Intento de secuestro

Por Luis O. Brea Franco

Catedrático y consultor cultural.

Siempre he pensado que el cometido esencial de la política, la ética y el derecho habría de ser la de contribuir a la edificación de modos de convivencia más justos, racionales, integradores, libres y creativos para todos los seres humanos. Sin embargo, estas disciplinas parecerían haber fracasado en el caso concreto de nuestro país. Aquí, la convivencia, cada día, está más erosionada y es más difícil.

Tal fracaso se manifiesta en el generalizado y visceral egoísmo que permea todas nuestras actuaciones y que nos impide mostrar en la vida social las más elementales virtudes de la convivencia: la cortesía, la consideración humana, el respeto, el sentido de justicia, la equidad y la solidaridad.

Un situación trágica domina nuestra convivencia: Existimos en un abismo de desigualdades sin cuenta: en la distribución de las riquezas, de las oportunidades, en las posibilidades de inserción en la sociedad a través del propio esfuerzo o capacidades.

Desde este hecho radical percibimos que la vida no es posible si no arrebatamos algo a los demás; y ello, con maniobras, tergiversaciones, engaños, deshonras, violencias. Otros medios no se visualizan para alcanzar lo deseable. Se instaura así la visión que nos domina, que hace de la existencia una guerra sucia, una lucha en la que se vale la utilización de todos los medios, sean lícitos o no, para lograr nuestros fines.

Todo ello ha hecho de la nuestra, una sociedad signada por la injusticia y la violencia, cargada de irritantes privilegios, donde lo que se valora es la astucia, el manejo turbio, la mentira, la hipocresía y la ausencia de escrúpulos. Esto genera una actitud y una actuación social e individual marcada por una ceguera para la percepción de los derechos de los otros, en tanto que tales derechos pudieran contradecir mis aspiraciones personales o planes inmediatos de escalamiento social. Esto es lo que constituye lo esencial de la visión del tigueraje presente entre nosotros. Por ello afirmo: aquí no sólo hay corruptos individuales, todos somos, en parte, culpables de que esta sociedad se encuentre herida de muerte por la corrupción y la desesperanza.

Por la vigencia de tal actitud, no nos sorprende el recién intento de secuestro de la Nación toda, perpetrado por el Senado, mediante la aprobación de un proyecto de ley, elaborado con asechanza y alevosía, para modificar la constitución para beneficio propio. Aún hoy, sus voceros defienden, con arrolladora arrogancia, su "derecho constitucional" a modificar dicho texto. Lo cual es cierto. Pero no menos cierto es que la constitución es fundamentalmente un pacto de convivencia por el cual una sociedad se constituye como un proyecto viable de Nación. Y ninguna de las partes interesadas, nosotros, los ciudadanos, hemos sido consultados ni tomados en consideración. Sin embargo, el Senado no es culpable de su ceguera. Culpables somos todos nosotros por haber permitido que nuestra vida social y política haya descendido hasta tales sentinas.

Publicado en el diario "El Caribe", el sábado 23 de diciembre del 2000

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