Meditar a Ortega

 

Por Luis O. Brea Franco

Esta semana se celebra en Madrid un Congreso Internacional sobre la obra de José Ortega y Gasset. Pretende revalorizar la figura y la obra de quien realizó el más importante intento de transformar el castellano en lengua adecuada para el pensamiento.

El pensamiento orteguiano impactó positivamente en algunas esferas de la cultura iberoamericana, durante la primera parte del siglo XX. Ello, gracias a la riqueza de los temas y motivos que puso bajo consideración y a la ductilidad y riqueza expresiva de su palabra. Fue maestro de pensamiento a través del ejercicio magistral de la expresión en castellano. Lamentablemente, en los últimos decenios, el estudio de su obra ha venido progresivamente debilitándose.

Considero sería oportuno para nosotros meditar a Ortega. Ello así, pues presumo que transitar por tales caminos de pensamiento podría contribuir a la clarificación de nuestro propio ser social. Empero, cuando indico hacía Ortega señalo no sólo a sus escritos sino también, sobretodo, al gesto que lo caracteriza. Tendríamos que ver qué hizo, cómo lo hizo y por cuáles vías se condujo para el cumplimiento de su vocación filosófica.

Lo primero que debo resaltar de su obra es que no escribió más que dos libros, y ambos quedaron inconclusos. Las otras publicaciones, las obras que conocemos como sus grandes obras no fueron libros. Surgieron de su intensa labor como periodista, educador, orientador y cuestionador de la realidad que vivía la España de su tiempo. Escribió para los diarios, pronunció conferencias y dictó cursos en aulas, que no siempre fueron universitarias. Y así lo hizo porque consideraba que ese era el medio adecuado para poder llevar a la gente su inquietud. Haber actuado así constituye parte esencial de su legado: dejo una palabra viva, cargada de las realidades cotidianas que intentaba comprender y domar interpretándolas a la luz de la razón vital. Con ella iba descubriendo, en el más pleno sentido de esta palabra, cuál era la realidad y las mejores posibilidades de plenitud de España.

Fue Ortega pensador circunstancial. Pero lejos de serlo por pura casualidad o caso, lo fue conscientemente, con empeño. Lo asumió como el centro de su vocación.

"Meditación del Quijote" fue su primer libro y constituye el manifiesto de su tarea de pensador. A lo expresado allí fue fiel durante toda su vida y en toda su obra. Allí definió Ortega la ecuación esencial de su visión del mundo: "Yo soy yo y mi circunstancia". Y su circunstancia era España, siempre España. En ese texto insiste sobre la imbricación esencial de yo y circunstancias. Dice: " …La reabsorción de la circunstancia es el destino concreto del hombre. (…)Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo"

Los dominicanos, entrampados en una profunda crisis histórica, tendríamos mucho que aprender si volviésemos, atentos, el oído al pensamiento y al gesto de este maestro. Meditar a Ortega nos podría ofrecer nuevas posibilidades para recrear con esplendor nuestra dominicanidad.

Catedrático y consultor cultural

Lobrea@mac.com

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