Luis O. Brea Franco
Consultor académico y cultural
La nota característica de nuestro tiempo es la globalización. Para muchos de nosotros, su significación aún se nos escapa. La novedad, multiplicidad y complejidad de los procesos que envuelve no nos deja ver la totalidad. Además, los heterogéneos desarrollos en que viene consolidando, aceleran y disuelven, insospechadamente, situaciones, decursos y perspectivas que considerábamos, por fundamentales, evidentes y casi permanentes, dejándonos, un poco, en el aire. Todo ello dificulta su definición en términos estables, objetivos. Tal vez, por ello, hoy sólo podamos aspirar a indicar tendencias y posibilidades en el contexto de horizontes de intereses. En nuestro caso, intereses nacionales.
La globalización está dominada por procesos de expansión de los mercados. El mercado, desde tales perspectivas, vendría a constituirse como la instancia determinante para la toma de las decisiones. La racionalidad humana se identificaría con la económica. De allí emana la pretensión de que todos los poderes, de todos los ordenes y derivaciones, habrían de someterse al imperio del mercado. Rige aquí, al límite, como criterio para determinar la realidad y la pertinencia de las cosas, el enfoque de que sólo tiene importancia y valor aquello que el libre juego de las fuerzas del mercado así decidiere.
Sin embargo, tal visión ocasiona serio deterioro en la capacidad de acción de instancias e instituciones que no derivan su validez del mercado; los Estados nacionales, y las instituciones, con él relacionadas, tales como: partidos, sindicatos, administraciones locales. Igualmente, hace declinar todas las certezas y convicciones enraizadas en aspectos que trasciendan lo meramente utilitario. Todo lo que no sea cuantificable o traducible en términos de operatividad mercadológica tiende a perder prestigio y valoración en la estima social. Ocurre así, que la sociedad comienza a perder sus códigos históricos, sus propios referentes culturales. La vida se disocia, se produce una división entre la vida fáctica, operativa, y la real, apetecida, entre el universo instrumental y el universo de los fines, de los valores, de la historia. Se vive en crisis permanente: todas las formas de autoridad y organización vienen cuestionadas, todo queda abierto, todo resulta posible. Se produce un estado de desorientación general que traduce la vida de una sociedad cada día más desestructurada, desencantada, errática, ingobernable.
La salvaje globalización de los mercados y el permanente descuido a los valores de nuestra identidad nacional y social constituyen dos aspectos constitutivos de nuestra realidad de hoy.
Respecto a la problemática de la globalización falta un debate nacional que haga balance de nuestras potencialidades históricas y culturales, y determine las consecuencias económicas y políticas, el coste social, la carga de posibilidades y oportunidades que entrañaría para nuestro ser nacional.
Nos falta una estrategia nacional que oriente en torno a nuestra viabilidad histórica y social dentro de tales procesos; que construya perspectivas y criterios nacionales para afrontar creativa y provechosamente los retos que implica.
Debemos velar por que la inserción productiva del país en los procesos de globalización no se hagan en desmedro de nuestros valores, de nuestro futuro, de nuestra historia, de nuestra identidad.