El concepto de industrias culturales surgió en la Alemania del postguerra. Fue Theodor Adorno, el primero en utilizarlo. Su análisis partía del aparato cultural y comunicativo del nazismo. Después, los ministros europeos de cultura retomaron el concepto como instrumento de política cultural.
La cultura de masas ha venido articulándose a través del afianzamiento de las industrias culturales: La difusión editorial, la radio, la televisión, el cine. Posteriormente, con el crecimiento de las tecnologías de la comunicación, la informática, la Internet y los procesos de globalización se ha proyectado a todo el planeta. Hoy, por primera vez, la humanidad comparte en todos los niveles de las sociedades una misma constelación de imágenes, ideas y visiones. Se han denunciado y analizado los efectos destructivos que ejerce sobre la alta cultura y sobre el folklore. Pero también habría que resaltar lo positivo: crea la ocasión de nuevos contactos y ayuda al hombre común a percibir mayores diferencias y matices que lo conducen a ampliar de su mundo.
Mientras EE. UU. y Europa apuestan a la consolidación de sus industrias culturales, la situación de los intercambios latinoamericanos luce desoladora. A finales de los noventa, en relación a los audiovisuales, el 87% de ellos provenía de Estados Unidos; 6% de países europeos y 5% de la región. En la televisión, 95% de las señales importadas vía satélite y 77% de los programas provenían de Estados Unidos. Ni hablar de la crisis del cine. Ante esta realidad ¿qué podríamos hacer?
En primer lugar, me luce, deberíamos abrir un debate sobre las perspectivas y posibilidades que nos ofrecería el desarrollo de las industrias culturales. Para armarlo nos veríamos en la necesidad de trabajar en la articulación de un sistema de estadísticas culturales. No sabemos, actualmente, a ciencia cierta cuáles son los volúmenes y características del consumo cultural de los dominicanos y, por ignorarlo, nos resultará difícil articular políticas culturales realistas.
Por otro lado, está la tendencia del dominicano a preferir la temática local en cine, deportes, telenovelas, noticieros, etc. Abría necesidad de mejorar la calidad de los productos culturales y formar técnicos; buscar opciones de financiamiento y explorar la posibilidad de articular sistemas de coproducción y distribución a nivel regional. Deberíamos aprender a utilizar las nuevas posibilidades del CD-Rom, DVDs, televisión digital y, con los hermanos latinoamericanos, intentar cubrir parte importante de la demanda en nuestros países.
El desarrollo de las industrias culturales podría ser fuente de identidad como creadoras de sentido sobre nuestro universo y sobre quiénes somos. También podrían ser instrumento de empleo y crecimiento humano para nuestra gente. Por su importancia, no deberían ser dejadas abandonadas en las manos ciegas e insensibles del mercado. Impulsarlas exigiría un cambio de actitud de los encargados de las políticas culturales, para que tomen en cuenta, las potencialidades de comercialización de la cultura que manejan. La inmensa creatividad y riqueza de formas de nuestro pueblo pondría el resto. Decidámonos a prestarle atención. Publicado en el diario "El Caribe", el sábado 17 de marzo del 2001