A pesar de todo el bullicio consumista
que vivimos al final del 1999, ha sido ahora cuando ha terminado, en sordina,
el siglo XX, como en el verso de T. S. Eliot: "no con una explosión,
sino con un gemido".
En sus albores, emergió la gran
esperanza de que nos encaminaríamos por sendas de progreso y bienestar
para todos. Sería el siglo en que se cosecharían los frutos
de la utopía moderna, arraigada en el ciencia, el humanismo y el
dominio soberano de la racionalidad en todas las situaciones. La realidad
se ha encargado de borrar tales ilusiones.
El siglo XX ha sido el más violento,
el más terrible, el más destructivo de todos los siglos de
la historia. En él se han fusilado todos los ideales y se han oscurecido
todos los horizontes. Ha inaugurado y llevado a plenitud un genero nuevo
de destrucción: el genocidio. Se han eliminado sistemáticamente
a millones de seres humanos; liquidado pueblos enteros, etnias y culturas
en nombre de la verdad y la esperanza. La saña destructiva, no ha
dejado resquicios posibles. También se ha convidado al festín
infernal a las especies animales, que inocentes cohabitaban con nosotros
la Tierra y aún, a ella misma.
Sin embargo, debemos de reconocer que
han acontecido hechos positivos: La promoción de la mujer, los derechos
humanos y la democracia; la liberación de las colonias; los avances
en la educación, las ciencias y la cultura; el desarrollo de las
comunicaciones. Pero el balance, aún así, resulta negativo.
Pero hay un legado del siglo XX que sobretodo
me preocupa y angustia. Apunta a la anulación de un don humano por
excelencia: la memoria.
La aniquilación de la memoria es
uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo.
Vivimos en un mundo donde los mecanismos sociales que vinculan a los individuos
con las anteriores generaciones, cada día, con mayor energía,
se asolan y disuelven. Se nos impone vivir en un presente permanente. Cuando
se hace necesario recurrir al pasado, nos referimos a él, como complemento
decorativo, aditamento retórico o antecedente funcional de lo presente.
Por ello los megacentros e hipermercados
son los grandes monumentos del siglo XX. Refulgen como símbolos
contundentes de nuestros disminuidos modos de vida. Allí, la presencia
del tiempo desaparece. Todo se torna "presente"; desaparece la posibilidad
de lo nuevo: todo está en catálogo; la vivencia se torna
rutina y el mundo desaparece en una insípida atmósfera de
imágenes sueltas y disueltas en agitada movilidad atemporal.
Todo ello está ya obrando, en profundidad,
sobre nosotros. Cada día, con mayor vehemencia perdemos lo propio,
la herencia, el patrimonio. Por ejemplo, a Gazcue o a Los Pepines, memorias
de la ciudad, para transformarlos en baratija, en megamercados, en tierra
devastada. Como ya sucedió con los sueños, ahora se destrozan
los últimos referentes tangibles.. Después, se podrá
hablar de identidad, pero será "hablar" sobre algo muerto.
Publicado en el diario "El Caribe",
el sábado 06 de enero del 2001