El triunfo del NO a la revocatoria de Chávez, con casi un 60% de los votos, constituye una gran victoria para el pueblo de Venezuela y los de toda América latina.
Hay que utilizar este triunfo para avanzar y erosionar parte de la base social del 40% que votó por el enemigo, con medidas antimperialistas y anticapitalistas y de construcción de un nuevo poder político democrático de la mayoría del pueblo trabajador y de todos quienes se oponen a Estados Unidos y a sus millonarios agentes nativos.
La derrota de Bush y los golpistas el domingo 15 de agosto es de enorme importancia. Hay que utilizarla para minar la base en la que se apoyan aprovechando su actual pérdida de legitimidad (reconocida incluso por los veedores internacionales). De modo tal que los próximos combates –que están en un horizonte no muy lejano– los encuentren lo más debilitados posible.
El imperialismo sufrió una derrota electoral, pero sería un gran error creer que eso alcanza para derrotarlo definitivamente. Hay que barrerlo físicamente antes de que lance la guerra civil, o hacer todo lo posible para que tenga que encararla en las peores condiciones para él y sus partidarios.
Esto significa instrumentar medidas inmediatas de expropiación de sus empresas saqueadoras. Aprovechar los altos precios del petróleo –no para hacer nuevos contratos con Chevron u otras petroleras-chupasangre imperialistas– para avanzar en la monopolización estatal de toda la cadena petrolera a manos de PDVSA –bajo control de los trabajadores– e ir abriendo una vasta gama de mercados alternativos al norteamericano, para la exportación del crudo. De este modo, se podrá estar también a resguardo de posibles chantajes comerciales en caso de que cambie la coyuntura petrolera mundial. Y la producción de petróleo podrá transformarse en un arma apuntando contra el imperialismo.
Esta política no debe ceñirse al sector energético sino que tiene que abarcar a todas las grandes empresas, incluyendo los medios de comunicación de masas –como el pulpo de Cisneros–, que deben ser expropiados y puestos bajo el control de los trabajadores y las organizaciones que éstos se están dando y las que se den en el próximo período.
La construccción de un poder alternativo es la única garantía de que se apliquen todas estas medidas. La vida dirá cuáles son las intenciones de Chávez o hasta dónde se verá obligado a llegar, más allá de sus objetivos actuales. Pero no se trata de dilucidar las intenciones de un individuo, sino de construir un poder propio, que no dependa de una sola persona sino de la decisión democrática de millones de explotados.
A caballo del triunfo electoral, hay que avanzar en la formación de un poder de los explotados y oprimidos que crezca hasta aplastar materialmente al de los imperialistas y sus socios, los grandes capitalistas locales.
Sólo así se podrá dividir ese 40% que logró el engañoso SI: ganando a un sector para la causa antimperialista sobre la base de bajar los índices de pobreza mediante la expropiación de los megamillonarios.
Sólo así se puede impedir que el enemigo vuelva al ataque, como lo viene haciendo desde hace dos años y medio con diferentes formas y métodos.
Sólo así se puede, también, impedir que intente maniobras para neutralizar a Chávez y/o realizar pactos con él –en más de un terreno– en el objetivo de congelar un proceso revolucionario clave para Venezuela y para el continente.
Este camino para enfrentar nuevas intentonas golpistas –que las habrá– incluye la formación de milicias de trabajadores y pobladores de los cerros, sin confiar en el “honor” de un generalato que puede sucumbir ante los persuasivos cañonazos de muchos millones de dólares con que pueden “dispararles” los golpistas.
Les ganamos una batalla. Para ganar la guerra, hay que avanzar sobre su poder económico, social, político y militar.
El imperialismo y sus amigos dieron primero un clásico golpe de Estado militar en abril del 2002. Después dieron un golpe bajo la forma de lock out patronal para quebrar la economía y retomar las palancas de mando de forma plena.
La misma política se continuó con el plebiscito, apoyándose en el monopolio de los medios de comunicación de masas que están en manos del grupo Cisneros y el malandraje golpista, favorecidos por la falta de decisión de Chávez para cortar la cabeza de la serpiente y expropiar esos medios golpistas.
