad fue muy distinta. El emperador bizantino siguió la doble y hábil política de Commeno: ayudar a los cruzados en su lucha contra los musulmanes, pero impedir que obtuvieran un triunfo completo. En rigor, a Bizancio le interesaba el desgaste de estas dos fuerzas, pues estimaba tan peligroso el robustecimiento de los Estados latinos en Oriente como el predominio mahometano.

Conrado y sus alemanes fueron los primeros en llegar a Constantinopla en la primavera de 1147. Su intención era esperar la llegada de los franceses, pero también ahora, como en tiempo de Alejo Commeno, surgieron las suspicacias del emperador de Bizancio. Y a semejanza de lo que había ocurrido en la Primera Cruzada, Manuel halló modo de desembarazarse de Conrado y sus tropas, empujándolos desguarnecidos, y casi sin víveres, al Asia Menor. Así debilitados, los alemanes fueron vencidos en su primer encuentro con los turcos y, presas de la desmoralización, se batieron en retirada. Pero los musulmanes no cesaron de perseguirlos y Conrado sólo logró salvar un reducido grupo de tropas que se refugió en la ciudad de Nicea, situada a unos cien kilómetros al sur de Constantinopla.

Entretanto, el rey Luis VII había llegado al frente de un soberbio ejército, no tardando en ser casi completamente aniquilado por los sarracenos. Pero Luis y Conrado consiguieron transportar los restos de sus huestes hasta Tierra Santa, el primero por una ruta terrestre y el segundo por mar. Llorando por las penurias sufridas, ambos monarcas se confundieron en un fraterno abrazo.

Una vez en Jerusalén, los reyes de Francia y Alemania se unieron a Balduino III, decidiendo poner sitio a Damasco, ocupada hasta entonces por Mujir ed-Din Abaq, el cual se las ingenió para sembrar disensiones entre los francos occidentales y los sirios, consiguiendo alejar a éstos del sitio mediante el soborno. Así fue como la Segunda Cruzada, que se había iniciado con tan alentadoras esperanzas, terminó trágicamente con ese intento frustrado de apoderarse de Damasco. Los soberanos europeos, reunidos con menguados restos de sus otrora impresionantes ejércitos, se vieron obligados a iniciar el triste retorno a sus países. Conrado entró en Alemania en 1148, y Luis en Francia al año siguiente. Mientras tanto, Nur ed-Din reanudaba sus ataques y, en 1149, derrotaba a Raimundo de Antioquía. En 1150 conquistó los escasos distritos de Edesa que aún permanecían en poder de los cristianos. Cinco años más tarde se adueñaba de todos los puntos claves de Siria. Le acompañaba un muchacho de 16 años llamado Saladino, quien estaba destinado a ser el héroe de las próximas y decisivas batallas entre la cruz y la media luna.

Muchos hicieron recaer el fracaso de la empresa en la persona de Bernardo de Claraval, a quien se acusó de “no haber sabido interpretar los designios de Dios”, lanzando a los cruzados en una insensata aventura en la cual no había ninguna posibilidad de éxito. El santo replicó arguyendo que “una empresa inspirada por Dios puede fracasar si es malo el instrumento que lo realiza”. Para él, los cruzados debieron su desastre únicamente a su incredulidad y falta de fe. Sin amedrentarse por las críticas de sus adversarios, el monje continuó predicando la cruzada hasta 1153, año en que falleció profundamente decepcionado de no asistir al triunfo de la cristiandad sobre el Islam. Con él desapareció la fuerza impulsora de la cruzada. Tendría que transcurrir toda una generación antes de que se pensara en organizar una nueva expedición a Tierra Santa.

 

   
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