Clientelismo y cultura

Por Luis O. Brea Franco

Catedrático y consultor cultural

Uno de los rasgos dominantes de la gestión pública en nuestro país ha sido la inestabilidad de las instituciones. Ello debido, en gran medida, al corruptor clientelismo que impera en nuestra clase política. Esta lacra social corroe, hoy, las entrañas mismas de nuestra sociedad. Me luce que si no se revierte prontamente esta situación terminará consumiendo al sistema político dominicano.

Nuestros gobernantes, en los últimos treinta años, han comprendido el gran peso negativo que tiene esta práctica sobre la permanencia de las instituciones y las consecuencias devastadora que tiene para mantener la vigencia de una obra de gobierno. Por ello, han buscado y ensayado fórmulas, métodos, modalidades que le permitieran revertir o ralentizar, de alguna manera, para beneficio propio y de su buena fama como estadistas, el impacto devorador que esta práctica podía causar a su obra política. Considero que la visión patrimonialista del Estado que ha impuesto el clientelismo, como algo normal, está en el origen de la arraigada usanza de nuestros gobernantes de crear fundaciones, voluntariados y patronatos con los bienes del Estado, principalmente en las áreas de la cultura y de los recursos naturales.

Desde tal perspectiva, se ha entregado parte importante del legado institucional y patrimonial del Estado, en el caso de la cultura, las joyas de la corona, a grupos privados y a instituciones "apolíticas" que disfrutaban, en su momento, a los ojos de quien concedía la gracia, de: "honorabilidad", prestigio social y consistencia económica. Los encomenderos, claro está, debían cumplir, salvo honrosas excepciones, una importante condición: tener ubicados sus aposentos políticos en inequívoca cercanía del líder taumatúrgico. A cambio, los elegidos podían disponer del usufructo de los bienes otorgados asumiendo el compromiso de velar por la permanencia e integridad de las instituciones que generosamente se entregaban a su cuidado.

Sin embargo, como sucede con frecuencia en la vida, el sueño no obró como ideado. La gran mayoría de las instituciones encomendadas se han sumergido, con el paso del tiempo, en un estado de inoperancia semejante a la muerte. Otras, capitaneadas por personalidades más enérgicas, sagaces y emprendedoras, hicieron de ellas un nicho personal para obtener y otorgar prestigios, cargos, señorías y favores. Sólo algunas han logrado cumplir su cometido rindiendo al país un servicio y un legado valiosos.

Con la creación de la Secretaría de Cultura el Estado debería comenzar un proceso de evaluación y ponderación, sereno, sin prisas ni atropellos, de lo positivo o no, que han podido aportar al país y a la cultura tales instituciones. Sería oportuno que el Estado presentara a debate ciudadano los planes y proyectos de transformación y dinamización que tiene para los hoy obsoletos voluntariados y patronatos. Todo esto debería cumplirse sin avasallamientos y sin destruir los múltiples aportes y logros de tales instituciones.

Y, ojalá que esta vez aprendamos la lección: No volvamos a edificar la casa cultural en el tremedal del clientelismo, pues esta vez sí será tarea vana.

Publicado en el diario El Caribe, el sábado 20 de enero del 2001 1