Aniquilación de la memoria

Luis O. Brea Franco Catedrático y consultor cultural

A pesar de todo el bullicio consumista que vivimos al final del 1999, ha sido ahora cuando ha terminado, en sordina, el siglo XX, como en el verso de T. S. Eliot: "no con una explosión, sino con un gemido".
En sus albores, emergió la gran esperanza de que nos encaminaríamos por sendas de progreso y bienestar para todos. Sería el siglo en que se cosecharían los frutos de la utopía moderna, arraigada en el ciencia, el humanismo y el dominio soberano de la racionalidad en todas las situaciones. La realidad se ha encargado de borrar tales ilusiones.
El siglo XX ha sido el más violento, el más terrible, el más destructivo de todos los siglos de la historia. En él se han fusilado todos los ideales y se han oscurecido todos los horizontes. Ha inaugurado y llevado a plenitud un genero nuevo de destrucción: el genocidio. Se han eliminado sistemáticamente a millones de seres humanos; liquidado pueblos enteros, etnias y culturas en nombre de la verdad y la esperanza. La saña destructiva, no ha dejado resquicios posibles. También se ha convidado al festín infernal a las especies animales, que inocentes cohabitaban con nosotros la Tierra y aún, a ella misma.
Sin embargo, debemos de reconocer que han acontecido hechos positivos: La promoción de la mujer, los derechos humanos y la democracia; la liberación de las colonias; los avances en la educación, las ciencias y la cultura; el desarrollo de las comunicaciones. Pero el balance, aún así, resulta negativo.
Pero hay un legado del siglo XX que sobretodo me preocupa y angustia. Apunta a la anulación de un don humano por excelencia: la memoria.
La aniquilación de la memoria es uno de los fenómenos más preocupantes de nuestro tiempo. Vivimos en un mundo donde los mecanismos sociales que vinculan a los individuos con las anteriores generaciones, cada día, con mayor energía, se asolan y disuelven. Se nos impone vivir en un presente permanente. Cuando se hace necesario recurrir al pasado, nos referimos a él, como complemento decorativo, aditamento retórico o antecedente funcional de lo presente.
Por ello los megacentros e hipermercados son los grandes monumentos del siglo XX. Refulgen como símbolos contundentes de nuestros disminuidos modos de vida. Allí, la presencia del tiempo desaparece. Todo se torna "presente"; desaparece la posibilidad de lo nuevo: todo está en catálogo; la vivencia se torna rutina y el mundo desaparece en una insípida atmósfera de imágenes sueltas y disueltas en agitada movilidad atemporal.
Todo ello está ya obrando, en profundidad, sobre nosotros. Cada día, con mayor vehemencia perdemos lo propio, la herencia, el patrimonio. Por ejemplo, a Gazcue o a Los Pepines, memorias de la ciudad, para transformarlos en baratija, en megamercados, en tierra devastada. Como ya sucedió con los sueños, ahora se destrozan los últimos referentes tangibles.. Después, se podrá hablar de identidad, pero será "hablar" sobre algo muerto.
Publicado en el diario "El Caribe", el sábado 06 de enero del 2001 1