Cada día la vida cotidiana se torna más difícil y áspera. Desde que despertamos nos topamos con la precariedad. Inmediatamente hay que afrontar la inestabilidad de los servicios básicos: energía, agua, teléfono, la conexión a Internet. Por la radio, la televisión o los diarios nos enteramos, con un dejo de masoquismo, del rosario de calamidades sin cuenta que afecta al país o a nosotros, ciudadanos y consumidores, desvalidos en las manos de políticos ignorantes, verdaderos idiotas morales; abandonados a las salvajes fuerzas de un mercado desenfrenado. Así se van aplicando a nuestro cuerpo y a nuestro espíritu las primeras dosis de la enorme cantidad de adrenalina que vamos a destilar durante el día mientras intentamos sobrevivir en este marasmo.
Sin embargo, la apoteosis cotidiana de lo agónico no se produce sino cuando, resignados a lo peor, abrimos la puerta de la casa e irrumpimos a las corrientes del tránsito. Ingresamos, entonces, sin transición alguna, en el reino del caos, la anomia, la insensatez y el avasallamiento.
La verdad es que no puedo explicarme como hemos llegado a esta situación de colapso total del transito en el país. Contamos con múltiples organismos llamados a regularlo y a hacer cumplir la normativa: La Policía Nacional, AMET, Obras Públicas, los ayuntamientos. Tenemos hasta tribunales especializados para sancionar las violaciones. Sólo en salarios, tales entidades erogan sumas millonarias cada mes. Empero, si nos atenemos a los resultados, ninguna de ellas cumple con su cometido.
A la vista de todos los motoristas circulan sin los cascos protectores; hay irrespeto reiterado a los sentidos de las calles; los semáforos, y los mismos tráficos, parecen estar de más, pues nadie les pone caso. Se obstaculiza el transito peatonal y vehicular con el parqueo indebido en las aceras o a ambos lados de las calles. Por otro lado, los policías metropolitanos, quienes debían disciplinar el transito, se ha relajado de tal manera que no es difícil ser testigos de sus animadas tertulias mientras a su alrededor se desarrollan escenas dantescas. Además, están las emisiones de gases y el ruido que nadie sanciona.
¿Qué sucede con el transito? Para mí, acontece lo mismo que ocurre con otros problemas: La autoridad sólo se ejerce cuando produce beneficios políticos o económicos palpables, y como, tal vez aquí, no se vislumbran tales benéficos resultados, se actúa como si no hubiera gobierno.
Considero que para afrontar el incumplimiento en sus deberes por los agentes del orden así como para detener las continuadas violaciones por parte de conductores y peatones se impone adoptar una política firme, decidida, continuada. Habría que ejercer permanente supervisión y aplicar sanciones ejemplares a los que no cumplan con su deber. Y, por otro lado, aplicar a los violadores de la ley multas y penas que duelan. Hay que dejar de lado la cultura del "chance" y de la mano floja. Habría también que educar, a todos los niveles. Pero es urgente comenzar. Ojalá que ello ocurra pronto.
Publicado en el diario "El Caribe", el sábado 27 de enero del 2001