Chávez planteó el plebiscito en términos justos: Bush o Chávez. Esta polarización es igual o mayor que la que se expresó en la Argentina, en febrero de 1946, como “Braden o Perón”.
La Liga Socialista Revolucionaria es solidaria con todo lo hecho por los trabajadores y el pueblo pobre para aplastar, con una avalancha de votos, a Bush y a sus socios nativos. No fuimos ni somos neutrales frente a ese desafío. Pero aun esa tarea se vio dificultada por la propia conducción burguesa de Chávez, al impedir que se tomen acciones prácticas contra los socios capitalistas de Bush en todos los terrenos.
El problema no terminó el 15 de agosto. Hemos ganado un round importante de una pelea que sigue. Porque es una pelea que no se resuelve con elecciones.
El ex presidente Carlos Andrés Pérez, el responsable de los 1.000 muertos del “caracazo”, consciente de la posible derrota electoral de los golpistas, ya ha anunciado que habrá que derrocar por la fuerza al gobierno de Chávez. No son meras palabras: es una estrategia anunciada. Es la definición de toda una política para derrotar físicamente a los explotados, y no sólo para derrocar a Chávez en favor de Bush y pasar a controlar directamente a una de las cinco reservas petroleras más importantes del mundo.
Nosotros también estamos frente a un problema estratégico. La pelea se resuelve en las calles, aplastando económica, social, política y militarmente a Bush y sus socios nativos. Y requiere una estrategia latinoamericanista e internacional como condición para la victoria, atacando al enemigo en múltiples frentes, en América latina y en el mundo.
Esto significa tomar de inmediato medidas prácticas, como la expropiación de los monopolios y, también, metiendo el cuchillo hasta el mango en la petrolera estatal PDVSA, removiendo a los jerarcas que participaron del golpe económico –así no fuera en primera línea– y estableciendo un control de los trabajadores de todo el proceso.
Junto a esto, hay que organizar milicias populares armadas, basadas en los círculos bolivarianos u otros organismos, obreros y populares, que hay que impulsar con mucha fuerza como poder paralelo al poder capitalista actual. Esto incluye la organización, bajo la forma que sea, de la tropa, los suboficiales y los oficiales antigolpistas que jugaron un importante papel en abril del 2002.
O sea, hay que hacer todo lo que Chávez no ha hecho en estos años y que llevó la lucha al peor de los terrenos para los trabajadores y el pueblo (el de un plebiscito), sin haber avanzado sobre los partidarios de Bush en ningún terreno.
Esta estrategia no es simple de llevar adelante y, además, los socialistas revolucionarios somos una pequeña minoría en relación con Chávez, que es el dirigente burgués de este gran movimiento de masas explotadas. Por eso es imprescindible la unidad de acción para enfrentar a Bush y su gente, sabiendo que esa gigantesca tarea excede ampliamente a los Chávez y a todos sus predecesores en el último medio siglo en la región.
Los socialistas revolucionarios debemos actuar junto con Chávez y los chavistas contra los imperialistas y sus socios. Pero también debemos disputar la hegemonía de ese movimiento, utilizando todas las tácticas necesarias, huyendo como de la peste del sectarismo reaccionario así como del iluso infantilismo de confiar en Chávez y en los capitalistas “patriotas”. Sería jugar a la ruleta rusa con el tambor cargado.
En Venezuela no sólo se dirime el destino de ese país y sus explotados. Ni siquiera sólo el destino de Cuba y su abastecimiento de petróleo. Está en juego el enfrentamiento continental entre revolución y contrarrevolución, e incidirá en uno u otro sentido en toda la región, en particular por la repercusión en los gigantes del subcontinente.
En nuestra opinión América latina, en el contexto mundial y por su propia historia, es hoy el eslabón más débil de la cadena imperialista, como región y no como suma de países. Dentro de ella, Venezuela tal vez marque la tendencia –así no sea definitiva– de hacia dónde se encaminará en el próximo período la región.
JORGE GUIDOBONO
Si quiere dar su opinión sobre este u otro artículo, puede hacerlo
en el Libro de
Visitas
![]() |
VOLVER
Principal - Quiénes somos - Ultimo número de BR - Números Anteriores - Ensayos - Conferencias - Libros - Declaraciones |
![]() |