Cultura de abandono Luis O. Brea Franco Consultor académico y cultural

 Últimamente he estado pensando en el lamentable estado en que nos encontramos. Rige entre nosotros una cultura de abandono. Por donde quiera que miramos encontramos signos de ignorancia, negligencia, mezquindad, resentimiento, extravío, violencia. Es difícil, muy difícil encontrar en nuestro solar signos positivos. Nuestras campiñas lucen apagadas, desiertas, desamparadas. El paisaje viene ocultado y degradado por una publicidad que vocifera banalidades sobre cosas sin importancia. Las ciudades se han transmutado en vertederos de todo tipo de inmundicias reales, morales e imaginarias; las calles lucen destrozadas e inseguras, abandonadas a la espera de mayor ruina. La mayoría de los dominicanos visten harapos y descuentan sus días amontonados en basurales inhóspitos llevando una vida de ratas, sin acceso a sus derechos, al cultivo de sus potencialidades humanas y personales, a los bienes imprescindibles de la propia cultura y a los que otorga la época moderna. Impera en la vida social la usurpación, la calumnia, la zancadilla, la corrupción, la impunidad. Somos presas de políticos clientelistas y aventureros que aumentan la sensación de impotencia y la indiferencia ciudadana hacia asuntos comunitarios. Existimos, en una expresión, yermos de esperanzas y destino.

En una de sus obras, Martín Heidegger, medita sobre el sentido de la acción. Iniciaba describiendo el parecer del sentido común: para éste, el bregar con las cosas busca, únicamente, obtener algún provecho; juzga el significado de la acción sólo por el beneficio que ella produce. Sin embargo, la excelencia del hacer consiste, no en la utilidad inmediata que genera, sino en conducir algo a la plenitud de su esencia, a la culminación de su ser a partir de la propia medida. Heidegger designa tal actuación: conducir: La diferencia entre la concepción del sentido común y la del conducir la muestro con unos ejemplos. La conducción se manifiesta en el esmero y preocupación de los padres para con sus hijos y de los educadores con sus discípulos; en la solicitud y dedicación de los creadores respecto a la propia obra; en la acción responsable y solícita de una colectividad en formar a sus miembros en los valores y modos de vida que postula y en procurar realizarlos. El efectismo apunta al puro resultado sin concierto ni relación alguna.

Otros pensadores han recalcado la necesidad de que los humanos centrásemos nuestra atención y voluntad transformadora en la realización de lo que es más cercano a nosotros, cuidando de que llegara a florecer y fructificar siguiendo sus propios caminos de perfección. Voltaire indicaba que lo único a lo cual debíamos dedicarnos sería cultivar el propio huerto. Ortega sugirió que sólo la circunstancia nos salva y que el destino humano concreto consiste en "la reabsorción de la circunstancia."

Por todo ello, considero, para poder sobrevivir colectivamente tendríamos que comenzar a despertar de tanta dejadez, recobrar consciencia, criticidad, criterio; revitalizar los lazos, organizarnos y precisar los fines, eliminando de ellos el efectismo, sino, me luce, nos vencerá la disolución y la muerte. Publicado en el diario "El Caribe", el sábado 26 de mayo del 2001 1